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The Night, una balsa hecha de letras que sortea túneles y laberintos

Rodrigo Blanco Calderon
20/09/2019
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TEXTO: DALILA ITRIAGO | FOTOGRAFÍAS: LA RAZÓN, EFE

Rodrigo Blanco Calderón ganó la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con su obra The Night (Alfaguara 2016), luego de medirse con otras 426 creaciones de 20 países distintos. Desde Málaga, España, donde ahora vive, nos ayuda a desentrañar su texto para lograr, con algo de suerte, un objetivo aún más ambicioso: esclarecer el país

Son las 11:44 de la noche del primer sábado de septiembre. Hace algunos minutos se escuchaba a una joven que pedía, entre risas, que la dejaran de tocar. El ruego se transformó en silencio absoluto luego de que sonaran cuatro disparos en dos tandas. Podríamos pensar que se trata de una maldición: la idea de este párrafo introductorio era presentar una entrevista con Rodrigo Blanco Calderón, autor de The Night, obra con la cual ganó la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa en mayo de este año. Pero no, no es un castigo divino, provocado por la lectura de un texto desgarrador y espeluznante. Es simplemente que vivimos en Caracas. Solo eso.

Por suerte para ambos, el diálogo sostenido con el autor, que ahora vive en Málaga, España, ocurrió durante una luminosa mañana caraqueña de cielos azul rey. Esto nos permitió hablar de crímenes, torturas y asesinatos sin correr el riesgo de vomitar o de quebrarnos en llanto.

-En tu novela se perciben muchos elementos de la cotidianidad nacional: mencionas directamente las fallas de electricidad, los problemas de inseguridad y el caos de los motorizados en Caracas. También, a través de personajes ficticios, refieres casos sangrientos como el secuestro de Linda Loaiza, los asesinatos provocados por Joao de Gouveia, y el crimen contra la estudiante Roxana Vargas a manos de Edmundo Chirinos, quien fuera rector de la principal universidad del país y psiquiatra de varios expresidentes de Venezuela. Además de esto, noto en tu obra una permanente reflexión sobre el lenguaje, una biografía del escritor Darío Lancini y una constante disertación sobre el tema político. ¿Podrías explicar, tú mismo como autor, de qué va tu obra?

-Para mí siempre es muy difícil, en general, hablar de lo que escribo y de esta novela en particular porque, como tú acabas de hacer el ejercicio, ella tiene muchos niveles narrativos y de interpretación. El trabajo mío, como escritor, fue congeniar esos distintos planos en una historia común. En todo caso, si me toca hablar sobre ella diría que The Night es una novela que narra la historia de tres personajes: Pedro Álamo, Matías Rye y Miguel Ardiles, quienes están en una ciudad tan conflictiva como es la Caracas de la segunda década del siglo XXI. Una ciudad signada por la carestía y una profunda violencia, que tratan de sobrevivir allí y que incluso tratan de comprender muchas de las cosas más horrendas que están sucediendo a través de una herramienta, que en principio parecería totalmente opuesta o impensable para lidiar con estas nociones de oscuridad y violencia, como es el lenguaje, la literatura y especialmente los juegos de palabras.

Es así como esa estructura tan extraña permite la cohabitación de distintos registros y discursos: está el del contexto político y social venezolano, está toda esa obsesión e interés por los juegos de palabras, y está también, como parte de la trama específica, los asesinatos de mujeres. En efecto, parte de lo que quise hacer fue concentrar, en el año en el que transcurre mi novela, toda una serie de crímenes muy horrendos que sucedieron en la realidad venezolana a lo largo de los varios años que para el momento tenía ya el chavismo en el poder: el caso de Linda Loaiza, el caso de Roxana Vargas y Edmundo Chirinos, y los casos de estas mujeres un tanto anónimas que fueron asesinadas y cuyos cuerpos comenzaron a ser arrojados por Parque Caiza. Tienes entonces toda esta trama: lo político social, lo literario y lúdico, y los feminicidios, temas que se están peleando, de alguna manera, las partes de la novela. Todo este conjunto es la novela. Digamos que por esto tiene allí su impacto o puede generar rechazo y dificultades a nivel de la lectura. Por eso es para mí tan difícil de resumir.

