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Rumbear en San Agustín: nadar entre tiburones salseros

afinque

Un festival de licras, magia negra, guarapita y salsa: así es la fiesta en el Afinque de Marín. Esta es la crónica de una noche buscando lo que no se te ha perdido

Una manada de motorizados rodeaba el carro cuando estacionamos en San Agustín. El rugido de las motos ponía a temblar los vidrios del Twingo. Rozaban las puertas, miraban hacia adentro o tocaban corneta. Estábamos nadando con tiburones a la media noche. Nos veían, pero no hacían nada. Sabían que no éramos de la zona. Reconocen el miedo porque para vivir en ese barrio, hay que perderlo.

“Ellos andan conmigo”, disparó al aire Chúo con su vozarrón, para que no quedara duda de que él era el protector y el anfitrión de esa cuerda de sifrinos que iban a rumbear en el Afinque de Marín, una cancha que después de que el sol se jubila se transforma en una pista de baile, en un festival de licras, magia negra, guarapita y salsa.

Parecía que la luna se había peleado con Caracas, porque se llevó hasta las estrellas. Las luces de la miniteca contrastaban aún más sobre la platabanda, la cima de ese reino de ladrillos y vacíos de cerveza. Las casas junticas, amorochaditas, no dudaba que entre el estrecho espacio que las dividía estuviesen escondidos los secretos de los habitantes del barrio: una llave, una plata, una carta de amor escrita a mano o algún amuleto de brujería.

Un licor de cacao nos acompañaba para contemplar las paredes leprosas con arte y propaganda. La cara de Chávez se asomaba por ahí, pero no se hablaba de eso. Somos una tribu de bochincheros. Queremos descansar de nosotros mismos. Apagamos el raciocinio, desde el mismo momento en el que se nos ocurrió la idea de buscar a Chúo, a El Chino y a Miguelito para que nos llevaran a su cuna, San Agustín, un mundo paralelo en el que los viernes en la noche lo único que importa es beber, cantar y bailar hasta que los pies te ardan.

Todos parecen sospechosos de algo. El ambiente huele a tensión y a tregua. La música mantiene a todo el mundo en la misma frecuencia. Parece una versión local de la Nueva York de los años setenta. Los afros, los murales, los aros de baloncesto, la fanfarronería, ese olor a competencia por quién viste y se mueve mejor en la pista. En medio de esta escena, nosotros éramos los turistas a quienes los nativos veían con el rabo del ojo.

Éramos cuatro homosexuales, dos lesbianas, una bisexual y una vegetariana, que estaba “zanahoria” hasta que el licor la puso a jugar la papa caliente con Chúo. Él la tomó de la mano y la guió hasta la cancha. Los pies de los dos se sincronizaron con la voz de Héctor Lavoe. “Tu amor es un periódico de ayer, que nadie más procura ya leer…”. Chúo estaba en modo cacería, como buen salsero. Es un negro que mide 1,80, con los dientes blanquísimos y con un sex appeal que le menea la cadera sin vulnerar su virilidad. El Will Smith endógeno.

El macho alfa tomó a mi amiga de la cintura y le asomó los labios al oído:.
-En este momento eres el centro de atención- le soltó pícaro.
-¿Tú dices?- respondió hecha la güevona.
-Sí. Todos te ven. Unos dicen que no sabes bailar y otros, que eres las más bella.

A la vegetariana le provocó salirse de la dieta esa noche. No la culpo. Yo me les escapé a todos un rato para dar una vuelta de reconocimiento. Regresaría apenas me terminara el Belmont que me encontré, por suerte, en el bolsillo. “Me regalas la colilla, mano”, saltó un cuarentón con cuerpo de niño. No tuve opción y le dejé medio cigarro para pagar mi vacuna. Todavía nos costaba pensar que no estábamos soñando. Todo era surreal.

-No te vayas muy lejos, catire- me dice bromeando Chúo.
-Disculpa, pana- contesté algo alterado, como si me hubiesen descubierto en algo raro.
-¿Andas detrás de alguna jeva?
-De María Juana, tal vez. Es la única que me hace feliz, y me reí haciendo un gesto de negación.
-Yo sé que eres gay desde hace rato. Tranquilo, yo respeto a la gente LGBT.

