A mi padre, por un poema de Manuel Vilas

Le leí a Manuel Vilas un poema que me hizo pensar en mi padre y en aquello que hacen algunos padres que es tan importante luego para un hijo. El poema de Vilas, que se titula «Víctor Vilas», es sobre un tío, sobre el tío de Manuel Vilas; pero lo que aquel tío preparó para su sobrino lo viví yo también con mi padre en varios momentos de nuestra vida en común.

A mi padre, por un poema de Manuel Vilas

Vilas cuenta que su tío Víctor (por cierto, mi padre se llamaba Víctor) lo llevó un día a Venecia. Se fueron en carro, en coche, de España hasta Venecia, y allí, al parecer, pasaron varios días. Montaron mucho en barco, pero sobre todo, su tío lo llevaba por las calles, por los edificios y le decía, «No olvides nada», y también, «Tienes que guardarnos en la memoria».

El tío Víctor estaba enfermo de muerte y quería dejar una marca en su sobrino. Una marca un poco egoísta, y está bien, ese egoísmo está bien, porque todos deberíamos tener el recuerdo de alguien que se afanó para dejar en nosotros, de niños, por lo menos una imagen importante, valiosa, imperecedera.

Ese acto que bien podría ser un acto de egoísmo es, al mismo tiempo, un acto amor, de generosidad: es un dar, es un pretender dejar en nosotros un recuerdo que funcione como guía, como brújula, como horizonte, como salvavidas. Eso lo hizo mi padre conmigo en varias ocasiones.

Rememoro a mi papá llevándome a la playa con mis primos un día cualquiera de semana. La playa solitaria, nosotros allí jugando, mi papá recostado del capó del carro. Quizás no fue un día de semana, quizás fue un sábado temprano, antes de que llegara la marabunta, no lo sé.

Rememoro a mi padre, también un fin de semana, llevándome en su carro por las calles solitarias de la ciudad hasta la casa de esos mismos primos. Rememoro a mi padre llevándome un día a su oficina a hablar con un señor de apellido eslavo que era ingeniero en sistemas, pues mi papá me había visto emocionado con las computadoras (yo la usaba en realidad para escribir cuentos).

Me veo caminando por el Greenwich Village junto a mi padre, y tengo la perfecta película de los dos entrando en una tienda de cómics, de los dos saliendo de la tienda y luego metiéndonos en un bar a tomar algo; ya yo tendría unos diez y siete años. Lo recuerdo muchas veces, en el carro, conversando conmigo, en Caracas, en Puerto Cabello, en Valencia. Siempre los dos.

Y no es que no quería que estuviera mi madre o mi hermano; todo lo contrario, la familia siempre anduvo muy unida. Yo me refiero a eso que él hacía que de algún modo yo siempre sentí intencional. Mi padre, en ocasiones, procuraba hacerse ese espacio conmigo. Me dedicaba esos momentos de los dos solos que terminaron convirtiéndose en imágenes que hoy perduran y están allí, haciendo algo en mi espíritu que yo relaciono de alguna manera con una cierta fuerza y dignidad que me hacen seguir en pie.

Y me digo, luego de esto, que Manuel Vilas me habló de lo mismo con su poema. Vilas le dio palabras a algo que mi padre hacía con una cierta finalidad que yo sospechaba pero que nunca llegué a precisar. Ahora sé que Víctor Vilas, enfermo mortal, hizo lo mismo que hacía mi padre, que no padecía entonces ninguna enfermedad. Pero igual la muerte siempre está, porque pienso que el hombre siente la presencia de la muerte con mucha más potencia cuando tiene hijos. No sé, mis hijos me han puesto a pensar en la muerte, en lo que yo he sido, en lo que soy, en lo que dejaré en ellos.

Víctor Vilas tenía una muerte real encima, pero convertida en enfermedad mortal. Los padres también tenemos la muerte encima, pero la mayoría no sabemos cuándo nos iremos. Así, mi padre, que no estaba enfermo, quizás sembraba esos recuerdos en mí, esos magníficos recuerdos, con el fin de no borrarse en la muerte, con el fin de seguir dándome su mano guía y de seguir siendo en mí cuando ya no estuviera, siglos o apenas años después… no podía saberlo. Luego, pues sí murió, y logró dejarme esos recuerdos, y se lo agradezco hasta el fin del mundo.
Acá, para cerrar, el poema de Manuel Vilas:

Víctor Vilas

Íbamos en un coche blanco, camino de Venecia.

Mi tío insistía en que pusiera atención,
en que no durmiera en el asiento.

Fuertemente asido de la mano de mi tío,
entré en Venecia.

Conocí Venecia. Un hombre y un niño.

Mi tío me compró un juguete,
mano temblorosa entregando unas liras.

Era una fiesta montar en barco a todas horas.

¿Qué miraba aquel hombre? Aquel hombre
que en una vacaciones de Semana Santa de hace treinta años
insistía en que Venecia se grabara en mi memoria.

«No olvides nada».

Mi tío me cogía la mano más fuerte aún
cuando entrábamos en los palacios.

Yo corría por aquellas salas cuyos techos
estaban llenos de pinturas.

Se sentó mi tío en la Dogana y quiso
que me sentase con él.

Oscurecía.

Era Viernes Santo.

El tiempo daba vueltas en el horizonte.

El tiempo y la enfermedad.

«Tienes que guardarnos en la memoria».
Me hacía repetir los nombres en italiano.
Me apretaba la mano hasta hacerme daño.

Estaba solo aquel hombre en mitad de la Plaza de San Marcos.
Lo veo tomar café expreso y mirar con dolor el Adriático,
los ojos torturados.

Cómo saberlo entonces, saber que era una hermosa despedida,
fuera de aquella España, él y yo solos,
lejos de la familia y contra el tiempo.

Íbamos en un coche blanco, aquel hombre y yo.

Camino de Venecia,

Sólo son dos recuerdos que me quedan de Víctor Vilas,
un hermano de mi padre,
muerto hace mucho tiempo.

Imagino que debió de ser un hombre
frágil y desesperado.

Me legó tres olvidados días en la Venecia de 1971
y la vehemencia de su mano
contra la mía.

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