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La dolarización como instrumento de política industrial en una economía rentista

Un dólar
04/05/2018
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FOTO: PIXABAY

Venezuela sufre las patologías de una economía que capta una renta internacional a través de la exportación de petróleo.

El ingreso en divisas que no es fruto de las exportaciones agrícolas, industriales o de servicios origina los síntomas de la Enfermedad Holandesa:

En primer lugar, el tipo de cambio refleja la productividad del producto que más se exporta y esto se traduce en una tendencia a sobrevaluar la moneda, cuestión que estimula las importaciones que desplazan y arruinan la producción nacional.

En segundo lugar, genera un sesgo antiexportador, toda vez que la tasa de cambio refleja una productividad superior a la de los sectores productivos locales y esto castiga la competitividad internacional de las exportaciones no petroleras.
La dolarización erradica la tendencia a la sobrevaluación del bolívar inherente a una economía que capta rentas internacionales.

- Desmontando la falacia argumental -

Una de las críticas a la dolarización se refiere a la pérdida del uso de tasas de cambio subvaluadas para apoyar la competitividad de las exportaciones no petroleras. Ciertamente, cuando el gobierno devalúa, los exportadores obtienen más bolívares por cada dólar exportado y así ganan un mayor margen de maniobra para cubrir los gastos locales de salarios, alquileres, electricidad, agua, gas, teléfono y otros costos que son pagados en bolívares. Al dolarizar, el gobierno no podría manipular el tipo de cambio con el fin de respaldar la competitividad cambiaria de las exportaciones no petroleras.

Este argumento puede ser válido para economías que se sustentan en un vasto sector exportador agrícola, industrial o de servicios. Pero en una economía rentista e importadora que no tiene una oferta exportable diversificada, la tasa de cambio tradicionalmente se ha fijado con base en la productividad de la industria petrolera, más no de la productividad promedio del aparato productivo. La crónica tendencia a apreciar/sobrevaluar la tasa de cambio ha estimulado toda clase de importaciones que inhiben la producción nacional y prolongan el sesgo anti-exportador.

No hay ningún antecedente en el país que demuestre un manejo inteligente de la política cambiaria para estimular la transformación de la economía rentista e importadora en un nuevo modelo productivo exportador. Todo lo contrario.

Debido al mal uso de la política cambiaria, se ha frenado el crecimiento y diversificación del aparato productivo interno, se ha castigado la competitividad internacional del sector no petrolero, y se han represado presiones inflacionarias que estallan con toda su fuerza cada vez que se ajusta el tipo de cambio.

Por lo tanto, es una falacia argumental afirmar que con la dolarización el gobierno renunciaría al uso de la política cambiaria para apoyar el desarrollo del sector industrial y respaldar la competitividad internacional de las exportaciones no petroleras, toda vez que el sesgo antiindustrial y antiexportador. Más bien, con la dolarización se erradicaría la tendencia a la sobrevaluación que sufre una economía rentista y se propiciarían mejores condiciones para el desarrollo de un sector industrial exportador basado en ventajas competitivas auténticas.

- De la competitividad espuria a la competitividad auténtica -

La competitividad espuria se basa en manipulaciones de la tasa de cambio, mientras que la competitividad auténtica se sustenta en el fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas que habilitan un permanente proceso de innovaciones radicales e incrementales en los productos y procesos productivos, en función de lograr una mejora sostenida de la calidad, productividad y competitividad internacional.

El anclaje y los controles de cambio en un contexto inflacionario tienden a sobrevaluar el bolívar y esto incrementa artificialmente el costo de la fuerza de trabajo en dólares. La tendencia a decretar aumentos salariales superiores a los aumentos en la productividad encarece los costos laborales y desembocan en una apreciación del bolívar y una pérdida de competitividad.

Lograr la competitividad auténtica exige invertir mucho en la formación del talento humano y en ofrecer mejores remuneraciones. Pero según los críticos, con la dolarización el país renuncia al manejo del tipo de cambio para abaratar los sueldos que se pagan con moneda nacional, toda vez que estos habría que pagarlos en dólares.

La mejor manera de lograr la competitividad internacional auténtica no es con base en salarios bajos a través de manipulaciones de la tasa de cambio, sino a través del fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas y de la mejora de los servicios y la infraestructura para evitar así la ineficiencia nacional que castiga la competitividad internacional, la cual no se puede compensar o corregir cargándola a la tasa de cambio.

