Aprendizaje

Durante los primero 25 años de nuestra era democrática, en Venezuela prácticamente no se hablaba de crisis; se discutía en todos los ámbitos, sobre el futuro del liderazgo político en los principales partidos, de nuevas figuras que comenzaban a descollar, y nacían nuevas iniciativas políticas; en el mundo empresarial continuamente se creaban nuevas empresas, había nuevos desarrollos inmobiliarios, turísticos e industriales en todo el país, y continuaban creciendo las oportunidades y los programas educativos y de investigación, tanto en el sector público como en el privado.

Es a partir del famoso Viernes Negro (28 de Febrero de 1983), cuando por primera vez en muchas décadas, se comenzó a hablar de crisis en Venezuela. Ya con anterioridad, hubo señales y algunas advertencias de políticos, sociólogos y economistas, sobre que el modelo venezolano era susceptible de correctivos, pues a la vez que en ciertos sectores de la sociedad, el ambiente de prosperidad era creciente y muchos venezolanos elevaban su nivel de vida, también crecían los sectores marginales, no solamente como expresión de crecimiento de la pobreza o de crisis económica, sino como manifestación de un fenómeno social y urbano, como producto del crecimiento de la demanda en las principales ciudades del país, y también como consecuencia del ingreso de un importante contingente de inmigrantes caribeños, europeos y suramericanos.

Nos encontramos de repente con una sociedad mucho más compleja, con mayores y crecientes exigencias, en medio de nuevas realidades mundiales, como la crisis de la deuda latinoamericana, el crecimiento de la guerrilla y el narcotráfico en nuestra vecina Colombia, el fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín y la moda de los paquetes neoliberales, solo por mencionar las más relevantes; todo esto, lo vimos los venezolanos como algo que sucedía en otro planeta, que nada de eso nos podría afectar, que éramos únicos y especiales, y que no cabría cambiar nada. En ese mar de acontecimientos de cambio, fue el derrumbe de los precios petroleros y la devaluación de la moneda, lo que hizo que empezáramos a abrir los ojos, ante la nueva realidad que nos penetraba.

Por otra parte, la creciente presencia e influencia de los medios de comunicación, que nos permitió ver las noticias casi en el mismo instante, conllevó a una participación más activa de la gente en los problemas de su país, y a disminuir el impacto de los líderes en todos los ámbitos. Surgían nuevas fuentes de influencia que no dependían precisamente de los partidos políticos, ni de los gerentes de la empresas, ni de los rectores de las universidades. Nuevos temas, antes irrelevantes, se incorporaron al debate, como la fuerte activación en defensa del medio ambiente; nuevos conceptos y formas de trabajar, educar, comunicarnos y de hacer política, se incorporaron en nuestras vidas.

Es decir, por más que nos acostumbremos a algo, todo cambia y cambia permanentemente; y no se trata solo de entender que los paradigmas caen, lo importante es tener la disposición de tratar de asumir, que precisamente por ese constante e inevitable cambio, nuevas realidades nacen permanentemente, y nuevos paradigmas se van formando. Es como cruzar un río, cuando llegamos a la otra orilla, la porción de agua que nos rodeó, nunca fue la misma. Saber ver el cambio de las aguas que nos rodean y las que se aproximan, es clave para quienes pretendan en el ejercicio del liderazgo empresarial, político o social, conducir o movilizar la gente para que lleguen juntos y con bien a la otra orilla, con nuevas experiencias y aprendizajes, y que con ello podamos adaptarnos a tiempo a las nuevas realidades que nos circundan; si no estamos alertas a eso, es muy posible que nos arrastre la corriente.

Hoy estamos frente a fenómenos inéditos para los venezolanos, vemos cómo se han derrumbado ante nuestros ojos muchos paradigmas. Se derrumbó la creencia de que el venezolano no emigraba, se derrumbaron los partidos políticos, a la patria de Bolívar la dominan otras naciones y ya la moneda nacional no existe. Como dice la canción… ¡Todo se derrumbó!

Vivimos nuevas realidades, y nos preguntamos ¿qué hemos aprendido los venezolanos entre el viernes negro de 1983 y el régimen imperante de 2019? Ya han pasado casi 40 años desde que comenzamos a hablar de crisis luego de la devaluación del 83. Han sido cuatro décadas de inflación y de devaluación de la moneda, de deterioro de la democracia, de derrumbe de la economía, de deterioro de la educación, de aumento de la pobreza, de aumento de la corrupción a todo nivel social, tanto en lo público como en lo privado, en lo político y en lo empresarial.

Algunos dicen que en Venezuela hay que comenzar de cero; eso sería un gran error, pues por una parte, eso no asegura ningún aprendizaje, y por la otra, supone evadir la responsabilidad de nuestra realidad, es ponerle un trapo al espejo para tapar nuestros defectos y pretender que estamos solos, que seguimos siendo los dueños de la verdad y seguir construyendo sobre paradigmas derrumbados. No solo tenemos que vernos sin maquillaje frente al espejo, tenemos que voltear a ver y escuchar justamente a los que no nos gusta ver y escuchar, porque seguramente encontraremos en ellos las mismas arrugas y los mismo defectos que vimos en nuestro espejo.

Tal vez el primer aprendizaje de todo este drama que cada se agrava más y que nadie nos asegura que no pueda continuar el declive, es que mucho de lo que ha pasado ha sido esencialmente por dos cosas; en primer lugar, y aunque resulte obvio decirlo, se debe a la generalizada carencia de valores en un gran sector de la sociedad. No actuar con valores es una decisión consciente de quien lo asume y que es más fácil de tomar, cuando esa conducta se hace algo cotidiano, casi público e inclusive en algunos niveles se premia. Hemos tenido una seguidilla de malos ejemplos públicos durante muchos años seguidos, y en un país de élites divorciadas entre sí. Si bien no podemos decir que toda la sociedad carece de valores, al menos es la conducta pública dominante.

El otro factor es la falta de unión o de cohesión alrededor de un proyecto común de nación, del país que queremos ser, y para ello, como antes señalamos, tenemos que juntos corregir nuestros defectos, reconocer nuestras desviaciones, hacer un ejercicio de humildad y tolerancia, para retomar el camino de la democracia, de las instituciones fuertes, de los partidos políticos responsables, con ideas y democráticos, y de las empresas solidarias, productivas e innovadoras.

Cada sector debe hacer una profunda reflexión sobre estos complejos años, y hacer la lista de los aprendizajes, de los errores, de lo que no funcionó y de lo que no podemos volver a hacer. De igual forma, debemos aprender de lo que sí ha funcionado. En el mundo empresarial hemos visto cómo los emprendedores comprometidos con el país y sus trabajadores, han sorteado todo tipo de vicisitudes y con creatividad, sacrificio y empeño han logrado enfrentar la situación.

Para un nuevo comienzo necesitamos revisarnos, porque el país que nos queda, está lleno de conflictos sociales y políticos, en medio de intereses de todo tipo. Si bien nuestros próceres pidieron ayuda a potencias extranjeras para alcanzar nuestra independencia, finalmente nos tocó unirnos y juntos sin ayuda de nadie labrar nuestro destino.