-¿Cómo fue el proceso creativo de The Night, cómo decidiste que las acciones de los personajes fueran contadas linealmente o, por el contrario, de forma intercalada?

-Fue un proceso muy lento y muy intuitivo, que se desarrolló como en dos tiempos y a dos velocidades distintas. Lo primero que yo escribí de la novela fueron unas páginas del segundo capítulo las cuales yo empecé, en realidad, como un cuento hacia el año 2002 o 2003. Ya no me acuerdo cuándo.

He contado esta anécdota otras veces: me encontraba en Las Mercedes, poco después de la medianoche. Estaba todo oscuro y yo estaba solo esperando el último autobús hacia mi casa. En eso se detuvo al lado mío un motorizado. Ya sabe uno, como venezolano y caraqueño, lo que implica que un motorizado se te pare al lado. Yo dije: “Nada, acá me robaron o qué se yo qué ocurrirá”.

Pero después me fijé en el motorizado y era un hombre muy extraño: muy grande, se veía muy fuerte, y muy blanco. Con short y franela corta y tenía una barba larguísima de color rojo. Era un hombre con unas características físicas nada comunes en Venezuela. Este señor me extendió un pedazo de papel y arrancó. El papel era una especie de predicción apocalíptica. Decía que Venezuela había caído en las manos del “castrocomunismo”. Que vendría hambre, apagones, mortandad y una cantidad de cosas más. El papel estaba firmado por “El Quitasueños”.

-¿Estás bromeando?

-No, no, no. Todo esto es verdad. Yo recuerdo que esa misma noche o al día siguiente yo empecé a escribir un cuento con la historia de un motorizado que empieza a repartir mensajes apocalípticos y en esta primera versión del cuento recuerdo que empecé a tratar de encontrar algún juego de palabras escondido en ese mensaje. Por supuesto, ese interés mío por los juegos de palabras tenía que ver con el hecho de que más o menos por esa época me había enterado de la existencia de Darío Lancini y del libro Oír a Darío. Lo cierto fue que ese cuento nunca lo logré concluir. Fueron unas páginas que dejé ahí guardadas y varios años después, hasta el año 2010, cuando muere Darío Lancini y yo finalmente veo cómo fue la historia resumida de su vida, hice clic y junté esa anécdota original, con la vida de Lancini, y con otro hecho: el haber comprobado con el paso de los años que ese mensaje apocalíptico, de ese motorizado nocturno, fue totalmente cierto. Todo lo que allí estaba anunciado se cumplió.

Una vez que yo capto esa dinámica, en el año 2010, casi siete u ocho años después, es cuando yo empiezo con mucha velocidad a escribir la novela. Me tardé tres años en escribirla porque tenía muy claro cómo comenzaba y cómo terminaba, pero había un punto en el medio que no estaba claro y fue precisamente el que representa la vida de Darío Lancini. De hecho, escribo muy rápido la primera y la tercera parte de la novela, pero me tomó más de un año de investigación y de recabar testimonios el lograr terminar la segunda parte, que es donde yo hago una especie de biografía ficcional de Darío Lancini. Esos fueron los tiempos y las velocidades de la novela. Estuvo anunciada en algún punto desde el año 2002 o 2003. Desde otro punto de vista la escribí desde 2010 y 2013, que fueron los años efectivos en que me senté a hacerla. Yo escribí la novela cuando la situación venezolana no era ni la mitad de lo dramática que es ahorita pero ya había muchas dificultades. Ya la escasez comenzaba a sentirse y era un problema del día a día. Yo, además de la universidad, “mataba tigres” como sea para redondear mi sueldo y, a pesar de eso, pude escribir la novela.

No recuerdo el proceso de escritura como algo particularmente complejo en cuanto a tiempo porque lo logré incorporar como parte de mi rutina. Si me preguntas ahora creo que sería mucho más difícil para mí, como lo sería para cualquier escritor venezolano que viva en Venezuela, concretar los proyectos porque la cotidianidad se vuelve demasiado demandante. En Venezuela la gente vive para trabajar, comer y pagar sus cuentas. Casi exclusivamente para eso. Aunque me gustaría imaginar que yo puedo escribir bajo cualquier circunstancia creo que, obviamente, estando allá mis proyectos tardarían muchísimo más en concretarse.

