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“Si las paredes hablaran”: Cuentos del empleado de un motel en Caracas

moteles arte Pedro Granitis
04/12/2016
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COMPOSICIÓN GRÁFICA: PEDRO AGRANITIS | FOTOGRAFÍA INTERNA: ALEJANDRO CREMADES

Quizás las paredes del Montaña Suites no hablan, pero sus empleados sí soltaron prenda. Nos contaron algunas de las más sórdidas imágenes e historias que han presenciado en los recintos de este lujoso motel de paso y aquí nosotros les traemos las más épicas. Esta es una primera entrega con una ama de llaves de trayectoria

Si te sientes identificado, no te preocupes que ellos fueron reservados en cuanto a nombres y apellidos se tratan. En lo que sí no escatimaron fue en detalles y risas. Son empleados que llevan más de 10 o 20 años trabajando en el área de hotelería y están curtidos en locuras e historias de sexo. Los desnudos ya no les intimidan, son su día a día.

Hoy les traemos las historias de Arelys Mejías, una ama de llaves que tiene 23 años trabajando en la misma empresa  (11 de ellos en el Montaña Suites)

Arelys UB 1

—¿Qué es lo más raro que has visto?

—Que alquilan varias habitaciones y todos se meten una y bueno, ahí comparten. Mi trabajo es supervisar las habitaciones y estoy en todas las calles del motel. Y yo veo como ellos llegan alquilan todos en una misma calle y todos se meten en una misma habitación. Nos damos cuenta casi enseguida y los dejamos porque ellos están pagando todas las habitaciones. Pero sabemos que ahí habrá más desastre. También vemos bebidas, preservativos, drogas, todo eso.

—¿En qué presentación encuentras las drogas o cómo te das cuenta?

—Pastillas y polvitos. También nos damos cuenta porque beben mucha agua. La compran aquí al servicio de habitación. A veces, se pasan. Vienen muchachas bonitas, jóvenes, universitarias y salen desnudas de la habitación. Salen y se pierden. Yo más de una vez las he llevado a la habitación, les toco el timbre y las llevo. Sí desnudas, operadas, se pasan y yo las tengo que llevar. Yo creo que ellas no se dan cuenta. Yo las llevo y creo que ni se enteran. Cuando las dejo en la habitación su grupo se echa a reír.

—¿Han cachado una infidelidad aquí?

—Ha pasado varias veces. Yo presencié una que él era un militar y que la esposa lo venía siguiendo. Cada uno venía en una camioneta. Entró el señor en la habitación 258 y ella alquiló la 259. Entraron y la esposa le tocó el timbre, como él no abría la esposa le cayó a batazos a la camioneta. Le gritaba que sabía quién era ella, que saliera. Le decía: “Te vas conmigo. Yo no me muevo de aquí”. Los otros clientes salieron y gritaban: “¡que salga la moza!”. Tuvimos que salir y decirles a los clientes que se quedaron tranquilos. Subió la gente de seguridad y bajó a la muchacha a la camioneta, la que venía con el señor. No hubo armas pero la esposa tenía un bate, pero a la camioneta no le pasó nada. Era blindada porque él era un militar.

—¿Problemas con armas?

—Un día, en la habitación 210, vino la mujer con un señor y el esposo la siguió. Cuando vio a la pareja, le dijo al señor: “No te mato porque eres mi mejor amigo”. Pero sí sacó el arma y nosotros salimos corriendo hacia la lencería. Sacó el arma pero no disparó. Estas cosas te las cuento porque he trabajado en los dos turnos y en la noche se ven más locuras que en el día.

—¿Tienes historias de excremento en las habitaciones?

—Sí, sí. Se encuentran preservativos llenos de sangre y de excremento, todas esas cosas. Un día entraron dos muchachos, que me imagino practicaban fisicoculturismo porque tenían tremendos cuerpos. En lo que salieron de la habitación dejaron el baño lleno de pupú. Por todo lados: en la poceta, el lavamanos, los espejos, la lencería. No sé qué pasó ahí, pero todo estaba lleno de pupú. Eso se consigue mucho eso es frecuente.
Cuando eso pasa se recoge toda la lencería y se pone aparte y el personal tiene que lavar eso. No se puede limpiar normal, porque queda el mal olor.

—La rotación de clientes es alta y rápida, cuando ellos se retiran de las habitaciones, ¿ustedes las revisan?

—Sí revisamos, pero cuando los clientes se retiran del hotel. Para agilizar, porque muchas personas vienen con sus amantes y no pueden esperar. Pero tenemos una lista negra. Si alguien se lleva la lencería o rompe algo los anotamos.

Antes venía mucha más gente, ha bajado mucho la venta. Me imagino por la situación y los precios. Cuando yo empecé a trabajar aquí, en la noche, la cola llegaba al Excelsior Gamma. Era tanta la gente, que nosotros decíamos que enviaran los carros mientras nosotros íbamos limpiando. El desespero de la gente era tal que hacían el amor en la cola. Las mujeres chupándole las cosas, los hombres agarrándoles las tetas. Todo eso se veía desde aquí en el restaurant.

—¿Puedes dar detalle de cómo notas que las ventas han bajado?

—Antes venían de 200 a 300 carros en la noche, pero ahorita vienen 150 o 100. En el día si vienen normalmente 40 o 50 carros. Ha bajado es en la noche. Creo que por la inseguridad.

—¿Escuchas los gritos y gemidos de las parejas?

—Ay sí, las mujeres gritan mucho. Hay una mujer que desde que llega hasta que sale grita. Esa es su fantasía o la de él. Ella pega gritos hasta que se va. Durante 2 o 3 horas. Se de todo: “¡Dios Mío!”, “dame mi leche” o“¡Mamá ayúdame!”. En los hoteles se aceptan todo eso. También los hombres gritan, no solo las mujeres. Dicen: “así mami así ah ah ah” o “puta”.

—¿Han encontrado algún muerto en una habitación?

—Aquí pasó una vez que un señor tomó viagra y se murió en la habitación, le dio un infarto. Estaba con una chamita y después vino la familia. Tenía esposa e hijos. El señor tenía una panadería.

Aquí vienen muchos señores mayores con chamitas. Yo he tenido que ayudarles a subir las escaleras, con su bastón y todo, porque las muchachas jóvenes que vienen con él se esconden rápido en la habitación.