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Vivir con los muertos del Cementerio General del Sur

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30/10/2017
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TEXTO: JULIO MATERANO | FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

Son harto conocidas la decadencia y ruina del Cementerio General de Sur, que por su acervo histórico y artístico se granjeó el título de Monumento Histórico Nacional. Pese a las pésimas condicionas urbanas y de salubridad, más de una familia vive, literal, entre los muertos. Sin casas y sin auxilio del Estado, hombres y mujeres han hecho de las lápidas y los restos de mausoleos sus techos y camas

En Caracas los cementerios no solo albergan muertos, también son refugios para los vivos. Son almas perturbadas y cuerpos andrajosos, que se declaran sin hogar y deciden enterrar su existencia en fosas que se creían destinadas a cadáveres. El Cementerio General del Sur, el más importante de Distrito Capital, es hoy una metrópolis con tumbas de puertas abiertas y caminos de espesa vegetación que conducen a los domicilios más raros y escalofriantes: panteones profanados, sepulcros corrompidos por alcohólicos, drogadictos, pero también por personas con ingresos fijos que incursionan en una vida ermitaña sumidas en su propia miseria.

Marta Ortega tiene 49 años, es docente auxiliar, trabajó en el preescolar Jesús de la Divina Misericordia en San José de Cotiza y vive en el Mausoleo del presidente Joaquín Crespo, el monumento más importante del camposanto, inaugurado el 5 de julio de 1876. Ortega cuenta que se mudó hace más de cuatro meses cuando recayó en las drogas. Consume piedra y comparte la capilla con cinco personas. No todos son viciosos, pero tienen un drama en común: están sin viviendas y piden ser reinsertados.

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Las noches en el cementerio son largas, oscuras, con destellos de luces que estallan en la parte alta del barrio Santa Eduvigis y los caseríos de espalda a las tumbas. Quienes allí residen se iluminan con velas y se guarecen mucho antes de la puesta de sol, cuando los últimos deudos aún continúan en el camposanto y los arribistas hacen el mayor esfuerzo para no levantar sospechas. En el lugar conviven unas 30 personas. Son nómadas dentro de una porción de ciudad inmóvil. Algunos se refugian en el “Panteón de Los policías” y deambulan entre criptas de poca fama.

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Marta dice que comparte refugio con tres hombres y dos mujeres. Lo confiesa ensimismada, mientras aguarda por un plato de comida en la parroquia San Miguel Arcángel en Santa Rosalía. Allí acude cada viernes a retirar el único bocado seguro en una semana —por el que espera siete días exactos. “Hace tres años estuve en Yaracuy, en el centro Julián Antonio Rojas de la Misión Negra Hipólita. Duré dos años internada y me recuperé, retomé el juicio. Entonces llevaba una vida menos loca, me reencontré con mis tres muchachos. Luego viví con un hombre en la Cota 905 que me trataba bien pero me daba coñazos y recaí nuevamente. Recaí además porque uno de mis hijos cayó preso”, cuenta.

Ella vive de la prostitución. Esa tarde llevaba una blusa azul que combinaba con su maquillaje torcido. Habla despacio y admite cada tropiezo de su vida con desvergüenza. Lo hace con la misma frialdad con la que transcurre su vida en un cuarto de muertos, uno donde ya no está Crespo —fue sustraído en 2013. La mujer cree que la muerte es una continuidad silenciosa de la vida y lamenta, al mismo tiempo, tener que interrumpir el descanso a cuantos difuntos incomoda cada vez que ella y sus amigos deciden mudarse de lugar para no ser descubiertos por la Policía de Caracas ni la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).

Lejos de ser un lugar de descanso, las tumbas son caminerías, bateas, tendederos y fogones. Todo al mismo tiempo. No hay deferencia ni respeto hacia los difuntos. Son puentes y pasadizos. En el barrio de los acostados, los vivos, que son los menos, imponen la rutina. Más allá del ornato, la fuente central del recinto es un llenadero a cielo abierto. Del lugar se carga el agua para preparar alimentos, lavar algo de ropa o bañarse.

