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“Me asumo como una mujer con anorexia”

Feature-M.M
21/06/2019
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FOTOS: ALEJANDRO CREMADES @DONCREMADES

María Manuela Guerra tiene 21 años y una breve carrera como modelo. Hace apenas unos meses le diagnosticaron anorexia nerviosa. Obsesionada con perder peso, llegó al punto de no ingerir alimentos. Hasta que su cuerpo no dio para más. Ha querido contar su historia para ayudar a otras mujeres que, como ella inicialmente, pasen por este infierno que pocos comprenden a cabalidad

Nunca se sabe lo que pueden disparar las palabras. Así era un día normal para María Manuela Guerra hace más o menos un año: a primera hora gimnasio, a las 8 de la mañana un desayuno de avena con agua, el mismo menú para la cena y pasar el resto de la jornada en el trabajo engañando al hambre a fuerza de café y té. Sin almuerzo, claro. Y al salir de la oficina, más ejercicio. Una o dos clases de spinning. Todo para quemar suficientes calorías.

Pero, ¿cuáles calorías?

-Estás repuestica, le dijo una señora en la oficina.

“¿Repuestica? Eso me desconcertó. En ese momento yo estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para estar más flaca”, dice ahora que puede mirar hacia atrás y comprender el lugar al que llegó.

Cada vez más flaca, cada vez menos peso, menos figura, menos salud. Nada importa cuando estás ahí: “Nunca he sido gorda, pero estaba convencida de que siempre se puede estar más flaca. Y esa es una idea sin fondo: nunca estás contenta. Es muy difícil ver el límite entre verte flaca y bonita y llegar al punto de ser una flaca enferma. Pierdes ese contacto con la realidad”.

Ese y más. Te aíslas. Dejas de hacer salidas, de compartir con tus amistades. Es un espejo duro: verlas a ellas tan aparentemente normales y a ti con ese afán de adelgazar. Ellas, tus amigas, no van a entenderlo. Van a criticar que no quieras comer nada, que no tomes esa cerveza o ese vino delicioso. O que no quieras probar postre.

-No me quería exponer ante ellas, ya lo mío era un poco alarmante.

No solo un poco. Lo era totalmente. “Mi cuerpo llegó a su límite. Una noche entrando a mi casa me desmayé. Después de eso, por supuesto, tuve que ir al médico, a nutricionista, a la psiquiatra”.

El diagnóstico fue anorexia nerviosa.

-Estaba negada a aceptarlo: todas ustedes están celosas de que no son como yo, de que no son tan flacas como yo…

Pesaba 41 kilos. 9 por debajo de su peso ideal.

 

 

Julio de 2018, el primer tratamiento fue así: psiquiatra dos veces por semana, hacer cinco comidas al día, tomar suplementos alimenticios, quitar o tapar los espejos de la casa, utilizar solo ropas holgadas… “En ese momento vivía con mi mamá. Ella dejó incluso de trabajar para ocuparse de mí, pero igual no pude. Llegué a sentir rabia contra ella por obligarme a comer. Cuando iba a la nutricionista y veía la recuperación, me molestaba. En tres meses llegué a los 44 kilos y dije no más, no voy a subir más de peso”.

Engañarse y engañar. Se aprenden los trucos. Crees que resultan, que estás burlando a quien te cuida. Y no comes. Parece que sí, pero no. Lo que buscas es que te dejen en paz. Pero paz no es precisamente lo que consigues. No más visitas a la psiquiatra, menos a la nutricionista. Nada que te ponga en evidencia: vas a estar peor.

María Manuela no podía hacer ejercicios por orden médica. Y en este nuevo bajón fue lo único que respetó. ¿Y cómo se queman estas calorías entonces? Si no se ingieren, no hay por qué quemarlas.

“Decidí no comer nada”, dice. Y la ves ahí tan seria, tan mirándote de frente que te dan ganas de decirle ‘tú me estás jodiendo Manu Guerra’. Pero no.

“No fue algo caprichoso. En ese momento sentía que no podía comer y cuando lo hacía me caía muy mal, aunque nunca fui bulímica. Me privé de los alimentos, pero eso era un sufrimiento, no era algo que me hiciera feliz”.

¿Y quién podría serlo en esas circunstancias?

“No me di cuenta de en qué momento perdí el control de mi vida, porque eso fue exactamente lo que me pasó”. Por fuera todo se veía normal. Manu había recuperado algo de peso, parecía que comía, su familia y su pareja se ocupaban nuevamente de sus asuntos cotidianos. Y ella misma volvió a trabajar dando clases particulares de inglés: “Seguí con mi vida, un poco mejor, pero enferma igual”.