El venezolano Rodrigo Blanco Calderón gana la Bienal de Novela Vargas Llosa

-“¿Por qué alguien querría escribir una novela sobre Darío Lancini, si a fin de cuentas lo que publicó en vida fue un librito?”, le comenta el personaje de Oswaldo Barreto al psiquiatra Miguel Ardiles. ¿Por qué sería trascendente escribir sobre un señor que no es tan conocido?

-Precisamente por eso. Que Darío Lancini haya publicado a lo largo de su vida un solo libro pero que ese libro sea Oír a Darío, que es para mí la más inteligente e interesante colección de palíndromos en español, es ya un aliciente para haber investigado sobre su vida. A Darío lo conocí a través de Antonieta Madrid, hablé con él un par de veces y ya era una personalidad que me atraía mucho por lo tímida que era. Se sonrojaba de nada. Si le demostrabas demasiada admiración se retraía, y era también como un niño. Las dos veces que hablé con él fue sobre palíndromos y nos poníamos a jugar con las palabras. Así era su forma de interactuar y de relajarse.

Ya desde mi experiencia directa el personaje me interesaba. Me interesaban los juegos de palabras y cuando muere Lancini y leo una nota sobre su vida en el periódico El Nacional, que creo que la hizo Diego Arroyo, a mí me terminó de interesar el personaje porque fue una vida interesantísima y además me di cuenta de que no había testimonios sobre él. Solo retazos por aquí y por allá, que uno podía reconstruir indagando un poco en la web pero nadie había hecho el trabajo de investigación sobre su vida, en parte porque el propio Lancini nunca quiso. Siempre fue una persona muy celosa de su intimidad.

Ese diálogo entre Ardiles y Barreto de alguna manera reproduce mi encuentro real con Oswaldo Barreto cuando yo estaba entrevistando sobre Darío. Al principio él iba a tener una participación mucho menor dentro de la novela, pero después de esa primera reunión con Barreto, de cinco o seis horas en su casa, pude caer en cuenta de quién había sido Lancini y lo importante que había sido su vida y su obra. Ahí fue cuando me di cuenta de que en realidad Lancini merecía un tratamiento mucho más profundo como personaje. Merecía de verdad convertirse en personaje y ese diálogo reproduce lo que me dijo Oswaldo. Ahí es cuando empiezo propiamente a investigar sobre su vida y eso me toma más de un año.

-¿Con qué personaje de The Night te identificas y por qué?

-Creo que un escritor tiene que identificarse con todos sus personajes porque si no le es muy difícil escribirlos y se transforman en meras marionetas; y se supone que un personaje surge en la mente de un escritor porque de alguna u otra manera, consciente o inconscientemente, contiene una parcela de la propia psicología del autor. En el caso mío hay una obvia afinidad con Darío Lancini. Es un personaje que a mí me fascinó las pocas veces que conversé con él, y me terminó fascinando aún más después de investigar cómo había sido su vida. Hasta un punto que a veces recordaba mis conversaciones reales con Darío Lancini y al día de hoy me lucen como si las hubiese soñado. Creo que es esa su función dentro de la novela: una obra que, en general, es bastante oscura, bastante sórdida, bastante pesimista, por decirlo de alguna manera; y en ese contexto la vida de Darío (y de su esposa Antonieta Madrid) es como un punto luminoso que atraviesa todo ese túnel que es The Night.

-¿Rindes algún tipo de tributo a la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, de donde eres egresado, con el personaje de Hannah? ¿Ella refiere, en realidad, a la profesora Hanni Ossott?

-No es un homenaje consciente porque no me lo propuse en esa forma, aunque la Escuela de Letras de la UCV es para mí uno de los espacios y de las experiencias más importantes de mi vida. En el caso del personaje inspirado en Hanni Ossott, en la novela reproduzco una escena totalmente verídica. Yo tuve la suerte un día de ir pasando por la Facultad de Humanidades y ver a Manuel Caballero reunido con un grupo de personas en un acto que se veía especial. Resulta que él tenía una cajita con las cenizas de Hanni Ossot y allí dijo que él las echaría en una palmera que hay allí, en un jardincito, porque ella siempre dijo que la universidad y la Escuela de Letras era el único lugar donde ella había sido verdaderamente feliz. Tuve la enorme suerte de contemplar ese momento y es una anécdota bellísima de lo que representa la Escuela de Letras para todo el que pasa por allí.

