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Venezuela y Cuba: hermanas del dolor y la pobreza

CubayVzla

Muchos de los ciudadanos cubanos que salieron despavoridos de la isla, por la pobreza y precariedad que inflingió la revolución de Fidel, ven a los venezolanos con atención y tristeza. Incluso corean: “en Venezuela van caminando derechito por el mismo destino de Cuba y no se están dando cuenta”. Siguen con horror la situación nacional

Yo oigo las noticias de lo que está pasando en Venezuela y revivo mi pasado en Cuba. Claro, ustedes todavía no están tan graves como estábamos nosotros cuando salí aterrada de mi país. Pero van derechito para allá. Si no se ponen las pilas, los próximos culos alfabetizados de Latinoamérica serán los de los venezolanos. Se acordarán de mí”, discurre con jacarandá Ivonne Álvarez. Ella suelta la advertencia. Sabe lo que dice, al menos por el conocimiento que se desprende de su experiencia. El horror lo vivió, lo sufrió, lo padeció. “Yo preferí irme con mis dos hijos a probar suerte, y no quedarme a pasar hambre y necesidad. Estaba cansada de usar papel periódico y hojas de libros para limpiarme cada vez que iba al baño. Me harté de usar una biblia para limpiar a mis hijos porque era el único papel que no les hacía daño. No era humano hacer recorridos largísimos por la isla o colas interminables para comprar comida y no encontrar nada cuando ya me tocaba el turno”, dice Ivonne, sin tapujos. Por eso, a pesar de tener una casa donde vivir y una profesión —es profesora de educación primaria— que la justifica, esta mujer prefirió irse a limpia, lavar carros y servir de chofer en una empresa de transporte de lujo que funciona en Miami.

En Cuba, el dinero que ganaba, no le alcanzaba ni para los gastos básicos. “El racionamiento era terrible. La comida que por tarjeta tocaba para un mes solo alcanzaba para una semana. Así que había que conseguir todo por la izquierda y claro que mucho más caro. Había que inventar para poder suplir algunos productos básicos Y, cuando se tenía el dinero para comprarlos en mercado negro, no había. Además de usar los libros como papel toilette, nos tocó aprender a hacer jabón de lluvia. Comprábamos un jabón de tocador, lo diluíamos en agua de lluvia y luego lo cuajábamos en moldes. De uno, lográbamos sacar cuatro. Para bañarse con eso era horrible, porque era muy resbaladizo, pero era lo que había. Para lavar la ropa, usábamos un insecticida especial para la caña de azúcar que hacía espuma. Y había que enjuagar mucho y si tenías perfume, cualquiera, lo debías echar en el agua de enjuagar para que la ropa oliera a otra cosa y no a insecticida… No podíamos comer carne, la carne de res en Cuba está prohibida desde 1965. Solo la consigues por contrabando. Allá solo se come pollo y puerco y racionado, claro. Conseguir leche para los niños era una verdadera agonía. Las toallas sanitarias o tampones las tenías que comprar con la libreta de la comida y era solo un paquete al mes y, cuando la mujer cumplía 45 años, ya no se las vendían. Las medicinas había que buscarlas por toda la isla. Si no tenías familiares en el exterior que te ayudaran, era mucho más difícil sobrevivir… Y esto se me parece tanto a lo que están viviendo los venezolanos”, dice Ivonne, mientras maneja.

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Pero en Cuba, el tema de la escasez no se conjuga en pasado. Hace poco menos de un año, Maritza Pérez, otra cubana que no pudo salir de la isla sino recientemente, vivió en carne propia el desabastecimiento farmacéutico, la falta de profesionales de la medicina y los embates de una mala nutrición. Su hijo, de un año de nacido, murió por una meningitis diagnosticada tarde —que además no pudo ser tratada por falta de medicamentos. “En Cuba no hay médicos; todos están trabajando en cantidad de países y no hay quien se ocupe de los que vivíamos y viven allá. Yo llevé a mi hijo a uno de los hospitales. No había médicos graduados, sino estudiantes. Cuando me lo revisaron, me dijeron que mi niño lo que tenía era una ingesta, un problema de digestión. Yo les hice caso. Pero al día siguiente volví, porque seguía igual. En la noche, mi muchachito se me murió. Cuando por fin un médico me lo vio, me dijo que lo que tenía mi bebé era una meningitis y que estaba muy avanzada. Pidieron Rocephin porque en el hospital no había. ¡Un hospital cabeza de provincia no tenía el medicamento! Yo tuve que mandarlo a pedir con una amiga que trabajaba en un hospital de La Habana, pero cuando llegó, ya era muy tarde. El pueblo venezolano es el reflejo de nosotros, va siguiendo los mismos pasos, como si Cuba hubiese sido la escuela y ustedes los alumnos. Venezuela está viviendo las mismas colas, los mismos golpes en las colas… tienen que caminar la ciudad entera para buscar, por ejemplo, leche, pañales desechables y pare usted de contar… No pueden dejar que los conviertan en lo que nos convirtieron a nosotros, en la piltrafa del Caribe”, dijo entre lágrimas, Maritza. Ella solo tiene meses en Miami. Se dedica a labores de limpieza donde la contraten, pero a pesar de las necesidades que vive, dice no volver nunca más a Cuba. “Es que la necesidad con libertad sabe y se vive distinto”, agrega sin titubeos.

