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Así vive Barquisimeto el colapso de servicios en Venezuela

Barquisimeto, la cuarta ciudad más populosa de Venezuela, la mejor planificada y capital musical del país, conjuga los males provocados por el colapso nacional de los servicios. Sus empecinados habitantes luchan a diario en busca de un cambio.

Barquisimeto, la del cuatro y el corrío, la cuna de Dudamel, Aquiles Machado y don Alirio Díaz. La cuarta ciudad más grande Venezuela era referencia por su planificación urbana, con zonas separadas de uso industrial, comercial y residencial. Esta urbe que es un tablero cuadriculado, de direcciones imperdibles de calles y carreras numeradas, hoy sobrevive al colapso que arrastra al país entero.

Ahora, habitar la capital musical de Venezuela es un ejercicio agotador: sin agua, sin gas doméstico, sin gasolina y sin luz hasta por varios días.

Del crepúsculo a la penumbra

Desde el apagón de marzo de 2019, Barquisimeto padece interrupciones del servicio eléctrico que, al principio, fueron advertidas y medianamente planificadas. Pero en las últimas semanas alcanzan hasta doce horas ininterrumpidamente. Las consecuencias para niños, adultos mayores y enfermos, para comerciantes empeñados en subsistir y para la vida doméstica, se miden en dinero, pero también en saldo emocional: angustia, impotencia y pánico. Cada vez ronda más la idea de cuándo será el día en que se quedarán esperando el golpe de la breakera, que avisa que “llegó la luz”, porque se habrá ido indefinidamente. El riesgo lo han advertido especialistas del sector.

En centros de salud tanto públicos como privados tienen plantas alimentadas por combustible, o dependen de termoeléctricas que les permiten mantener activas áreas prioritarias, como algunos pabellones y unidades de cuidados intensivos. Aunque la gobernadora Carmen Meléndez afirmó que “sin luz podemos vivir, pero sin agua no”, la bomba eléctrica que hace llegar el agua a los últimos pisos del Hospital Central Universitario Dr. Antonio María Pineda de Barquisimeto no la acompaña en su apreciación. Se dañó y con agua en recipientes subidos a tracción humana se asea a los pacientes y se lava las manos el personal asistencial.

Sin respiro

Pero en las casas también hay enfermos. La señora “Yola” tiene 88 años de edad y una condición respiratoria que la fatiga. Tendría alivio con un concentrador de oxígeno, pero ese equipo funciona con electricidad y en Cabudare (ciudad “hermana” de Barquisimeto), donde vive, hay hasta tres cortes diarios; entonces, necesitaría una planta, que tampoco tiene, ni mucho menos gasolina para hacerla funcionar.

Otra opción serían los cilindros de oxígeno medicinal. Las empresas de suministros médicos los “recargan” por 30 dólares y, dependiendo de cómo el médico lo indique, puede durar un máximo de cuatro días; o sea, la familia debe disponer de unos 200 dólares al mes para eso. No tienen ese dinero ni el cilindro vacío, y es que las empresas ya no los alquilan. Esto, debido a que personas sin escrúpulos se los llevaban y no los devolvían, porque son de uso lucrativo en talleres de refrigeración y latonería automotriz para soldadura. Queda procurar que Yola se mantenga calmada y rezar para que sus dedos no se tornen azules por falta de saturación de oxígeno.

Vivir cerca de hospitales se convirtió en una bendición para quienes habitan las casas “donde nunca se va la luz” y quieren ayudar a familiares que solo pueden llegar hasta allá caminando, porque tienen vehículos varados sin combustible.

Los propietarios de minoristas de alimentos han debido hacer grandes desembolsos en plantas generadoras, inversores de energía, puntos de venta inalámbricos, baterías, servicios de internet y otros malabarismos para mantener los negocios, satisfacer la demanda y conservar plazas de trabajo. Simón Salas, vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lara, asegura que son esfuerzos muy grandes que, lamentablemente, inciden en todo: costos operativos y de bienes y servicios al público.

