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Amor en tiempos de crisis: La primera cita

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09/10/2017
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COMPOSICIÓN GRÁFICA: GABRIELA ROJAS (@IGABYROJAS)

Cuando alguien guapo me echa los perros, sospecho. Primero descarto que no me escriba desde un perfil falso; luego, que no sea una apuesta; y, por último, que no sea un traficante de órganos. Esa noche, Arturo me dio cinco “Me gusta” en Instagram. Le devolví la misma cantidad, aún creyendo que se había equivocado. Me dio otros cinco toques. Hice lo propio para confirmarle que iba pendiente, el Código Morse del coqueteo digital.

El ping pong continuó hasta que Movilnet hizo de las suyas. Tensión por 30 minutos. Volvió la señal y se murieron los “Me gusta”. “Fue bueno mientras duró”, pensé.

Mensaje directo: “Ya no hay más fotos tuyas a las que pueda darles like. Creo que no tengo más opción que escribirte”. Me agarró fuera de base y respondí con una risa de seis sílabas en mayúscula sostenida, a lo quinceañera ilusionada. Ese “JAJAJAJAJAJA” me dejó en evidencia, no se me ocurrió una respuesta más inteligente. Para evitar malos entendidos desde el principio, se lo dejé claro: “No tengo presupuesto para enamorarme. Aléjate o llamo al Indepabis y te denuncio por ser un acaparador de encanto”.

Yo le buscaba los defectos a su discurso, para tratar de perder el interés y no atentar contra mi cuenta de ahorros ni mi fideicomiso, pero el tipo sacó 20 puntos en creatividad y ortografía. Buena puntuación, manejo de la tensión y construcción del personaje. No hizo falta que me enseñara la diéresis del gÜevo para llamar mi atención.

Procuré que la conversación fuese lo más breve posible. Desde que empecé a trabajar en medios de comunicación alineados con la oposición tengo la sensación de que el Sebin me revisa todas las conversaciones de Whatsapp. Me da demasiada pena con esa gente cuando me pongo modo cursi porque siento que con eso es con lo que me van a torturar cuando me lleven al Helicoide.

Lo cierto es que quedamos en ir emparejados al cine, algo que yo no hacía desde “Rápido y Furioso 2”. Yo le aseguré que estaba oxidado en el tema de las primeras citas, y que no estaba interesado en un contrato fijo sino freelance, que solo quería jugar a ser novio de alguien durante dos horas (o lo que durara la película). Él me advirtió que era más intenso que dirigente juvenil de Voluntad Popular, que no le gustaban las cosas a medias, pero que aceptaba el experimento.

Volver al ruedo. Invitar a salir a alguien un lunes popular es una pequeña gran victoria para el pelabola que quiere quedar bien, en este caso: Yo. Ya no es rentable el “Yo compro las entradas y tú las cotufas”, es una regla injusta.  No me importaba hacer la inversión completa, valdría la pena producir la primera comedia romántica LGBTI¿Q? de Venezuela. Yo iba sin guión, improvisando. Me bañé, busqué las entradas temprano y no fui al Farmatodo a comprar las chucherías. Un gran avance para mí.

Con esos pequeños gestos, sentí que estaba recuperando mi humanidad. Tenía como cinco años sin activar el protocolo de la “primera cita”. Últimamente estaba yendo directo al grano, o mejor dicho, directo al cuarto. Todo acababa cuando acababa, literalmente. Era un sistema que me servía para blindar mi corazón y mi billetera.

Yo procuro no enamorarme, entre otras cosas, por la escasez de medicamentos. Cuando Arturo llegó al sitio y lo vi de lejos, empecé a tener síntomas graves: sudoración, hiperventilación y parálisis facial por una sonrisa de medio lado que se me dibujaba sin poder controlarlo. Si hubiese Colfene® 400 mg o cualquier otro relajante muscular en este país, uno pudiera evitar esas contracturas. Pero no, volví a quedar en evidencia, y él también.

Sala 3. Asientos numerados: L6 y L7. En medio de la ansiedad por no meter la pata, yo me bajé medio tobo de cotufas antes de que proyectaran la película. Él sonreía del lado que yo no podía ver, como planeando algo. Comenzaron las primeras escenas y a los cinco minutos me tomó de la mano sin mayor esfuerzo. Yo en vez de emocionarme, procuré calcular cuánto tiempo éramos capaces de estar agarrados sin aburrirnos, sin que alguno de los dos empezara a sudar o que se nos durmiera el brazo.

–¿Por cada 15 minutos agarrados de manos, nos soltamos y descansamos cinco minutos?– Le consulto

–Es una buena fórmula.

Cada tanto veía la hora del celular para cumplir con los lapsos. Él me apagó el teléfono y me dijo: “Deja que yo lleve el tiempo”. Y en eso se nos fue mitad de la película, en patentar nuevos clichés. Yo me fui por los clásicos. Intenté ofrecerle chocolate con dos cuadritos entre los dientes:

–¿Quedes probad si ed Galak sabe iguad que adtes?– pretendí preguntar con el dulce en la boca.

–¿Cómo?– cuestionó hecho el loco.

Suspendo la escena y le contesto con molestia fingida:

–¡Que si quieres chocolate, vale!

En un segundo intento, me vuelvo a colocar el dulce en la jeta, y cuando estoy a punto de aterrizar en sus labios, la tableta se cae al piso. Ahí se perdieron como quinientos bolos.  Hubo un par de segundos de silencio vergonzoso que desapareció con la carcajada que soltamos los dos. Lo reintentamos. Esta vez sí funcionó.

Debo decir que el Galak me supo distinto. Ese producto es una metáfora de mi vida sentimental: ambos estuvimos fuera del mercado un buen tiempo, y ahora que regresamos, no sabemos igual que antes. El otro dato curioso, y que no mucha gente sabe, es que el chocolate blanco no existe, es solo manteca de cacao. Al igual que yo, es una farsa.

Se lo advertí a Arturo cuando terminó la película, y nuestro noviazgo desechable. El que se enamora, pierde.

¿Continuará?

PD:

Esta historia está basada en una anécdota de la vida real. Para resguardar la identidad real de “Arturo”, decidí colocarle ese nombre para hacer alusión al lugar al que lo pienso llevar si acepta una segunda salida. (Y si esta nota tiene la suficiente cantidad de visitas para que me la paguen bien).

PD2:

Ninguna de las marcas mencionadas está patrocinando esta nota.

 

PD3:

Arturo, si estás leyendo esto, sonríe y dime si vas a querer cuadril y muslo o pechuga y ala.