Aramburu: nunca vi a uno como él

Jon Mikel Aramburu Mejías, con 19 años, ha deslumbrado por unas características que pocas veces coinciden en un mismo jugador. Aquí te contamos las virtudes de ese jugador, que podría hacer la diferencia en el torneo local y más allá

Aramburu: nunca vi a uno como él

Jon Mikel Aramburu Mejías es el nombre completo del chico de apenas 18 años (cumple 19 en julio). Sus dos nombres y su primer apellido son propios de un nativo de las regiones vascongadas, de esa etnia admirable cuyos orígenes son sorprendentemente desconocidos y cuyo nacionalismo enarbola su principal característica.

Sin embargo, su segundo apellido es más criollo que una hallaca, lo que imprime a su sangre la suficiente carga de venezolanismo para decir que el muchacho sí es de acá, más allá que su lugar de nacimiento haya sido en Caracas (Fernando Amorebieta nació en Cantaura pero es más vasco que la ikurriña). Entonces, es nuestro, porque además, fue formado futbolísticamente en el Colegio San Ignacio de Loyola, ese búnker que históricamente produce buenos futbolistas en la capital y que en muchos casos preferían continuar una carrera universitaria porque el fútbol no les daba la estabilidad que sí podía ofrecerle una profesión, muchas veces familiar.

Los muchachos ignacianos son reconocibles doquiera que van: camisa tipo chemise beige por fuera del pantalón azul marino de gabardina, franela de cuello redondo blanco por debajo de la camisa y el cabello muy tupido peinado hacia un lado adelante. Así es Jon. Lo que le diferencia del resto es la timidez: mientras los chamos de cuarto y quinto año del Loyola son desenfadados, Aramburu es algo más introvertido. Sólo en el trato, porque cuando está en el rectángulo de juego se transforma en una fiera implacable.

Tengo aproximadamente 35 años viendo fútbol venezolano. He visto surgir futbolistas de todas las “especies”, pero nunca vi uno con las características de Aramburu. Ya destacó en el elenco campeón del Deportivo La Guaira en el Normalización 2020, pero antes me había capturado la atención desde aquel Sudamericano Sub 17 con la selección de Venezuela que comandaba José Hernández en Perú. Era el lateral izquierdo en una línea de cuatro defensores y su trabajo era encomiable. Por aquel entonces tenía 16 años, un imberbe aún, un niño.

¿Por qué digo que nunca vi uno como él? Porque los de su raza son muy pocos en el mundo. Todos han querido compararlo con el catalán Carles Puyol, sin embargo aún me falta verlo en una faceta ofensiva como para que pueda ser comparado con el mejor defensor español que vi en mi vida. De momento, es de esos jugadores que todos quisiéramos tener por su lucha y brega.

En Venezuela no le encuentro punto de referencia para establecer una comparación y usted pueda hacerse una imagen si no lo ha visto jugar. No ha habido un futbolista en Venezuela con su garra, con su precisión, con su empuje. Se sabe ubicar perfectamente en el rol que le toque cumplir: lateral por cualquier costado (maneja muy bien los dos perfiles) o stopper en una línea de tres defensores.

No se limita a sus tareas, va más allá. Tiene una resistencia descomunal, está en el lugar y en el momento exacto que se le necesite, marca con fiereza sin intención de hacer daño al rival, a pesar de su vehemencia en el juego, suele cometer pocas faltas. No tiene miedo a nada: si tiene que despejar de cabeza mientras está caído en el suelo, lo hace sin dudar y con los tacos del rival a 5 centímetros de su cara. Se zambulle, se arrastra, mete el cuerpo, corre, hace coberturas efectivas. No pasa del metro 74 de estatura, por lo que no es un central de altura, pero las gana fácil por arriba por su salto y buena ubicación. Pesa 71 kilos, pero mete el lomo y la caja en la anticipación con tanta fuerza que el rival se lo piensa dos veces a ir contra él en una pelota dividida. Es un bisonte.

Descrito eso, ¿recuerda a algún futbolista en Venezuela con esas características físicas y de juego? Yo no. Es diferente, es de otra estirpe, es de otra raza. Su familia comercializa un delicado vino que lleva en la etiqueta el apellido bien grande y él parece que en un futuro va a hacerlo más conocido por su fútbol que por las botellas.

Recuerdo hace algún tiempo haber escrito en esta misma plataforma sobre Yangel Herrera, hoy figura del Granada español y tentado por clubes de la Premier League, que estábamos ante el prototipo del nuevo futbolista venezolano. Aramburu demuestra que esa nueva raza de futbolistas surgidos en las canteras del país, se está propagando. Y si sumamos lo serios y profesionales que son en cuanto a carácter, tenemos ante nosotros un futuro realmente interesante. Y eso que no tomamos en cuenta a todos esos chamos que se fueron del país muy jóvenes en los últimos años y ya comienzan a despuntar en otras latitudes como oriundos. Esto me agrada, me da esperanzas. Y muchas.

Hoy Aramburu no es considerado de los titulares en La Guaira, aunque ya debutó en Copa Libertadores. Es el primer futbolista de la norma, eso sí, en el equipo que mejor cantera maneja en Venezuela. Lo llevan poco a poco, con prudencia. De él queda el seguir manteniendo ese envidiable nivel.

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