#SexoparaLeer: Danza Salvaje

Dos entrañables amigas derrumban viejos tabúes y desbordan sus fantasías más ocultas cuando el baile deja de ser arte para convertirse en la faceta más erótica de nuestros cuerpos

#SexoparaLeer: Danza Salvaje

Dicen que un 70% de las mujeres tenemos deseos sexuales con nuestro mismo sexo, yo me atrevería a decir que este porcentaje hasta podría ser más alto. Aunque muchas lo neguemos y veamos como un sacrilegio el hecho de que dos féminas decidan tocarse mutuamente y disfrutar de largos besos y un placentero y sabroso sexo oral, este porcentaje tiene mucho de cierto. Hay que aceptarlo: más de una ha despertado mojada tras una noche de sueños fantasiosos con su mejor amiga o con esa mujer que vio en el metro arreglada y olorosa con cara de moverse muy bien para rozar pelvis y chocar dulcemente pezón con pezón.
Haciendo este análisis fue como un día me encontré fantaseando con Katy, una compañera de baile que estudiaba en la academia de arte a la que asistí desde los 12 años de edad, cuando mis deseos aún no aparecían. La conocí bailando, sus movimientos me encantaban, era como una diosa de las caderas, siempre la vi como un modelo a seguir y deseaba poder moverme así. Tenía estilo, gracia, elegancia y picardía al mismo tiempo. Al cumplir los 18 seguíamos juntas en la academia y nos hicimos muy amigas. Yo con mis destrezas un poco más desarrolladas y ella con ese inexplicable no sé qué en su cuerpo dábamos clases de baile a las integrantes de los niveles más bajos.
Así fue cómo nos compenetramos, ya yo cumplía los 21 y ella 23, comíamos juntas, bailábamos y ensayábamos juntas, y hasta nos contábamos de nuestras aventuras sexuales con nuestras parejas sin tapujos hasta el punto de darnos consejos la una a la otra sobre cómo hacer un buen blowjob para que aquel animal no te dejara por nadie. Decíamos: “quiero ser su perra, quiero que me pida más, sí soy ninfómana ¿Y qué?”, y nos reíamos de pensar qué dirían nuestros novios si nos escuchaban hablar así.
Un día, después de una larga jornada de baile en el teatro, luego de una presentación, Katy me pidió quedarse en mi casa, había discutido con Moisés, su novio, y no quería llegar a casa. Yo asentí, no veía problema y más bien me pareció una gafedad que me pidiera eso, ya se había quedado en mi casa otros días y era usual que luego de función nos fuéramos a casa a comer todo lo que no pudimos días antes de la obra y a descansar.
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Llegamos a casa, estábamos solas, entramos a mi cuarto nos quitamos los suéteres de la compañía de baile, las mayas, los calentadores y las zapatillas de jazz. Nos echamos en mi cama en sostén y pantaleta, era habitual vernos así, incluso desnudas; en el intermedio de cada presentación solíamos cambiarnos volando, y así volaban también la ropa interior y se dejaban ver senos rebotando por los camerinos buscando vestuarios, senos chocando unos con otros tratando de maquillarnos la una a la otra, cada vez que pasaba solo reíamos y ya nos parecía algo normal.
Luego de un rato de llegar a mi cuarto recibió una llamada, sí era Moisés, molesto porque Katy no había llegado a casa. Ella atendió, se escuchaban gritos al otro lado del teléfono, me miró apenada y decidió colgar. De pronto sus ojos se tornaron muy brillantes y rompió a llorar. Yo, aún en sostén y pantaleta, la abracé, le pregunté por qué lloraba y ella solo me dijo: “abrázame”. La abracé y comencé a hablarle con un tono dulce alagándola y pidiéndole que se calmara. Puso su cabeza en mi pecho, olía divino, tenía justo frente a mí la parte de atrás de su cuello, era su olor natural, a pesar de haber pasado todo un día moviendo su cuerpo sobre las tablas, el sudor no la hacía oler mal, la hacía más afrodisíaca.
Comencé a acariciarla, quería calmarla como diera lugar, comenzó a respirar profundo y yo intensifiqué mis caricias, mientras más se calmaba su llanto se convertía en gemidos de placer. Se volteó, se acostó sobre mis piernas poniendo su muñeca sobre su frente, le sonreí y cerró los ojos. Y allí estaban sus senos, redondos, no muy grandes pero acolchados, de piel canela y tersa como llamando a mis labios a besarlos. Se quitó la muñeca de la frente y me miró, miró sus senos y volvió a mirarme como señalándome que quería que los tocara. Yo, asustada me le alejé un poco, no entendía muy bien de qué se trataba todo esto, y le dije: “Katy me gustan los hombres, tengo mi novio y no entiendo qué estamos haciendo”. Ella soltó una risita y me dijo: “esto no significa que dejen de gustarte los hombre es solo un acto de solidaridad con una amiga que necesita placer…”. De esta forma me tranquilicé y me dejé llevar, la verdad no necesitaba de muchas explicaciones, sus palabras solo dieron paso a la posibilidad de darle riendas a mis fantasías que desde hace rato estaba teniendo con esta diosa del baile y del movimiento del cuerpo.
