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Cuando la bohemia gravitaba alrededor de Parque Central

Una vida verdadera y auténticamente álgida, con un inusitado movimiento cultural, político, social y gastronómico fluyó en la zona de Los Caobos-Parque Central en las últimas décadas del siglo XX. Con solo hacer un pequeño inventario de lugares donde acudía la “crema de la inteligenza” caraqueña, nos podremos dar cuenta de que esto fue rigurosamente cierto. Y, aunque parezca increíble, toda esa vorágine se diluyó en tan solo 25 años aproximadamente. No se pueden precisar fechas exactas ya que el declive social ha sido una circunstancia paulatina. Con motivo de los 448 años que cumple Caracas, compartimos estas maravillosas anécdotas

Cuando la bohemia gravitaba alrededor de Parque Central

En un rápido recorrido sentido este-oeste podremos identificar los centros neurálgicos de aquel acontecer social que comienza en la Plaza de los Museos con la Galería de Arte Nacional (hoy mudada a la Av. México) y los museos de Bellas Artes y de Ciencias Naturales. La extinta casona de la familia Ramia fue demolida para construir el edificio que fue la sede oficial del Ateneo de Caracas. Allí funcionaron muy activamente las salas de teatro Anna Julia Rojas y Horacio Peterson, la Fundación Rajatabla, la sala de cine Margot Benacerraf, la Librería del Ateneo y su famoso cafetín, lugar obligado de encuentros y desencuentros de la movida intelectual de la época.

 

hotel hilton caracas, parque central

 

Si caminamos a la izquierda encontraremos el Complejo Teresa Carreño “el corazón cultural de Caracas” el segundo más grande de Suramérica que cuenta con las salas Rios Reyna y José Félix Ribas, que albergó los desaparecidos Museo Teresa Carreño y la Fundación Amigos del Teatro Teresa Carreño. Al frente, la estructura que todavía se conserva, en apariencia, del otrora Hotel Caracas Hilton con su famoso restaurante La Rotisserie, el bar La Ronda, el Tower Lounge, L´Incontro y en el último piso la Cota 880, boite de atmósfera romántica a media luz, con vista panorámica de la ciudad, donde se presentaban shows y se podía bailar al ritmo de conjuntos musicales.

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Un muy transitado camino de pocos metros lleva a Parque Central donde nos recibe la majestuosa entrada del que se llamaba Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber (Maccsi) con sus grandes salas de exposiciones que albergaron obras de los más famosos artistas plásticos. La emblemática tienda y el Café del Museo. En los espaciosos pasillos de Parque Central está la Sala Plenaria, que fue centro de encuentros políticos y de importantísimos congresos internacionales. Del Museo del Teclado y el Audiovisual, galerías de arte privadas como la Graphic II y la Muci sólo queda el recuerdo. Todavía permanece ofreciendo sus servicios el Museo de los Niños, obra de Alicia Pietri Montemayor de Caldera Rodríguez, con su vistosa y llamativa estructura.

Este rápido registro es para significar, dar una idea exacta de la importancia y lo que representó Parque Central y sus aledaños entre las décadas de 1970 hasta mediados de los 90, cuando la inseguridad reinante en la zona y los vaivenes de la economía hicieron merma y comenzaron a desaparecer muchos de los sitios de obligada visita para el esparcimiento y la vida cultural del caraqueño.

Ya entrando de lleno en materia gastronómica, tres restaurantes: El Parque, Visconti y Picadilly Pub (Hector´s) convivieron en los enjambres de este conjunto residencial, considerado en su época como el “desarrollo urbano más importante de América Latina”. Estos lugares quedaron en la memoria de sus habitués.

Los tres, tan distintos en su oferta, se parecían mucho por su calidad culinaria, gran ambiente, atención eficaz y además de compartir los mismos comensales y otros, más que comensales, eran clientes consuetudinarios y amantes de una bien provista barra. A éstos últimos no les importaba mucho la comida, pero si los 12 años “in bottle”. De aquella no tan lejana época, todavía queda en pie La Hostería de Parque Central, de lo que solo sobrevive su nombre. Los asiduos a este espacioso local, con decoración mediterránea y mucha madera, siempre recordamos a los atentísimos propietarios Pipo y Lucho, quienes consentían a sus fieles clientes en cualquier capricho epicúreo.

Nace una estrella en El Parque

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Esta frase está utilizada en el más estricto sentido literal porque en el restaurante El Parque nació una estrella el 11 de febrero de 1987, cuando Floria Márquez, la protagonista, rememora con exactitud la primera vez que se acercó al micrófono a las 5:00 de la tarde en “la hora del aficionado”. La misma Floria lo comenta así: “Para pasar una reciente viudez, mis amigas me invitaron a almorzar porque era mi cumpleaños y en la hora del pousse café me pidieron que cantara, ya que lo hacía en privado y sin escuela, solo por divertirme”.

