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Sonia Sanoja, la maestra del movimiento sagrado

SONIA
03/05/2017
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TEXTO: YOYIANA AHUMADA L | FOTOGRAFÍA DE PORTADA: VASCO SZINETAR

El 29 de abril se conmemora el Día internacional de la danza —Unesco 1982. La celebración de este año rinde homenaje a un innovador del ballet clásico e iniciador del moderno: el coreógrafo francés Jean- Georges Noverre. En el país es imposible no tributar a Sonia Sanoja, figura potente en la historia, vida y reflexión de la danza contemporánea venezolana Corógrafa y bailarina, Sonia Sanoja falleció en marzo de 2017. Dejó su impronta en nuevas generaciones de bailarines. Fue profesora de historia del arte y filosofía en la Universidad Nacional Experimental de las Artes, antes Instituto Universitario de Danza (IUDANZA). Se erige como una creadora en cuya figura comulgan la belleza de la expresión del cuerpo y una profunda indagación sobre el movimiento a través de la palabra. Fue licenciada en filosofía y poeta. Se despidió de los escenarios poco antes de su partida.

Filósofa de la danza

Una figura felina se desplaza hacia el salón donde imparte clases. Quizá en otro tempo. Un adagio. Sin prisa. La melena frondosa de otras épocas, que acompañaría su relato coreográfico, deviene discreta corona de su exótico rostro. Los brazos y extensiones de su ser interior siguen siendo cuerdas armonía. Y sus ojos registran todo lo que se ilumina desde adentro y produce vida. Así la conocí de la mano de la poeta Cecilia Ortiz. Delicada y gentil.

¿Qué significa el nombre de Sonia Sanoja en la danza contemporánea de Venezuela? Juan Carlos Linares, coreógrafo, bailarín de danza Butto y maestro de yoga dice: “Ella es todo para la danza moderna venezolana; pionera en el arte del movimiento y una de las primeras en ser reconocida a nivel latinoamericano con un trabajo que mostró de manera excelsa. Es el equivalente a la llamada identidad nacional sin caer es estereotipos. Ella en los escenarios: el misterio que sentí al verla me cautivó. Hizo que me dijese ‘quiero bailar’. La combinación de Sonia Sanoja y Alfredo Silva Estrada era algo indivisible. Los dos me brindaban ese mundo telúrico, misterioso del arte”.

Octogenaria y lúcida. En su último gesto sorprendió a la muerte cuando la miró al rostro. Se mantuvo presente y activa, se marchó leve. “Estoy cansada”, e hizo silencio. No obstante, esa libertad de todo bailarín construyó su piedra sacrificial. Horadó espacios a través de sus sinuosos andares.

Como las grandes bailarinas,  Maya Plisetskaya y Pina Bausch, la edad —espada de Damocles en todo bailarín— no la detuvo para liberarse. Junto a su amiga de la infancia y colega, Graciela Enríquez, llevó a escena una versión dancística del cuento de Rómulo Gallegos “La hora Menguada” —historia de amor y odio entre dos hermanas. El escritor Rodolfo Izaguirre, amigo y admirador de la maestra, en un escrito publicado en El Nacional, dejó sentado su asombro: “Graciela, antropóloga egresada de la Universidad Autónoma de México, país donde reside desde hace largos años, elevó su cuerpo mientras bailaba, como el árbol que busca subir y alcanzar los cielos más altos; Sonia encontró ese mismo cielo pero reptando casi, como si anhelara hallar la vida allí donde otros creen encontrar la muerte. Contrariamente, Sonia Sanoja fue la raíz que al hundirse en la tierra alcanza en la larvaria vida subterránea, hacia abajo, la misma altura del árbol que crece hacia arriba, hacia el cielo”.

Más adelante en su In memorian, Izaguirre describe la experiencia de un espectador. “Ver danzar a Sonia era como si al escritor se le revelaran finalmente la belleza y las rugosidades de las palabras; como si, de pronto, sorprendieran los secretos silencios de sus resonancias y sonoridades; la dulzura y la violencia que acechan desde su interior. Sonia danzaba y uno afinaba ese oído interior capaz de percibir las melodías inaudibles que se organizan en el alma de las palabras o en el cuerpo del bailarín y desarrollaba el ojo interior cuya existencia descubrió Vladimir Nabokov, apto para visualizar el color y los significados de la danza y de la literatura”.

