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Con tiranía se tira mejor

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Las condiciones de totalitarismos aparentes en grandes episodios de la historia han suscitado una especie de morbo en el cual el sexo se asume como una vía de escape casi frenética. ¿Por qué será?  El cine también se ha encargado de mostrar esta curiosa realidad de la vida

Cuando hay hambre y se prende el peo, uno no está pendiente de un sandungueo. ¿O no necesariamente? En contracorriente a lo que suelen pensar los que se comen las uñas enterándose de las noticias de las protestas y la represión en Venezuela, el sexo no es la primera baja (eréctil) en caso de guerra. Pudiera ocurrir, aunque no se trate de un tónico universalmente potenciador, que en dictadura se tire mejor. Como reza el famoso refrán: a tirar, a tirar, que el país se va a acabar.

“El sexo nunca es víctima en una situación de conflicto”, sentencia el sexólogo y antropólogo Félix Piñerúa Monasterio, que agrega: “Es una energía y como tal no desaparece, sino que se transforma. Se puede debilitar o la puedes reprimir, pero como la energía, siempre va a buscar una vía de escape. Estoy casi seguro de que los guerreritos, estos muchachos que se están enfrentando de manera dispar a las fuerzas del Estado, posteriormente tienen que buscar sexo para canalizar todas esas sensaciones de euforia que experimentan en las protestas de calle”.

Si es que no mueren antes, por supuesto. Porque el único requisito para tener sexo es estar vivo.

Un tupido vello púbico femenino, más bien un matorral, está involucrado en una de las escenas más memorables de la historia del cine acerca de sexo en situaciones de opresión y tiranía: es el de la actriz inglesa Suzanna Hamilton en la película 1984, la versión homónima (e isócrona) del director Michael Radford de la novela de George Orwell publicada en 1989, y lamentablemente, aquel pelero alegre está editado en casi todas las versiones parciales o totales que se consiguen en Youtube

El filme muestra un Estado totalitario dominado por el rostro omnipresente de un Gran Hermano en el que son castigados, entre otras desviaciones, los crímenes sexuales, es decir, toda actividad cuyo objetivo sea el placer y no la reproducción de nuevos camaraditas y Fidelitos. El protagonista Winston Smith (el actor John Hurt) se refugia en la periferia, una especie de cinturón de miseria en el que la gente se está muriendo de hambre porque no les llegan los CLAP, pero también es más libre y feliz. Y es en esa periferia donde se le aparece aquel vello púbico que, aunque pasado de moda, le cae como un Maalox en medio de una lluvia de lacrimógenas.

Y es que a veces el sexo sirve también como una manera de exorcizar los demonios del mundo. Como en De amor y de sombras (1995)¸ con Jennifer Connelly y Antonio Banderas gozando en plena cobertura periodística de los horrores de la dictadura de Pinochet.

“Es un tema interesante, pero sumamente complejo y con muchas aristas”, admite Piñerúa Monasterio. “Es cierto que, en situaciones de minusvalía y precariedad, los niveles energéticos bajan. No somos ajenos al entorno. Si el ambiente te oprime, te sientes oprimido y aplastado. Es habitual e incluso natural que te deprimas y disminuya temporalmente la libido. Pero al mismo tiempo el sexo es una necesidad básica. Fíjate en la India: hay grupos humanos que padecen mucha hambre y miseria,  ¿y cuántos muchachos no nacen allá?”.

Ni siquiera del otro lado del Murciélago están libres de circunstancias potencialmente excitantes, ni mucho menos.

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Que lo diga todo un clásico cinematográfico del sado-fascismo, Saló o los 120 días de Sodoma del director italiano Pier Paolo Pasolini , que pudiera equipararse con imágenes perturbadoras que han circulado en redes sociales los últimos días.

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“Lo vemos en las guerras o en los desastres naturales, entornos en los que se incrementa el número de violaciones. Ocurrió, por ejemplo, en la tragedia de Vargas de 1999. Esto no necesariamente quiere decir que la represión tenga un componente de libido, pero sin duda en medio de la violencia hay una exacerbación de la libido. Eros y Tánatos, la pulsión amatoria y la pulsión de la muerte, entran en conflicto. Sin duda la situación psíquica  generalizada en Venezuela es inestable. Nuestra sexualidad no es ajena a esa estabilidad”, concluye Piñerúa.

¿Entonces en dictadura se tira mejor? Depende de una percepción subjetiva y quizás no sea mala idea que la temida fecha del 30 de julio termine con una gran sesión de sexo comunal y reconstituyente.