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Alí Rondón, el buen malandro

Venezolano, hoy radicado en México, Alí Rondón es actor de teatro, cine y televisión. Y cantante también. Desde que participó en “Hermanos”, de Marcel Rasquin, ha seguido explotando la faceta del tipo matón: en “Narcos México” y en “El señor de los cielos”. También lo hemos visto en “Pelo malo” y “Desde allá”. Y mientras pasa su cuarenta sopesando proyectos tuvo esta conversación sobre fútbol y actuación. O viceversa

Alí Rondón, el buen malandro

De niño, Alí Rondón veía destellos de colores brillantes cada vez que le tocaba estrellarse contra la grama para atajar la pelota. Ser arquero lo hacía sentir como un doble de acción -de esos que vuelan y aterrizan agresivamente contra todo- con el único propósito de detener la ruta del balón hacia el fondo del arco. Le gustaba jugar a darse golpes contra las cosas y fingir que se había lastimado, le entretenía desviar, por unos minutos, la mirada de todos hacia él.

Por eso, poner el cuerpo delante de la red era la situación ideal para resaltar y apropiarse por completo de ese brillo, para fabricar por su cuenta la estela colorida que sale del uniforme de los arqueros con cada pirueta, y así escarbar en la armonía estética que llevan los hombres que logran hazañas maravillosas atentando contra las reglas básicas del fútbol: tocar la pelota con las manos y evitar goles.

Entonces su mamá, que lo supo mucho antes, se dio cuenta de que en ese afán estaba la señal inequívoca de otra cosa: su pasión por la actuación. En esa frontera, Alí descubrió su espacio: el área grande de la cancha fue también el umbral hacia el escenario.

De niño no recuerda haber sido tímido. A ratos podía ser profundamente reservado y otras tantas veces extrovertido. De esa época Alí admiraba a Gianluca Pagliuca, portero de la selección de Italia en los mundiales del 94 y del 98. Le gustaban sus formas “poco ortodoxas”, la manera como se levantaba el cuello de la camiseta para salir a jugar y el estilo peculiar con el que cortaba su suéter de arquero.

Cuando Alí habla o se sumerge en un recuerdo, su metro noventa y uno de altura se congela. La acción se traslada a las manos que arrasan la superficie de su cara, se estrellan contra los ojos con la palma completa y luego se anclan a la barbilla en cuestión de segundos. La atención ahora se centra en la mirada, en los ojos –inmensos y oscuros– que rastrean en el aire la ruta de palabras invisibles que aun no aterrizan en su lengua. Se queda en silencio, ubica la idea como un arquero antes del pitazo que antecede a la patada de un penal. Palabra y balón vuelan con velocidades similares antes del toque. Entonces frunce el ceño y habla.

-La primera película que vi en el cine creo que fue «Superman» en el Radio City en Plaza Venezuela, que era un cine bellísimo como del Hollywood de los años 30. Recuerdo que tenía dos sirenas en el arco que rodeaba la pantalla -ah, eso tiene un nombre– como saliendo del mar, saliendo del agua y arriba, al final, hacia el centro, había un querubín o dos. Era bellísimo ese cine.

Se detiene en los colores, en la vistosidad del traje de Christopher Reeve, en la belleza de esa estética urbana y sucia que también fue el inicio de su gusto por Nueva York, aunque se tratara de Metrópolis.

-Me llamó la atención lo que hacía Christopher Reeve como actor, aunque no supiera en qué estaba pensando en ese momento… Era como: “¿cómo hace eso? ¿cómo está en un estado de ánimo y luego en otro? ¿Qué cambia de estos dos personajes?”. El primero es como un poco gallo, reservado y franco. Súper honesto y súper frontal, además, como buena gente. Tal vez cruelmente frontal. Recuerdo que pensaba: ¿cómo sucede que ves a este tipo bonachón y de repente ves a este otro tipo súper seguro? Eso me llamaba la atención.

Durante años fue en el fútbol donde sostuvo la pulsión inicial de la infancia. En Caracas entrenó de manera profesional con la Sub 17 y la Sub 20 aunque no llegó a primera división.

