Aquella esperanza

La sesión parlamentaria especial del cumpleaños de la que la historiografía llamó “la caída de la última dictadura” fue convocada para un parque al Oeste del centro de la capital. El cuerpo apeló a esa posibilidad reglamentaria porque reunirse en el Capitolio que es su sede le está vedado

Es ironía propia de nuestra azarosa vida republicana que el 62º aniversario del 23 de enero de 1958 lo conmemoremos en clima grotescamente regresivo, con la Asamblea Nacional impedida de funcionar en su sede y cumplir sus deberes constitucionales como símbolo máximo de una democracia desfigurada y vaciada.

La sesión parlamentaria especial del cumpleaños de la que la historiografía llamó “la caída de la última dictadura” fue convocada para un parque al Oeste del centro de la capital. El cuerpo apeló a esa posibilidad reglamentaria porque reunirse en el Capitolio que es su sede le está vedado. Los diputados no pueden entrar allí ni al edificio José María Vargas que una cuadra al Sur recuerda al primer Presidente civil de la República, el mismo sabio rector universitario y senador que al enfrentar el primer golpe de estado, llamado “Revolución de las reformas”, contestó “El mundo es del hombre justo y de bien” a los sediciosos que lo apresaban por la fuerza acompañada del alegato “el mundo es de los valientes”. Fuerzas militares han sido usadas para el antidemocrático propósito de impedir a los representantes populares hacer su trabajo y una semana después, la tarea se encomendó a grupos de facinerosos paramilitares o parapoliciales.

Fui parlamentario de largo servicio y a mucha honra. Quise ir a la sesión junto a mi esposa, por solidaridad con la institución herida y animados por el hecho de que se había acordado el honor de invitar como orador de orden a un profesor que no solo es mi decano sino además nuestro hijo. Al llegar al Parque de la Paz, lugar de la cita, la encontramos tomada. Un despliegue policial en vez de la escenografía parlamentaria. Me cuentan vecinos que antes merodeaban grupos de los llamados colectivos. No los vi. La metáfora es elocuente. La celebración de la fecha en que los venezolanos nos liberamos del miedo, se frustra precisamente por una exhibición de la arbitrariedad que el 23 de enero de 1958 creímos superada para siempre.

Recuerdo aquel amanecer de mi niñez barquisimetana. Después de una dictadura de diez años y una larga historia autoritaria con interrupciones de libertad y respeto más o menos breves, el 23 de enero Venezuela se vistió con la ropa limpia de la esperanza. La esperanza es un traje bonito y al mismo tiempo sencillo, sin lujos ni echonerías.

Seríamos un pueblo libre para pensar, crear, trabajar y progresar. Pacífico. Respetuoso de la ley y respetado por ésta gracias a poderes públicos distribuidos, equilibrados, limitados y conscientes de su deber de servir a todos.
Que hayamos interrumpido el curso de una historia de búsqueda imperfecta e inconforme de mejoras en el ejercicio de nuestras libertades, derechos y deberes es una dolorosa regresión cuyo costo, ojalá, no siga aumentando para el pueblo que somos.

Recuperar la senda de la construcción republicana de una patria que sea hogar acogedor para todos sus hijos, sin divisiones, sin discriminaciones, sin exclusiones, es el desafío de los venezolanos de hoy y el derecho de los de mañana.