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Sobrevivir al secuestro de un colectivo y reír para contarlo

PortadaMaryuri
13/07/2017
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FOTOGRAFÍA: SHAKIRA DI MARZO

El buen humor fue la anestesia con la que Maryuri González puso a dormir el miedo tras ser raptada por un grupo paramilitar cuando salió a cubrir una pauta periodística en Caracas. A pesar de los atropellos que vivió esa larga noche, la camarógrafa de VivoPlay no bajará la guardia. Con su lente seguirá grabando, capítulo a capítulo, el drama de un país

Maryuri González cree que debe alisarse el pelo para recuperar el anonimato que perdió luego del 1º de mayo. Lo dice en serio. La gente en la calle la reconoce por su frondosa cabellera, esa que enmarca el rostro de quien es considerada por algunos como una “terrorista mediática” o aplaudida por otros por ser la “valiente” que sobrevivió a un secuestro de los colectivos chavistas.

“Hasta secarse el pelo es toda una inversión en este país. Pero voy a tener que hacerlo. Por los momentos me hago una colita cuando voy a cubrir las marchas”, afirma la camarógrafa de VivoPlay. Sus rulos son tan rebeldes como ella, lo demostró durante esa guardia del Día del Trabajador. A más de 100 días de iniciadas las protestas, recuerda cómo no se dejó amilanar por quienes la mantuvieron en vilo durante cuatro horas, de 8:00 pm a 12:00 pm.

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Aunque no hay nada que compense el terror que vivió esa noche, cobró sus horas extras en el canal “más el bono del agredido”, bromea mientras sonríe. Parece que nunca deja de hacerlo, incluso cuando está nerviosa. “Es mi mecanismo de defensa, reír. En ese momento creí que iba a tener un ataque de pánico o me iba a poner a llorar, pero no. Incluso me dio por hacer chistes”, expresa a quien saludan como “La Negra” en los pasillos del canal.

Cicatriz de un recuerdo

La misión de Maryuri era grabar un cacerolazo que organizaron manifestantes en Chapellín ese 1º de mayo a las 8:00 de la noche, una manera simbólica de repudiar la fuerte represión a la que fueron sometidos los ciudadanos que más temprano intentaron llegar hasta la Defensoría del Pueblo.

Cámara, micrófono, equipo de transmisión, baterías y memorias. Todo estaba listo para que González se subiera a la moto que pocos minutos después sería interceptada por un grupo paramilitar. “Al camarógrafo siempre es al primero al que van a agarrar. Una cámara para ellos es como una escopeta”, dice.

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Cuatro encapuchados se atravesaron en el camino de ella, el productor Guido Villamizar, y los motorizados Marcos Guevara y Deivis Valera, en la calle Los Mangos, frente a la antigua bomba Texaco de La Florida. La escena era postapocalíptica. El sector estaba bloqueado por un container quemado y el piso estaba lleno de vidrios y cartuchos de bombas lacrimógenas. “Una mujer me mandó a bajar de la moto. Por el pantalón de campaña creí que eran del Sebin, con ellos hubiera podido negociar. Pero en lo que vi que su compañero cargaba una gorra del Psuv, supe que no podía mediar”. Recuerda que bastó con que les vieran los carnets de prensa para que los señalaran de ser responsables de la “guerra mediática”.

“Contra la pared”, les ordenaron. En cuclillas, con las manos en la cabeza y mirando hacía un muro permanecieron Maryuri y sus compañeros, mientras escuchaban cómo un coro de voces desconocidas crecía detrás de ellos. “Llegó alguien que se identificó como miembro de Contrainteligencia Militar. Luego se sumó un contingente de la Guardia Nacional (GNB). Y se aparecieron los bichos estos con las máscaras, los de la OLP. Esa gente se mete a los barrios es a matar gente. En ese momento sí temí por mi vida”.

Como si se tratara de un botín, cuerpos de seguridad y colectivos se disputaban quién se llevaría detenido al equipo de VivoPlay, al tiempo que más gente encapuchada y con pistolas llegaban al sitio. Los insultos cargaron aún más el ambiente. Estaban prácticamente a ciegas, trataban de adivinar cuántas personas en total los rodeaban contando las sombras que se reflejaban sobre la pared en la que estaban fijados sus ojos.

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“Recojan sus cosas que nos vamos”, finalmente vociferó un capitán de la GNB. Maryuri tomo sus pertenencias lentamente, buscando hacer tiempo para que alguien del canal se apareciera en el lugar. “Cuando nos van a montar en la patrulla de la Guardia, vieron que venía el vicepresidente del canal y el abogado. Nos empujaron dentro del carro y cerraron la puerta. Hubo un forcejeo y arrancaron como si eso fuera un camión de cochinos”.

