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Terror en Los Verdes: “¡Deja que entre, te vamos a coger!”

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19/06/2017
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: EFE | FOTOGRAFÍAS EN EL TEXTO: ANDREA HERNÁNDEZ Y EFE

Los residentes del Conjunto Residencial El Paraíso, Los Verdes, vivieron una noche de terror. 23 detenidos, más de 85 vehículos atacados, y destrozos en los edificios se cuentan en el balance de pérdidas. Sin embargo, afirman no tener miedo. Dicen que volverán a manifestar

La primera detonación la escucharon a las ocho de la mañana del martes 13. A esa hora, los habitantes del Conjunto Residencial El Paraíso —conocidos como Los Verdes— ni se imaginaban el terror que vivirían apenas diez horas después. No quedó vidrio sin romper, ni reja calzada en sus goznes. A las seis de la tarde cuatro tanquetas —dos negras y dos blancas— se las llevaron por delante.

No había gases lacrimógenos para entonces. Aunque en un momento la nube tóxica llegó a arropar las áreas externas de los edificios; eso no significó que hubiesen cesado las explosiones. No acabaron hasta bien entrada la noche. Ese martes fue un día para aguzar los sentidos. Cada ruido en los pasillos solo significaba peligro. Cada golpe en las puertas —ajenas o propias— era una advertencia: los funcionarios de los cuerpos de seguridad del Estado se acercaban. En esas horas —entre 6:00 y 10:00 pm.— solo podían estar seguros de que se trataba del Comando Nacional de Antiextorsión y Secuestro (Conas) de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) porque sus siglas estaban escritas en los vehículos antimotines oscuros. Las tanquetas subieron por el Puente 9 de Diciembre derribando y apisonando lo que quedaba de las barricadas. También llegaron desde Las Fuentes: el contingente militar por ambos lados los sitió. Una vez dentro se pasearon por las áreas comunes de las residencias, sin importarles qué se llevaban a su paso. Hubo saña. Desde el mes de abril en la urbanización nunca han dejado de manifestar. Son la resistencia de El Paraíso.

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Los Verdes son doce edificios, repartidos en cuatro etapas, cada una con tres torres. Todos tienen 17 pisos y son seis apartamentos por nivel. Alrededor de seis mil personas conviven en esa urbanización. Coinciden en que la etapa más afectada fue la tercera. Desde la entrada se avizoran los daños. Los vidrios están esparcidos en el suelo apenas se traspasa el umbral. Martillaron la caseta de vigilancia, la cartelera informativa, las puertas del salón de fiestas y destrozaron cuatro ascensores. El foso de cada uno de ellos quedó a la vista con las puertas a medio abrir.

En esa etapa vive Never Gómez. Él, trabajador de Corpoelec, no se arriesgó a abrir la puerta. Temió por la seguridad de su hijo veinteañero y la de sus dos amigos que estaban reunidos desde temprano jugando live cards games —cartas. “El rumor que corría era que estaban buscando a jóvenes de entre 14 y 25 años. Si veían a estos muchachos se los iban a llevar, aunque no tuviesen nada que ver. Mi hijo y sus amigos son estudiantes de la Universidad Simón Bolívar”. Gómez escuchó los golpes en el pasillo. En cada uno de los pisos a los que llegaron rompieron las lámparas de emergencia, las puertas de los bajantes de basura y la placa que indicaba el número del piso. No puede precisar cuánto tiempo estuvieron afuera, ni se atrevió a asomarse por el ojo mágico, ni siquiera cuando perforaron la pared contigua tratando de forzar la entrada a su apartamento: “Ese tiempo a uno le parece eterno. Lo único que podíamos hacer era orar”. Él y varios escucharon además amenazar a quienes no se atrevían a abrir: “¡Deja que entre, te vamos a coger!”.

