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El amor, alimento y cura

Dos hermanos venezolanos residenciados en Buenos Aires ven cómo se acerca el coronavirus a su ciudad. No se imaginaban que también irrumpiría en su alma y sus afectos

Desde Buenos Aires, el antropólogo Edgar Orellana describe la llegada del coronavirus a la ciudad y también al alma de dos hermanos. El amor, alimento y cura forma parte de las Crónicas de una cuarentena creativa

Corría el mes de enero en la fúrica Buenos Aires y, en medio de un verano que no pintaba tan recalcitrante como otros del pasado, los multiculturales habitantes de esta ciudad apenas comenzaban a enterarse del brote de un extraño virus surgido en algún rincón escondido del Oriente.

«Ché, viste qué macana con estos chinos, ¿cómo podés comer murciélago? ¡Qué bárbaro!», le espetaba un porteño a otro mientras almorzaban chinchulines en una pequeña parrilla de Microcentro.

Los días pasaban y entre carnavales y comparsas murgueras, unos hermanos caraqueños residentes evocaban aquellos días de febrero en que su infancia más pura se alimentaba ansiosa con disfraces y papelillos entre Los Próceres y Sábana Grande, uno de la mano de su alegre madre, otro en los hombros del vigoroso padre, avizorando entre la multitud la coronación de tan fantástico día: un helado en Crema Paraíso o una cajita feliz.

alimento y cura crema paraiso

La memoria se inquieta, el sentimiento sufre, la nostalgia brota. Qué lejana se torna aquella época que les fue arrebatada por el mal. Con todo y eso, saben que allí en el sur “están mejor”, que algún día la tormenta pasará y podrán volver al Caribe amado. El virus aún es una noticia lejana, que seguro se resuelve pronto (“con tantos avances tecnológicos de ahora”).

El mes bisiesto cierra con números surrealistas. Como ese sueño que de la fantasía se transforma en pesadilla. El sufrimiento mediterráneo comienza a preocupar. El argentino pudiente acostumbra a veranear en aquellas cálidas playas y pronto tendrá que regresar a la patria, con recuerdos, buenas vivencias, fotografías y bio-argonautas microscópicos.

Los noticieros rezuman angustia. Los caraqueños exiliados, con la racionalidad que su ciencia les otorgó en mejores tiempos, saben que la proporción del problema será demoledora. Muchos pensamientos a la cabeza. El deseo de reencontrarse con sus viejos, sus amigos, de encarar al amor perdido en el tiempo, de caminar otra vez a los pies del Ávila, de sumergirse en sus aguas tropicales. El miedo de no poder lograrlo. Enemigo invisible.

Marzo avanza cauteloso y con temor por la nano-amenaza. Los primeros casos se importan de ultramar y sin etiquetado van avanzando lentamente entre la ciudad autónoma y su provincia. En la calle aún cuesta dar crédito a lo acontecido. El ciudadano no se acostumbra a cambiar sus hábitos, a no palpar su rostro en el reflejo de la ventanilla del tren, a no saludar con beso a su cercano, a no compartir el mate con los suyos.

Los suyos, pero los de los hermanos, comienzan a sufrir la amenaza latente en la lejanía. La preocupación ante una inminente invasión virulenta a un territorio sin recursos, llena de ansiedad a toda una población acostumbrada a la precariedad de los años, pero aún sin haber tocado un verdadero fondo.

Un lunes tan negro como la noche desata el horror del mundo moderno. Una guerra petrolera, un virus letal y las bolsas caen como cuerpos suicidas. El humano avanza sigiloso hacia una época oscura. La naturaleza da un respiro ante su agresor.

Primer caso allá, en la tierra caribe. Se presumen más, pero no está permitido comprobar. Se presumen más, pero solo es un secreto a voces (y que a nadie se le ocurra decir lo contrario o si no…). A los hermanos y su gente solo les resta esperar y resguardarse. Comienzan las compras en masa, la apropiación de lo innecesariamente valioso y el lucro con lo invaluable.

Ya al Sur suben las cifras. Allí el temor se acrecienta, los lugares cierran, los patronos despiden, el gobierno teme un retroceso en tiempos difíciles. Se coordinan reuniones para conversar lo inconversable y se vaticinan decretos paralizantes. El equilibrio de los hermanos se tambalea, su mente se bifurca y se reagrupa a cada segundo ante la desgracia en su terruño y la amenaza en su hogar adoptivo.

El viejo mundo se viene abajo. Con incredulidad se llora la fragilidad del imperio romano y se teme que la desgracia ibérica avance sin piedad. Se dice que hay curas en pruebas, que se está trabajando fervientemente, pero para muchos ya será tarde. Por primera vez podrían hacer falta dos primaveras para ver retoñar nuevas flores. Mientras, los soldados de batas blancas no dan tregua en la primera línea, pero ya son miles los caídos que conceden su último adiós mediante smartphones y respiradores.

Los fogones se van apagando lentamente en la galaxia gastronómica bonaerense, cual supernova en extinción. Los olores cárnicos van quedando relegados al hogar y los incontables teatros bajan el telón ante una obra que jamás quisieron presentar.

