Un libro plasma el viaje que le dio color a la culinaria italiana

Attilio Angelo Aleotti, a través de una extensa búsqueda bibliográfica entre los relatos de los cronistas de las Indias Occidentales, narraciones, historias y cuentos presenta en su más reciente libro “Las carabelas de la abundancia".

Es indudable que uno de los acontecimientos históricos más importantes en el devenir de la humanidad, si no el más trascendental, fue la llegada del almirante Cristóbal Colón el viernes 12 de octubre de 1492 a la isla de Guanahaní, con todos los cambios que eso conllevó en la vida de los seres humanos, tanto de un lado como del otro del planeta.
Pero ¿cómo fue el viaje a la inversa con la aparición de los productos de esta Tierra de Gracia en las costumbres culinarias europeas? Para ello el acucioso sociólogo, incansable viajero, curioso escritor y aguzado fotógrafo Attilio Angelo Aleotti se dedicó a estudiar y documentar a través de una extensa búsqueda bibliográfica entre los relatos de los cronistas de las Indias Occidentales, narraciones, historias y cuentos de ese recorrido y los presenta en su más reciente libro “Las carabelas de la abundancia”, editado por El Estilete con el auspicio de la Embajada de la República Italiana, del Instituto Italiano de Cultura de Caracas y de la Cámara de Comercio Venezolano-Italiana (Cavenit).
La periodista especializada en gastronomía y vinos, Adriana Gibbs, en la presentación de esta obra, de obligada consulta para todos los amantes de la culinaria mundial, señala que son “historias de los productos comestibles, casi exclusivamente plantas, que desde el continente americano se dirigieron hacia Europa -y por supuesto hacia Italia- a partir del siglo XVI. Es un viaje prolongado, de goce y en más de 250 páginas, Aleotti presenta el aporte de América al resto del mundo. Indaga la combinación de migración y mestizaje, y lo hace desde el encanto de las historias”.
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“No son pocos los productos que América aportó al mundo -agrega Gibbs- maíz, frijol, maní, cacao, auyama, papa, quinoa, tomate, entre otros, y esos alimentos significaron tonalidades radicalmente diferentes a los hábitos alimenticios del planeta”.
En el interesante y documentado prólogo llamado “Agregarle color a la pasta de Boccaccio”, el embajador Silvio Mignano refiere: “Fue a partir de entonces que la paleta de las mesas italianas adquirió la riqueza de colores que hoy en día la caracteriza, con prevalencia clara de las tonalidades cálidas, los rojos de los tomates o de los ajíes picantes, el amarillo vivaz de las papas y de los pimentones, las naranjas de las calabazas, las mil gradaciones de verdes, morados, oro y violetas de verduras y hortalizas, y a hasta las cretas o tierras intensas del cacao”.
Al respecto el autor Attilio Angelo Aleotti comenta: “Estos alimentos abrieron nuevas rutas en el uso de ingredientes, procedimientos de preparación y cocción, cambios cromáticos en el pantone de los víveres y variación exponencial en el abanico del gusto”.
En la descripción del acucioso libro, la presentadora Adriana Gibbs señala: “20 páginas dedica al tomate, a quien todos identificamos con Italia. Refieren que aparece en 1596, primero como planta ornamental. Presente en la pasta, en la pizza, todo eso nos cuenta el autor con distintas referencias del tomate, la monografía Pomodoro de David Gentilcore, el poema Oda al tomate de Pablo Neruda.”
“Entonces no es ninguna sorpresa que el sinnúmero de productos nuevos, ciertamente asombrosos ante los ojos de los habitantes de la península que los admiraban en los muelles de los puertos italianos, descargados de los barcos procedentes de América, entrase progresivamente a formar parte integrante de la cocina italiana, hasta el punto que hoy en día resulta difícil pensar que por largo tiempo la pasta o la pizza no tuvieran su coronación de rojo tomate”, agrega el embajador de Italia, Silvio Mignano 
Las carabelas de la abundancia
La papa llegó después del maíz. Cuenta Aleotti que la acogida no fue de las mejores, pero que en el tiempo cambió, fue aceptada lentamente y hoy ocupa el cuarto lugar en la producción alimentaria después del maíz, el trigo y el arroz.
Y así el libro se pasea por las insólitas historias que hasta nos parecen sorprendentes de cómo, en un principio, no fueron aceptados esos productos y luego, pasado el miedo y terror inicial porque pensaban que eran venenosos o dañinos para la salud, formarían parte de la identidad de un país.
Al cacao y al chocolate, como bien es de suponer, Aleotti les dedica 17 páginas donde relata su encuentro sorpresivo con el fruto del cacao. Dice que cuando le enseñaron el cacao en su mente seguía la pregunta, “ajá, y mi chocolate donde está”, y es que para él tanto el chocolate en barra y el cacao en polvo fueron objeto del deseo en la infancia.
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Destaca Gibbs al continuar profundizando en el libro, que no se puede hablar del cacao sin mencionar la vainilla. Me parece poética su manera de presentarla. Así lo escribe el autor: “¿Pero a qué sabe la vainilla? Huele a pastel. La vainilla nos da el trasfondo de este concepto arrullador dulce, llena el vacío aromático entre la leche y el azúcar. A estas alturas es sinónimo de confitería”.
Por ejemplo la auyama, calabaza o zapallo conquistó las cocinas y mesas de la aristocracia europea de inmediato y no tuvo que sufrir el ostracismo que vivió el tomate o la papa.
El libro va desgranando muchos productos en su viaje de América a Europa, salpicado de cuentos e historias curiosas, sorprendentes y hasta jocosas, gracias a ese maravilloso encuentro de culturas que se dio hace más de cinco siglos. Y como bien señala el embajador Mignano al referirse a la llegada de Colón al Caribe, “…ese evento tan debatido y hasta difícil de definir con una palabra –descubrimiento, encuentro, desencuentro, conquista, invasión, genocidio– y que sin embargo cambió radicalmente la historia del planeta”.
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“Las carabelas de la abundancia” va más allá de ser un compendio gastronómico, plantea que si bien Europa descubre un mundo que amplía los horizontes y echa por tierra teorías geográficas basadas en la imaginación, América conquista la cotidianidad del europeo posicionándose de sus sentidos.
Este libro fue presentado en la Embajada de Italia donde los asistentes colaboraron para el mantenimiento de las obras sociales de la casa de reposo Villa Pompei y tuvieron la ocasión de degustar un menú elaborado por los chefs Adriana Cittadino y Júpiter Calderón.]]>