-¿Hay antecedentes de tu obra en el canon de la literatura venezolana o es un texto verdaderamente inédito?

-En un nivel es una obra inédita y constituye un mundo propio y autosuficiente que genera sus propias referencias. Ahora, en la novela, todo aquello que tiene que ver con esa teoría del personaje de Matías Rye, respecto al realismo gótico, hago referencia a una serie de textos que para mí son importantes en la construcción de ese imaginario gótico sobre la ciudad. Por eso hago referencia al cuento Boquerón, de Humberto Mata, que me parece uno de los mejores relatos de la cuentística venezolana; al libro Criaturas de la Noche, de Israel Centeno, y la propia presencia de los palíndromos de Darío Lancini. Eso respecto a la tradición venezolana. Con respecto a otras fuentes, otras personas han destacado (y es bastante obvio) la influencia de la obra de Borges, la obra de Bolaños y la obra de Piglia en mucho de lo que yo hice ahí. La novela es, de alguna manera, el resumen de muchas de las tradiciones que a mí me han marcado como lector. A la vez, su resultado es el aporte propio: el modo como yo conecto eso con unas experiencias e imágenes mías, de la ciudad donde a mí me tocó vivir.

-En tu obra haces referencia, en varias ocasiones, al cuadro La balsa de la Medusa, de Théodore Géricault. También hay una escena cuando el personaje del psiquiatra Miguel Ardiles entra al departamento del “monstruo de Los Palos Grandes” y encuentra el inmueble en oscuridad total, a pesar de que afuera hay un cielo luminoso. Ardiles descubre que el criminal ha cerrado toda entrada de luz al inmueble para mantener cautiva a su víctima. ¿Venezuela, como país, está montada en esa balsa de destino incierto o permanece secuestrada, como lo estuvo Linda Loaiza en ese apartamento de Los Palos Grandes?

-En el proceso de escritura de la novela me obsesioné con ese cuadro. Me encantó y luego me familiaricé con toda la obra del pintor. Me fascina. Es un pintor increíble del romanticismo francés, y la historia detrás del cuadro de La balsa de la Medusa fue en principio una gran metáfora de la restauración francesa y de su crisis y fue para mí también una metáfora del naufragio de Venezuela. En esa balsa, que se construyó con unos restos de la fragata Medusa, que fue la que naufragó, se montó una cantidad de personas y a medida que pasaban los días emergieron las bajas pasiones humanas: peleas, asesinatos, actos de canibalismo. Eso fue una historia que conmovió mucho a la sociedad francesa de su momento y a mí también, casi doscientos años después.

Me entusiasmó la idea de crear un personaje como el monstruo de Los Palos Grandes que no solo fuese el hijo de un escritor, como sucede en la vida real con el caso de Carrera Almoina, hijo de Gustavo Carrera Damas; sino que fuese él mismo también un artista. Ahí tú puedes ver la marca de Bolaño, a quien le gustaban mucho esas dicotomías del artista psicópata.

Yo lo pongo (al personaje) a hacer una versión de La balsa de la Medusa, en esa pared del apartamento, requiriendo el sacrificio de esta mujer, poniendo este personaje de Lila Hernández como una especie de modelo y a la vez de figura que es necesario sacrificar para que el cuadro exista. La comparación entre lo que sucedió con La balsa de la Medusa y lo que sucedió con Venezuela es pertinente y quizá funcione allí como una especie de caverna platónica de la sociedad venezolana, que concentra un poco las causas primarias de todo lo que pasó después.

-¿Cómo nos ves, o ves al país, desde donde te encuentras? 

