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Venezuela bajo tortura y terror

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25/04/2017
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FOTOGRAFÍA: PEDRO AGRANITIS

Las fuerzas policiales ya no esconden su intención de hacer el mayor daño posible a quienes protestan. Y aunque saben que tienen encima la mirada del mundo y los videos de cientos de testigos, matan, barren el espacio con ráfagas, arrojan bombas lacrimógenas, golpean, arrastran mujeres por el pelo, entre otros exabruptos. ¿Qué no harán a puertas cerradas? Acá una reflexión acerca de las torturas

En 1952, hace ahora 65 años exactamente, José Agustín Catalá editó en forma clandestina Venezuela bajo el signo del terror, que de inmediato sería conocido como “el Libro Negro de la dictadura”, porque exponía la minuciosa investigación que había realizado un equipo coordinado por el propio Catalá para documentar los atropellos de la tiranía de Pérez Jiménez, la censura, la tortura y los nombres de los torturados, la descripción de los campos de concentración y la valerosa conducta de la resistencia.

José Agustín Catalá murió en diciembre de 2011, dos meses antes de cumplir 97 años. Estuvo lúcido hasta el último momento. Me cuento entre la legión de amigos que con frecuencia visitaba al célebre editor para consultar su asombrosa memoria y pulsar su juicio, siempre sabio y aplomado. José Agustín era nuestra biblioteca viviente acerca del siglo XX venezolano. Muchas veces lo entrevisté y guardo un largo manuscrito con entrevistas que algún día publicaré. De esas conversaciones entresaqué las referencias a la tortura que logré obtener de Catalá, quien se negaba a hablar de su propio sufrimiento. Cuando cumplió 90 años lo entrevisté para El Nacional y entonces se decidió a contarlo. Su detención se había producido a raíz de la publicación del “Libro Negro” y después del asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, perpetrado en San Agustín del Sur, el 21 de octubre de 1952. Fue interrogado por el jefe de la policía, Pedro Estrada, quien lo mandó a la Cárcel Modelo. Y un día, a medianoche, lo vinieron a buscar a la celda que compartía con Ramón J. Velásquez para llevarlo a la Seguridad Nacional.

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“Nunca olvidaré la cara de Ramón cuando me vio salir con los esbirros. Era una cara de espanto. Se conmovió por mi situación y también se preocupó, porque yo tenía toda la información sobre el ‘Libro Negro’. Si yo delataba, podían meter presas a 20 personas que habían colaborado en la publicación”, dijo Catalá.

José Agustín llegó al cuartel de la policía, que estaba en El Paraíso, y lo pasaron directamente a la tortura. “No hubo interrogatorio. Me arrancaron la ropa y empezó eso… Había un método que consistía en obligar a los detenidos a pararse en el borde del ring de un automóvil. Para mí era terrible, porque tengo los pies planos. Me caía a rato del ring y entonces era peor, porque me caían a palos. Un muchacho me dijo: ‘Quítese la ropa’. Y él mismo me la arrancó. No podía esperar.  Me cayó a palos. Los torturadores no preguntaban nada. Vino toda la cosa. La debacle, la locura. La tortura es una locura. Eso no se puede contar. Hay que vivirlo para saber el vértigo… cómo se vuelven locos esos tipos, locos por completo. Se quitaban la correa y le daban a uno con la hebilla para que dejara marca. ‘Pásamelo, pásamelo’, le decía un torturador al otro. Daban brincos de excitación”.

“Tanto el torturador como el torturado llegan a un estado bestial. Los torturadores eran jóvenes que se volvían locos. Hoy los calificarían de drogados. Se solazaban en el dolor de los demás, dándonos palos y peinillazos, saltando sobre nosotros. En eso nos estuvieron cuatro días. Tirados en un piso de cemento frío. Cuando ya estaba prácticamente inconsciente por el dolor, las heridas, los magullamientos y los hematomas en todo el cuerpo, entró Ulises Ortega, uno de los peores criminales del grupo de Estrada, a quien yo había denominado ‘El Monstruo’. Se acercó a mí, que estaba tirado en el piso, abrió los ojos como una fiera, le quitó la peinilla al vigilante, me levantó por los cabellos y me cayó a planazos mientras gritaba como un loco: ‘yo soy el monstruo, yo soy el monstruo’. Fue terrible. Al cuarto día nos arrojaron en un calabozo”, siguió diciendo Catalá.

Tal fue la brutalidad del castigo que, cuando Catalá finalmente fue devuelto al calabozo en la Cárcel Modelo, Simón Alberto Consalvi, quien también estaba allí, no lo reconoció. La cara del editor era una masa sanguinolenta. Esto ocurrió en 1953.

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Abril de 2017

El diario El Tiempo de Colombia titula su editorial sobre la jornada de marchas del día anterior en toda Venezuela: ‘El régimen se desquicia’. “Nicolás Maduro reprimió otra vez brutalmente las protestas contra su gobierno de miles de personas en Caracas y otras ciudades del país, y liberó a sus grupos paramilitares, conocidos como ‘colectivos’, para que atacaran e intimidaran a la población inerme, pasará a la historia como el día en que este gobierno se desquició y se ubicó en un punto de no retorno. La dictadura se les vino encima a los venezolanos”, observó el rotativo colombiano.

“La joven tendida en el piso, sin vida, en San Cristóbal; los cientos de personas que tuvieron que arrojarse a un canal de aguas negras para librarse de los gases lacrimógenos y del acoso sangriento de la policía; el piquete de guardias que molió a patadas a los jóvenes”, precisó el editorial.

“Este sufrido pueblo lucha contra un régimen que perdió la razón”, concluye El Tiempo. Es lo mismo que decía José Agustín Catalá y los ciudadanos que se han topado en las calles de Venezuela con la crueldad de los “cobardes policías y militares”, como dice El Tiempo. Los agentes de la represión han venido mostrando una sevicia en escalada. Ya no esconden la intención de hacer el mayor daño posible a quienes protestan; y aunque saben que tienen sobre ellos la mirada del mundo y los videos de cientos de testigos, aún así matan, barren el espacio con ráfagas, arrojan bombas lacrimógenas contra el cuerpo de manifestantes inermes, golpean, arrastran mujeres por el cabello, reparten culatazos, dan cadenazos, peinillazos. ¿Qué no será lo que les hacen a los detenidos por acciones políticas? Es válido preguntarse. Los relatos son estremecedores. Y, con toda seguridad, se quedan cortos.

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Escribo estas líneas cuando empieza la marcha del jueves 20. Ya las fuerzas de choque de Maduro han lanzado no sé cuántas bombas lacrimógenas, lo único que no escasea en la Venezuela del chavismo. El régimen muestra su desquiciamiento y se ceba contra los venezolanos. No hay mal que no nos haya caído.

Enero de 1958. Cuando cayó Pérez Jiménez, cuenta Catalá, “la gente asaltó la sede de la Seguridad Nacional. Los esbirros huían saliendo por las ventanas”.

20 de abril de 2017. Una del mediodía. “Colectivos protegidos por la Policía Nacional Bolivariana (PNB)”, tuitea el diputado adeco Henry Ramos Allup, “actuando para reprimir alevosamente ciudadanos pacíficos [en] protesta contra [el] régimen.