Del arquero fue descubriendo que era necesario aplicar una inteligencia distinta a la premisa con la que se ejerce cualquier deporte o disciplina física: no se trata solo de mover el cuerpo. Hay algo más.

El arquero juega en una posición estacionaria que se sostiene de la flexibilidad y la reactividad del jugador. Alí descubrió que dependía de su inteligencia, de la fuerza o la precisión, más que de otra cosa. “No es un trabajo heroico”. Y en efecto, no lo es. El arquero muere a plazos, dijo Villoro. El actor, en cambio, debe ser como le dijo Peter O´Toole a Gay Talese: “Capaz de saltar a un balde de mierda y salir oliendo a violetas.“

En el 2006 hizo un intento más, casi el último, en el fútbol profesional. Había algo en la disciplina con lo que parecía no terminar de conectar: un brillo perdido, una necesidad retrasada que se diluía en otras cosas; por eso la pausa y de allí la necesidad de un regreso. Pero la vida tenía otros planes, la noche de su primer entrenamiento en tercera división se lesionó el tercer metatarsiano del pie derecho. Era la segunda vez que le pasaba a los 21 años y se hartó. De las lesiones, de los entrenamientos, de intentarlo.

Alí Rondón

Esa misma semana hizo el casting para el musical Jesucristo Superestrella y comenzó su formación en el Centro de Creación Artística TET. Salió de la cancha directo al sótano de la Capilla San Pedro, en la Urbanización Valle Abajo. En esa bajada comenzó la construcción de un individuo distinto, y entonces descubrió en él la constancia y la disciplina que no tuvo ni con el fútbol ni con la carrera de Artes en la Universidad Central de Venezuela. Eso sí: nunca dejó de ir al estadio.

-¿Cuál personaje hiciste en Jesucristo Súperestrella?

-No tenía un personaje, era parte del ensamble. Yo hacía cositas: le diseñé un viaje a la obra para que para mí tuviese sentido y tuviesen sentido los detalles porque, claro, había tantas cosas que hacer en el trasfondo, había tanto que cantar en el ensamble que para yo disfrutármelo dije: bueno, entonces vamos a hilar fino, a ponerle una historia y que todo el tiempo tenga que hacer cosas detrás (del escenario) y no sea solo forma.

En el 2009, Alí estaba trabajando en el montaje de una obra que se llamó “Proyecto Hamlet”, donde hacía un Hamlet punk con una cresta anaranjada altísima. Por una amiga actriz se enteró del casting para una película venezolana donde buscaban actores que jugaran fútbol.

Fue a la prueba y desde la fila vio cómo de a poco iban pasando actores de otras escenas -del mundo de la televisión y del cine- a hacer la misma prueba que él. Algo de eso lo desmotivó. En esa época nada que no estuviese asociado al teatro, le desinteresaba. Cuando llegó su turno, le pidieron que contara alguna experiencia en el amor y en la calle: “Tampoco le imprimí mucho interés a responder esas preguntas. Entonces nada, no me llamaron. Obviamente”.

Una semana después se enteró de que uno de los personajes de la película era arquero. Contactó al jefe de casting, le dijo que él jugaba fútbol, pero fútbol en serio. Que desde los 11 años entrenaba como arquero. Que no, que no era joda, que de verdad él tenía que hacer esa prueba. Así logró llegar a la entrevista con Marcel Rasquin, director de la película que después se llamó “Hermano”.

En el camino al encuentro alguien le dijo que si quería impresionar a Marcel, se asegurara de echarle un cuento que lo asustara. Alí entró a la oficina en Plaza Venezuela con un pasamontañas que le tapaba el greñero anaranjado de un Hamlet prestado que ahora se enfrentaba a un dilema distinto. Afuera hacía 32 grados, las gotas de sudor se le escurrían por el borde de la cara, pero él no se inmutó.

