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Una cola de Mercal antes de las elecciones parlamentarias

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07/12/2015
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FOTOGRAFÍA: AVN

En Propatria, los vecinos hacen hasta diez horas de cola para comprar en Mercal, eso sin garantía de que cuando les toque el turno encuentren lo que tanto necesitaban. Y mientras pasan las horas de dura espera, el tema que bulle es el de las elecciones del 6 de diciembre

Rosario es una mujer entrada en años que se conserva sabroso. Suele decir que ella tiene la edad de su hija, y no los 65 años que ya ha recorrido. Su piel blanquísima no ostenta arrugas y sus piernas soportan su sempiterno andar en tacones. Ese buen ritmo y esa fortaleza que la caracterizan no es sinónimo de energía infinita. Hay ciertos momentos de su cotidianidad que llegan con tales cargas de indignación que cae. Se derrumba. “Es que no lo acepto. Diez horas de cola para poder comer, es algo indigno. Nosotros no estábamos acostumbrados a esto, como tampoco estábamos acostumbrados a la escasez. Es una humillación que no nos merecemos. Pero tenemos el miedo calado en los huesos y no reclamamos. Imagínate, hasta te pedí que me cambiaras el nombre, porque tú te vas, pero yo sigo en mi barrio”, comenta Rosario en voz baja mientras ella y yo hacemos la cola en el Mercal —que está levantado en la calle 7 de Propatria.

Es martes, faltan pocos días para las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre, y a las dos nos toca turno de compra. Nuestro número terminal de la cédula de identidad es el 2. Nos encontramos a las 5:30 de la mañana en el oxidado quiosco de latón que está justo en frente a este revolucionario mercado. Parece que ya es tarde. La fila de personas ya llenó cuadra y media. “Aquí hay quienes pasan toda la noche guardando el puesto. A las 4:30 de la mañana viene el relevo que son los que van a comprar. Otros llegan a las tres de la mañana y así. Pero yo bajo a las 5:30 am, más temprano me parece todavía más indigno”, dice con una mezcla de rabia y resignación.

Si Rosario pudiera, no haría esta interminable cola. Pero la pensión que recibe del Seguro Social no le permite el lujo de los precios que rotulan los productos que se comercializan en el mercado negro. “Si quiero pollo, carne, leche, aceite, y cualquier otro producto básico, me toca aguantar porque el dinero no me alcanza. Mi hija me ayuda, pero igual. Con la plata que me da mi niña, busco papel toilette, por ejemplo, que ese no consigo sino con los bachaqueros”, dice mientas estira el cuello para cerciorarse de que un hombre vestido de negro y calzado con botas militares reparte los números. Son cerca de las 6:15. El sol ha empezado a despuntar con ímpetu.

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“No los mires a los ojos. No pongas mala cara y cambiemos de tema. Ese hombre y aquellos tres que están en la puerta son de un colectivo. Están armados. Aquí respetan es a esa gente, ni a la Guardia Nacional, ni a la Policía Nacional. Yo no los respeto. Les tengo miedo. Una cosa es respeto y otra es temor… Pero no siempre cuidan los colectivos, también vienen militares y policías, Se turnan”. Rosario no sabe con certeza a qué colectivo pertenecen estos tres supuestos garantes del orden público, y me pide que no pregunte tanto. “Dicen que son del 23 de Enero, que está ahí mismito… Shhh, que ahí viene”. Está nerviosa.

Sin decirnos nada, el hombre nos entrega unos cartones con nuestro turno escrito: 163 y 164. “¿Tienes tiempo, verdad? Porque esto es para largo”, advierte Rosario.

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Atrás de nosotras hay dos hermanas que, como Rosario, no tienen más remedio que rendirse ante la humillación. Frente a la casa de estas dos mujeres suele hacerse, algunos fines de semana, unos operativos especiales de la misma red de Mercal. “Ahí las colas empiezan desde las 10 de la noche y es una sola rumba. Ponen música, llevan sus cavas con sus bebidas y hacen sus fiestas. A esos no hemos ido nunca, porque cuando uno baja a las cinco de la mañana, la cola es de diez cuadras”, dice una de las hermanas. Ninguna de ellas quiso dar su nombre.