Así continué acariciando sus senos, la acosté en mi cama y me dispuse a llevar a cabo un acto de solidaridad, o al menos eso le decía a mi cabeza para no sentirme culpable. Le quité cuidadosamente el sostén, rocé mis dedos por todo su pecho, sus hombros y su espalda, tenía la piel tan suave como yo por lo que al rozarnos la sensación de placer era cada vez mayor.
Mientras, tocaba sus muslos, perfectamente tonificados por la danza. Esos sí los tocaba con deseo, hundí mis uñas por toda la parte de atrás de sus piernas y la agarré con ganas hasta llegar a sus nalgas. Ella se retorcía de placer como una culebrita y yo lubricaba como nunca antes lo había hecho. Comencé a besarla desesperadamente, nuestros senos ya desnudos rozaban erizándonos la piel, nuestras piernas se entrelazaban buscando tocarnos con nuestras rodillas. Me detuve y baje hasta su pelvis, estaba totalmente depilada, tenía su conchita suave y olía a sexo.
El deseo no cesaba, pasé mi lengua por todo el monte de Venus, de esa Venus que tenía frente a mí con las piernas abiertas, muy abiertas, era muy elástica, sabía hacer muy bien un split y su abertura permitía que mi lengua recorriera mejor sus labios vaginales y me daba mejor acceso. Sabiendo exactamente dónde y cómo nos gusta a las mujeres eso del sexo oral me dirigí al punto exacto. Sin mucho rodeo o preámbulo metí mi lengua y sus gemidos de placer me causaban más placer a mí que masturbarme, mis dedos me ayudaban.
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De repente sentí una gota que recorría mi entrepierna, asustada miré y no era más que un poco de fluido, mi cosita pedía a gritos ser tocada por unos dedos suaves y besados por los labios carnosos de Katy. En mi asombro dejé de manosearla y de darle lengüetazos, sus gemidos pararon y pensé que me reprocharía algo pero no, paró para decirme: “ahora me toca a mí”.
Así me volteó bruscamente, con una fuerza extraña que nunca entendí de dónde venía, tal vez el deseo y el sexo te dan esa fuerza interna que hace que le rasguñé la espalda a mi novio o que lo agarre de los hombros para que no se escape y deje de penetrarme. Ahora era ella la que tenía el control, se montó encima de mí, me agarró las manos fuerte sin poder zafarme, y me besó me mordió el cuello, sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, volvió a hacerlo y mis ojos se tornaron blancos. Abrió sus piernas y pegó su pelvis a la mía, yo no dejaba de lubricar, me soltó y se acomodó para agarrar mis dos manos con una sola y meterme los dedos con la otra.
Comencé a moverme como si sus cualidades de mover el cuerpo hubieran sido traspasadas a mí por obra y gracia del divino sexo. Dejó de tocarme e invitada por mí sus caderas daban pequeños saltos y vueltas sobre mí, me abrió bien las piernas y abrió las suyas también imitando unas tijeras entrecruzadas, ambas estábamos mojadas, el roce se hacía más que placentero y allí fue cuando Katy me dio más placer que una común penetración. Gemíamos juntas, cada vez más fuerte, teníamos los ojos cerrados, de repente los abrimos nos miramos y nos besamos, sentimos frío y calor al mismo tiempo, escalofríos y necesidad de estar pegadas la una de la otra por unos segundos más.
Nos pegamos más y más, comenzamos a mover nuestros cuerpos juntas y fue así cómo el más divino de los orgasmos invadió estas almas danzantes. Exhaustas nos despegamos, y nos acostamos una al lado de la otra. Nos miramos y las risas postorgásmicas no faltaron. Nos paramos, nos pusimos las pijamas para acostarnos a dormir y ella dijo: “¿Te gustó?”, yo le dije: “sí”, y respondió: “¿Lo harías de nuevo?”, yo asentí con la cabeza un poco apenada mientras acomodaba las almohadas para por fin dormir.
De pronto suena mi celular, era mi novio, Ignacio, me llamaba para decirme que pasaba por mi casa y quería saber si quería tomarme unos vinitos, le dije: “pero aquí está Katy” y Katy me miró sonrió y me dijo “a mí no me importa, ¿A él sí?”. Bajé la mirada y le dije “estamos en pijama pero ya te bajo a abrir amor”.]]>