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Algunos meses más tarde un factor entró en juego: “Mi papá se fue del país con mis dos hermanos. Eso me deprimió mucho, me pegó”. Y esto sumó para disparar los efectos de lo que ya venía ocurriendo: “Llegó un momento en el que me sentía tan mal que no podía hacer nada. Veía borroso, veía negro cada vez que me levantaba de la cama o de un sofá. Y no me levanté más porque sabía que después de ver negro venía el desmayo. Temblaba de frío todo el día. Ahí mi mamá se dio cuenta de que estaba mal, de que estaba peor. Y me dijo que tenía que volver a la psiquiatra”.

-Sí, pero necesito ir contigo porque no puedo manejar, no puedo hacer nada sola.

 

 

Primero pensó que no le importaba ya hacer esto o lo otro. El planteamiento era irreal. Y además costaría mucho dinero. En ese estado físico y mental solo quedaba una opción: María Manuela debía ser hospitalizada.

Mientras se cumplían ciertos trámites le tocó esperar unos días en casa. Sin celular, sin redes sociales y forzándose a ser alimentada. “Tienes la oportunidad de cambiar esta vida mierda que estás llevando, me dijeron. Todo ya era un sufrimiento constante, les dije que no quería vivir más así”.

Había que resolver el problema del dinero: pasar tres meses bajo cuidados especiales en el Centro Médico de Caracas es, obviamente, costoso. “Mi mamá borró de mi Instagram todas las cuentas que yo seguía de esas mujeres que parece que se van a romper en cualquier momento de lo flacas que están y usó mi cuenta como herramienta para conseguir la plata a través de un gofundme. Nos dieron un primer presupuesto de 4 mil dólares, pero estaba incompleto y en verdad eran 7 mil para ingresar. Eso lo recogimos y estoy muy agradecida con la gente que colaboró. Cuando salí, dos meses después, mi tratamiento había costado 15 mil dólares”.

5 de marzo de 2019. Ese fue el día de entrada. Manu tiene recuerdos sueltos: “Estaba hipotérmica… Mi salud estaba muy comprometida. Me asusté mucho porque para ingresar te hacen firmar una especie de contrato en el que dice que a la tercera vez que te niegues a comer la clínica tiene la potestad de ponerte una sonda nasogástrica… Me dio miedo eso, pero ya estaba ahí y no tenía fuerzas para pelear por nada… ”.

El cuarto tenía una cómoda, un clóset para ropa y un baño sin puerta. Manu se llevó algunas fotos, pidió una orquídea, intentó mantener una mínima conexión con su casa. Allí era atendida, además, por enfermeras privadas que se rotaban para acompañarla durante las 24 horas del día: en esos momentos de encierro es necesario estar con alguien que sepa manejar las crisis. Que no son pocas. “Cada vez que decía ‘no puedo más’ ellas me levantaban el ánimo y me ayudaban a seguir. Fueron vitales para mí”.

Bajo un régimen de visitas restringidas, la rutina en la clínica comenzaba a las 7 de la mañana. Lo primero, a controlar el peso con la nutricionista, pero el registro de la báscula no se le informaba a la paciente. Tras esa visita, regresaba a la habitación para el desayuno. A las 10 una merienda, a la 1 el almuerzo, a las 3 otra merienda, a las 5:30 la cena y a las 9 de la noche. “Lo que comes lo vas decidiendo tú en la medida en que puedas tolerarlo y de acuerdo al requerimiento calórico y el balance de alimentos. Vas de forma progresiva, haciendo que tu estómago se adapte”.

El día era largo. A las 11 de la mañana le tocaba terapia ocupacional: leer algo o ver un documental o incluso tejer y conversar con el terapista: “Para que ocupes la mente, para que hagas una actividad”. Súmale ansiolíticos y un antidepresivo: “Es que estar encerrada es muy coñoemadre”. Y encuentros diarios con la psiquiatra. A las tres semanas, con el proceso en marcha ya pudo bajar a tomar un rato de sol, a hablar con otras personas fuera de la habitación e incluso alguna comida al aire libre, pero siempre bajo supervisión. Y al acercarse al peso proyectado, comenzó la rehabilitación física.

“Hospitalizarte es la parte más dura, porque significa que tocaste fondo. Pero es también la más necesaria. Durante la primera etapa de la recuperación sufres mucho, pero después empiezas a sentirte bien, te ves mejor, dejas de tener frío todo el tiempo, el pelo ya no se te cae solo… ves mejor, tienes mejor color y la gente lo nota. Y cuando sales dices, coño, lo logré”.

Al segundo mes Manu salió del Centro Médico. No había terminado el tratamiento, en realidad se acabó el dinero. El tren de gastos era fuerte: los costos de la clínica, las enfermeras privadas, los suplementos alimenticios, las vitaminas, las medicinas y hasta una inesperada operación por cálculos en la vesícula como consecuencia de su estado.

“El tercer mes lo cumplí en casa, con las enfermeras y viéndome a diario con la psiquiatra y visitando a la nutricionista. De hecho sigo yendo a terapia, hasta que no cumpla el año no me dan el alta”.

Tras ese tiempo hospitalizada Manu alcanzó los 49 kilos.

