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8 pelis para el 28: cine de sexualidad alternativa y lo que dice sobre nosotros

Repasamos momentos cinematográficos que representan una sexualidad alternativa, y que al mismo tiempo nos hablan de apertura y aceptación

Sería una exageración decir que todos somos una sexualidad alternativa, pero todos tenemos una manera distinta de acercarnos a lo sexual. Esta no pretende ser una antología exhaustiva de películas de temática LGTBI —jamás pude comprender, por ejemplo, ninguno de los filmes del alemán Fassbinder—, sino de momentos cinematográficos que se le agolpan a una persona cuando revisa sus propias nociones de apertura y aceptación.

  • «Bound» y la normalización del lesbianismo

«Bound«(1996) fue una película que dirigieron los herman@s Wachowski antes de la trilogía The Matrix. Lo que me sorprendió entonces es que era una película de crimen en la que el lesbianismo de las dos protagonistas-cómplices —Gina Gershon y Jennifer Tilly— no estaba problematizado, es decir, desde el arranque se asumía como algo normal, el centro de la historia seguía siendo la trama de suspenso.

Con una química sexual devastadora, dicho sea de paso, entre Gershon y Tilly —vaya vocecita perversa—, que es cierto que responden a un estereotipo lésbico: la mujer “macho” y la mujer “hembra”, respectivamente, que dudo mucho que sea así en todos los enlaces lésbicos, pero aquí hacía arder la pantalla. Fue debido a «Bound» que empecé a leer sobre las tendencias sexuales de los Wachowski, en especial Laurence (actual Lana), que en un momento de su exploración personal se llegó a definir como un heterosexual que se excitaba imaginando pensamientos o sensaciones sexuales femeninas, casi proyectándose en otra persona, algo que también me ocurre porque no me llaman tanto la atención las narrativas habitualmente masculinas de la penetración, la posesión, etc. Luego optó por la transición de género (en lo que le siguió su hermano Andy), una decisión que respeto pero con la que no me identifico.

  • «Sheila» y el rancho interno

Creo que «Cheila, una casa pa Maita» (2010) es una de las mejores películas venezolanas de temática LGTBI, un poco por lo que decía antes sobre «Bound»: el centro de la historia no es la condición transgénero del (la) protagonista, es solo un problema más que hay que enfrentar en Venezuela, un poco lo que ocurre con el coronavirus y la gasolina, la luz, el agua, la inflación, etc. En realidad es una película sobre el “rancho interior”: la relación entre el espacio físico en que vivimos y nuestra disposición a la superación personal, más allá de que estemos en el barrio José Félix Ribas de Petare o el Country Club.

Cheila es interpretada por Endry Cardeño, actriz trans colombiana: desconozco si fue por un asunto de coproducción (capitales de varios países involucrados en la producción de un filme, lo que con frecuencia implica una imposición de condiciones) o porque no se consiguió en Venezuela un trans con el talento suficiente para el papel.

«Cheila» se basa en una obra de teatro de un dramaturgo con una trayectoria sólida, Elio Palencia: no sé si es tanto una película de “autor”, tomando en cuenta que su director Eduardo Barberena (QEPD) nunca hizo otra cosa demasiado memorable. Por cierto, si me preguntan por el momento más absurdamente inolvidable y divertido que involucre a una actor trans, elegiría a Bibi Andersen liderando una coreografía carcelaria de salsa en «Tacones lejanos» (1991) de Pedro Almodóvar. La osadía distingue a los genios. «Cheila» no es una película genial, pero sí es algo que te deja una sensación distinta a lo que esperabas ver.  

  • «The Crying Game»: el doloroso encuentro con el otro sexo

«The Crying Game» (1992), del irlandés Neil Jordan, es una de esas contadas películas que podría ver 100 veces, sin que me parezca un filme redondo ni mucho menos. No sé si es por el hipnótico cover que hace Boy George —una leyenda de la apertura del mainstream del pop a la sexualidad alternativa, dicho sea de paso— de la canción que da tema a la película, interpretada originalmente por Dave Berry en 1964. No sé si es por la actuación irrepetiblemente contenida de Stephen Rea, un militante de la organización terrorista irlandesa IRA que en realidad milita en la tristeza. No sé si es por la fugacidad de Jaye Davidson, un afro-andrógino de culto y de una dignidad casi displicente que solo hizo una película más: una especie de dios-villano egipcio en el filme de ciencia ficción Stargate (1994).

