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Política industrial, tecnológica y de competitividad en una economía dolarizada

Dólares
11/04/2018
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FOTO: PIXABAY

Una de las críticas más recurrentes que hacen quienes se oponen a la dolarización se refiere a la pérdida del manejo de la política cambiaria para apoyar la competitividad de las exportaciones no petroleras.

Ciertamente, cuando el gobierno devalúa, los exportadores obtienen más bolívares por cada dólar exportado y así ganan un mayor margen de maniobra para cubrir los gastos locales de salarios, bonos, alquileres, electricidad, agua, gas, teléfono y otros componentes de la estructura de costos que son pagados en bolívares. Pero al dolarizar, el gobierno no podría manipular el tipo de cambio para respaldar la competitividad cambiaria de las exportaciones privadas.

Teóricamente esto es cierto. Pero en la práctica, el problema se presenta cuando una economía no tiene una oferta exportable diversificada y el tipo de cambio tiende a reflejar la productividad del producto que más se exporta. Justamente, esto es lo que pasa en Venezuela, donde la tasa de cambio tradicionalmente se ha fijado con base en la productividad de la industria petrolera, más no de la productividad promedio de la agricultura e industria.

La crónica tendencia a apreciar/sobrevaluar la tasa de cambio ha estimulado toda clase de importaciones que desplazan la producción nacional y han entronizado un sesgo anti-exportador.

La sobrevaluación de la tasa de cambio como uno de los mecanismos más utilizados para distribuir la renta petrolera alcanza su mayor grado de distorsión con la implantación de regímenes de cambios múltiples. Cuando caen los precios del petróleo, con el argumento de evitar el impacto inflacionario que traería una devaluación lineal, se procede a fijar varias tasas de cambio, reservando la más baja para la importación de alimentos y medicinas.

El racionamiento de divisas activa de inmediato un mercado paralelo hacia el cual se desplaza la demanda insatisfecha, originando así una creciente brecha entre la tasa de cambio oficial y la cotización de la divisa en el mercado paralelo.

Este creciente diferencial causa uno de los efectos más perversos del mal manejo de la política cambiaria, el cual se expresa en los fraudes que se cometen en contra del interés nacional, a través de la sobrefacturación de importaciones, la subfacturación de exportaciones, el registro de deuda externa ficticia, las importaciones fantasmas por empresas de maletín, la reventa del cupo electrónico, los “raspacupos” de las tarjetas de crédito y toda una gama de delitos que son estimulados por el manejo inadecuado de la política cambiaria.

En la aberración del régimen de cambios múltiple, los especuladores cambiarios encuentran el caldo de cultivo perfecto para amasar escandalosas ganancias, al revender los petrodólares baratos a un precio mucho mayor. Y como el dólar paralelo deviene en la tasa marcadora en la formación de precios, esto anula el efecto anti inflacionario que se le atribuye a la política cambiaria.

A la luz de todo lo que hemos expuesto, resulta una falacia argumental decir que con la dolarización el gobierno renunciaría al uso de la política cambiaria para apoyar a su sector exportador o para frenar la inflación.

No hay ningún antecedente en el país que demuestre un manejo inteligente de la política cambiaria para estimular la transformación de la economía rentista e importadora en un nuevo modelo productivo exportador. Hasta ahora ha sido todo lo contrario. Debido al mal uso de la política cambiaria, se ha castigado la competitividad internacional y se ha represado buena parte de las presiones inflacionarias que actualmente se han desatado en Venezuela. Lo que si es cierto es que todos estos incentivos perversos, distorsiones y delitos cambiarios se pueden erradicar de una sola vez con la dolarización.

- De la competitividad espuria a la competitividad auténtica -

La competitividad espuria se basa en manipulaciones de la tasa de cambio, mientras que la competitividad auténtica se sustenta en un permanente proceso de innovaciones radicales e incrementales en los productos y procesos productivos, práctica que permite una mejora sostenida de la calidad, productividad y competitividad internacional.

Lograr la competitividad auténtica exige invertir mucho en la formación del talento humano y en ofrecer mejores remuneraciones. Pero según los críticos, con la dolarización el país renuncia al manejo del tipo de cambio para abaratar los sueldos y otros factores productivos que se pagan con moneda nacional, toda vez que estos habría que pagarlos en dólares.

El problema real de la productividad y competitividad de la oferta exportable venezolana no se deriva de los altos costos domésticos que pudieran ser corregidos a través de manipulaciones en la tasa de cambio, sino de la ineficiencia que genera el precario entorno productivo, con pésimos servicios de electricidad, agua, gas, teléfono, internet, etc.; una deteriorada infraestructura de puertos, aeropuertos, autopistas y ferrocarriles; así como la infinidad de trámites, controles y regulaciones que propician la corrupción.

La mejor manera de lograr la competitividad internacional auténtica no es con base en salarios bajos a través de manipulaciones de la tasa de cambio, sino a través del fortalecimiento de las capacidades tecnológicas e innovativas y de la mejora de los servicios y la infraestructura para evitar así la ineficiencia nacional que castiga la competitividad internacional.

La compleja problemática del sector industrial requiere un enfoque integral que armonice las políticas macroeconómicas con las políticas industrial, tecnológica y de competitividad, sin descuidar el marco legal y entorno institucional que habrá que fortalecer para crear un ambiente propicio a la inversión industrial y productiva. Especial interés habrá que brindar a las iniciativas para estimular la repatriación de los innovadores, profesionales, técnicos y gerentes venezolanos que se vieron obligados a migrar en búsqueda de mejores condiciones de vida.

En una economía dolarizada, la política industrial, tecnológica y de competitividad están llamadas a ser componentes fundamentales de la política económica para poder reactivar la capacidad industrial ociosa, reconvertir o modernizar la industria existente y reindustrializar la economía venezolana, en función de superar los actuales problemas de desabastecimiento, escasez, acaparamiento y especulación que tanto malestar generan en la población.

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