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Enero de 2018: llegó el colapso total de los salarios en Venezuela

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08/01/2018
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FOTO: ARCHIVO / MANAURE QUINTERO

Los escenarios se han cumplido con más precisión que los cuentos de astrólogos y otros charlatanes de oficio: este 2018 ya llegó cargado de más hiperinflación, postración de la economía y la evidencia diaria de que ningún salario en Venezuela alcanza para sustentar a una familia.

Con el nuevo aumento salarial decretado por el presidente Nicolás Maduro y vigente a partir de este 1º de enero, se ratifica que la vasta mayoría de los trabajadores formales de Venezuela está en condiciones de pobreza y miseria, si se considera que lo que ganan no alcanza ni para hacer un mercado básico mensual.

En Venezuela, el salario mínimo es percibido por un tercio de los asalariados formales, según cifras oficiales de la Encuesta de Hogares por Muestreo, del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), citadas en un informe de propaganda del ministerio de Planificación.

El 52% de los trabajadores gana entre uno (Bs 456.507,4) y dos salarios mínimos integrales; el 10,7% entre dos y tres, solo el 2,8% entre tres y cuatro y un exiguo 2,4% de los trabajadores tiene la fortuna de ganar más de cuatro salarios mínimos por mes.

Esto significa que 84% de los asalariados formales venezolanos tiene que conformarse con menos de  1,6 millones de bolívares por mes (13 dólares a la tasa del paralelo hoy). También equivale a solo 139 dólares por mes si se considera la última tasa marcadora oficial para personas, en el fenecido sistema Dicom, allá por agosto de 2017.

Los datos de quienes ganan salario mínimo son previos a la hiperinflación y a la gran depresión económica de Venezuela, que lleva en línea tres años seguidos, en los cuales se ha pulverizado un tercio del Producto Interno Bruto nacional, es decir, de la suma total de riqueza en forma de bienes y servicios generados por la economía en un año.

Todas las evidencias empíricas indican que el deterioro ha sido mayor en los últimos meses, en todos los niveles de la escala laboral.

- Cuentos de la tragedia corriente -

“Me sale mejor trabajar por mi cuenta, desde la casa, como consultor, el sueldo no compensa. Además me ahorro en transporte, en comida y en ropa”, dijo un economista que llevaba varios años como alto directivo de una importante entidad de estudios económicos.

En realidad, a casi ningún asalariado le compensa hoy en Venezuela salir de su casa para trabajar en una empresa. Y a menos que alguien haga algo pronto, este drama será cada día más crudo.

De hecho, en 2017 fueron decretados seis aumentos salariales, en medio de una creciente indexación con respecto a la inflación pasada. De esta forma, el llamado ingreso mínimo integral ha pasado a Bs 797.510 bolívares mensuales, incluyendo el ticket de alimentación.

Ese monto alcanza hoy para comprar un kilo de queso blanco de rallar –el más barato del país-, y dos kilos de carne molida de res.

“Gano quincenalmente Bs 103.000, eso lo divido entre 15 días y me da 10.300 bolívares diarios. Si a eso le descuento 7.600 en bus, trabajo por Bs 2.700 diarios, ni un huevo”, explica una profesional del ramo financiero que trabaja en una empresa del Estado. Todavía ni se ha molestado en sacar la cuenta de lo que ganará con el nuevo aumento.

También se extinguió en Venezuela el valor de las utilidades, vacaciones y otras bonificaciones laborales de fin de año, pues son pagadas al salario básico promedio (sin el valor de los tickets de alimentación) de modo que muchos trabajadores vieron en Navidad que lo percibido no les alcanzaba ni para pagar un par de zapatos o un día de playa.

Con este aumento, un profesor universitario a dedicación exclusiva –el más alto en el escalafón- pasa a ganar Bs 2.053.000 mensuales de salario integral, según el tabulador difundido por el Federación de Trabajadores Universitarios de Venezuela FTUV. Eso equivale a 16 dólares mensuales, a la tasa del dólar paralelo, el que marca la referencia de precios en buena parte de la economía venezolana.

Esto supone Bs 71.835 diarios, menos de lo que cuesta un almuerzo barato en un restaurante de paso. Tampoco le alcanzaría para pagar el mismo día dos carreras de taxi, de las más cortas.

“En la miseria todos. El que no obtenga algo de dólares no comerá completo, por muy doctor que sea”, resume Alejandro Gutiérrez, profesor de post grado de la Universidad de Los Andes, con máster y doctorado.

Un obrero grado VII, el más alto rango, gana Bs 559.418, más Bs 549.000 en ticket de alimentación y 90.000 de primas, para un total de Bs 1.198.419.

Un personal técnico nivel medio gana Bs 1.239.000 en una universidad.

Las alzas decretadas por Maduro acumulan un aumento nominal de 664% en un año, pero en realidad se trata de una enorme reducción del salario real, pues la inflación acumulada en 2017 estuvo por encima de 2.000%, según cálculos de economistas serios y del FMI.

El mejor término de comparación lo tiene cualquier asalariado que va al mercado ante la pregunta clave: ¿tiene usted más poder adquisitivo que hace un año?

Un solo almuerzo familiar, preparado en casa, a base de pollo con papas y a precios de supermercado, para una familia de cinco personas, puede costar hoy el equivalente al salario mensual de un profesional medio.

La propaganda oficial del chavismo destaca que el salario mínimo ha sido aumentado 20 veces en la llamada revolución bolivariana, el fracasado proyecto político del fallecido ex presidente militar Hugo Chávez.

Pero estas alzas ni siquiera han compensado una inflación acumulada sin parangón en el mundo.