Pero en Cuba no solo hay todo tipo de carencias, también hay miedo. “Siempre. Uno no sabe lo que significa la palabra libertad, hasta que uno sale y descubre que tener voz propia no es un crimen”, agrega Maritza.

“En mi época no se podía hablar, todavía no se puede. Decir algo en contra de los Castro es una afrenta que puede costarte la libertad. ¡Muchacho, te conviertes en gusano! Así le dicen a los disidentes. Recuerdo que antes de que me llegaran los papeles para poderme venir a Miami, mi hijo estaba muy molesto porque no teníamos leche. Él tenía nueve años cuando eso. Y dijo: ‘abajo Fidel’. Alguien lo oyó y al rato me llegó la policía a dejarme una orden de advertencia para vigilar a mi hijo, porque, según ellos, era un candidato a delincuente juvenil”, recuerda Ivonne con amargura.

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Con carta blanca

Ivonne salió de Cuba meses después de que la botaran de la escuela donde daba clases. La despidieron por referirse de una forma inapropiada al Gobierno Revolucionario de Fidel Castro. “Había un alumno cuyo desempeño era malísimo y su actitud era muy rebelde. Mal portado, violento, flojo… Un día conversé con él y me contó que su mamá recién había muerto por falta de dólares. A la mujer la había arrollado un carro y cuando la llevaron a un primer hospital no la aceptaron porque no tenía dinero; al llegar al siguiente centro, la señora había muerto. Ante aquella situación, su hermana había decidido convertirse en jinetera. Y encima de todo eso, él tenía que viajar dos o tres horas diarias para poder llegar al colegio. Cuando los otros profesores empezaron a quejarse del niño en una reunión, yo les dije que la culpa no era del niño, sino del sistema y de nosotros, porque en vez de ayudarlo y entender todo lo que le tocaba pasar diariamente a esa criatura, lo que hacíamos era castigarlo y maltratarlo. A los días me pidideron que entregara mi cargo sin mayor explicación, pero la verdad me hicieron un favor. Gracias a estar sin trabajo, me salieron mis papeles para irme”, cuenta Ivonne complacida por su valentía.

Cuando tuvo los documentos necesarios, Ivonne hizo algunos artilugios para poderle dejar su casa a sus padres, pues la de ellos estaba muy deteriorada. Según las normas del régimen, aquello no era legal. Si ella se iba, la residencia se quedaba en poder del Estado cubano y ellos verían qué harían con el inmueble. Pero Ivonne no se los permitió. La ropa debían dejarla, así como todo el mobiliario. Sin embargo, ella se las ingenió para vender algunas cosas y para regalar otras. “Yo no les iba a dejar nada. Yo vi cómo le hicieron inventario a mis tíos en los años 70, es que si se rompía un adorno, había que guardar los cristales para demostrar que se había roto y no que se había vendido sin permiso, y en los 90 fue igual, pero no les di el gusto”, dice Ivonne con orgullo.

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Al llegar a Miami, no fue fácil, pero la posibilidad de vivir sin restricciones se convirtió en el motor que la impulsó a salir adelante. Hoy, desde Estados Unidos, Ivonne y Maritza ayudan a sus familias. Cada una logra enviar 100 dólares a sus padres y con eso logran vivir sin mayores complicaciones. Les alcanza para cubrir los gastos básicos y varios gustos para el mes completo. Gracias sus familiares en el exterior pueden comer, vestir y asearse mejor, y hasta alcanza para los gastos médicos y para las medicinas. “Le doy gracias a Dios por haberme ayudado a conseguir mis papeles para salir. Mi meta siempre fue irme de Cuba, pero nunca sola. Conmigo se venían mis hijos. Por ellos, no me decidí a salir de la isla en balsa. Me daba miedo que les pasara algo”, dice Ivonne.

Maritza, por su parte, no quiso dar detalles de cómo fue que salió de Cuba. “Solamente te digo que yo no vuelvo. Ayudo a mis padres y ya. Cuando ellos se decidan a venir, los volveré a ver, pero yo no regreso. Ese país maldito me arrebató a mi hijo y ese dolor vivirá siempre conmigo”, concluye Maritza.

 

EN NÚMEROS

Más de 2 millones de cubanos viven legalmente en Estados Unidos según cifras de 2013 publicadas por la Oficina del Censo.

Más de 1 millón y medio de venezolanos ha salido del país según estimaciones que hizo el sociólogo Iván De La Vega en 2014.

Tanto cubanos como venezolanos pueden vivir con 100 dólares americanos al mes. Tres venezolanas fueron arrestadas en Trinidad y Tobago por llegar en balsa a esas tierras. A los venezolanos se les conoce como los balseros del aire.