Alcoholismo, la enfermedad que se disfraza de vicio

Los lunes y los jueves tienen un significado especial para los que están sentados en un salón de la residencia de los Jesuitas en la Iglesia San Francisco en el centro de Caracas. Son enfermos en recuperación, como ellos mismos se llaman, pero su enfermedad a veces pasa más bien por vicio. Las 9 personas que estuvieron el pasado 8 de marzo sentadas en un cuarto tenían algo en común: el alcoholismo.

Alcoholismo, la enfermedad que se disfraza de vicio

Había una botella de dos litros con té de manzanilla que se servían en vasos pequeños mientras esperaban su turno de hablar. El grupo de Alcohólicos Anónimos (AA) se mantiene con contribuciones de sus miembros y entre ellos, se siente una camaradería y apoyo que aseguran no tener afuera de esas paredes.
“Todo el mundo responsabiliza al alcohólico”, empezó a contar la primera mujer que habló en la reunión. Todos los presentes parecieron acordar en que el estigma social que hay en torno al término les dificulta hablar del tema en otros ámbitos sociales.
“La gente es muy dura”, continuó la misma mujer al tiempo que contaba recordar “beber en Chacaíto a las 6 de la tarde. Yo entraba a los bares y me quedaba ahí con todos los hombres que había. Cuando alguno se me acercaba a preguntar qué hacía yo ahí, le respondía que eso no era su problema”
Los riesgos que pasa una mujer alcohólica pueden ser similares a los de los hombres en aspectos como la pérdida de memoria o “lagunas” de lo que hacen al estar bajo efecto del alcohol, pero hay algo a lo que ellas se ven mucho más expuestas: la vulnerabilidad.
“Cuando estamos borrachas es como que se la ponemos fácil a los hombres. En medio de la locura, te exponen”, terminó.
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Vicente es quien tiene más edad en la reunión, usa lentes de sol, el cabello totalmente blanco agarrado en una cola de caballo y dice tener más de 20 años en la organización.
Para él, es más difícil ver a una mujer borracha que a un hombre porque “con las mujeres vemos reflejadas a nuestras madres y eso es duro”.
Al llegar al programa dijo que contó de 1 a 2 mujeres pero que ahora “nos ganaron el campeonato. La mujer ha caído en la trampa”.
Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Venezuela específicamente es el tercer país del continente con mayor consumo de bebidas alcohólicas en el sector femenino y plantea a la soledad como la mayor causa de ello.
A Jessica le rasparon quinto semestre de turismo y la botaron de su trabajo en el Banco de Venezuela (BDV) gracias a su adicción a la bebida. “Yo pensaba que era normal ir a la universidad y quedarme abajo bebiendo. No sentía que estaba haciendo nada raro hasta que amanecí en casa de un desconocido en traje de baño y ni siquiera supe cómo llegué ahí”
Todos los presentes estuvieron de acuerdo en que sí hay un punto de quiebre para tomar acciones y eliminar su adicción, ellos lo llaman “tocar fondo”.
Las razones pueden ser diferentes. Para Jessica fue que le tiraran un billete de 50.000 bs en la cara porque “no tenía ni para el pasaje”, pero para Luis, que tiene 19 años en AA, fue haberle pegado a su esposa.
“Le fracturé la cervical y le rompí los dientes. Amanecí preso, me habían golpeado en las costillas. La policía me dio una paliza”, contó.
Actualmente trabaja en el sistema judicial y dice conocer a personas que bajo efectos del alcohol han violado a sus dos hijas y lanzado a su esposa de un tercer piso. “Eso a mí me da terror. Saber que se puede llegar a ese punto y no recordar nada de lo que hiciste después”.
Es creyente de que “quien comete delitos bajo los efectos del alcohol no es culpable”.
Carolina, por su parte, vive en un barrio y confesó haber sido no solo alcohólica sino también consumir otro tipo de sustancias de las que “no puedo hablar ahora porque este no es el espacio para eso”
El alcohol a ella la agarró por sorpresa porque “no bebí mucho pero fue suficiente”. Madre de familia y con hijos, aseguró que se cansó de ser una “boleta que tomaba en las calles, así para que todo el mundo me viera”.
En AA se dicen “no estás solo” en más que palabras. Entre ellos, se comparten sus números personales para que se sientan libres de llamarse si se topan con la tentación de retomar el alcohol, se reparten los pasapalos que compran para sus reuniones y terminan cada una de ellas agarrándose de las manos para hacer una oración en donde piden fortaleza.
No se exigen dejar de tomar “para siempre” desde el primer momento, con ellos decir “no tomo por hoy” es suficiente para aguantar otro día de recuperación de lo que para mucho es solo una actitud de “sin vergüenza” pero para ellos es una enfermedad que nunca se cura pero “sí puede detenerse”.
“Es como una película. Le das pausa pero en cualquier momento puedes caer en el botón y reanudarlo”, dijo César, el primero que habló y que con orgullo dijo sonriente “este 15 de abril cumplí 27 años sin tomar”.
 
Todos aplaudieron.]]>

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