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Una vida familiar en el torbellino de la hiperinflación

Venezuela amanece con paro parcial tras medidas económicas de Maduro
28/11/2018
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FOTOGRAFÍAS: VÍCTOR AMAYA Y VALERIA PEDICINI

Existe un antes y un después de la hiperinflación. La familia Ardila Cabrera lo sabe. Cambiaron las rutinas, los hábitos, y los pequeños placeres se convirtieron en grandes lujos. El presupuesto se desangra. El dinero no alcanza, ni queriendo. Se vive con lo mínimo, como se pueda, estirando cada bolívar. “Donde comen dos, comen tres”, no suena a refrán sino a proeza. Rendir la plata es la clave y sobrevivir la meta, si la hiperinflación que comenzó hace un año deja

La puerta de la nevera de la familia Ardila Cabrera está repleta de recuerdos. Colombia, Argentina, Panamá, Ecuador, Brasil, Perú, Estados Unidos, España, Francia, África. Los imanes de cerámica o plástico se apretujan unos con otros sobre el metal como los souvenirs que pudieron atesorar de los países que alguna de sus integrantes pudo visitar tiempo atrás. Viajar era tradición familiar, casi una regla anual. Lo hacían todo el tiempo: en vacaciones, Semana Santa o Navidad. Por aire o mar. No habían terminado de pagar la última aventura y ya hacían los planes para emprender la próxima travesía.

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Todo eso quedó atrás. Los adornos en la cocina, las fotografías y los recuerdos son los únicos que todavía logran resistir una economía que va en picada. Dinero ya no hay, al menos no para los viajes. La última gran salida del país que hicieron todos juntos fue en diciembre de 2013 cuando agarraron sus maletas y visitaron Nueva York en Estados Unidos. Cinco años después la plata no les alcanza ni siquiera para llegar a la Isla de Margarita, al norte de Venezuela, destino que nunca faltaba. Tomar un transporte marítimo hasta “La perla del Caribe” les cuesta alrededor de 2.600 bolívares soberanos por persona, sin contar los 20.000 que deben cancelar por trasladar el vehículo hasta la isla. La intención del grupo familiar de recibir la Nochebuena y el Año Nuevo junto a las olas murió antes de nacer. La familia Ardila Cabrera está limitada, las prioridades cambiaron a punta de trancazos. La hiperinflación es un mal que aprieta y, que si quiere, también ahorca.

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No hay retribución que valga

Rebeca Cabrera es la dueña y señora de la casa ubicada en El Valle, un populoso sector de Caracas, que ahora conforman tres personas: su hija mayor, su nieta más pequeña y ella. Casi cuatro cuando la pareja de su hija ocasionalmente se une al grupo familiar. Estudió Bioanálisis en la Universidad Central de Venezuela, realizó una maestría en Teología en la Universidad Católica Andrés Bello y obtuvo un doctorado de Lecturas Feministas en la Universidad de Sevilla, España. En hiperinflación su vida se ha reducido a moverse en la capital. Todavía no ha podido pisar nuevamente España para buscar el título del doctorado que hizo en 2015.

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La sexagenaria cuenta que sus trabajos son, ahora más que nunca, una historia de amor y dolor. Lleva 41 años, toda una vida, en el mismo laboratorio en el centro de Caracas, empleo con el que levantó y pagó hasta los estudios universitarios de sus tres retoños. “Yo tengo casada más tiempo con mi jefe que con el papá de mis hijas”, expresa. Nunca tuvo un gran sueldo como bioanalista, pero sí le era suficiente para vivir.

Acostumbrada de que en su trabajo fuesen puntuales e infalibles con los aumentos de salarios y tras el incremento decretado por Nicolás Maduro en septiembre, eso solo podía implicar que su paga se iba a multiplicar después de los anuncios presidenciales. Pero la consecuencia fue otra: su jefe les comunicó que cerrarían el consultorio. “El aumento de sueldo, lejos de acabar con la inflación, empeoró todo”, considera Cabrera.

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Luego de conversaciones con los empleados, acordaron que cobrarían 2.200 bolívares soberanos mensuales, más 400 bolívares adicionales y un bono de 10 dólares al final de cada mes. “Esos dólares funcionaban como un posible ahorro, pero si hay que estarlo cambiando para comprar comida, no sirve de nada”. Para ella, igual no hay suma que valga. “Nos pueden poner a ganar 50 millones, pero no alcanza porque si se aumenta el sueldo, la inflación es el doble. Y por ahí se oye hablar de otro fulano aumento. Si eso es verdad, yo ni quiero imaginarme para dónde se iría este país”.

