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¿De qué hablamos cuando decimos que hay que votar el domingo?

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De cara a las elecciones de gobernadores sólo nos queda alentar por el gran recurso que los principios democráticos nos propician: el voto. Es incluso una de los más eficaces obstáculos que puedan encontrar la trampa y el ventajismo, al contrario de lo que se repite por ahí. Lo constitucional siempre será la vía y esto lo es. 

Este llamado para que la gente vote probablemente no tenga nada nuevo qué plantear. Es la misma cantinela que cualquier partido tenga como línea. El problema es que no se trata de partidos, ni de beneficiar a “cúpulas” que decepcionen o no a más de uno. A pesar de que la antipolítica siempre se ha encargado de atascar las cosas y no plantea una salida diferente a la de contarse, esto no se trata de tomar partido por la mejor figura opositora, sino por la masa electoral que siempre le ha puesto las cosas difíciles al régimen. Esa que siempre asistió a las urnas desde la época en que todo era cenizas, allá por 2006.

Mi primer encuentro con la “democracia” fue en Agosto de 2004, cuando hubo que refrendar la permanencia o no de Hugo Chávez en el poder. A partir de ahí, todo lo demás es historia y silencio. Derrota tras derrota, o fraude cantado tras fraude cantado, como se quiera interpretar, siempre consideré que contarse era la vía. “Que se robaran las elecciones” no era excusa para no participar. Después, cuando nos entendimos como minoría significativa, aumentaba la intención de ir siempre al centro de votación y dejar claras las cosas para que, exponencialmente, la suma corriese en aumento, a pesar de la maquinaria populista y el carisma del líder rojo fuesen algo aplastante.

Las únicas elecciones en las que acudir estaba más que negado fueron las pasadas e ilegítimas celebradas para elegir a la Asamblea Nacional Constituyente. De resto, en todas había que participar. Así creamos en un CNE espurio y adlátere del poder madurista, no hay que ponerla fácil en lo que compete a nuestros derechos.

Está bien. Todos sabemos que no estamos enfrentando a algo legal y que tiene más de forajido que de constitucional. Pero finalmente la hora de unas elecciones constitucionales llegaron y, por principios, no se pueden dejar de lado. Es contradictorio quizá decir que no se va a votar porque “la calle se enfrió”. El propósito de la calle era precisamente recuperar unos comicios aplazados impunemente. Las demandas de lo más de 100 días de calle eran básicamente contarnos – que lo fue -. Sólo que la ANC desdibujó todo lo que la protesta reclamaba desde un principio.

El mensaje está claro. No importan los desdenes que marquen esta opinión. Y lo digo desde las postrimerías de una “cuasi tragedia” que viví con la represión y con la pasada durante esa “primavera venezolana” extendida a verano. Es verdad. No pasó nada y pasó mucho a la vez. Por ello me expreso en favor de votar incluso habiendo sido parte activa de la resistencia en el asfalto y de haber sido víctima de la brutalidad policial.

¿Qué tanto se puede decir para sonar convencido de que la opción correcta es votar y no abstenerse? Ya he estado sondeando con varias personas su intención de voto. Hay los que alegan no ir este domingo al sufragio. Culpar a los dirigentes de la MUD es lo más fácil y acusarlos de entrega o de “vendidos” también. Hay personas que quieren otro tipo de “salida” que no está disponible, porque aquí se está jugando a la política y no a las armas.

La negación del voto pasa facturas después. Abre paso a la verdadera ilegitimidad y otro tipo de “entrega”, el de los espacios de poder que necesitamos para seguir avanzando. Vota.