-Mira, sinceramente, a nivel colectivo soy muy pesimista. Yo veo que el túnel, o la noche, parece más largo de lo que pensábamos incluso ya llegados a este punto, y me preocupa mucho que cuando finalmente amanezca, porque por leyes casi que de la física el cambio va a tener que pasar en algún momento, sea demasiado tarde para ciertas cosas. Yo tengo la preocupación de que mientras más tiempo pase la disolución será mayor, y cuando finalmente la dictadura caiga, salga el sol, y nos veamos nuevamente los rostros unos a otros, no sé si nos vayamos a reconocer.

-¿Por qué crees eso?

-Fíjate lo que está pasando, o por lo menos lo que veo desde acá y desde lo que son mis interacciones a nivel del debate político y hablando con mi familia y con mis amigos. Yo tengo ya demasiados años que no tengo nada qué hablar ni qué decirle al chavismo. Son unos psicópatas, unos genocidas, y con esa gente uno no tiene que hacer nada sino denunciarla y esperar que en algún momento se haga justicia por todos los crímenes que hicieron. Pero fíjate en lo que no es, a menos nominalmente, el chavismo. Qué está pasando allí: es una guerra intestina, a mansalva, muy fuerte, de la que yo como persona, con una opinión política, participo porque siento que ya se hace muy difícil separar los granos. Han pasado una serie de pactos, de traiciones, de componendas que, personalmente, siento que me van a impedir a futuro reconciliarme con ciertos sectores de la sociedad venezolana que no son chavistas. Ahí es cuando yo digo que cuando venga el amanecer no sé si nos vamos a poder reconocer todos nuevamente.

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La voz de Rodrigo permanece idéntica a pesar de que han transcurrido tantos años desde cuando lo entrevisté la primera vez, para un periódico regional venezolano que hoy en día ya no sé si existe.

Es paciente para hablar sobre Literatura. Es un profesor, no hay duda de ello. Ahora, si le empiezas a preguntar sobre política, su voz deja de ser grave y extrañamente dulce y se torna agria. Dolorosa, como sus relatos.

Es crítico de las autoridades y de los sectores de la oposición, a través de la red social Twitter, pero también lo es cuando se refiere en su novela a personajes del alto gobierno. Le pregunto si no ha tenido temor de sufrir represalias personales, en caso de volver a Venezuela, y asegura que no. “El chavismo es una dictadura iletrada. A mí me sorprendería mucho que las fuerzas del orden del chavismo me enfocaran por lo que yo digo en mi novela o por las opiniones que expreso como escritor, porque de verdad ellos son ciegos para la cultura. No interactúan con ella. No existe. Si de repente fuera una figura verdaderamente pública, como lo fuera una persona ligada a los medios masivos quienes sí han recibido amenazas de muerte y ese tipo de cosas, yo estaría más preocupado”.

-Alberto Barrera Tyszka escribió en The New York Times un artículo sobre la negociación como única salida posible para Venezuela. ¿Estás absolutamente negado a la opción del diálogo?

-Puede ser engañoso plantear las cosas así porque tener que entendernos es un deseo de sociedad que creo todos tenemos y queremos aspirar. Ahora, en lo que no estoy de acuerdo es que se asocie ese deseo genuino de entendernos, con unas negociaciones políticas entre una dictadura y una élite corrupta que está simplemente negociando su sobrevivencia y sus acuerdos. A mí ya no me representa Guaidó ni ningún político asociado a lo que se conoce como la Mesa de la Unidad, que no sabe mantener su palabra, que no sabe mantener una hoja política de ruta que ya había establecido y que prácticamente le ruega a la dictadura por sentarse a lo que ellos llaman dialogar; en unos diálogos indefinidos que se han probado una y otra vez que solo fortalecen a la dictadura, mientras la gente en Venezuela sigue emigrando en las peores condiciones, sigue muriendo de hambre y sigue muriendo de mengua porque la situación hospitalaria es dramática. No tengo absolutamente nada de qué hablar ni que ver con esos sectores políticos que tienen una agenda oculta que es la que constantemente sacan.

-¿Entonces cuál salida ves frente a la crisis?