“La política del gobierno de pretender defender a los trabajadores de la hiperinflación, reajustando cada cierto tiempo los salarios monetarios -en una especie de indexación informal de las remuneraciones- es peor remedio que la enfermedad”, destaca el economista y académico Héctor Valecillos, experto en temas de salarios y remuneraciones.

“Esas alzas de los ingresos nominales de obreros y empleados sólo sirven para alimentar trágicamente lo que en Economía se conoce como “ilusión monetaria de los salarios”, es decir, la creencia ingenua de que basta con aumentar los bolívares que se reciben en concepto de remuneración para que mejore el poder adquisitivo de los trabajadores. Como sabemos por propia y dolorosa experiencia, esas alzas van seguidas por el rápido desengaño de la pérdida del poder de compra de esos salarios”, explica.

- Fraude nominal y real -

Entre finales de 2015 y finales de 2016 el salario mínimo fue triplicado, al pasar de Bs 9.648 hasta Bs 27.092, pero en el mismo período la inflación oficial admitida por el gobierno venezolano en un informe enviado a las autoridades financieras de Estados Unidos (SEC) fue de 274,4%. Allí además se expone el evidente fracaso económico y social del chavismo.

De ahí en adelante la brecha se ha ido expandiendo de forma acelerada, de modo que ya es imposible que los aumentos salariales logren compensar si quiera una parte sustancial de la hiperinflación.

Una constatación de precios en un supermercado Excelsior Gama, hecha por El Estímulo, revela que en el último año y medio (desde julio de 2016) los precios de alimentos básicos que eran de consumo común han aumentado entre 20 veces (la papa), 50 veces la chuleta de cerdo, 60 veces el queso telita y 100 veces en los casos del pollo entero y el jamón.

La últimas cifras oficiales reconocidas por el gobierno (si fuesen mejores ya las habría divulgado) indican que en el año 2015 el 33% de los hogares de Venezuela eran pobres y de ellos 9,3% extremadamente pobres, comparado con 21% y 6,0%, respectivamente, en 2012.

Esto significa que para 2015 había en Venezuela 683.000 hogares extremadamente pobres, sin condiciones para adquirir ni una vez la canasta básica de alimentos para subsistir, de acuerdo con la definición usada por el INE.

Es decir, en ese año había ya casi 3,5 millones de personas en condiciones de miseria.

Para Valecillos, el empobrecimiento sostenido de la población y su fuerte dependencia de los programas asistencialistas y populistas no es nada casual.

“Desgraciadamente, esa política no es inocente ni resultado de la ignorancia en asuntos económicos de quienes ahora gobiernan. Ella se formula y ejecuta a conciencia y a sangre fría con el propósito estratégico pero no declarado de facilitar el control social y político de la población”, advierte.

La mejor comprobación de esto es cómo y con qué rapidez ha crecido el número de inscritos con el “carnet de la patria”, que es el nombre venezolano de la cartilla de racionamiento cubana.

“Obviamente, registrarse para tener dicho carnet no es en absoluto manifestación espontánea de adhesión al socialismo, es simplemente el producto de la desesperación de quienes padecen la miseria más espantosa”, agrega.

- Maquillar a un muerto -

Fue en 2016 y 2017 cuando los fenómenos del hambre y la indigencia masiva aparecieron en calles y campos del país, para el escándalo de venezolanos y extranjeros. El acelerado proceso ocurrió justo en medio de cada vez más frecuentes aumentos del salario mínimo por decreto.

Cuando el salario no alcanza ni para pagar los gastos básicos de una familia, la cuenta la pagan especialmente los más pobres, los niños, los más viejos.

En el terreno macroeconómico, en los últimos años varios economistas han advertido el evidente fracaso de un modelo socialista que fundamentó su popularidad en las importaciones masivas de alimentos y electrónicos, financiadas con petrodólares en alza y en la quiebra del sistema productivo nacional.

Cuando se desplomaron los precios del petróleo fue más evidente que el gobierno nunca había ahorrado nada en los años de las vacas gordas con el barril sobre 100 dólares.

Un desplome generalizado de las importaciones, creciente servicio de la deuda externa, derrumbe de la producción nacional y los precios globales del petróleo y destrucción del sistema productivo interno, tanto público como privado, han hecho la cama para que el país se hunda en la pobreza.

En términos de mercado laboral, el maquillaje oficial no logra esconder la realidad.

Empleos precarios, mal remunerados, con caída en picada de la productividad son la marca registrada de la llamada revolución.

Las cifras de desempleo abierto, aunque desactualizadas, ya ilustran dónde se ubica la peor parte de esta destrucción sistemática.

Según los datos reportados a finales de 2017 por el gobierno de Maduro a la Comisión de Valores de Estados Unidos, en el sector de comercio, hoteles y restaurantes, el desempleo abierto cerró en 23% en 2016, y se ha mantenido en torno a esa cifra desde 2012; en Manufactura cerró en 11,5%, contra 12% en 2015.

El economista Felipe Pérez Martí, un ex ministro de Planificación de Hugo Chávez y hoy disidente del gobierno de Maduro insiste en que el descalabro económico no podrá ser superado sin un cambio en el modelo político.

“Tenemos tres meses con hiperinflación, pero en diciembre fue de 98% mensual en el índice general y el de alimentos 150%, tres veces la hiperinflación clásica (para un mes). Es una absoluta barbaridad”, afirma.

“La única salida no es económica, es política y estamos impulsando eso: un nuevo liderazgo en vez de la MUD (la fracasada coalición opositora Mesa de la Unidad Democrática)”, agrega este activista y académico.

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