El problema real de la productividad y competitividad de la oferta exportable venezolana no se deriva de los altos costos domésticos que pudieran ser corregidos a través de manipulaciones en la tasa de cambio, sino de la ineficiencia que genera el precario entorno productivo, con pésimos servicios de electricidad, agua, gas, teléfono, internet, etc.; una deteriorada infraestructura de puertos, aeropuertos, autopistas y ferrocarriles; así como la infinidad de trámites, controles y regulaciones que desestimulan que propician la corrupción y desestimulan la inversión, todo lo cual repercute negativamente en la productividad, calidad y competitividad de las exportaciones no petroleras.

Antes que manipular la tasa de cambio para abaratar los costos laborales en dólares, hay que procurar una mejora sostenida de la productividad del trabajo. Esto implica la reactivación de la capacidad industrial ociosa, la reconversión y modernización industrial y la reindustrialización de la economía nacional.

La flexibilización del mercado laboral, el levantamiento de los rígidos controles, así como la repotenciación de la infraestructura y servicios de apoyo a la producción exportable coadyuvarán al logro de mayores aumentos en la productividad y competitividad industrial. En una economía dolarizada, la política industrial, tecnológica y de competitividad están llamadas a ser componentes fundamentales de la política económica en función de reactivar la capacidad industrial ociosa, reconvertir la industria existente y reindustrializar la economía.

- La armonización de las políticas económicas y sectoriales -

¿Qué garantiza que un nuevo gobierno corrija el déficit fiscal y erradique su financiamiento con emisiones de dinero sin respaldo? ¿Cómo estimar con exactitud el Tipo de Cambio Real de Equilibrio en hiperinflación? ¿Cuánto tiempo llevará estabilizar el tipo de cambio y alinear la inflación doméstica con la de los principales socios comerciales? ¿Cómo evitar los síntomas de la Enfermedad Holandesa a medida que se recupere la producción de petróleo y se estabilicen los precios? ¿Cómo anular el efecto negativo de la sobrevaluación sobre la competitividad internacional del sector industrial? ¿Cuál es la credibilidad que tiene la promesa de que ahora si se hará un uso inteligente de la política cambiaria?

Esta compleja problemática requiere un enfoque integral que armonice las políticas macroeconómicas con las políticas sectoriales. En Venezuela siempre se ha defendido el anclaje cambiario como un instrumento de política antiinflacionaria.

Por eso, alterar el tipo de cambio es percibido como el detonante de los auges inflacionarios y un fracaso del gobierno de turno. A la devaluación se le atribuyen costos sociales, políticos y electorales que ningún gobierno quiere pagar. De allí su resistencia a corregir la sobrevaluación de la tasa de cambio, a pesar del efecto antiindustrial y del sesgo antiexportador que genera.

Es necesario reconocer que la dolarización de una economía dependiente de un solo producto de exportación incrementa su vulnerabilidad externa, toda vez que su ingreso en divisas depende del comportamiento errático de los precios del petróleo. En medio del desbordamiento monetario que desquicia la hiperinflación, la opción de un ajuste cambiario pudiera aliviar el déficit fiscal y absorber el exceso de liquidez, pero la escasez de recursos financieros presionaría el alza de las tasas de interés y haría inviable la reactivación industrial.

Si el objetivo es transformar la economía rentista e importadora en una nueva economía exportadora, la dolarización puede ser más efectiva que tener que lidiar con una nueva sobrevaluación de la tasa de cambio, una vez que se recupere la extracción de petróleo y mejoren los precios.

La dolarización corrige la secular tendencia a la sobrevaluación que castiga el desarrollo industrial e impone un sesgo antiexportador, erradica el riesgo cambiario que frena la inversión extranjera, disminuye la incertidumbre de las transacciones comerciales y financieras internacionales, elimina la volatilidad del signo monetario nacional, crea condiciones para bajar las tasas de interés y reactivar la industria, elimina la discrecionalidad y arbitrariedad del gobierno en la asignación de divisas, y el uso del control de cambio como instrumento de dominación política.

Adicionalmente, la dolarización puede ser la medida clave para sustentar la confianza y credibilidad de un Programa de Reformas que se proponga erradicar el financiamiento monetario del déficit fiscal y sofocar la hiperinflación en función de gestionar financiamiento internacional para apuntalar los procesos de reactivación, reconversión y reindustrialización.

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