En esas larguísimas filas que se forman frente a la casa de estas entrevistadas, hay quienes han hecho grupos para encontrarse en otros operativos especiales. “El problema que tenemos los venezolanos es que todo nos lo tomamos a bochinche. Si de verdad viéramos lo grave de tener que pasar hasta más de 12 horas de espera, para comprar dos pollos, un kilo de leche, un litro de aceite, etcétera, otro gallo cantaría. El hecho de que seamos humildes y vivamos en una zona popular, no quiere decir que bajemos la cabeza y nos resignemos”, dice una.

El hambre aprieta, ninguna de las cuatro hemos desayunado. Así que nos turnamos: unas cuidan el puesto, otras van a comprar empanadas y jugos. Desayunamos tres, la hermana mayor prefiere no comer nada. Entre risas y bromas pasa esta primera comida. Ya nosotras también nos rendimos ante la irresistible camaradería criolla.

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“La Misión Mercal S.A. (Mercado de Alimentos) es uno de los programas sociales incentivados por el gobierno venezolano. Fue creada oficialmente el 24 de abril de 2003, y está destinada al sector alimentario; depende directamente del Ministerio de la Alimentación”, así lo define una página web. En todo el país hay más de 16 mil Mercales operativos.

Pero en el casco central de Propatria solo está este Mercal. Sin embargo, hay otras opciones: Mikro, dos establecimientos de la red Día a Día —incluyendo el que está adentro del centro comercial— y todos los abastos, charcuterías y frigoríficos de la zona. Pero los precios justos solo están en estas redes administradas y vigiladas por el gobierno.

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Ya tenemos seis horas de cola y hemos visto hasta escaramuzas. Los que encabezan la fila reclamaron airadamente porque los cuidadores pretendían darles preferencias a un grupo de médicos cubanos, que ofrece servicios en uno de los Centro de Diagnóstico Integral (CDI). “Los cubanos tienen preferencia, pero qué va, ya estamos cansados”, me cuenta Rosario. Gritos fueron y regresaron. Aunque los hombres de negro apelaron a su fuerza y a sus armas, nadie dejó que los médicos cubanos pasaran antes. “Si quieren comprar primero, que vengan a hacer la cola desde la madrugada, como nosotros”, gritó una mujer.

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En estas horas, también nos ha dado tiempo de turnarnos para sentarnos en las destrozadas aceras que bordean la polvorienta calle 7 de Propatria. Hemos cuidado el puesto mientras algunas van a guardarse de las inclemencias del sol y ya gastamos todos los temas posibles para mantener una conversación medianamente agradable, incluyendo el parlamentario. Pese a que hace resonancia, todos hablan de las próximas votaciones casi en susurros. Hay esperanza, la depositan en esos comicios que seducen a hasta a chavistas de fe ciega. ¡Ah! Una práctica infaltable de estos momentos: ver las bolsas de quienes salen triunfante del establecimiento. Cargan atún, arroz, pasta, café, leche y pollo. Y todo eso por 1.500 bolívares. Podría ser un buen día.

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Cuatro horas más tarde, todavía tenemos una veintena de personas adelante de nosotras, pero la cola está detenida. Han pasado diez horas desde que Rosario y yo nos encontramos y aún no hemos comprado nada. Son las 3:30 de la tarde y cerraron las puertas del Mercal —buena parte de los insumos se acabaron. Ante la molestia y el cansancio y de las por lo menos 50 personas que quedamos, los encargados informan que pronto llegará otro camión para reponer lo que se acabó. “Ojalá y venga pollo, porque si no me va tocar pagar los 1.500 bolívares que me traje para hacer mercado aquí, en la carnicería de aquí mismo pero para dos pechugas nada más”, dice preocupada Rosario.

Las hermanas deciden irse. “Aquí no va a llegar más nada”, sentencia la menor de las dos. “Mejor vámonos, ¿te sientes bien?”, le dice la mayor. La mujer dice que sí, se levanta y se despiden de nosotras. “Mi hermana se me va a enfermar en estas colas. Ella no come porque la ansiedad la domina. Y mira, no articula bien las palabras. Mejor me la llevo antes de que se me ponga peor”, espeta la menor de las dos, refiriéndose al tono gutural que de pronto tomó la chillona voz de su sangre.

Media hora más tarde, con un punzante dolor en la cadera, la cara y los brazos abrasados y un calambre caliente en el estómago, nos vamos también Rosario y yo, con nuestro número de cartón guardado en el bolsillo del pantalón, y la humillación bien estampada en el cuerpo.

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