Le contó a Marcel que cuando estuvo en la cárcel nunca se dejó joder. Por eso cuando salió en libertad, una banda de narcotraficantes se habían enterado de sus hazañas y se lo llevaron para que conociera al jefe de la organización. Cuando estuvo frente al tipo, este ni siquiera lo miró. “Así que tú eres el que se la da de arrecho“, le dijo, y le estrelló el puño cerrado contra la boca. La sangre no alcanzó a tocar el piso cuando la ráfaga de golpes continuó: primero contra la nariz, luego la ceja y después un gancho directo al pómulo. Alí no se inmutó. Escupió la sangre y no hizo nada. “Echale bolas“, le dijo el tipo y le puso un arma en la mano con los nudillos llenos de sangre: “Mátame”.

La presión era insoportable, le dijo Alí a Marcel: “Él estaba esperando a que lo matara pero no lo hice. No lo maté”.

La gota de sudor se multiplicó y empezó a trazar hilos anaranjados por el borde de la barbilla, quizás como los que sintió ese día, frente al narco, con la pistola en la mano. Marcel seguía la historia en silencio. Quizás sonrió o no. Tampoco le preguntó qué pasó después de la golpiza, se limitó a preguntarle por el fútbol, si de verdad jugaba, y por el amor. Alí respondió y antes de salir de la oficina, Marcel hizo una última solicitud: quítate eso -dijo señalando el pasamontaña- y alcanzó a ver el greñero grasoso destilando tinte.

A los días, recibió el guion de “Hermano”. Así, gracias a una historia ajena, a un invento.

En Alí habita una criatura inquieta que retumba, salta y modifica los personajes, que destripa el texto y lo altera para darle un tono diferente, un carácter humano que se desplaza en el matiz de misterio que tanto le gusta. La cabeza atenta husmea el movimiento, hurga el terreno textual hasta tomarle la vena al personaje. Ser actor es el constante vértigo de la vida ocupada por construir otras.

Y entonces algo pasó en el cine local que después de Max – el personaje que hizo en “Hermano”- no pudo hacer otro papel que no fuese de malandro. Para la industria había algo en Alí que encajaba solo ahí.

-Ese fue el personaje con el que se quedó la gente. Uno –como actor- tiene como una vainita rara que hace que te vean y digan “¿coño, dónde te he visto?”. Eso me gusta porque a mí también me ha pasado con otros actores y quiere decir que no solo eres capaz de modificarte, sino que hay algo que te llama, que se te queda en la memoria, en la retina, en la cabeza, pero no sabes identificar bien. A mí esa cosita, ese gustito de misterio, me gusta mucho y me gustan los actores que lo tienen

La lista es larga, advierte antes de empezar a nombrarlos: Rachel Weiz, Kate Winslet, Cate Blanchett, Judy Dench, Haydee Faverola. “Es que son muchas siempre, no hay una sola“. Sigue: Jake Gyllenhaal, especialmente su trabajo en los últimos años: “Es un tipo muy valioso y un poco subestimado en Hollywood”. Brad Pitt, Joaquin Phoenix mucho antes de Joker. Michael Fassbender, Cilian Murphy, Tom Hardy, Pacino más que De Niro, Christian Bale, pero el de antes, ahora no. Alexander Leterni, Jack Nicholson, Ben Kingsley –que cada vez le gusta más– y el encanto de Robert Downey Jr. Probablemente haya otros pero se detiene.

Más allá de lo que ha hecho en el cine –que en sus palabras “no ha sido mucho”- hay algo fundamental en Alí que es el olfato. Sabe cuándo una película va a ganar premios y se empeña por estar en ellas.

Así fue en “Pelo malo” de Mariana Rondón (estrenada en 2013, recibió múltiples nominaciones en diversos festivales y resultó ganadora del Concha de Oro del Festival de Cine de San Sebastián) y luego en “Desde allá” de Lorenzo Viga (estrenada en 2015, fue la primera película latinoamericana en ganar el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia).

En 2017 -cuando se fue a vivir a Ciudad de México- volvió a aparecer el malandro. Al principio lo rechazó y consideró hacer otro personaje con menos participación con tal de salirse del estigma, pero cuando leyó el guión de “Autocannibalism” de Cédric Blaisbois, le gustó. Se decoloró el cabello otra vez y se lo dejó en un tono amarillo “estridente, feísimo y tuky. Yo nunca hablé como malandro hasta ese corto de Cédric. Y ahí sí lo hice por la calle del medio”.

