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El día que la PM me robó la patineta

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19/06/2019
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TEXTO: ERVIN "WINCHO" SCHAFER COMPOSICIÓN GRÁFICA: YISELD YEMIÑANY

Antes de la música estuvo la patineta: la primera pasión loca. Rodar y rodar por la ciudad de entonces. Hasta toparte con la policía de entonces… Hay cosas que parecen inmutables

Los abuelos tenían una casa en los Jardines de El Valle. Afortunadamente, la farmacia iba bien y decidieron mudarse a una nueva urbanización llamada Altamira. Compraron una casa grande, de arquitectura “perejimenista”, si es que existe tal cosa. Mis hermanos y yo nacimos y crecimos en esta zona. Recuerdo que la falda de la montaña amanecía cubierta por una neblina espesa. Y me gustaba acercar las manos al fuego mientras preparaban café.

Nací en noviembre del 67. Y a finales de los 70 ya se veían algunas patinetas en Caracas. En el 80 pondría los pies en mi primera patineta. Era más bien un juguete. La verdad, apenas rodaba. No se desplazaba. Tabla de plástico amarillo. Ruedas color gelatina de frambuesa. Un rojo gelatinoso y transparente. Los trucks eran del tamaño de un pulgar. Así empezó mi romance con las patinetas. Uno se enamora un poco de estos objetos y sin darte cuenta terminan formando parte importante de la vida.

Luego empecé a intercambiar piezas y comprar y vender partes de patineta en el cole. Un pana, Alejandro, me vendió su tabla. Walker era la marca. Una madera muy pesada como para agarrar mucha velocidad. Le puse unos trucks ACS-550. Y las ruedas eran una cagada de color amarillo que vibraban demasiado y no servían para el asfalto. Pero bueno, en ese tema toca ir conociendo los materiales y aprender a lidiar con la velocidad.

Finalmente logré subir de categoría y comprar una tabla Sims. Le puse Tracker trucks. Full Tracker era la medida. Y uno de mis hermanos, si mal no recuerdo, me pasó sus ruedas Kriptonics color rojo de 75mm. Varias veces estuve a punto de matarme en esa patineta. Era como entregarle un Ferrari a un carajito travieso. Lo más probable es que un día se mate.

Paseos por la Cota Mil. Tour por Los Naranjos cuando las calles estaban nuevas y había muy pocos edificios. Peraltes diseñados y construidos por otros amigos patineteros…

Era muy importante tener una buena patineta. En Altamira existen dos avenidas principales y muy peligrosas: Luis Roche y San Juan Bosco. Si uno se lanza del extremo norte en dirección a la Francisco de Miranda, se termina llegando a la Plaza Francia. Y justo ahí se encuentran ambas avenidas. A un lado y otro de la plaza.

Un día nos tocó presenciar la muerte de un motorizado. Eran unos panas muy locos que se ponían a correr con sus motos y ocupaban ambos sentidos de la San Juan Bosco. Eran tipos más grandes que nosotros. Aunque algunos de ellos también tenían patinetas.

Estaban corriendo en sus motos de alta cilindrada, Kawasaki 1.000cc y Honda 750 Four. Eran máquinas temibles. Uno de ellos fue a dar contra la trompa de un taxi que venía ingresando por la novena transversal en dirección norte. Cuando bajamos a ver el alboroto, ahí estaba su moto destrozada. El taxista sentado en la acera con la cabeza entre las manos y su mirada clavada en el asfalto. Ya habían puesto una sábana sobre el cuerpo del suicida. Y utilizo esta palabra ya que patineteros y motorizados pertenecemos a la especie suicida. Unos lo sabemos y otros no.

Este episodio me pondría sobre aviso. A veces prefería salir a dar una vuelta por mi cuenta. En plan solitario. No recuerdo de dónde venía, pero estaba cerca de casa. Me lancé por la bajada que viene de Tarzilandia, ese restaurante en la décima transversal. Y una patrulla de la Policía Metropolitana me cerró el paso. Por poco termino debajo del carro.

En esa época ellos andaban en unos Ford LTD, grandes como un peñero. Mi contextura de peso pluma logró poco o nada contra el gordo PM que se bajó del asiento trasero. Me tiró al asfalto con mucha facilidad. Tomó mi patineta y subió de vuelta a la patrulla. Todo ocurrió muy rápido y no logré ni insultar a los malparidos. En ese tiempo tendría unos 15 ó 16 años. Esa fue mi última patineta por muchos años.

A partir de ese momento desarrollé gran desconfianza y profundo desprecio hacia todas las fuerzas policiales de nuestro país. Incluyendo a la Guardia Nacional, que no son policías. Y aún me pregunto si alguna vez estuvieron al servicio de los ciudadanos. Nunca supe cuál es su función. Todavía me lo pregunto.