 

 

María Manuela nació en Caracas el 15 de agosto de 1997. Creció en el este de la ciudad, estudió en colegios privados y terminó su bachillerato en 2015. Comenzó Educación en la Universidad Católica pero abandonó al año. Sin embargo, es lo que más le gusta: dar clases. Y eso ha hecho.

“Es mi vocación”, dice.

A modelar llegó porque las palabras tienen efectos: después de escuchar tantos “pareces una modelo” cada vez que se montaba en unos tacones o se tomaba unas fotos.

“Creo que eso me empujó bastante… No soy ni he sido egocéntrica, pero sí he tenido momentos de ver mi propia belleza y de reconocer la de otras personas también”. Bella y bajita: 1,56 de altura. “Me frustraba por los estándares que exige la industria en cuanto a la altura. Pero quería modelar y tenía que encontrar algo para mí. Así que creí en mis capacidades, contraté a un buen fotógrafo, me hice un portafolio y se lo mandé a algunas marcas. No soy la más famosa, pero me ha ido bien. Perseguí esto, no fue una cosa de suerte. Y así he hecho fotos para marcas de joyas, de trajes de baño, de ropa… Acabo de salir en un editorial en la revista Velvet y también estuve en UB”.

¿Esas ganas de ser modelo podrían explicar el problema de anorexia? No tiene que pensar la respuesta porque esto ya se lo preguntó antes: “No. Es posible que algunos comentarios me afectaran, pero la verdad es que siempre fui muy exigente conmigo misma en el aspecto físico. Siempre hice mucho ejercicio, todas las dietas del mundo… Hasta que empezó a rayar en lo obsesivo. A los 15 años mi descontento con mi físico era notorio, pero fue tratado como un asunto de baja autoestima y no como un desorden alimenticio. En mi cabeza estaba eso de que siempre podía ser más flaca. Todo esto agarró más fuerza desde hace año y medio más o menos, hasta que me vi ya con un problema de salud muy serio”.

-¿Y no lo hablabas con nadie?
-Yo no buscaba ayuda y no puedes ayudar a alguien que tiene el puño cerrado. Lo conversaba un poco con mi mamá y a ella le dolía lo que yo misma me estaba haciendo, lo hablaba con mi novio. Pero con nadie más. Sobre esto hay mucha desinformación y sabía que nadie me iba a entender, que les iba a parecer una ridiculez por estar flaca. Aquí hay una gran cantidad de mujeres peleando con esto y sufriendo y no hay quien les de una mano porque pocos entienden de verdad lo que es un desorden alimenticio. Y así uno se aísla.

-¿Cómo te sentiste al terminar el último mes de tratamiento en casa?
-Sentí que ya había pateado a mi enfermedad. La odiaba y ya no la quería más en mi vida. Es como terminar con una persona tóxica. Pero sigo yendo a terapia y a la nutricionista.

-¿Y ahora estás a gusto con lo que ves en el espejo?
-Eso cambió. Entrené a mi mente para no buscar una imagen que me guste y utilizo el espejo solo para vestirme. Ya no me pregunto si me gusta o no lo que veo. Pero, claro, cuando no me gusta, cierro la puerta del clóset, no me veo y pienso: estoy sana. Escojo no verlo. Hay días duros, por supuesto, en los que no tengo ganas de comer, pero sé lo que tengo que hacer y ya conozco las consecuencias de dejarme llevar. Y ahora he aprendido a disfrutar la comida y a verla como una aliada.

-En el caso de los desórdenes alimenticios… ¿Se considera algo permanente, uno se asume como anoréxico, por ejemplo, y trabaja en esto a diario o una vez recuperado ya lo superaste y queda atrás?
-Con los desórdenes alimenticios la decisión de estar bien es diaria. Yo me asumo como una mujer con anorexia, pero no como “anoréxica” porque yo no soy mi trastorno. Y sí, es como estar en remisión de cualquier otra enfermedad. Siempre existe la posibilidad de una recaída, pero si se tienen las herramientas –como ahora las tengo- puedes levantarte y recuperarte.

 

 

A lo largo de la conversación Manu ha demostrado firmeza. Serena, sin titubeos, muy al tanto de los lugares por donde ha andado, habla sin quiebres y tratando, además, de imprimirle un sentido didáctico a lo que dice. Esta no es una entrevista ligera de personalidad: esta es la historia de un problema, de un momento terrible, de algo que le puede estar pasando a muchas personas. Y ella quiere que se entienda así, aportar algo. De pronto dice: “Es una experiencia de vida muy intensa. Pero yo no cambiaría esto de hoy por sentirme flaca y bella”.

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Alejandro Cremades tiene la cámara guardada y está sentado con nosotros. No volteo a verlo, pero sé que al escucharla ha pensando lo mismo que yo. Cada uno sonríe por su lado y ella nos mira curiosa. Hasta que se lo decimos:

-Pero Manu… ¿tú estás consciente de que estás flaca y más bella que nunca? ¿Estás clara, no?