-Nosotros no podemos decirle al mundo que en Venezuela hay una crisis humanitaria sin precedentes y, a la vez, pensar que la solución a este problema es política. Ya desde hace mucho tiempo la solución para Venezuela dejó de ser una solución política. No se trata de dos bandos políticos que están enfrentados y tienen ideas distintas sobre el modelo de organización más efectivo para Venezuela. Estamos hablando de un grupo, de una pandilla de delincuentes, donde están mezclados delincuentes comunes, paramilitares, narcotraficantes y terroristas, que tiene secuestrado a todo un país y que no van a soltar el poder simplemente producto de una negociación. Entonces, si la salida no es política, como creo yo que no es, la salida es de fuerza y la salida es la solicitud, por parte de Guaidó, de una cooperación militar internacional que entienda la gravedad del problema. Si es que el problema, honestamente, se quiere solucionar, porque si no se quiere tomar esa decisión, si esa negativa fuera en realidad compartida por la totalidad de la población venezolana, entonces también hay que sincerarse y decir: “No nos queda sino la cohabitación y tendremos dos presidentes de mentira por los próximos 60 años”.

Reconocer, en mi caso como escritor, que la única salida es una intervención militar internacional de las fuerzas democráticas occidentales eso suena muy mal dentro de los círculos de escritores. Eso suena muy mal dentro del New York Times. Eso suena muy mal en las universidades europeas. Suena mal pero bueno, no son ellos los que viven en Venezuela ni tienen a su familia allá. Esa es la única salida que yo veo a esto.

-¿Eso es una invasión?

-No, porque incluso los términos legales que tú utilizas para ello son distintos. Si el presidente encargado de tu país es quien solicita una cooperación internacional no hay jurídicamente ninguna invasión. No se puede hablar de invasión porque no se está haciendo contra los deseos del Presidente. Lo sería si, por ejemplo, esa operación ocurre pasando por encima de la figura de Guaidó que es aún el Presidente reconocido por 50 países de las democracias internacionales. En cambio, si la solicita él es un acto de cooperación militar internacional.

-¿Eso tú lo ves factible?

-No lo veo posible y no veo cuál es el problema en decirlo.

-Entonces, ¡tú no ves salida alguna!

-Bueno, yo te lo dije. Yo no veo salida. He allí el drama. Tendría que pasar algo. Tendría que venir una figura distinta a Guaidó, que surja del campo de la oposición, con ideas distintas, que no sea un monigote de Henry Ramos Allup, sino que sea alguien con criterio propio, que tenga apoyo local, e internacional y que de verdad esté dispuesto a tomar las decisiones necesarias para lograr lo que han llamado “el cese de la usurpación”. Mientras esa figura no aparezca, esto va a seguir así.

-Para no quedarnos tan tristes en el cierre de la entrevista, ¿crees que la Literatura tenga algo que decir o que aportar frente a momentos de crisis, como el que ahora vive Venezuela?

-La verdad es que yo, en general, soy muy escéptico de las funciones sociales que se le pueden dar a la Literatura y sobre todo en contextos tan dramáticos como el venezolano. Pero si yo lo veo por las reacciones de algunos lectores, no solo de lo que yo escribo sino de lo que están haciendo los escritores venezolanos actualmente; creo que, no sé si esperanza pero por lo menos alguna especie de consuelo o alivio ofrece el encontrar que la tragedia que se ha vivido llega a los libros, y trata de ser transformada en una especie de objeto artístico que ofrece cosas que no dan las noticias.

La Literatura reconecta con las zonas de humanidad o con la experiencia humana en su parte no solo oscura sino también luminosa, en medio de una debacle, y les hace sentir a los lectores que quizá formen parte de una historia. Yo no creo que todas las sociedades puedan decir eso. Entonces, quizás esta literatura brinde a los lectores un espejo más complejo para entender lo que está pasando, y creo que, de una manera que no es consciente, que no puede a veces subrayarse, la propia existencia de la literatura, de los libros, y de los lectores que buscan libros es, en sí, un síntoma esperanzador pues quien lee está buscando razones. Quien lee está buscando un espacio propio distinto del salvajismo de lo exterior. Quien lee de alguna manera está esperando que vengan tiempos mejores. Entonces hay algo allí, en la propia existencia de la Literatura, de los escritores, de los lectores, y de los libros, que mientras persista es en sí un signo positivo.