Sanoja baila

Cortesía: Maite Domecq

Las fuentes: el origen del gesto

Nacida en Caracas, el 2 de abril de 1932, comenzó estudios de ballet clásico en el Club de Ballet del Liceo “Andrés Bello”. Su formación en la danza moderna se inicia en el “Teatro de la Danza”, primera agrupación dedicada a este género en 1950 y dirigida por Grishka Holguín —se transforma en la primera escuela con patrocinio del Estado. Regresa al país luego de una estancia en París. Presenta con éxito su trabajo en solitario y se incorpora como codirectora de la Fundación Danza Contemporánea, creada y dirigida por Holguín. En los años 70, tras consolidar su éxito como creadora y solista, Sonia dirige la Compañía Nacional de Danza y conjuntamente crea su propia agrupación. Licenciada en Filosofía, el estudio la incentivó a cultivar su ars y reflexiones sobre el baile. Gran parte de estas ideas están compiladas en sus libros Duraciones visuales (1963), A través de la danza (1971) y Bajo el signo de la danza publicado en 1992.

Claudia Capriles, bailarina y coreógrafa, Premio Municipal de Danza 2011, también coreógrafa invitada de la Compañía Nacional de Danza y asistente de Sanoja en una de sus tantos trabajos, Cuerdas, simple medida, comparte su vivencia: “Me impactó su figura auténtica y enigmática cuando la vi en el antiguo Ateneo de Caracas, siendo yo una niña de cinco años. Su imagen ha permanecido fija en mi memoria. El encuentro con Sonia fue permanente a lo largo de los años, aprender de su palabra, de sus ideas y visiones, siempre iluminadas. Escuchar sus clases magistrales de filosofía, de historia del arte. Compartir largas tertulias sobre la poesía. Tenerla como testigo con su mirada crítica en el público de cada una de las presentaciones y recibir de ella palabras sabias, llenas de significado que tantas veces me llevaron a un nuevo comienzo. Juntarnos y volar en la construcción de un proyecto: un recital de danza y poesía. ¿En su trabajo? La investigación permanente del gesto, un contenido siempre reflexivo sobre el origen de las cosas. Siempre buscó en esa fuente originaria sus movimientos, sus palabras”. Y Verónica Santiago, coreógrafa venezolana egresada de Iudanza, también lo confirma: “la capacidad de escuchar la vida en cada parte de su cuerpo… Sonia tenía orejas en las manos en la boca en la espalda….Ella era tan lúcida y misteriosa”.

“Bueno, en realidad creo que la acción de ver la danza pasa por hacer una contemplación activa. Y eso solo lo hace un intérprete consciente. El espectador es quien construye la danza”, diría la maestra a la periodista y profesora Rosa María Rappa, quien la tiene como voz y reflexión en una ponencia recientemente presentada: La mirada anímica de la danza y la poesía. Imposible deslindar en Sanoja los dos lenguajes: lo insondable del verbo y el misterio del gesto. Unió su vida y su camino al poeta Alfredo Silva Estrada. Sobre la dupla comparte la escritora y amiga Ivonne Rivas: “La conocí a inicios de los años setenta, terminada la renovación de la Escuela de Letras en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Alfredo Silva Estrada era nuestro profesor del curso ‘La poesía y los poetas’. Ella lo acompañaba a esa cita semanal, en solemne presencia silente y muy felina. El inicio del deslumbramiento ocurrió años antes al verla danzar y oficiar con ritos mágicos, con movimientos sin referentes conocidos. Con ellos dibujaba espacios, vinculaba y relacionaba con fuerzas solo intuidas o presentidas, que obligaban a recordar esencialidades olvidadas, y recintos no vistos, ocurrió en el importante Ateneo de ese momento. Puedo decir que ellos inauguraron, tanto Alfredo como Sonia, percepciones y realidades poéticas que nos determinaron”.

Pero también diccionario de la danza para pensarla desde su propio lugar, el impulso y la travesía del espacio. Acá algunas reflexiones que comparte Rappa en su ponencia: “Sonia definía al coreógrafo como el creador que diseña a partir de signos originales propios de la danza, mientras que el bailarín es el mediador, quien da vida a la creación coreográfica. Luego está el intérprete: el contemplador, según Sonia. Es quien interpreta interiormente las imágenes, el que da finalmente un sentido, el sentido que él preserva en su memoria, plural y abierta”.

Sanoja pertenece a ese grupo de artistas que propulsó la discusión, la reflexión y el quehacer cultural en nuestro país. Su legado abarca todas las áreas de la danza escénica. Generó múltiples proyectos y una obra teórica sobre la danza, su trabajo poético conecta de manera espectacular el cuerpo y la palabra. Fue la maestra de todos y hasta en su último aliento se mantuvo activa en el escenario y el aula. Una vez dijo: “Uno amaría detenerse en la danza para siempre, porque ella es vértigo, de caer instante por instante en una eternidad cada vez distinta”.

El legado de Sanoja y Silva Estrada tomará cuerpo en una Fundación del mismo nombre. Conformada por un grupo de familiares y allegados a la pareja. Se encargará de clasificar, preservar y proyectar el pensamiento, la obra y las profundas reflexiones y aportes que dejaron estos dos creadores.