«The Crying» Game tiene una introducción memorable que recrea la intimidad masculina creciente entre secuestrador (Rea) y secuestrado (Forest Whitaker). En la escena decisiva, Fergus (Rea) vomita después de descubrir que Dil (Davidson) tiene un pene. Fui de los espectadores ingenuos que no tenía pista del verdadero sexo de Dil antes de ese momento. No recuerdo haber experimentado desagrado. Sí me desagrada una escena posterior en la que Fergus corta las rastas a Dil, lo veo como un tipo de mutilación femenina, aunque entiendo que hay un simbolismo con el cabello, una parte importante de la imagen que proyectamos. ¿El verdadero amor puede superar realmente nuestras tendencias de atracción sexual, más allá de lo tolerantes que seamos? Es una pregunta que me queda después de recordar esta película.

  • Brad Pitt y la apoteosis de la metrosexualidad

Definiría personalmente la etiqueta ya algo desfasada de “metrosexual” como la búsqueda de un ideal andrógino o, en el sexo masculino, la aspiración a una siempre fugaz belleza absoluta —y, ojo, la búsqueda de la belleza física no debería ser exclusividad femenina—. Creo que esto es también un tipo de sexualidad alternativa. Pocas mujeres han estado tan explotadas como Brad Pitt joven. Y eso fue a su vez explotado —no tengo tan claro si por él o por un grupo de directores atrapados mórbidamente en una obsesión— en un tipo de películas suyas, que pudieran abarcar desde el ladronzuelo de «Thelma & Louise» (1991) hasta la apoteosis decadente de «Troya» (2004).

Quizás una de las más emblemáticas de este subgénero es «Entrevista con el vampiro» (1994), por la delicada ambigüedad de su personaje (Louis). Una vez le leí a un crítico que esta adaptación de Neil Jordan fue arruinada precisamente por la poca disposición de Tom Cruise a explorar su propia ambigüedad sexual. En todo caso, este tipo de personajes de Brad Pitt terminan siendo algo melancólicos y suelen quedar en un callejón sin salida, porque la verdad es que la belleza física absoluta abre muchas puertas y es una forma de palpar lo divino, pero resulta también un regalo envenenado para el que la disfruta: la vida es mucho más que la belleza. Eso lo sabe el propio Pitt, cuyo talento frecuentemente ha sido solapado por su aspecto. ¿He sentido, como hombre, deseo por Brad Pitt? Con toda la honestidad del mundo: no, aunque no tendría nada malo si hubiera ocurrido. Sí he llegado a experimentar una profunda, festiva y estupefacta identificación total con el tipo de virilidad que ha representado. 

  • El sexo individual: apenas ráfagas

No sé si la masturbación puede ser calificada como una “sexualidad alternativa”: casi todos la practicamos o la hemos practicado —algunos la descubrimos de manera extremadamente tardía—, pero sí es cierto que es un tipo de sexualidad semiclandestina, de la que se habla poco, y frecuentemente con cierto dejo peyorativo o de inferioridad.

La soledad es asociada al fracaso (aunque la masturbación no es siempre una práctica solitaria, obvio). Es cierto que somos animales sociales y que las historias comienzan con más de una persona, pero también es cierto que la sexualidad individual merece una reivindicación. No recuerdo haber visto una película completamente dedicada a la masturbación, pero sí escenas de masturbación profundamente perturbadoras o graciosas. Muchos chamines habrían soñado tener una niñera como Alicia Silverstone. Probablemente recrear ese tipo de fantasías sería imposible en el cine comercial, pero de algún modo todos en la familia —grandes y chicos— nos terminamos metiendo en la bañera con la catirita en «The Babysitter» (1995).

En «American Pie (1999), la presencia tiránica de Shannon Elizabeth —de ancestros sirio-libaneses— da pie a una transmisión por webcam de una vergonzosa pero liberadora y totalmente entendible eyaculación precoz, que tampoco debería ser el fin del mundo. La famosa escena del gel para el cabello en «There’s something about Mary» ilustra la naturaleza del semen: algo que es bueno que salga, pero que puede convertirse en un problema inmanejable y persistente de higiene doméstica después de que ha salido. Investigando sobre este tema para esta nota me topé con «Fast Times at Ridgemont High» (1982), un filme con Sean Penn y Judge Reinhold que ahora estoy muy interesado en ver.    

  • Tenemos derecho a ser felices

Mauricio Walerstein (1945-2016) fue un cineasta mexicano que se afincó en Venezuela: uno de los pocos directores que desarrolló una continuidad de películas en nuestro país, generalmente con temáticas de sexo, crimen y crítica social. «Macho y hembra» (1984) fue su gran clásico sobre el sexo en trío, con la inigualable Elba Escobar —la gran “mujer de la esquina” en nuestro cine—.