FamiliaHiperinfalción-4Sin embargo, los superiores se han negado a cumplir con su palabra del salario acordado hace dos meses. Y sin ninguna garantía sobre su pago, Rebeca no duda en colgar su bata para no volver. “Hay que tomar decisiones y seguir adelante. Quizá me tenga que reducir en muchos aspectos, pero hay algo que se llama dignidad y uno no debe permitir que lo sigan pisoteando”. Si algo tiene seguro es que no quiere empezar desde cero. “Si yo me voy, hasta me puedo poner a limpiar pisos, pero no irme a otro laboratorio. No voy a ser nueva otra vez”, dice tajante.

Sus responsabilidades como profesora de las sagradas escrituras en la UCAB forman parte del mismo doloroso cantar. Recibe alrededor de 1.600 bolívares soberanos por clase, 16 sesiones a lo largo del ciclo académico. Todo lo compensa con retribuciones intangibles. Sus lecciones en la Sociedad Bíblica son más que todo simbólicas, pero le dejan otros beneficios. “Eso me da equilibrio. Vivimos entre tanta locura, siempre pendiente de la sobreviviencia que el estar comunicándole a otras personas la palabra de Dios, de alguna manera da estabilidad como ser humano”. Una paga gratificante para el alma, no para el bolsillo.

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No alcanza para todo

Las hijas de Rebeca siempre le han dicho que sabe crear milagros con la plata que tiene en sus manos, eso de hacer mucho con poco. Ella también ha empezado a creérselo, aunque no lo consigue la mayoría de las veces: todo su dinero se le va en comida y no queda para mucho más. Recuerda que hace años podían ir a un supermercado y comprar productos que duraban para todo un mes. Ahora en su casa se compra de a poquito, graneadito. Hace días gastaron tan solo 1.500 bolívares soberanos en cinco tomates, una mano de cámbur, compuesto y algunas guayabas.

Desde que la hiperinflación las golpea, la dieta obligada se impuso y en su casa se dejaron de adquirir y consumir ciertos productos. Las tocinetas, los frascos de queso fundido, las latas de atún o el jamón endiablado, los cereales, las mermeladas, el pescado o las chucherías hace tiempo que no reposan en la despensa. “Ni compramos helado porque es darse un lujo”, manifiesta. Consumir carne lo dejaron para una sola vez a la semana. Y debe ser molida, que alcanza para varias veces y de distintas formas. “Uno trata de rendirla”. Eso sí, no puede faltar el queso, pan o la arepa. Y nunca, nunca, se ausenta el café. “Eso es primordial, rasguño el café donde sea”, afirma.

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La entrega de la bolsa de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción es puntual, las voceras que se encargan del control en su edificio “son competentes e influyentes, ellas no están pendientes de quién es chavista o no”. En el saco que les distribuyen por 100 bolívares soberanos consiguen harina, arroz, ázucar. “Hace mucho rato que no trae leche. La gente que recibe caja sé que les trae salsa de tomate, atún. Hace años que aquí no traen nada de eso”. Aunque no resuelve todo, sí es una ayuda. “Por ese precio, siempre es algo”.

FamiliaHiperinfalción-3La bioanalista admite que la mitad de las grandes hazañas que hace con los bolívares se lo debe a las tarjetas de crédito. “Gasto una y las voy turnando. Muevo unas, pago otras”, asegura. La única forma de poder compensar la batalla hiperinflacionaria.

Desde que la prioridad es comer, no queda presupuesto para muchas otras cosas. Los productos de limpieza o higiene personal no integran la lista de prioridades. Se compran cuando se necesite, no cuando se quiera. “¿Mercado de perfumería? Uno ya no puede hacer esa gracia”, suelta Cabrera. Y trata de rendir todo hasta el final. “La pasta de dientes la pico con una tijera para sacarle el poquito que le quede, cosa que jamás había hecho antes. Y el jabón uno lo usa hasta el último toconcito”. Visitar una peluquería es cosa del recuerdo.

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Rebeca relata que todos los sábados, la familia salía a comer en restaurantes para pasar el rato juntos. Eso se acabó. Las reuniones familiares se arrinconaron para unas visitas caseras. No hay tanto capital. Ni siquiera para celebrar como Dios manda que llegó a los 65 años. No hubo torta de pastelería, ni bebidas que alegraran la ocasión. “La torta la hizo mi hermana con galletas María y chocolate. Antes no faltaba un whiskicito, unas cervezas, unos tequeños. Ya no”. Pisó un nuevo año de vida sin brindar. “Mientras uno tenga salud, está bien”.

Saber resolver

Gladys es la mayor de las tres hermanas Ardila, la única que todavía vive en la casa de su madre y aporta bolívares al presupuesto familiar. Utilizó por pocos años el título Técnico Superior Universitario (TSU) en Publicidad y Mercado, hasta que lo dejó a un lado en busca de dinero que encontró en el ramo automotor. Desde hace tres años se unió al negocio de su pareja, la venta de repuestos de vehículos. Todo, lo mucho o lo poco de dinero que entra al local, lo vuelven a invertir. Afirma que no les ha ido mal en el establecimiento, pero le queda la duda si en otras circunstancias económicas, sus esfuerzos serían más fértiles. “Quizá en otro momento hubiesemos tenido otras oportunidades, expandirnos o montar otro negocio. Yo sigo viviendo con mi mamá, no he logrado independizarme del todo”, señala.

