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Los horribles adultos de ‘The End of the Fucking World’

TEOTFW

Tal vez haya escuchado de una serie “loca” en Netflix, protagonizada por dos adolescentes asociales, inmersos en un mundo de crímenes, abusos sexuales y abandono familiar. Se trata de ‘The End of the Fucking World’, un producto que realmente no es tan transgresor como se pinta, pero que deja muy mal parado a los padres.

A la audiencia parece gustarle más que a los críticos. Nada raro en estos tiempos si comparamos la taquilla de ‘Jumanji’ con la de ‘Call Me By Your Name’. Pero hay bemoles en esta disparidad. ‘The End of the Fucking World’ (TEOTFW) no es tan original como pretende. La historia de dos chicos que no cuadran en la sociedad y que amenazan el status quo no es nueva.

Hace 5 años nos metíamos en la piel de Sam y Suzy, dos niños que escapaban para vivir un particular romance en la divertida y nominada al Oscar ‘Moonrise Kingdom’, de Wes Anderson. Spike Jonze dibujó un precioso cuadro sobre la evasión durante la infancia en ‘Donde viven los Monstruos’ (2009) y si seguimos hilando tendríamos que hablar sí o sí del clásico ‘Stand by me’ (Rob Riner, 1989).

Pero a diferencia de los largometrajes mencionados arriba, TEOTFW tira del humor negro para desnudar a los adultos. Además, la violencia gráfica está por encima de lo que regularmente vemos en productos que intentan llegarle a todo público. Los directores de los 8 episodios, Jonathan Entwistle y Lucy Tcherniak, rodaron con elegancia los momentos más escabrosos y con eficacia los mas cómicos. El resultado es un seriado de fácil digestión, que se consume rápidamente. Debería tratarse de un elogio, pero para una propuesta que intenta transgredir, es apenas un piropo.

El  humor negro y esa violencia, que coquetea con el gore, fue empaquetada en una hermosa atmósfera indie. La guinda es una banda sonora cuidada, un detalle que a veces no se toma en cuenta en los servicios de streaming. La suma de esos elementos da como resultado un producto hipster, más inofensivo que la promesa inicial del guión.

Sin embargo, lo que realmente llama la atención y nos motivó a escribir este post es la descripción de los adultos. ¿Somos tan feos como lo refleja TEOTFW? Si lo sacáramos por los tuits del New York Post la respuesta sería obvia:

En ‘The End of The Fucking World’, el padre de James omite todas las alarmas. Es evidente que el hijo representa no solo un riesgo para su entorno sino para él mismo. En consecuencia, al progenitor no se le ocurre otra idea que la de regalarle un cuchillo de caza. Hay semejanzas en este punto con la inquietante ‘Tenemos que hablar de Kevin’ (Lynne Ramsay, 2011).

Alyssa, por su parte, enfrenta a un padrastro manoseador, que le invita a huir de la casa. La madre, en este caso, es un objeto de decoración. Si bien muestra cierta preocupación tras la evidente fuga, no interviene hasta que la policía se involucra.

Para no hacer más spoilers, solo diré que la aventura está plagada de personajes grotescos. Cada uno más perverso que otro y pareciera que la única manera de sobrevivir a este dantesco cuadro -la imagen viene a propósito a pesar del lugar común- es apurar la madurez de los niños, para advertirles de la crueldad de los mayores.

Como toda ficción, TEOTFW toma elementos de la vida real y los transforma en un discurso visual que, lamentablemente, no se define. No es una denuncia o un reclamo, ni siquiera un intento de representación. No obstante, son esas pequeñas pinceladas del mundo adulto las que nos debe llamar la atención.

A principios de este año, en la ciudad de Perris, al sur de California, dos padres fueron detenidos por secuestrar y torturar a sus 13 hijos. Las edades de las víctimas variaban, de 2 a 29 años. El hecho sucedió frente a la nariz de todos. Si no es porque una pequeña de 17 años logra zafarse y llamar a la policía, el maltrato continuaría. ¿Es posible que la indiferencia de los vecinos permitiera tal atrocidad?

Asociamos el fin del mundo a un apocalipsis, a un evento singular que nos partirá en dos. Pero tal vez, como la serie lo deja en evidecia, el fin del mundo no sea más que la suma de errores y horrores que los mayores hemos dejado acumular.