Esa misma tarde el propietario Enrique Siso, junto a Ligia Feo, le pidieron que se quedara a cantar todos los viernes porque vieron en esta simpática señora mucho carisma, espontaneidad y capacidad histriónica. “Luego de tres meses -agrega Floria con deleite- me solicitaron que me quedara fija como anfitriona de relaciones públicas, atendiera a los clientes, de vez en cuando echara una cantadita y buscara artistas para animar las tardes. Esa propuesta me fascinó porque me divertía y a la vez me pagaban”.

Floria Márquez, Parque Central, caracas

 

Lo primero que sorprendía en El Parque era la terraza con grama artificial, intensamente verde, rodeada de palmeras naturales, cubierta por un gran toldo amarillo. Las paredes íntegramente de cristal separaban el comedor donde se alineaban las mesas vestidas con manteles en tonos beige y marrón; sillas modelo Cesca. Sus respaldos y asientos de esterilla de Viena le conferían una singular elegancia.

El techo estaba revestido por telas de lona en ondas y una gran mesa alta ostentaba perennemente dos soperas Crock negras que contenían sopa de rabo, de cebolla, bisque de langosta, chupe de camarones o cualquier otra crema que preparaba el chef Ernesto García. Como dato curioso recuerdo que allí fue la primera vez en Caracas donde los mesoneros utilizaron delantales negros largos, al estilo bistró francés, accesorio que los hacía lucir fashion.

Definir el restaurante El Parque no es fácil porque su propuesta culinaria era de base francesa donde podían figurar las crepes de espárragos o de ajoporro, o una blanquette de pollo, pero con atisbos criollos como el asado negro o la crema de apio. Floria Márquez recuerda con sumo agrado las tartaletas de níspero o de guanábana que preparaba Helena Todd, así como la torta de nueces.

Indudablemente la diversión estaba asegurada en las tardes de El Parque, lo que se llamaba en aquel momento “viernes adecos”, simplemente porque esas tardes se hacían larguísimas; había que quedarse hasta la hora del aficionado. Por allí también desfilaron profesionales llevados por la incansable Floria como María Rivas, Nancy Toro, Hedy Baena, Saúl Vera y su Ensamble. Hubo una temporada con Claudio Nazoa y sus pornotíteres, Rubén Monasterios presentaba un menú erótico, Aldemaro Romero bautizó su disco “Amiga mía”. Cualquier cosa podía suceder en el improvisado escenario que tenía como cortina musical a Chicho Barbarrosa y su grupo.

Muy pocos metros caminaba Sofía Imber para instalarse en El Parque, su blanca y moderna oficina estaba justo detrás de la terraza. Siempre se veían entre los habitués a Jesús Soto, Morella Muñoz, Carlos Delgado Chapellín, Ezequiel Zamora, Luis Alberto Crespo, así como a Daniel Fernández Shaw también socio de este recordado restaurante.

En Visconti un chef de postín

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Enzo Esposito, calificado como uno de los mejores chefs de cocina italiana en Latinoamérica, con estudios gastronómicos en la Escuela Hotelera de Salerno, fue el más respetado entre sus colegas de la época dada sus dotes de gran cocinero; sencillo, modesto y sin ínfulas de estrella, que sin embargo le sobraba con que serlo.

Mucho antes de que se acuñara la palabra fusión, Enzo ya era un experto en el arte de experimentar y combinar su sazón italiana con otros productos e ingredientes. Su extenso currículo lo inició en Franco´s en la avenida Solano López, para luego fundar y dirigir La Taberneta, Kwiki, Il Cortile, Lupo di Mare, Visconti de Parque Central, Visconti d´Este en Paseo Las Mercedes y finalizar su exitosísima carrera en Vulcano, en Altamira. Los conocedores del buen hacer de Enzo Esposito olfateaban qué nuevo restaurante abriría e inmediatamente la pléyade de clientes, fans de su sazón, se trasladaban al flamante local.

Visconti de Parque Central causó sensación porque tenía lo primordial que debe prevalecer en un restaurante de lujo que se precie de serlo: excelente comida, eso estaba asegurado con Enzo Esposito, atención de primera supervisada por su dueño Enrique Siso, el mismo de El Parque y una decoración a tono, de lujo sofisticado y elegante, sin estridencias y muy confortable, lo que estuvo a cargo del arquitecto Julio Obelmejías, quien supo conjugar hábilmente los tonos grises, espejos ovalados, apliques de cristal, manteles de hilo color rosa, sillas cromadas, luz tenue y unos espectaculares vitrales con dibujos esmerilados, amén del piano que daban un aire chic al lugar. Se requería ir vestido acorde a la ocasión, con chaqueta y traje cóctel, nada de jeans y mangas de camisa.