Vivir contra reloj

Una feria de verduras por kilo (iniciativa del cooperativismo con sello larense) abre hasta las 3:00 p.m., según el más reciente decreto de la “cuarentena”, ahora radicalizada. Pero el personal se va antes, “para que no nos agarre el toque de queda”. Parecía que “nos perdonarían”, pero un parpadeo indica que empezó otra tanda sin electricidad. Quejidos, gritos y hasta maldiciones al unísono. La cajera pide que se separen en dos colas quienes van a pagar con dólares en efectivo y quienes lo harán con tarjetas. La planta solo da como media hora de vida al punto. Una tarjeta “no pasa”.

  • ¿Intento otra vez?
  • Sí, hazlo (y ligo que el banco no me vaya a debitar dos veces el monto).
  • Nada, ¿vuelvo a tratar?
  • Sí, por última vez.

Se frota el chip en el cabello, le pone un cartoncito debajo a la tarjeta y “¡pasó!”

  • Clave, chica.
  • (Detesto ese tratamiento, pero, en fin). Yo quiero marcarla.
  • Es que si muevo el punto se le afloja la pila y se apaga. Y el banco no volvió a repararlos ni tiene nuevos.

Todos en la cola supieron mi clave, pero coroné los vegetales y frutas de la semana. Poquito, para que no se dañen con los apagones los que van en la nevera.

Patria racionada

En algunas zonas, alrededor de las 7:00 p.m., empieza la “ración de patria”. En sectores del este, se escucha el ruido de las plantas que algunos privilegiados tienen y se percibe el olor a gasolina quemada. Si los datos de los teléfonos siguen activos, se lee en Twitter que El Manzano -población montañosa al sur de Barquisimeto, tras cruzar el puente Macuto sobre el río Turbio- nunca se apaga, porque “ahí viven enchufados”.

También, que la FAES se llevó detenidos a seis habitantes de los populares bloques de la urbanización Antonio José de Sucre, en el centro-norte de la ciudad, por cacerolear durante un apagón. Al día siguiente, el ruido de las sirenas de las patrullas y de las escopetas de perdigones les indicaba que volvieron para abortar cualquier otro intento de protesta intradomiciliaria. Los muchachos siguen recluidos en la sede de la Policía Nacional Bolivariana, al oeste de Barquisimeto.

Faes detuvo a Renzo Prieto Coronavirus Vargas Periodista Darvinson Rojas

Dormir sería la opción, pero el sobrepensamiento, los zancudos y el calor no dejan. En 2015, el ingeniero electricista larense Luis Vásquez Corro advirtió públicamente el riesgo de apagón, debido al estado en que se encontraba la hidroeléctrica Guri, y se lo llevó preso el SEBIN (la policía política del chavismo)

¿Y si su declaración está vigente pero ni él ni otro especialista lo dicen por miedo a que los encarcelen? ¿Y si la luz no vuelve en días o semanas? Queda pasar el insomnio mirando las agujas del reloj y contando las horas para que el pitido de los reguladores de voltaje avise que regresó la energía y esperar un rato a que se estabilice para revisar cuáles electrodomésticos se habrán dañado y encender los aires acondicionados y ventiladores que sobrevivieron.

Lara verdeoliva

Hasta julio de 2017, la incompleta gestión de Alfredo Ramos en la alcaldía trató de hacerla la “ciudad ideal”, con una etiqueta en redes #MeGustaBQTO, que resultó de encuestar a los foráneos y preguntarles qué era lo primero que pensaban al escuchar el nombre de la capital del estado Lara.

Desde el año 2000, la conducción del estado quedó en manos militares: dos períodos del comandante de la Aviación Luis Reyes Reyes, “comprometido con el progreso”; dos del maestro técnico del Ejército Henri Falcón, que pasó de rojo a azul por las “cuentas claras” y el “progresismo”; y ahora la almiranta en jefe Carmen Meléndez, con quien supuestamente “llegó la esperanza a Lara”.

Muchos esperan, más bien, un viraje del timón. Los barquisimetanos añoran la época de Enelbar (Energía Eléctrica de Barquisimeto, sustituida por la centralizada Corpoelec). En ese entonces, “se pagaba el recibo de luz en taquilla” y su imagen corporativa era un bombillo amarillo de bulbo, simpático, cuyo nombre usaban las madres para regañar a los hijos:

“Tienes todas las luces prendidas, ¿tú crees que somos socios de Kilovatico?”.