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En el camposanto, el día de los muertos, que se celebra cada 2 de noviembre, y las visitas dominicales pierden seguidores. Y se convierten en tradiciones difíciles de cumplir. Josefina Palacios, de La Vega, denuncia el recrudecimiento de la inseguridad. “Vengo asustada a ver a mis difuntos. No hay vigilancia y no se lleva un control de las personas que entran. Nadie se da cuenta si te matan y te tiran en una fosa”, denuncia.

Patrimonio nacional

Ubicado al final de la avenida principal de la urbanización Santa Rosalía, el Cementerio General del Sur, fue abierto hace 140 años. Fue erigido durante el primer gobierno del general Antonio Guzmán Blanco. Y más que un hito, su construcción significó la clausura de 27 necrópolis que había en la ciudad. Toda inhumación fuera del recinto era considerada ilegal —pues era el único autorizado para los sepelios y actos solemnidad.

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En la actualidad aloja los restos de próceres y sus familiares. Posee más de 246 hectáreas y se ha extendido con los años. Algunos sectores están delimitados, separados por grupos étnicos y credos: judíos, ortodoxos, cristianos, vascos y suizos, por mencionar algunos. Pero su aspecto es ruinoso. Hace rato que perdió su cariz de museo escultórico. El monte acobija las parcelas, desdibuja los linderos y no hay vigilancia. Los cadáveres son profanados a plena luz del día, cuando los carroñeros de huesos se hacen pasar por deudos y destrozan las tumbas. La embestida de quienes comercializan con la muerte ha provocado la devastación de panteones enteros y la pérdida de santuarios.

El deterioro no solo cobra terreno en el campo, también se posa en las esculturas que guardan valor patrimonial. En especial las que están en el bulevar principal, que da acceso a la zona central que fue declarada Monumento Histórico Nacional el 9 de junio de 1982 a través de la Gaceta Oficial nº 32.492. Se trata de un reconocimiento que exige salvaguardar y conservar la institución, una tarea pendiente que corre por cuenta de la alcaldía, la directiva del recinto y el Instituto de Patrimonio Cultural.

Construido en 1898, el mausoleo de Joaquín Crespo, con estilo dórico, es el monumento más importante de la necrópolis. Sus dimensiones y estética lo confirman. De su decoración solo quedan ventanas desvestidas de sus vitrales, cerraduras violentadas y rastrojos de basura por dondequiera. El lugar acaparó la atención de las autoridades en marzo de 2013 cuando se reportó la desaparición de los restos del general y de su esposa Jacinta de Crespo, al igual que algunos de sus hijos. El hurto, que inquietó al país, sigue siendo una incógnita por despejar. Quien fue dos veces Presidente de la República, fue enterrado en 1898 tras recibir un impacto de bala en un enfrentamiento con un grupo de alzados en el estado Cojedes.

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Empleado de Libertador, inquilino del cementerio

Tomás Malavé no consume, su rostro conserva el sosiego de quien se acostumbra a vivir con poco y evita hacer de la desgracia sus días. Tiene empleo formal, trabaja como obrero para la alcaldía de Libertador, cobra quince y último, recibe bono de alimentación y todos los beneficios de la Ley del Trabajo, pero, al igual que Marta, vive en el Cementerio General del Sur. Es su lugar de residencia desde hace casi dos años cuando una incursión de la Operación Liberación del Pueblo (OLP) en el barrio 1 de Mayo, en Santa Rosalía, lo dejó sin hogar. Esa noche el miedo asaltó a su comunidad y muchos huyeron despavoridos para resguardarse de las balas de los funcionarios. Abatidos por el pánico y la zozobra impuesta por las bandas que dominan el lugar, las familias fueron acechadas con más violencia. Esta vez eran funcionarios encapuchados, con armas largas, que prometían devolver el orden con más terror.

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“Los funcionarios entraron a mi casa y me tumbaron el rancho. Vivía solo pero lo tenía todo. Me encontraba de nuevo en la calle. Fue muy rápido, estaba durmiendo y de repente ya no tenía paredes ni techo. Éramos sometidos por delincuentes con las caras cubiertas”, cuenta. Un carnet lo identifica como obrero de la alcaldía, un oficio que algunos días le demanda sus habilidades como albañil y otros le exige rebajar la maleza que cubre el terreno, con un machete en la mano derecha y un garabato de madera en la izquierda.

