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Velorios de malandros: no hay descanso en paz

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15/10/2015
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FOTOGRAFÍA: LURDES R.D

Para muchos estos velatorios son un espectáculo ramplón, vulgar. El dolor ante una pérdida se puede expresar de muchas maneras. Sin embargo, nadie duda de la peligrosidad que los envuelve. No hay párrocos ni salmos, sino ron y cantos. Y rogar a Dios o la corte malandra que un muerto no llame a otros muertos

El rugir de las motos espanta. En medio del suburbio –doloroso y que alimenta odio, acaso por la marginación– los panas comentan, se arrechan y deciden los próximos ataques. También toman cualquier brebaje. Suerte de droga que vuela conciencias. No hay quien les meta freno, literalmente. Son ellos –los amigos del difunto– los dueños del lugar. Ni los familiares tienen potestad de dar órdenes o cuando menos un consejito: la recomendación de postura a la hora de llorar o desplegar pésames. Juntos, arropados por la misma cobija delincuencial, controlan la funeraria donde reposa el cadáver de su “costilla”. Esta es la escena calcada, la réplica de los velorios de delincuentes en cualquier parte del país. No se rezan rosarios. Menos se repite la jacutoria: “Concédele Señor el descanso eterno…”.

En algunos casos, las motos forman parte del jolgorio, en caravanas ruidosas y piruetas, o como catre para colocar el ataúd y, también, para soportar últimos espectáculos, la despedida final a ritmo de caderas, con comparsa para levantar faldas y mostrar plantaletas, como se vio el 12 de marzo de 2017.

Esta otra historia ocurre en la funeraria Copacabana de Guarenas. Está ubicada en pleno centro de la ciudad, frente a la terminal de pasajeros más importante de la zona, donde parten las unidades colectivas al sector popular Las Clavellinas. Son más de 50 motorizados con su respectivo parrillero los que están estacionados en plena calle. Sí, los focos de terror. A quienes no se les puede mirar de frente porque sería pecar. No se sabe si por caridad o consideración, ellos dejan un canal disponible para que el tráfico fluya. Lo cierto es que se convierten en los amos de la vía, y del muerto.

“Ese carajo era pana, el propio pues. Se descuidó y le apagaron la luz. Pero esos caen, mano, ya verás”, suelta un joven de aspecto desaliñado, que viste franelilla blanca, bermudas y una pañoleta roja en la cabeza. Exhibe una botella de Macondo –una especie de bebida espirituosa seca. Varias veces se empina el litro. Camina hasta la entrada de la funeraria. Se detiene, habla por teléfono y se va en su Bera roja con señales de fuego a los lados del tanque de la gasolina. Dejó en evidencia el pesar que lo atribulaba por el rostro exánime que reposa dentro del ataúd.

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Los asistentes a las “honras fúnebres” cumplen prácticamente con el mismo formato y comportamiento. Un ritual urbano que muchos prejuiciosos consideran dantesco. Casi estudio antropológico. Pocos franquean la capilla. Es que la comodidad se encuentra afuera. También festejan con droga, alcohol y cuentos. Motos van y vienen. Más ruido, más miedo.

En las funerarias existe un control estricto de horario. Antes, dolientes y concurrentes podían amanecer acompañando al que entró al Paraíso o Purgatorio. Ahora –debido a la violencia generalizada– las puertas se cierran a las nueve de la noche y se abren a las ocho de la mañana del día siguiente. A esa hora empieza el arreglo final. Partir al cementerio.

Los ataques armados, destrozos y demás actos vandálicos dentro de las capillas obligaron a los prestadores de servicios funerarios a implementar normas. “Trabajar en esto se convirtió en un riesgo. Han matado a personas dentro y han robado mucho, así que se decidió poner horarios”, refirió Virgilio Mendoza, encargado de una capilla en Guatire. El recorte en el tiempo de velación hizo que los desmanes violentos dieran un giro. Ahora todo ocurre al salir del templo.

