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Epifanía en el salón de fiestas

Colaboración_Lizardo
27/11/2018
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TEXTO: CLAUDIA LIZARDO @LILIPUTPARANOIA / COMPOSICIÓN GRÁFICA: JUAN ANDRÉS PARRA @JUANCHIPARRA

Las cosas no se arreglan solas: es necesario que alguien haga algo. Claudia Lizardo se llevó una gran sorpresa cuando decidió acudir a una cita que parecía aburrida

No hay nada más raro que un salón de fiestas a toda luz.

La última vez que entré a uno habían arrojado talco en el piso de granito y “Píntame”, de Elvis Crespo, era el hit del momento. Esa noche las luces blanquísimas como las sillas de plástico me desorientaron y descontextualizaban por completo las fiestas de Coconís que guardaba en mi memoria.

Llegué elegantemente tarde porque no quería que pensaran que me estaba muriendo por ir. “Soy una mujer ocupada, vale” me dije a mí misma y eso procuraba proyectar mientras subía los escalones. Al llegar al lugar me esperaban esas sillas círculo, miradas curiosas y el retumbar de las voces en ese salón sin fiesta. Era una reunión de vecinos, la primera a la que asistía.

Noté de inmediato a los habituales. Señoras y señores que religiosamente van a estas reuniones con un cuadernito, un bolígrafo y un look cómodo pero digno: sporty casero con llaveros enormes que anuncian su llegada. Mientras todo se desmorona tienen cita semanal en este salón para encontrarse y tomar decisiones en grupo. Luego estaban los primerizos, personas que se aventuraron a asumir su parte en la construcción de la convivencia vecinal y que hoy, como yo, decidían romper el celofán. Finalmente, los líderes: presidentes de juntas de condominio, coordinadores y directores de la junta.

Hasta ahora el cliché se confirmaba y yo sabía que haría acto de presencia esta vez y quizá una más porque ¿qué tanto? ¿Qué tanto podía hacer este grupo de 15 personas por la falta de luz, el Cantv caído desde hace tres semanas, la basura, los huecos, el taller mecánico ilegal y el malandreo?

Me senté silenciosa mientras narraban la orden del día hasta que notaron mi presencia como los compañeritos de clase notan la llegada de un “nuevo”.

Y aquí es necesario un inciso. Mi aproximación a este tipo de cosas solía estar cargada de sarcasmo y de un halo de superioridad bobísimo del que sufre gran parte de mi generación. Es una posición que da por sentado con ligereza ciertos hábitos de generaciones previas, tradiciones y costumbres (que resultan ser útiles), sin darnos cuenta de que somos unos tarajallos y ya estamos grandecitos pa’ la gracia. Cuesta que nos involucremos en reuniones como estas porque confundimos nuestra incapacidad de compromiso con nihilismo o porque buscamos el factor innovador a toda costa cuando, en dos platos, lo que hay que hacer es sentarse con los vecinos a organizarse.

Entonces, si llegaron hasta aquí pensando que les voy a pintar un cuadro patético en el que termino aceptándolos y reconociendo el “bello trabajo” que realizan pero riendo bajito, es mejor que no sigan leyendo. Porque la verdad es que no tenía idea de cómo esas reuniones iban a convertirse en un hábito, transformando mi hastío millennial en doñismo funcional.

Mientras el coordinador pasaba la orden del día fui enterándome de asuntos que habían sido resueltos a través del trabajo de estas personas, cosas que en mi mente se habían arreglado por una especie de deus ex machina, como que el camión del gas retomara su ruta por nuestras calles, el regreso del internet y la recuperación de áreas verdes. Detrás de estos asuntos hubo por lo menos 4 personas que se organizaron e hicieron presión para acercarse a algún tipo de solución.

Y a partir de ese momento, cualquier preconcepción que podía tener de la reunión se disolvió. Sentí como si hubiera recibido un lepe milenario. Yo llegué pensando que pasaríamos el tiempo escuchando las quejas de la señora Clelia y los chismes de Raúl, el de la quinta “Mi tesoro”, pensé que se recogerían unas firmas, que se hablaría mucho y se haría poco. Nada más lejos de eso.

Había hecho la transición oficial de extraña a conmovida en mi sillita de plástico cuando el coordinador de la reunión preguntó: “¿esta muchacha tan simpática no tendrá la letra bonita?”. Pelé los ojos, solté una risita y dije que sí. “Maravilloso. ¿No querrá hacer con nosotros unos carteles que pidan a la gente no botar basura en las jardineras frente a la farmacia?”

- ¿Cuándo?, dije bajito
- 9 de la mañana, el sábado que viene, respondió el coordinador.
- Uuuuy, ¡madrugando!, dije lanzando mi segunda risita nerviosa que hizo un eco vergonzoso en el salón de fiestas.

Ahí fue cuando entendí. Ya no había talco en este piso y no sonaba Elvis Crespo en el salón. Ya no podía tomar Coconís, primero por dignidad y segundo porque tampoco podía pagarlo. Era una millennial en la Venezuela comunista y la última vez que había coincidido con personas de mi edad fue en una despedida.

Estaba en esa frontera bizarra que la situación nos obliga a cruzar aunque no queramos. Porque ayudarnos entre nosotros es esencial para no perder la cabeza, porque conectarnos es lo poquito que nos queda, así sea con señores de 60 pa’ arriba. Porque siempre hay que madurar, pero Venezuela te obliga a hacerlo un pelo más rápido.

En medio de una ciudad con instituciones destrozadas y funcionarios corruptos este grupo de personas se organizó alrededor de un valor del que carezco absolutamente y más en estos días: perseverancia. Lo escribo y me canso: PER-SE-VE..R..A… aah. Lo pronuncio y me huele a paltó, a discurso desgastado. Me entregan esa palabra y no sé qué hacer con ella sin un manual de instrucciones. Creo que le perdí la fe porque asumí que en esta anarquía mantener ciertos valores sólo puede desgastarnos, pero la vida tiene una manera bien poética de confrontarte con las cualidades de las que careces.

Porque curiosamente, en un ejercicio de resistencia que al principio juzgué como ingenuo, este pequeño grupo de vecinos ha ido abriéndose camino y sumando a personas como yo, de poco perseverar pero de opinar mucho.

- Ahí estaré, les dije.

Así que si pasan por mi calle, pillen los cartelitos de madera que piden no botar basura: son interactivos. A veces son recordatorios de que juntos siempre seremos más y mejores, a veces son regaños por no haber ido a la reunión de la semana pasada y a veces son epitafios: “Aquí yace la falta de perseverancia de Claudia, paz a sus restos”.