Aquí no hay duda, este comedor era netamente de comida italiana con un toque francés y acentos mediterráneos. Así leíamos en el menú con una caligrafía estrafalaria: vieiras al Pernod, fettuccine con pimienta verde y cebollín, espaguetis de huevas de trucha, raviolis de conejo en su jugo con zucchine gratinado, ñoquis de papas en salsa de camembert, risotto con hongos y albahaca, o en tinta de calamares -por cierto los risottos eran una de sus especialidades- junto a su plato estrella, los raviolis de pato en salsa de hongos porcini.

 

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El mismo Enzo comentaba: “A los platos míos nunca les pongo nombres extraños para no estar explicando nada, escribo los ingredientes para que se entienda de lo que se trata”. En el capítulo de los postres se notaba la gran diferencia con la competencia y es que mientras en aquellos la oferta no variaba de las consabidas tortas sacripantina o Charlotte, Enzo se esmeraba en presentar una ricotta a maniera di gelato con fichi d´ India y un dulce exótico muy solicitado, las crepes de manzana y cebolla.

Visconti de Parque Central era frecuentado por personajes de la política, el arte, el espectáculo y socialités de verdad. Entre ellos recuerdo a Carmen Victoria Pérez, Herminia Martínez, Omar Lares, Marianella Salazar, Leopoldo Díaz Bruzual “el Búfalo”, Rafael Poleo, Rafael Tudela, Enrique “Catire” Domínguez, Jorge Blanco y la vecina del museo, Sofía Imber, vistiendo sus acostumbrados y precisos trajes tailleur de cuello mao.

Una noche Floria Márquez cenaba con un amigo en Visconti. De pronto, decidió que cantaría algunos boleros y casualmente en la mesa contigua estaba Omar Lares, siempre acompañado de hermosas mujeres y una botella de escocés, quien quedó sorprendido por la voz, dicción y dominio de escena de la novel cantante. En ese momento el autor de Sprit comenzó a escribir constantemente sobre Floria, quien ya había iniciado clases de canto por recomendación de su hermano, el también artista Rudy Márquez.

Esta sala que hizo honor al cineasta Luchino Visconti fue todo un éxito desde su inauguración y una de las primeras víctimas de la desidia, del caos y de la inseguridad que devoró a esta zona de Caracas.

Héctor se mudó a la movida

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El recordado Héctor Prosperi, luego de tantos años en su pequeño y acogedor local de la avenida Casanova, con paredes pintadas que recordaban escenas de la campiña francesa, se mudó a Parque Central para abrir el Picadilly Pub (Hector´s) y se llevó también la magia del ambiente y su buen hacer como restaurador de renombre en la ciudad.

Este nuevo local de grandes dimensiones, se estrenó con lujo y postín. Una gran barra, la mejor provista de aquel entonces, donde se podían conseguir todas las marcas de whisky habidas y por haber, y por supuesto una buena cava de vinos franceses daba la bienvenida a los asiduos clientes, quienes venían siguiendo los pasos de Héctor.

El comedor ostentaba unas cómodas sillas de estructura en madera con esterilla en asientos y espaldares. Las mesas de dimensiones más grandes de lo normal se vestían con un mullido muletón de base, manteles rojo bermellón sobre los cuales estaban el sobremantel de impoluto blanco.

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Héctor, hombre de la nocturnidad y de refinados modales, siguió su costumbre de obsequiar con una rosa roja a las damas que asistían al local, bien sea que estuvieran solas o acompañadas. Cuando estaba en la avenida Casanova, el menú lo recitaba en francés. En el Picadilly Pub había una carta formal donde no faltaba la sopa de cebolla au gratin y entre los más pedidos estaban las delicias del mar, tartaleta de cebolla, quiche Lorraine, lenguado al vapor y steak tartar. La menguada salud de Héctor mermó la longevidad de este restaurante que al desaparecer se llevó una de las mejores cocinas de Caracas.

En muy pocos años la intensa vida cultural, política y de divertimento del complejo urbanístico Parque Central se vio engullida por la mediocridad, una estética vulgar y la caótica economía del país que hizo subdividir locales, proliferaron las loterías y los cacos hicieron el resto. El espíritu de aquel complejo que nació en las oficinas de Siso, Shaw & Asociados se perdió y quizás para siempre.