Aunque un filme más bajo perfil y menos traumático que disfruté mucho es «La máxima felicidad» (1982), basada en una obra de teatro homónima de Román Chalbaud, en este caso con un trío de dos hombres y una mujer, lo que quizás explica que, en su momento, tuviera poco éxito de taquilla. Al menos para un público masivo, el lesbianismo tiende a ser percibido como “juego cuchi”, y la homosexualidad masculina, como una práctica mucho menos digerible. Como me suele pasar mucho con el cine venezolano de esa época, mi percepción suele estar mediatizada por la nostalgia de mi infancia y del país que éramos entonces. «La máxima felicidad»  —que lamentablemente creo que no está completa en YouTube— dio una inusual oportunidad de lucimiento a Virginia Urdaneta, una buena actriz generalmente relegada a papeles de loca en las telenovelas criollas.   

  • La no tan inocente niñez

Antes que la biografía de Édith Piaf con Marion Cotillard, y antes que la venezolana «Pelo Malo» (2013), estuvo «Ma Vie en Rose» (1997), la película belga del director Alain Berliner sobre un niño que quiere ser niña. Georges Du Fresne, que en 2020 debe ser un desapacible treintón en algún callejón gótico de Brujas —no lo sé, así lo imagino—, interpretó a Ludovic, un chamín que en su advocación femenina era una auténtica bellezura de delicadeza, porque con frecuencia los varones que quieren ser hembras desarrollan una sensibilidad extrema de la que carecen muchas mujeres (las mujeres tampoco están obligadas a ser “sensibles” solo por ser mujeres, por supuesto).

A pesar de que es un drama, y hay represión, rechazo y todas esas cosas malas, recuerdo a «Ma Vie en Rose» como una película en la que un niño expresa su sexualidad alternativa de una manera despreocupada, espontánea y fluida, en medio de una dirección artística fantástica que recrea un universo portentoso de casitas de muñecas. Dudo que la infancia defina todas las claves de lo que somos como adultos, creo que la sexualidad es siempre un trabajo en progreso, pero Berliner desarrolló un tema socialmente complicado de una manera elegante y poco culposa.

  • ¿Qué beso de hombre te parece realmente memorable?

Todos tenemos cosas que nos interesan más que otras. La homosexualidad masculina o un beso de dos hombres no se cuentan entre mis memorias más insistentes del cine, ni siquiera estoy seguro de que un beso de boca me parezca el acto culminante de la relación de pareja entre dos humanos. Algo que sí me parece interesante es ver cómo el público común y corriente —y mayoritariamente hetero, suponemos— reacciona en una sala de cine comercial ante un beso de boca de dos hombres.

Generalmente lo percibimos como la conjunción de dos cosas que, unidas, resultan demasiado chocantes: dos pieles ásperas, dos malos olores, dos barbas de tres días, dos narices grandes, dos cuerpos desnudos poco armoniosos, cuatro pares de pies feos. No sé si tengo un beso favorito de dos hombres en el cine, aunque sí puedo recordar casos en los que los he sentido bastante fluidos y naturales: el de Diego Luna y Gael García Bernal en «Y tu mamá también» (2001) es un momento realmente poderoso de camaradería masculina. Puede sonar trillado, pero no por nada, «Brokeback Mountain» (2005) es un clásico del género y también una película de Oscar que llevó la homosexualidad masculina a una nueva frontera popular. Heath Ledger y Jake Gyllenhaal lucían bien juntos, y si además estaba Anne Hathaway por allí metida, valía le pena pisar la mierda de caballo.

  • De ñapa: Chicas que quieren ser chicos

Así como muchos hombres nos sentimos atrapados en las convenciones rígidas de lo masculino —ejemplo, todo varón debe engrasarse alguna vez los dedos tratando de arreglar un carburador o como se llame cualquier otra parte de las para mí incomprensibles entrañas de un automóvil—, es válido imaginar que muchas mujeres se sienten atrapadas en las convenciones de “ser femenina”.

A otras actrices les debe haber pasado que quedan encasilladas en roles de “machorras”, caso Michelle Rodríguez, o a lo mejor lo disfrutan, no tengo ni idea Sigourney Weaver en ropa interior en «Alien» es ruda pero también es sexy. «G.I. Jane» (1997) con Demi Moore no es realmente una película sobre transición de géneros, como sí lo son «Boys Don’t Cry» (1999) o la francesa «Tomboy» (2011) —dos películas siempre recomendables sobre sexo alternativo femenino, por cierto—, aunque sí una que me removió y me remueve de manera cruenta lo que percibo como “propio de la mujer”. Todo esto se trata de aceptación, de tolerancia, de revisión constante de nuestras percepciones.