Un Viacrucis en lo más alto de Petare

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Dicen las estadísticas que los barrios de Petare son las zonas más peligrosas de Caracas; sin embargo, el Viernes Santo es respetado en la comunidad de El Nazareno, donde se escenifica una de las tradiciones religiosas más representativas de la capital: el Viacrucis de El Morro.

En las entrañas de la parroquia que cuenta con aproximadamente 500.000 habitantes, el popular sector no pasa desapercibido. Con el significativo nombre acompañándolo desde 1945, fue 21 años después que se realizó la primera representación del Viacrucis que año a año atrae a miles de feligreses.

Estos, junto a varios curiosos no tan apegados a la práctica religiosa, conforman de manera directa e indirecta las muestras de fe en una ciudad vapuleada por la violencia y anarquía, región deteriorada y donde su gente va viviendo el día a día como mejor puede. “Nuestro barrio se llama El Nazareno porque su comunidad cree en él. Aquí nadie se mete con nadie durante este hermoso momento”, dice Julio Terán, vecino de la zona.

El Nazareno parece haber sido mandado a hacer para este tipo de escenificaciones. En principio, la representación comenzó como un acto escolar, pero poco a poco fue evolucionando hasta abarcar a toda una comunidad, donde el Viernes Santo se toma tan en serio que pocos lugares muestran con tanta seriedad la pasión de Cristo redentor.

El Viacrucis se interpreta de tal manera que el asombro nunca está ausente, así se haya visto cada año lo que por las calles de la barriada.

Desde que inicia el castigo a la figura de Jesús de Nazaret, se siente una atmósfera de compasión. Los vecinos cambian de actitud, sus miradas se fijan en los latigazos de los soldados romanos. A mi lado, una niña empieza a llorar, se tapa la cara y sufre. Mientras, otros pequeños se contagian y experimentan una sensación de angustia entre los observadores.

Las estaciones de la vía dolorosa se cumplen al pie de la letra, cada una anunciada por el párroco de la zona sin ser interrumpido por el pueblo. Nadie molesta y solo son menos respetuosos los que se inician en la fotografía; pero cómo no hacerlo, es un evento que solo pueden ver una vez al año si logran subir al barrio.

Ancianas conmovidas, hombres que solo hablan bajito. La primera caída del Cristo en el suelo es terrible, se siente real, muy real, porque el sonido en el piso grita que el golpe no es fingido. Hay actuación “de verdad”.

Todo actor tiene un papel importante. Desde el Rey Herodes y Pilatos hasta el más sencillo pastor hacen un trabajo impecable. El asunto asombra, pues no son profesionales, solo son petareños comprometidos con su tradición. La actitud de los soldados romanos genera miedo, son fríos, y dan una sensación a villanos de novelas.

Hay una maldad de mentira en sus ojos pero que hacen creer reales mientras van golpeando al Cristo y los ladrones porque, como dice la historia, el hijo de Dios va al junto a dos pillos.

La comunidad rodea al sufrido santo. Cruzan la calle principal de El Nazareno y empalman con la subida de El Morro, donde está el calvario. La mezcla de la gente es asombrosa para el que no frecuenta mucho la zona: niños, ancianos, hombres sobre motos con miradas de Pedro Navaja comprando cervezas en las pequeñas licorerías, policías municipales e incluso algún funcionario de la alcaldía de Sucre hacen la convivencia diversa, hasta el perro blanco que cada día esta más flaco es espectador en su palco, el hueco en la pared del primer piso le da el panorama completo para observar la tragedia de los humanos.

Al subir la cima de El Morro se puede ver el resto de los barrios que son vecinos: El Campito, Mirador y Paulo Sexto, y más allá una panorámica que te dice que estás en lo más alto de Petare.

El calvario se llena de espectadores porque es vital ver la crucifixión. Jesús es despojado de sus trapos rotos y es acostado en la cruz, los clavos de hierro no atraviesan las manos ni pies de nuestro Señor, pero los efectos rudimentarios de los mismos actores hacen creer que en realidad está clavado al madero de tormento.

En esta ocasión las nubes se hicieron muy grises, como si le pidieran a Dios intervenir para que el momento sea perfecto. Los criminales son los primeros en ser colgados en la madera y, por último, es Cristo quien gime de dolor y es ubicado al centro como describe el testamento.

La blasfemia del criminal de la izquierda es callada por el criminal de la derecha. Este, como dice San Mateo, pide perdón porque sabe que en el centro está el hijo del Altísimo y solo él le puede dar la vida eterna en el paraíso.

El llanto de su madre, María, es muy conmovedor y no hay compañía alguna que pueda aliviar el dolor de ver clavado a su hijo a la cruz.

La tarde se despide de Petare y el actor sigue en su papel hasta que muere porque Dios lo ha abandonado.

Todos se van, la noche se apodera del lugar pero nada malo pasa en el barrio, porque hasta el delincuente más peligroso respeta la tradición de la comunidad. La prudencia nunca sobra, sin embargo: con el pasar de los años el divino acto se realiza más temprano para evitar algún problema de seguridad.

En la representación participan al menos 70 actores populares de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, que se preparan durante tres meses para dramatizar los misterios de la pasión y muerte de Jesús, un ejemplo de que no importa el lugar donde se interprete este duro momento. Solo valen las ganas y disciplina para hacerlo uno de los Viacrucis más destacados de Venezuela.

Comunicador visual egresado de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas en las menciones Diseño Gráfico y Fotografía. Cuenta con 18 años de experiencia en la fotografía documental y fotoperiodística. Trabajó en la extinta Cadena Capriles y participó del especial OLP: La máscara del terror oficial en Venezuela, de Runrunes. En El Estímulo y sus marcas logró ser por dos años consecutivo merecedor del Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa. Además, desarrolla un seriado de ilustraciones editoriales con carácter crítico relacionado a la Venezuela de la actualidad, que fue expuesto en la colectiva República Colapsada Vol. 2, en New York en 2017.