Chúo me montó el brazo en el cuello, un gesto de “somos panas y la mariquera no se pega por un abrazo”. Nos guió hasta la salida y de allí nos escoltó hasta una tasca a la que apodan “La Lavadora”.

 

El lugar es como la casa de una abuela con un gran patio. Nos metimos en medio de ese cultivo de tensión sexual. Chamos, ancianos, salseros, santeros, primos, hermanos, todos bailaban apretujados, entregados a sus instintos, lanzando miradas seductoras y otras desafiantes. Tienes que cuidarte de no pisar a nadie, de no tumbarle la cerveza a nadie, de que no se te escape un “mi amor” y que le llegue a la novia del pana que se puede arrechar porque le piropeaste a la jeva.

En medio de ese campo minado, de ese mosaico de pieles morenas, me enganché a la mirada de una semidiosa. Me acerqué, como quien no quiere la cosa, para detallarla mejor. Su cabello era tan rebelde como sus caderas, su sudor olía a vainilla y tabaco, sus dientes afincados sobre sus labios me invitaron a poner su pecho contra el mío. Su belleza vulneró mi homosexualidad durante los 10 segundos en los que mi boca y la suya estuvieron en la misma órbita.

Me soltó un beso tímido. Yo me puse paranoico porque las miradas de sus amigos se nos clavaron en la espalda. Olí los celos de alguien, tal vez me utilizaba para eso. Escapé mientras pude. Cuando estábamos saliendo del ojo del huracán de hormonas, un señor con más collares que cuerpo me tomó del brazo amablemente. “Los muertos te cuidan”, me gritó al oído cuando vio mi cara de ponchao. La salsa estaba a full volumen, no lo entendí a la primera. “Oshun te protege”, repitió, me tomó de la mano y la besó. Yo le pelé los ojos y le agradecí el gesto antes de llegar a la barra.

Pedimos una caja de cervezas y me senté en la gavera para esperar a que la freidora terminara de hacer lo suyo…

-¿No me cantan chinazo si me como este tequeñón aquí?, bromeé con las encargadas, dos señoras embutidas en sus licras y delantales.
-Cómetelo sin mirar a nadie a los ojos. ¿Verdad, Jackson?, contestó una de ellas buscándole conversación al chamo que salió de la cocina a atenderme como si yo fuese un marido que está llegando a su casa. “¿Quieres agua?”, y antes de que dijera que sí, ya estaba servida. Se quedaba recostado de la nevera para verme comer. Yo ya estaba algo incómodo. “¿Una servilleta?”. Me limpié la boca y le pregunté, en tono de cómplice:

-¿Aquí los hombres son “echados para adelante”?
-Ujum. Si tú supieras.

Sonreí, le di las gracias y me fui. No quise intimar más de la cuenta. Me devolví a un patio en el que los muchachos tomaban cerveza subidos a un muro. Tragábamos cebada y la convertíamos en carcajadas. No hay prejucios, ni de raza, ni de sexo. Cheo tomó a El Chino de las manos para enseñarlo a bailar. “La salsa no conoce de feminismo, mano. Aquí el control lo tiene el hombre, eso es lo que las enamora, que las domines y les marques el ritmo en la pista. No hay mujer que baile mal salsa, lo que hay es hombre que no da la talla”, sentenció el maestro mientras sus pies hacían magia.

El sol se empezaba a encaramar en el horizonte. Perdimos la noción del tiempo, tal vez porque estábamos prendidos o porque nos dejamos hipnotizar por la Caracas que generalmente nos huele a asfalto con sangre. Rumbeamos en la boca del lobo, en las fauces de San Agustín, un barrio que pela el diente pero no muerde si logras domesticarlo.

Las grietas de las paredes, el piso de tierra, las botellas huérfanas, el olor a fritanga, el viento de la madrugada. Todo me dice algo. Caracas es la ciudad de los indicios, todo nos da una pista para resolver nuestras sospechas. Yo sospecho que lo mío con esta ciudad es un amor no correspondido, aunque hay días en los que nos robamos un beso en público.