En ese instante el único consuelo de Maryuri era saber que no tenía los ojos vendados, como otros dos detenidos que estaban en el vehículo. A máxima velocidad llegaron a Fuerte Tiuna, donde fueron entregados a un capitán que los interpeló:

­­­­­­­­–¿Por qué están aquí?– preguntó el funcionario.

–Si no lo sabes tú– replicó de inmediato González.

Sus compañeros tragaron grueso ante la actitud desafiante de Maryuri.

­–Ustedes se encuentran privados de libertad. Mañana van al Palacio de Justicia. En esta bolsa vas a meter las trenzas de los zapatos, los zarcillos, las pulseras y los anillos.

La camarógrafa accedió a cumplir las órdenes, pero no todas.

–A mí no me vas a esposar con nadie– dijo cuando intentaron atar junto a otra persona privada de libertad que estaba en el lugar.

–No tenemos más esposas.

–Ese es su problema. Tengo derecho a ser esposada sola.

Maryuri alcanzó a escuchar cuando sus compañeros le dijeron entre los dientes: “Negra, ¡cállate por favor!”. Tuvo que dar su brazo a torcer de nuevo, esta vez, literalmente.

A la medianoche se acabó la pesadilla, pero solo para ella y el productor. “Se pueden ir, pero los motorizados no”. Maryuri intentó negociar la liberación de sus compañeros, pero no tenía sentido insistir. La dejaron hacer un par de llamadas. La batería le alcanzó para avisarle al abogado del canal dónde estaba.

Miedo latente

Esa noche Maryuri recuperó su libertad, pero no el hambre ni el sueño. Al llegar a su casa en Guarenas, a las 2:30 de la madrugada, no pudo dormir ni comer, solo llorar junto a sus hermanas. “Ellas no estaban enteradas de nada. Mi familia fuera del país se enteró primero por redes sociales y las llamaron para preguntarles por mí”.

Más temprano la etiqueta #LiberenCorresponsalesVivoplay era tendencia en Twitter. “NO SABEMOS DONDE ESTÁN nuestros compañeros de @vivoplaynet Guido Villamizar y Maryuri González detenidos por civiles armados y encapuchados”, escribió Nelson Bocaranda en la red social en la que reinó la sosobra durante horas.

Maryuri se enteró de todo el revuelo que se armó en internet al día siguiente. Su teléfono tenía más de cien llamadas perdidas cuando lo revisó. “Números de Estados Unidos, Chile, Panamá, códigos desconocidos. Mi celular estaba colapsado. Cuando llegué a casa no lo pude poner a cargar porque se fue la luz. Tuve que esperar hasta el mediodía para responder a los mensajes que tenía”, cuenta quien solo pudo descansar durante una hora. “Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente no me permitía cerrar los ojos. Me invadió un sentimiento de culpa porque los motorizados quedaron detenidos. Ellos tienen chamos, yo no. Estuvieron 32 días allí. Somos un equipo. Desde el momento en que sales con uno de ellos desde el canal, es tu mejor amigo hasta que regresas. Hubiese preferido quedarme con ellos”. El caso fue denunciado por el Sindicato de Trabajadores de la Prensa (SNTP) ante el Ministerio Público.

Pasión sin fines de lucro. maryu A los dos días, Maryuri ya estaba de nuevo en el ruedo, pero las pautas en el centro de Caracas se convirtieron en su fobia desde que, semanas después del suceso, miembros de un colectivo la reconocieron durante un recorrido por la avenida Fuerzas Armadas. “Escuché cuando un motorizado dijo ‘¿Esta no es la chama que agarraron en Chapellín?’. Las piernas me temblaron horrible. No quiero que me reconozcan en la calle. Otro día mientras iba camino a la UCV, un grupo de personas que estaban en el vagón del Metro empezó a gritar ‘valiente, valiente’ y yo con cara de ‘trágame tierra”. maryuri2 Su carrera ha transcurrido detrás de las cámaras, pero las circunstancias la pusieron en el ojo de la opinión pública. La publicista de 27 años de edad, que dejó la tranquilidad de la oficina para foguearse en la calle desde las protestas de 2014, no cambia la adrenalina de periodismo por nada, ni por su negocio de fotografiar bodas (con el que pudiera hacer mucho más dinero que en prensa). “Voy a seguir acá en Venezuela hasta que se pueda. Reportear es mi aporte para un cambio. Tiene que quedar evidencia de todo lo que están pasando. El respeto hacía la prensa debe volver, como era antes. El periodismo fue un accidente en mi vida. Me gusta, y lo sé porque soy incapaz de renunciar a esto”, afirma de manera genuina. “Eso sí, ya no paso por Chapellín”, concluye y vuelve a sonreír.