– ¿Hay alguna diferencia para ti en la construcción de un personaje para teatro y uno para cine?

-Hay diferencias clave. En teatro usualmente tienes más tiempo y estás acompañado de un grupo de actores con el que empiezas a crear ese imaginario. Yo me tomo un montón de licencias creativas para que aparezcan cosas interesantes y seductoras, dentro de las limitaciones que plantea el director y la obra. Pienso a qué cosas respondería y qué cosa le conviene a cada personaje estéticamente. Cómo resuena el texto mí, cómo me compagino con él y respondo a sus anchas, al menos hasta donde puedo. Siempre trato de entregarle algo que sepa que va a funcionar pero que yo también -viéndome y comparandome con otras cosas que ya he hecho- sepa que no me estoy repitiendo, que no estoy recurriendo a una maña y que no estoy en un lugar cómodo necesariamente.

¿Qué pasa en el cine? Bueno, que sueles tener mucho menos tiempo. Los espacios de experimentación se reducen a tu curiosidad, a tus necesidades creativas, a tus limitaciones, a tus tiempos y a las del director. Puedes estar acompañado, puede ser que el director esté interesado también en decidir lo que vas a hacer, en cómo decir, en cómo vas a aportar. Pero a veces, no. A veces te toca llegar al set con el texto aprendido y empezar ahí. Tiene muchas variables pero sobretodo, depende de tus inquietudes como actor o como actriz, proponer, experimentar algo tuyo, revisar, explorar. Eso es trabajo de casa, luego va a empezar a modificarse y explayarse en el set.

-El trabajo del actor es hacerle creer al otro que es alguien más pero ¿qué pasa con el arquero?

-Digamos que sí, que el trabajo del actor es eso que dices, pero hay otras cosas. Ser actor es muy loco, es una contradicción muy grande entre querer ser uno a plenitud delante del otro, y querer ser otro enteramente, ser irreconocible. Todo pasa por tomar decisiones: ser inteligente o ser intuitivo, o las dos cosas. Esto que digo ahora con 35 años tal vez no sea capaz de decirlo a mis 50 y eso, en la actuación, como en la vida, es maravilloso. ¿Qué pasa con el arquero?, con el arquero no pasa nada. El arquero sigue ahí, siempre va a estar. Ha estado muy temprano. Más bien, lo que estoy aprendiendo ahora -en la vida- es a no estar a la defensiva y es difícil porque tengo toda la vida defendiendo, siendo el último recurso, la última línea de defensa, el único que puede usar las manos. Entonces resulta que me he acostumbrado a eso y hace años que me lo hicieron saber pero no me lo he quitado. Estoy trabajando en eso ahorita.

Alí se recuesta sobre la pared, estira las piernas sobre la alfombra de la sala –verde y con la misma textura que la de un campo de fútbol- de su apartamento en CDMX. La mañana apenas está empezando su curso. Sostiene un cigarro entre el índice y el anular. Lo acerca a la boca. Aspira. Frunce el ceño y achica los ojos. La realidad se suspende por un momento, él entra en una pausa improvisada que no se veía venir. Exhala el humo y en ese hilo blanco, traza el camino de vuelta a la realidad, a ese cuarto, a los 28 grados de temperatura, al estómago vacío. Sacude la colilla sobre el cenicero. Suspira. Había dejado de fumar por las mañanas, quizás hoy solo sea una excepción.

A Ciudad de México llegó en julio de 2017 –a los 32 años- y se entregó al ejercicio de vivir en una urbe que lo maravilla constantemente, que le ha enseñado que no es lo mismo allá que aquí. Que siempre hay tiempo para atravesar el Bosque de Chapultepec de camino a casa y detenerse a ver el atardecer. Que los alacranes marrones en México no son venenosos. Que sí, que pican pero no duele, no como el que vio cuando era niño en Ciudad Bolívar: amarillo casi fosforescente, con un veneno tan letal que se tragaba el tejido de cualquier cosa y lo dejaba gris, seco, reducido como colilla de cigarro.