Tomás dice que sus días son simples, redundantes en aquello de habilitar fosas. Un acontecimiento definitivo que reduce a un trámite, una diligencia que describe con naturalidad, sin desvarío. “Siempre es lo mismo. Aparece un difunto, los familiares solicitan un hueco a la dirección del cementerio o piden que se habilite un espacio en su parcela, si la tienen. Luego se moviliza una cuadrilla para cavar una zanja, se sepultan los restos”, repite.

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Asegura que a diferencia de otras personas que habitan el cementerio, vive entre muertos y no con ellos. Su casa es en realidad lo que hasta hace dos años fue una “residencia” de médicos cubanos que la abandonaron por razones de salubridad. El lugar ruinoso, con paredes manchadas por la mugre, huele a orine rancio y tiene más aspecto de taller de autos que de vivienda. Es como si toda la suciedad se amasara en un mismo terreno.

Tomás cree que hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos. Y pasa sus fines de semana sumido en el aguardiente, un aliciente que, en ocasiones ensalza sus días de semana, y es tal vez su mayor valentía. Su botella, la caña, es su única arma por las noches cuando retorna solo a su pieza y se hace acompañar por la radio.

Más inquilinos

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En una pieza contigua a su cuarto, conviven otras nueve personas. Desiderio García es parte de ese grupo. Cuenta que tiene cuatro años durmiendo en el cementerio. Y a diferencia de sus compañeros, quienes viven de escobillar las tumbas, vende chupis. Dice que compró el último paquete de 30 helados a 2.730 bolívares. Aún los vende a 300 por unidad, pues agrega que hace rato le perdió la pista a la inflación. Lo cuenta mientras cepilla sus pantalones sobre una lápida de granito, la misma que cruza para entrar a su casa. “Vivía en Santa Eduvigis, pero me vine para acá porque tuve problemas con mi familia. También vendo helados en el mercado mayorista de La Hormiga”, dice y señala su barrio de origen.

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Desiderio, como todos los demás, aguarda cada tarde por la llegada de un nuevo difunto, con su cava de anime, forrada en tirro marrón y repleta de helados para refrescar el paladar a los que despiden seres queridos. Quienes consumen el producto ignoran que el frescor viene del propio cementerio, donde Desiderio refrigera los helados en una nevera desvencijada dentro de una pieza arruinada de la que solo quedan algunos enseres en buen estado.

Aunque macabras, las historias de profanación, de hurtos de osamentas y de piezas de bronces son de dominio público.El hampa ha mermado las más de 118 estatuas y monumentos de autores como Andrés Pérez Mujica, Emilio Gariboldi, Lorenzo González, Federico Fabiani, Francisco Narváez y el mismo Pietro Ceccarelli. Hoy, 140 años después de su inauguración, no existe un inventario de los elementos arquitectónicos que forman parte del patrimonio construido. Algunos empleados incluso apuestan por iniciar un trabajo a puertas cerradas que permita hacer el registro de lo que queda.

El gerente del Cementerio General del Sur, Víctor León, admite problemas, pero niega que haya personas viviendo en un lugar de muertos. “Cada rato la Guardia Nacional patrulla el cementerio y desaloja a las personas en situación de calle. No es verdad que vivan personas en este sitio”, dice y se resiste a declarar.

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Una investigación fotográfica del escultor y fotógrafo Doménico Casasanta sintetizó en 1976 la riqueza del cementerio. Se trata de un trabajo, resumido en un archivo de 2.816 imágenes, encargado por el ayuntamiento de Caracas y que retrata los seres de piedra que representan “los deseos, temores y esperanzas de los vivos”, en un dormitorio de muertos. A propósito de ello, en julio de 2015 la Fundación Museos Nacionales presentó una cartografía visual del cementerio a través de la exposición “Ciudad de piedra”, una exhibición documental de Casasanta que fue desempolvada casi 30 años después como una denuncia.