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#SexoparaLeer La fiesta del “Toro”

sexo en el yate2DIAPOCO
08/10/2019
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TEXTO: DIVA DIVINA ILUSTRACIÓN: DANIEL HERNÁNDEZ

De vez en cuando hay que ceder y permitirse un rato de sexo y diversión: y si es en el mar y en medio del lujo, mejor. Ella lo entendió bien

Diciembre es el mes de las fiestas, pero para mis amigas es el momento del chanceo, nunca fui de las que quería acabar los trapos con atletas y famosos, pero las tentaciones abundan en este medio.

-Mamita vente pa Morrocoy con nosotras, llevaba semanas diciéndome Karina.

De verdad lo estaba pensando, la vida post-miss no era lo que esperaba, mi 1,78 de estatura y mi figura atlética llamaron inmediatamente la atención para el concurso de Miss Venezuela.

¡Gloria a Dios!, me piropeaban los hombres haciendo rima de mi nombre y figura singular, atlética por los años jugando voleibol, alta, delgada, de cabello castaño claro, de piel canela clara y unos ojos verdes de herencia extranjera me hicieron muy popular después del concurso.

Pero la vida post-miss no me había sonreído como a Karina. Fui primera finalista del concurso hace dos años, pero pronto me di cuenta de que para entrar como quería en los medios debía hacer más de lo que hacía mi amiga.

Siempre me había negado a eso, pero ya estaba ladillada del repetitivo trabajo tras cámaras. La vida en los medios y en la pasarela no se me había dado y quedé como maquilladora y estilista de confianza de varias otras ex concursantes, entre ellas, Karina, la invitada especial de aquella noche por el “Toro”.

-Mami ese está forrado en billete y todos sus amiguitos también son atletas, soltó en una sesión de maquillaje.

Fue un 29 de diciembre el día que el “Toro” decidió hacer una fiesta de fin de año en un yate privado en Los Juanes, con sus más cercanos amigos, su escolta y unas diez modelos, todas misses.

Luego de tanta insistencia acepté. Después de todo, lo invertido en retocarme para los concursos de belleza había dado sus frutos: mis senos hermosos, larga cabellera y una sonrisa de comercial de televisión acompañaban mi cuerpo de exatleta también.

Tenía apariencia de sifrinita, por lo que no había duda que todos tenían que ver conmigo esa noche, sin embargo y como suele pasar en esas fiestas, otras más explotadas llegan y acaparan la atención de sus amigos. Yo estaba conforme con pasar el rato.

Total, no estaba pendiente del chanceo de mi amiga, pero sí me preparé para la ocasión. Y mientras las otras desprendían sus encantos con los atletas, yo me fui un rato a contemplar el mar.

-¿Qué te pasa mami?, me salió uno de los amiguitos del “Toro”.
-Nada rey, contesté observando el horizonte.

Debo admitir que me sorprendió como la conversación fluyó inmediatamente a pesar de que era otro atleta tratando de enredarme en su labia para cuadrarme para esa noche.

Llevábamos una hora conversando cuando, el “Toro” como arreando ganado, nos mandó a ponernos los trajes de baño. Entendí entonces por qué lo apodaban el “Toro”.

El “ganado del Toro” no decepcionó, un ejército de tetas y nalgas operadas en casi todas nosotras, piercings en muchos ombligos, algunas con tatuajes, otras sin ellos, pero en definitiva un desfile de carne, carne de primera.

Esa tarde-noche me puse un espectacular trikini blanco para lucir mi estatura, senos firmes y el abdomen más bonito entre todas las modelos que había en ese yate.

Como era de esperarse sobraba alcohol y música. Luego de bailar y conversar con todos, cada una se fue retirando a algo más privado con cada uno de los invitados cuando se acercaba la tarde.

Me quedé sola con Yohan, que continuaba con su charla de atleta, como si no me hubiera dado cuenta que era el escolta del tipo, pero la verdad el alcohol había ya hecho su efecto.

No le fue difícil robarme el primer beso, de ahí en adelante deje que sus manos hicieran el resto y el alcohol me permitió desinhibirme como pocas veces me había dejado en el pasado.

Con el resto del grupo guardado dentro del yate, me dejé quitar las tiras del trikini en la cubierta del bote. Caía la noche y comenzó a chupar mis senos, el piercing de su lengua hacía roce con mis pezones que inevitablemente se endurecían.

Entonces tomé la iniciativa y le quité el traje de baño para revelar su ya erecto y depilado miembro. Me dio la vuelta y preparándome para lo que venía, puse mis manos en la baranda del barco, luego me colocó en cuatro y me bajó el trikini hasta los talones, pasaba el piercing de su lengua por mi entrepierna, mientras nos perdíamos en la música, el alcohol y el bamboleo del bote. Me penetró sin pensar en más nada, a lo que solté un leve gemido de excitación. Comenzó con movimientos suaves, mientras recorría mi espalda con su lengua.

Me sorprendió no protestar cuando me tomó del cabello, pero más me dolía su pene profundo dentro de mí, a lo que comencé a soltar gemidos de placer, en ese momento me tomó de las caderas y comenzó a darle con fuerza.

“Aguanta mamita que nadie nos está viendo”, pensé.

Sufría por aferrarme a la baranda del bote, para no salir disparada al agua en una de esas embestidas descontroladas producto del alcohol, la excitación y el deseo.

Luego de lo que parecía una un momento detenido en el tiempo, sacó finalmente su miembro y, tomándome por el cabello, me obligó a ponerme de rodillas antes de soltar su potente chorro sobre su mis senos, cuello y rostro.

Una vez acabado me recosté aun temblando en cubierta, limpiándome la cara con mis manos antes de soltar una carcajada de pena y gracia por ver el espectáculo en frente.

Desde el segundo piso del yate me veía el “Toro” con Karina arrodillada frente a él practicándole un oral, mientras me sonreía por debajo de sus lentes de sol y levantaba una copa de champagne en la mano en un gesto de salud a mi persona.