México es la aventura constante de recordar y aprender, que lo que no picaba allá, aquí sí pero que no mata, quizás solo lo engorde.

Sobre su cuello cuelga una medalla de la Virgen de Guadalupe, con quien tiene una relación estrecha: se tutean. Él le conversa, le lleva flores. Es la única a quien le cuenta los proyectos antes de que salgan, a quien le habla de los que le quitan el sueño. Es la única por la que ha dejado de comer tacos. Cada vez que le hace alguna promesa, se la cumple, y ella a él también. Ha sido la mejor de las anfitrionas.

En el 2018, Alí formó parte de “Narcos México” –el exitoso drama criminal producido por Netflix- donde le tocó vestirse de corbata, usar lentes oscuros, llevar calzado italiano y empuñar una pistola. Matar otra vez, pero con elegancia y acento mexicano.

Después estuvo en “El señor de los cielos”, de Telemundo, donde interpretó a Uñe Tigre, un asesino a sueldo con un ritmo extraordinario para sostener cualquier arma y matar con los ojos puestos en otro lado, pero apuntando siempre al objetivo.

-¿Tienes rituales antes de entrar a escena o entrar a grabar en el set?

-Tengo rituales en teatro, más que en rodajes. En teatro, casi siempre, suelo hacer un pequeño altar en mi camerino o en el espacio que tenga. Si no hago el altar, por lo menos hay cositas: hay objetos, hay imágenes, hay fotos del universo de la obra o del universo de la vida de ese personaje y que responden a mí, como para sentir que hay un imaginario activo ¿no? Y depende del proceso, del proyecto, del grupo y del espacio, el ritual puede ser más avanzado y más completo, o no. Es decir, hay un orden antes de función: puedo llegar tres horas antes a hacer un montón de cosas, prepararme, o no. Puede que llegue con mucho menos tiempo, pero siempre puntual. Entiendo que cada proceso necesita algo distinto, entonces hay pocas cosas que se mantienen siempre, por eso también el altar puede permearse de esos cambios y de esas diferencias. En rodajes nunca he hecho el altar, trato de llegar a tiempo, con el texto aprendido, listo para jugar, pero no hay mayor ritual.

-¿Qué te emociona de hacer teatro?

-Creo que todo, más bien ahí el trabajo es contener porque no te puedes desbordar, no se trata de eso. Siempre me da nervios, me da susto la noche anterior de estrenar o justo antes de entrar en escena cuando ya empezó la función. ¿Qué me emociona de estar montado ahí? La sensación de estar vivo realmente, por fin, y eso es algo que he venido trabajando en terapia últimamente: darle su lugar a la ficción y disfrutarlo sin que la vida sea aburrida, sin que la cotidianidad sea aburrida o esté mal, o no sea lo mismo, porque una cosa no puede existir sin la otra. Me emociona la posibilidad de aprovechar el momento único que se da en el teatro para abrirme a todo el espacio. Es una exposición muy fuerte pero la disfrutaba mucho.

-¿Te gustaría dirigir?

-Me imagino dirigiendo teatro, más temprano que tarde. Me interesa mucho la dirección. En el momento en el que me hice consciente del trabajo del actor y de todo lo que uno tiene que hacer realmente cuando entra en el oficio, me empecé a interesar muchísimo. Y cuando conocí a directores interesantes, pues mucho más. Así que sí, yo creo que eso puede suceder más temprano que tarde. Y en cine también, creo que es algo que haría con mucha más edad, con mucho más cine encima, con más experiencia de rodaje. Me seduce la idea, incluso desde antes de pensar en dirigir teatro.

En “El último hombre muere primero”, Juan Villoro dice que el arquero es el número uno, el último en un equipo, el recurso final, y que solo en sitios donde valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. Morir en cuotas, en plazos y en pitazos es la especialidad del portero. El actor muere y renace en cada personaje mientras sostiene la realidad de su propia vida. Sobre esa línea, en el líminal que cruza el balón con el texto, está parado Alí Rondón.

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