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En Caracas no hay fantasma que asuste

Ivan_UB
31/10/2018
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COMPOSICIÓN GRÁFICA: JUAN ANDRÉS PARRA @JUANCHIPARRA

Sigue siendo de noche en la ciudad a cualquier hora, con sol o con luna. ¿A qué le temes? ¿A los vivos, a los espectros que se apoderan de las calles?

Caracas de noche es un laberinto de paredes negras. Las luces de las sirenas y los carritos de perros calientes alumbran las salidas, pero igual te pierdes si pestañeas muy lento. El miedo te empuja a tomar atajos. No hay puntos de referencia. El Ávila no existe. Todo es negro absoluto, como el alma de un profesor de matemáticas que raspa a un alumno con 9,4 puntos.

La madrugada en esta ciudad comienza a las 6 de la tarde. La luna a veces viene, a veces no. Reconoces que es de noche porque todo se pinta con una neblina de suspiros grises que van dejando algunos fumadores cabizbajos y los tubos de escape de las tres camionetas por puesto que siguen operativas. Los cigarrillos son pequeñas antorchas de nicotina que te alumbran el camino durante 7 minutos, o hasta que un mendigo te pida la colilla. Se quedan detrás de ti hasta que des el último jalón.

El tabaco te hace más espesa la saliva, cuando la ansiedad no te deja seca la boca. En ese caso, respira profundo y cuenta hasta diez, como si estuvieras frente a un niño malcriado, uno llamado Santiago. Toma todo el oxígeno que quieras, cada vez menos personas respiran desde esta ciudad. Mantén tus dos cartuchos de paciencia a la mano. Cualquier amenaza que te pase por la mente en un segundo puede encontrar el portal para llegar al mundo real. Si te descuidas, eres presa fácil de los depredadores de la noche caraqueña.

La fauna nocturna no se ha extinguido, todavía quedan especímenes vivitos y coleando bajo un cielo con más bombillos ahorradores que estrellas. Los semáforos le dan luz verde la anarquía. Las avenidas son más huecos que asfalto y los únicos policías que hacen su trabajo son los acostados. Las alcabalas te recuerdan cómo persignarte y recitar el Padre Nuestro antes de bajarle el vidrio a los malandros uniformados que tienen licencia para robarte, si se enamoran de ti.

No hay superhéroes de guardia nocturna, no salen de su zona de confort. Prefieren seguir combatiendo el crimen en Nueva York. Spiderman se conoce a los malandros Central Park pero no a los de Parque Central. El silencio es la única regla que se cumple en la calle, pero también es frágil. El sonido de un botellazo alborota el ladrido de los perros y de los vecinos mandándolos a callar. Con suerte, todo puede terminar una balacera al ritmo del vallenato.

Huele a Navidad en octubre. Hay apartamentos en los que el arbolito se queda puesto todo el año. No importa si no viene el Niño Jesús, el pino es tan sintético como esas ganas de aferrarnos a los símbolos que nos dieron felicidad en el pasado. Hay maticas en el asfalto, en los hidrantes de garganta seca, en todos los espacios hostiles para ellas, son metáfora de resiliencia. Las flores de alcantarilla germinan con el agua envenenada que corre bajo tierra y hacen fotosíntesis cuando la luna se acuerda de nosotros.

Solo se escucha el silbido áspero de las motos, ese sonidito que te hace transpirar. Son como los espantos mitológicos: si los oyes cerca están lejos, y si los oyes lejos es mejor que te metas en una panadería que esté abierta, algo difícil a la hora en la que Caracas se escuda tras un acorazado de locales con las santamarías abajo.

Aquí no hay fantasma que asuste, todo el mundo le teme a los vivos. La Sayona aparece a las 3 de la madrugada para hacer la cola de la pensión desde temprano, a el Silbón lo metieron preso por acosador sexual y La Llorona se fue a Hollywood a protagonizar una película que se estrena en 2019. Esperemos no se gane el Oscar antes que Édgar Ramírez.

El enjambre de putas se posa bajo un árbol en El Rosal, cerca de una discoteca gay. Comparten ecosistema, son razas que se complementan. “Detrás de una gran puta, hay un marico asesorándola”, bajo esta premisa nacen la mayoría de los emprendimientos de trajes de baño artesanales. La abeja madre es la que lleva el koala puesto. Están cobrando en efectivo y por transferencia, si eres Banesco. Todas están vacunadas contra el miedo y saben atacar si a un cliente se le va la mano. Son leonas adolescentes que se peinan con Rolda.

Hacen magia negra. Las damas de compañía invocan a Medusa, ponen como una piedra la entrepierna de quien la mire a los ojos. Si andas drogado verás a las criaturas legendarias de otra dimensión: a los duendes rojos del 23 de Enero, a los unicornios negros de La Rinconada, al dragón plateado que vive en el Ávila. Un cuento de hadas decadente y que solo se cree un marihuanero que roba chucherías en Farmatodo.

Los letreros de neón son invitaciones a burdeles y tascas de mala muerte, aunque ya la muerte no sea tan mala. Anda con la parca desteñida y con la guadaña desgastada, porque no encuentra repuestos para la hojilla y el amolador no le contesta. Mientras tanto, los malandros le hacen la suplencia.

Los borrachos marcan territorio en las esquinas cada vez que se les llena la vejiga de penas diluidas en alcohol. Evaden la realidad con cualquier elixir que les de un golpe felicidad a costa de quedarse sin hígado y sin quincena. Anís, Canelita, Carta roja, Glacial, Bajo cero, Ventarrón, Cinco estrellas. Distintas etiquetas, misma consecuencia: un ratón que los anestesia de sus recuerdos.

Todas estas criaturas se camuflan entre las ruinas de la ciudad en la que sobreviven por selección natural. Camino entre ellas todas las noches, y mi sombra va más rápido que yo. Creo que tenemos un problema de sincronización o está molesta conmigo. Tal vez es porque no estamos pasando tanto tiempo juntos. La oscuridad que eclipsa a la ciudad no la deja salir de noche. Sin luz, ella no existe. La extraño, como a los amigos que ya no están. A veces la sombra es la única compañía que tienes en Caracas, una ciudad en la que con sol o con luna, siempre es de noche…