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Amor en tiempos de crisis 2: El no-viazgo

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La casa olía a quemado y yo solo me reía. “Huele a cigarro y tú no eres así de feliz. ¿Fumaste marihuana otra vez?”, preguntó mi mamá.  Le contesté que no, y solté otra carcajada sin saber porqué. Yo no estaba seguro si esa alegría de gafo era porque había comido demasiada azúcar en el cine o porque me estaba enamorando de mi futuro ex.

La vieja revisó las gavetas a ver si me encontraba un porro, una pipa o una jeringa. No halló nada. Yo hubiera preferido inventarle que estaba fumando monte a contarle la verdad: que estaba saliendo con alguien. Y no porque mi mamá sea homofóbica, sino porque ella iba a querer conocerlo, invitarlo a desayunar los sábados a la casa, sentarse a hablarle de mis mañas y lanzarse a la Asamblea Nacional a sacar de la gaveta el proyecto de ley de Matrimonio Igualitario para que Arturo se casara conmigo.

Pero la regla de oro estaba clara desde nuestra primera cita: “El que se enamora, pierde”. No hacía falta que PaPusa nos estampara una camisa con esa frase. Repetía la consigna lo suficiente como para que él lo entendiera, y yo me la decía en voz alta para que ninguno de los órganos involuntarios de mi cuerpo me lanzara un golpe de estado.

Advertido estaba el corazón, el estómago y el güevo. Yo sabía que a la barriga la podía sobornar con comida y al pipí con sexo. Pero el corazón se podía lanzar una de Luisa Ortega Díaz. El Fiscal rebelde de mi organismo iba a querer sentenciarme a varios meses de noviazgo por haberle huido durante tanto tiempo a la posibilidad de enamorarme. Exiliado en la putería.

Yo sigo renuente. En el año y pico que tengo siendo guionista de radio, lo único que he aprendido es a atravesar “guiones” para cambiarle el sentido a las cosas. Arturo y yo tenemos un no-viazgo, es decir, somos no-vios, es decir, NO estamos empatados ni nos empataremos. Yo lo veo a él como un ejercicio literario y él a mí como el salvaje al cual hay que domesticar. No solo porque soy un marginal que se saca las conchas de las cotufas con el pitillo del refresco, sino porque Arturo quiere descubrir a qué le tengo miedo en realidad.

La segunda cita

El presupuesto aún no nos da para tener nuestra cena romántica en el restaurant de comida rápida que le sirve como seudónimo a mi no-vio: Arturo´s. La inflación fue la villana del primer episodio, y en este capítulo es la batería de mi celular la mala que también se interpone en nuestro propósito de salir a comer pollo. Ya mi teléfono no es móvil, sino fijo. Tengo que tenerlo enchufado para que la pila le rinda. Se podrán imaginar lo complicado que es coordinar una cita en Caracas cuando dices: “Voy saliendo. No tengo batería”.

Uno se aventura esperando que no pase nada que te demore. Le dije a Arturo que me esperara en la Plaza Altamira a las 6:00 pm y a las 6:30 pm aún no había llegado él. Lo esperé en la parada fantasma del Metrobus, en la que no pasan más unidades desde las protestas de abril. Corrieron un par de minutos más antes de que me pusiera ansioso porque él no llegaba. El olor a embarque lo difuminó su perfume, que me recibió primero que él (así se habrá echado).

Allí estaba Arturo, con su metro 80 de humanidad y con una barba que me da más envidia que otra cosa. Yo, con mis tres pelos faciales, lo saludé. Se disculpó por la demora, cosas del trabajo.

No es maracucho, pero tiene un tumbaíto al hablar. Incluso cuando dice “Ok” se escucha como un “oK”. Él lo niega. Yo lo jodo.

–Mi alma, ¿y vos dónde queréis jartar?– Le digo.

–¡Ah, pues! Ahora si me arreglé yo.

–Pero no te arrechéis.

–¿Tú estás seguro que así se conjuga el verbo arrechar en maracucho?

–No sé. Yo nunca advierto cuando estoy arrecho. Solo me pongo monosilábico.

–oK

­–Ok

Jugamos a estar en silencio durante un rato mientras seguíamos caminando, sin saber a dónde todavía. La luz de los postes era tan intermitente como los momentos en los que nos sosteníamos la mirada. Mi mano izquierda tropezó con su mano derecha.

–¿Me vas a agarrar la mano?¿O qué?–Le dije.

–¿Quieres?– Me retó.

–¡Ay, vale!¿A ti te gustan los tipos?

Me contestaron sus dedos, que le tendieron una emboscada a los míos en plena avenida Francisco de Miranda. Fue cuestión de segundos antes de que nos soltáramos y me diera un ataque de risa-vergonzosa. “Me viera mi mamá en esta mariquera”, dije. El miedo de expresarle afecto en público superó el miedo de caminar en Caracas a las 7:00 de la noche.

Esa fue nuestra segunda cita, pasear por una ciudad fantasma, en la que no nos fijamos si había basureros atestados de gente, motorizados pegando quietos o liceístas mentando madre. La misma Caracas que nos escupe a la cara todos los días, esa noche nos escoltó con su misteriosa belleza, con sus ojeras de asfalto.

El peligro no estaba en la calle, sino a mi lado. La amenaza tenía mi atención y mi número celular. Antes de que mis órganos involuntarios armaran el  complot en mi contra, nos despedimos en el andén del Metro. Me abrazó, y no me soltó durante un buen rato. Ya la oscuridad de la sala de cine del primer día no era nuestra cómplice. Estábamos allí, en las entrañas de la ciudad. Yo empecé a sentir las miradas, los murmullos. A él no le importó. Asfixiado de su perfume y de mis inseguridades, le pedí que me soltara.

Creo que en ese momento descubrí a qué le tengo miedo. Por culpa de mi mamá y las propagandas de Alianza contra una Venezuela sin Drogas, a lo que temo es al efecto colateral de los estupefacientes. Arturo fuma. Tal vez por eso estamos dosificando los besos, no vaya a ser que la nicotina en sus labios me vuelva adicto a ellos. (y lo más grave, que yo termine acuñando más frases cursis como esta).

En lo que me monté en el vagón terminó nuestro segundo no-viazgo. Mi tren llegó primero, así que me tocó interpretar la escena de quien se monta y se despide mientras cierra la puerta. Él se fue en dirección Propatria y yo en sentido Palo Verde, pero creo que nuestras expectativas siguieron por el mismo carril…

¿Continuará?

PD: Dale click a Amor en tiempos de crisis: La Primera Cita si te perdiste la primera parte de esta historia.