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Como forma de pago aceptan billetes verdes “al cambio del día”. Así pudo pagar el año académico de su hija menor. “Yo antes me daba el lujo de pagar dos o tres meses de colegio de un solo golpe. Pero no me gusta atrasarme, en esta casa tenemos la ley de nada de atrasos. Hay que pagar al día”, dice Gladys. La grieta económica se hizo por otro lado: “No más tareas dirigidas por las tardes, ella se queda aquí estudiando”.

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La hiperinflación también ha causado la separación familiar. Daniela, su hija mayor, se fue del país. Su destino fue Panamá, el lugar en el que vive su tía, la hermana del medio de las Ardila, desde hace cuatro años con sus dos hijas. La joven de 21 años se fue de vacaciones y no volvió. Su pupitre en la carrera de Comunicación Social en la UCAB quedó “congelado”. Ahora estudia animación digital y se resuelve como puede algunos “tigritos” en el itsmo.

Gladys siguió el ejemplo de su hija mayor. Hace semanas se animó a tomar cursos de maquillaje y de depilación con la vista puesta en la emigración, en saber hacer algo si toca hacer maletas y montarse en un avión sin retorno. “Si me llego a ir del país, no me veo cachifeando. Con eso me voy y hago unos cuantos dólares”. Mientras tanto, sigue practicando con los miembros de su familia. “Hay que tratar de sobrevivir”.

Un sueño que se paga en dólares

Vanessa Ardila, la menor de las hijas de Rebeca, es profesora universitaria. Egresada en Letras de la UCAB, se fue hasta la sede de Sartenejas de la Universidad Simón Bolívar para enseñar lenguaje y literatura. Gana alrededor de 3.000 bolívares mensuales, aunque ahora se lo están pagando cada siete días. “La humillación es semanal”, suelta. Entonces se bandea dando clases particulares a estudiantes de bachillerato. Hace meses, arrollada por la hiperinflación, tomó un consejo que recibió sin rodeos: cobra en dólares. Santa palabra. Ahora pide 10 dólares semanales por dos horas de clase diaria. “No te creas que me está entrando mucha plata, eso es un ingreso que no voy a tener siempre”, dice.

Daniela, la hija mayor de Gladys, llegó a Caracas desde Panamá para para ver y abrazar de nuevo a su familia por tan solo 10 días. Con las dos sobrinas en la capital, Vanessa planeó un día con sus sobrinas. Se fueron hasta el centro de Caracas queriendo disfrutar de un plan barato, casi de turista. ¿El pecado? Comer. “Pedimos una pizza grande y tres Nestea y se fueron 3.000 bolívares soberanos. La plata se te va y no te das cuenta”.

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Vanessa salía con amigas, tomaba algunas cervezas, con cierta cierta frecuencia. “Ya no se puede hacer. Hace poco pedí un tercio sin mirar y me estaban cobrando 185 soberanos. No pude pedir otra birra, aunque tenía ganas”. Tomar caña también es un lujo. Y ahora 185 ya sería barato.

FamiliaHiperinfalción-1Ella se independizó de su familia hace seis años. Vive alquilada pagando una tontería, en relación con el enfermo y dolarizado mercado inmobiliario. Si no fuera así, tendría que regresar al techo donde creció. No tiene casa propia, ni mucho menos carro. “Mis estudios son lo único que tengo”. En 2013 pidió un crédito hipotecario y se lo negaron por no cumplir con ninguno de estos dos requisitos: ser mamá viuda o mamá divorciada. “Después de ese año, fue imposible comprarme un apartamento”.

Cancelar la cuota del alquiler, que antes compartía con su sobrina, se le ha hecho complejo. “Me cuesta, a veces tengo que vender dólares. Para mí sola es difícil”. Cuenta que su sueldo de docente le sirve para pagar las tarjetas de crédito, que siempre tiene hasta el tope. “Uno vive de ellas, de si suben o no. No me importan endeudarme en bolívares”. El último y más reciente incremento en el límite los utilizó para comprarle tres kilos de comida a su gato por 3.600 bolívares soberanos.

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Su propia dieta no es la que quiere, sino la que puede. Hace tiempo que no come jamón, ni cereales, ni yogurt. “El cereal está caro, leche no hay. Aprendí a tomar el café guayoyo” en vez de un buen con leche. Ahora cena pan con queso o casabe, pan con tomate –si no los consigue muy caros- o simplemente lo que encuentre en su nevera. Afuera de su ventana, en la calle, otros son menos “afortunados”.