Finalmente el líder habla y los sentencia al encierro obligado. Aislamiento, multas y cárcel. Los hermanos temen la distancia de la sangre y la mengua de la razón. La noche cae silente. A cinco horas para la reclusión, el bullicio comienza en el pavimento nocturno y, a contrarreloj, se agrupa el barullo nervioso frente al supermercado de al lado. Formarse para conseguir comida, otro recuerdo hiriente. Cual sobrevivientes de guerra, a los hermanos les aflora el trauma de la carestía natal, de la escasez del alimento que los expulsó de su hogar. Mientras los nativos se indignan por tener que esperar, los consanguíneos dominan el triste arte de aguardar el pan.

PAN es la harina que primero han de agarrar. El anaquel vertiginosamente se empieza a vaciar y ellos evocan nuevamente el pesar de aquellos días en que nada podían en su tierra encontrar. Esta rima va y viene, como los recuerdos de los dos. En ese preciso instante se preguntan más que nunca si todo algún día irá a pasar y sin darse cuenta la medianoche carcelera se acerca implacable. Nada más.

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Foto: Andrea Hernández / Archivo

Los hermanos se despiden con la desazón de no saber si podrán verse de nuevo. Saben que su aliada es la razón y el cariño que sus deudos puedan suministrarles a través de una pantalla. Cada uno retorna a su tipo estudio respirando los últimos instantes de libertad aparente, pero el anhelo del terruño hace que el guarapo se agüe en el trayecto.

Solo eso queda, coraje y ganas de volver a verlos. Por ahora, solo resta ordenar en la despensa el sustento de un trimestre entero comprado en la inmediatez. Otro viejo mal conocido por la memoria ataca. Hacer consciente la idea de racionar, de dejar para mañana lo que gustaría comer hoy, los traslada a aquel viejo recuerdo de la arepa con media lonja de mortadela nada más (-“para que rinda, hijo”).

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La arepa encabeza los nuevos patrimonios culinarios

Así, llega sigiloso el primer ante meridiem del encierro. El silencio ahoga las calles y la resignación se instala. Allá, en el Caribe, el poder ya no puede ocultar lo evidente. Los ciudadanos temen el avance del peligro en terreno favorable. Los viejos logran comprar lo que pueden, lo que alcanza a su bolsillo y a la remesa devaluada. Parece inminente el tosco y brutal control de la calle. Tres decesos en el 23 siendo 21. Los de verde se adueñan de todo y los colorados acumulan eufemismos convenientes mientras los azules no reaccionan. Al final, el voraz veneno importado los obliga a cerrarse y a confinar a la fuerza a quienes no pueden quedarse en casa a esperar que les caiga el pan.

En el sur la calma aparente parece fijada en el cielo estival, pero a sus moradores les angustia el encarcelamiento acordado. Parecen agotarse temprano las artimañas que buscan vencer al ocio. Las redes y el streaming son deidades pandémicas que roban feligresía y se nutren de la ausencia de su más acérrima pero languidecida rival, la interacción, esa que mira fijamente a los ojos y te habla de tú a tú.

Los hermanos solo aguardan. Es difícil saber cuándo va a terminar este ensayo de la naturaleza aprovechado por el poder. Por los momentos, la vida parece alternarse en un bucle infinito, entre arepas y bifes, entre pantallas y snacks, entre series y libros, entre camas y baños, entre canciones repetidas mil veces y rostros extrañados hasta el cansancio. La razón quita y también da. Hace pensar y repensar, tomar caminos y atajos mentales, soluciones posibles, desenlaces fatales. Pero también otorga probabilidades, la sensación de que por algún huequito se va a colar la solución, la cura al miedo y a la muerte, a la separación y a la incertidumbre. A la soledad.

Al final, de esa dualidad entre la razón y el sentimiento parece emerger la esperanza. Esa que toma un poco de ambos y desde el corazón hace subir hasta el cerebro la idea reconfortante del reencuentro posible, de que sobreviviremos a esta como sobrevivimos a tantas otras, desde los albores del fuego, hasta aquel funesto 99’ y contando. Esa esperanza que se nutre gracias al amor perenne en todos ellos, aquel que como araña nostálgica teje día y noche un puente entre el sur y el Caribe soleado, entre los suyos y ellos, trascendiendo las barreras del espacio y el tiempo como solo el amor sabe hacerlo. Alimento y cura.

Edgar Orellana es antropólogo de la Universidad Central de Venezuela, residenciado actualmente en
Argentina. Egresado del Departamento de Antropología Social y especializado en estudios de
Antropología de la Alimentación, Modernidad Alimentaria y Rituales de Comensalidad Callejera.
Formó parte de proyectos en instituciones como la Cámara de Comercio de Caracas y Cáritas de
Venezuela. Fue alumno de la 1era cohorte del Diplomado de Alimentación y Cultura (Sociología
UCV) y profesor invitado en la 3era edición. Con su crónica El amor, alimento y cura participa de la serie de Crónicas de una cuarentena creativa.

Otras crónicas: En la cuerda floja, Calma morocoto, La mesa, su santo lugar.