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Una mujer, que prefiere resguardar su nombre, no corrió con la misma suerte. En su casa no había nadie, pero igual pasaron: “A través del grupo de WhatsApp supe que a la urbanización quería entrar el Conas, el Sebin y la GNB. Nunca pensé que violentarían los apartamentos. Los moradores me dijeron que me apurara. En cuanto llegué y vi la puerta del sótano rota me angustié. Tuve que subir por las escaleras porque no había luz —ya habían dañado los ascensores—, y encontré mi puerta reventada”. Pensó que era su única pérdida, pero no fue así. El desastre lo cuantificó en lo que hubo electricidad. Al pasar se topó con pedacitos de espejo en el suelo, porque le despedazaron una repisa.Golpearon hasta dejar inservible el televisor de 60 pulgadas de la sala y el de 42 pulgadas del cuarto principal; y acabaron con la tapa de la lavadora. No les bastó: hurtaron ropa y zapatos de hombre, perfumes y unos habanos. “Todo esto fue por maldad. ¿Por qué violentaron mi casa? De mí no pueden decir que soy guarimbera. Salgo a trabajar todos los días a las 6:30 am y llego a las 9:00 pm. Con esta crisis me resulta imposible poder recuperar lo que dañaron”. Asegura que no es la única asaltada. A otro vecino le robaron la laptop y el celular. Y se corría de boca a boca la historia de un portugués que en agosto se iría de vacaciones a quien le robaron mil dólares.

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A Alfredo Muñoz sí lo acusaron de guarimbero. Cuando abrió la puerta de su casa lo apuntaron cinco funcionarios, cuatro hombres y una mujer: “Ella daba las órdenes. Preguntaba si participábamos en las protestas, si teníamos armas o muchachos escondidos”. Registraron, vieron y se fueron.

Se los llevaron

El conteo de los detenidos lo reveló Néstor Reverol, ministro de Interior, Justicia y Paz. Dijo que eran 23 los “terroristas” sacados de las residencias. Los habitantes miran con pesar el salón de la junta de condominio de la segunda etapa, porque entre los detenidos estarían el vicepresidente y la secretaria. Los nombres de ambos figuraban en una hoja de papel hallada hace días en el piso en el que se les acusaba de ladrones y que ahora está pegada en la oficina.

El salón no se salvó del registro. De allí se llevaron el CPU, las filmadoras, el punto de venta y dinero en efectivo. No quedó ninguna evidencia de la incursión de los funcionarios pues todas las cámaras de seguridad fueron arrancadas de las paredes. Otra vecina asevera que se llevaron a una joven embarazada, que corrió al ver a los funcionarios entrar. La información fue confirmada por Alfredo Romero, director del Foro Penal, que escribió en su cuenta de Twitter: “Dentro de los detenidos en Los Verdes la noche de ayer hay una muchacha de 18 años embarazada. No le permiten pasar la comida”. Sin embargo, alrededor de ellos hay hermetismo. No revelan sus identidades. Sí les brindan apoyo. Andrea Urbina asegura que no son muchachos violentos y mucho menos terroristas: “No tienen armas. Lo máximo que tienen es su voz y una cacerola. Una bomba molotov jamás podrá compararse con los rifles, las tanquetas y las lacrimógenas con las que nos atacan aquí”.

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Luisa Eljuri habla recostada a las rejas descuartizadas de su edificio. Su apartamento fue uno de los requisados. No medió orden judicial. Solo la advertencia de una vecina que le avisó por teléfono que de no abrir le tumbarían la puerta. Luisa estaba de cumpleaños. Para causar menos sospechas sacó la torta —que no tenían intención de picar— y los refrescos que se quedarían fríos en la nevera. Había unas quince personas en la casa, incluyendo niños. “Del miedo, yo misma les dije ‘pasen adelante’ sin que ellos me preguntaran nada. Los acompañé a los cuartos y uno de ellos me preguntó ‘qué te parece la constituyente’. No contesté. Afortunadamente fueron muy decentes. Apenas estuvieron cinco minutos y se fueron”. Cuando sus invitados pudieron salir también hallaron sus automóviles con las ventanas hechas añicos en el estacionamiento.

Además de los detenidos, hubo 85 vehículos ultrajados. Al caminar por los sótanos, muchos tienen cartones y bolsas de plástico en donde debería haber cristales. Uno de ellos fue el de Adelis Mejías, un Palio de 2002, al que también le robaron el reproductor y revisaron todo lo que había en la guantera. No sabe cuánto le costará repararlo y no tiene ni siquiera un seguro que lo cubra. Mejías bajó a inspeccionar después de que allanaron su apartamento. Con él fueron amables al ver que estaba solo con un niño de tres años de edad. “Arremetieron contra El Paraíso, pero no tenemos miedo. Si hay que volver a salir lo volveremos a hacer. Si tengo que entregar el carro completo lo entrego, pero no mi país. Quiero libertad. Por mí y por mis hijos”.

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