Los terribles (horribles) dos

Más que un tetero en las rocas, cuando tu hijo llega a los dos años y despliega su potencial de energía y movimiento, lo que quizás necesites es un trago. Como Andres Schmucke, trasnochado y cansado

Los terribles (horribles) dos

La paternidad es maravillosa. La diversión está a la orden del día, las risas nunca faltan, los momentos increíbles abundan. Esa conexión que sientes con tu hijo y que cada día que pasa crece más, es indescriptible. Cada día es una experiencia nueva, una aventura de la que aprendes algo distinto. Aprendes cómo ser papá, pero también aprendes mucho de ti mismo como persona.

La primera vez que me llenaron de pupú, me divertí. Estaba muerto de risa. Ya la quinta vez no fue gracioso. Ese momento, tan escatológicamente memorable, sentí que decía mucho del tipo de persona en que me había convertido (no es que me guste andar lleno de mierda, pero por mi hijo, todo). Esa manera de pensar de papá me hacía sentir orgulloso, me hacía sentir distinto a los papás que conocía, me hacía sentir especial.

Pero… con el pasar del tiempo me di cuenta de que la paternidad tiene momentos oscuros, momentos en los que he querido escapar, llorar, gritar, desaparecer (por un par de horas, no por siempre, ¡ojo!). Descubrí que ser papá no es un camino de rosas, o quizás sí, pero de vez en cuando (en ocasiones más de lo que quisieras), te vas a clavar una espina y te va a doler que jode.

Esa espina que tengo clavada en este momento viene en la forma de un niño hiperactivo que está atravesando los tan temidos “terribles dos”. No puedo decir quién acuñó ese término, pero lo que sí puedo decir es que dio en el clavo.

Todo el día se me va en correr detrás de él, pedirle de todas las formas habidas y por haber que no brinque en la cama, que no brinque en los muebles, que no se pare en las sillas, que no se pare en la mesa, que no salga solo de la bañera, que no escale la biblioteca, que no brinque en la cama, ¿ya dije lo de la cama?

Me lleva loco. Los momentos de paz que tengo son cuando ve Peppa Pig (que la odio, de verdad), cuando está con su mamá a quien también lleva loca y cuando está dormido. De resto, es brincar, saltar, correr, tirar cosas al suelo, molestarse porque quiere todo para ya, brincar, saltar, correr. HELP!

Entiendo que es normal. Es una etapa que los niños necesitan atravesar. Durante los dos años sufren cambios intelectuales, motrices, sociales, emocionales. Que estemos viviendo una pandemia con muchas cosas restringidas y sin contacto con otros niños de su edad, no ayuda para nada a que este proceso sea un poco más llevadero.

Matteo es un mini rebelde sin causa. Quiere independencia y gobernarse solo y no entiende que muchas cosas que quiere hacer, sin importar lo que yo le diga, son potencialmente peligrosas.

A veces quiero tirar la toalla, no decirle que deje de brincar en la cama, dejarlo que se de su buena caída, para ver si así para, pero inmediatamente pienso que soy un papá horrible por pensar así. Lo bajo de la cama y le explico por vez número cinco mil el por qué no debe hacer eso.

Un pediatra escribía sobre los terribles dos lo siguiente: “Durante ese período es normal que tú y tu hijo pierdan la paciencia”, pero yo ya estoy que no tengo paciencia que perder. Los horribles dos me están consumiendo y después me vienen los horribles tres.

He llegado a pensar en este momento que solo el alcohol me comprende.

¿Soy el peor papá del mundo?