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En Copacabana, ocho sujetos –la mayoría no pisa todavía los 30 años– acoplados a paso lento, deciden sacar la urna en brazos y homenajearla cinco minutos antes de montarla en la carroza. Cantaban una alabanza extraña, de esas que aprueban y rechazan los designios de la vida. “Hermano te vas feliz, pero no queremos que te vayas. Siempre estarás con nosotros. Arriba ‘Mostro’, arriba”, vocean.
Al ritmo se le suma la lluvia de alcohol que mancha la piel de los presentes. Las lágrimas y gritos, sobre todo de mujeres, se mezcla con la embriaguez gris, plañidera. No es extraño que los hombres sean más fuertes a estos eventos mortuorios.

El camino al camposanto inspira mucho más miedo. Valor debe tener el conductor, quien debe activarse el “mute” y respirar hondo. Entre tumbas y nichos, empieza la segunda fase del velorio: la despedida oficial. “Estos últimos minutos son los más peligrosos”, considera el propio director de la policía municipal de Plaza (Guarenas), comisario Richard Urbano y continúa: “nuestra responsabilidad es velar por la vida e integridad de las personas que acuden al adiós, las que transitan cerca de los cortejos y aquellas que habitan en los alrededores. No ha sido fácil proporcionar seguridad por la presencia de drogas y armas de fuego”, refiere.

Pese a que han hecho varias detenciones –no da números–, considera que las organizaciones delictivas se están cuidando un poco más de las policías. “Ya no disparan cuando van camino al entierro. Lo están haciendo con mayor control, porque hemos practicado detenciones importantes”, dice el jefe policial.

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El velorio de un malandro tiene otras añadiduras: vigilantes de las mismas bandas para impedir enfretamientos o ataques de enemigos, las flores brillan por su ausencia y la bombona de anís y guarapita acucian la sed y lágrimas. Pero también aparecen otras complicaciones. Por ejemplo, los costos y reticencias por parte de las agencias encargadas de ofrecer servicios fúnebres. “En un país tan violento como Venezuela, donde la mayoría de las muertes son por homicidio y armas de fuego, negar un servicio es un riesgo. Por eso, cuando familiares de los tiroteados llegan a pedir contratos se les aumenta el precio. Puede costar 60 mil bolívares, mientras que una muerte natural o accidente está por el orden de los 45 mil”, refirió un trabajador del rubro.

Un fallecido puede llamar a otros. Abre las puertas del más allá. Ese es el riego que se corre durante un sepelio de este tipo. En Turmero, estado Aragua, ocurrió una masacre el 8 de enero de este año. Siete personas fueron asesinadas cuando estaban homenajeando a un amigo caído. Los proyectiles interrumpieron el andar lento de los dolidos. Aunque hubo respuesta, la pólvora enemiga fue mayor y rápida. Los pistoleros esperaban sigilosos la entrada de los acompañantes del cadáver. Esa urna también fue baleada. La remataron.

Como respuesta a este tipo de actos, y luego del doble asesinato ocurrido en la autopista Valle-Coche el pasado 17 de marzo, donde perdieron la vida Nathaly Trujillo, de 32 años, y su esposo Pedro Marapacuto, de 38, asesinados por no obedecer la orden de alto que les dieran varios motorizados que pasaban con un cortejo de luto, las policías activaron un plan de control y vigilancia. Por ejemplo, en la autopista Petare-Guarenas, la policía de Plaza implementó el programa de Control y Vigilancia de Cortejos Fúnebres. Ocho funcionarios están destacados a lo largo de la vía para evitar el caos de las caravanas. “Tenemos cuatro motorizados y dos patrullas que hacen el recorrido completo. Bajan desde Caracas y Petare hacia el cementerio de El Cercado. La anarquía era evidente, trancaban la autopista y hacían piruetas, disparaban y demás. Todo eso está prohibido”, suscribió el director policial.

No importan las ordenanzas o leyes. El próximo ritual dará de qué hablar.