¿Cómo se defienden los derechos humanos en Venezuela?

Entre las constantes injusticias que puede vivir el venezolano, hay un gran grupo de personas que trabajan con las uñas, con pasión y esperanza para ver que los derechos naturales sean bandera en un país donde la injusticia parece reinar. A continuación, les presentamos tres personajes que tienen un origen muy distinto, pero que los aconteceres los llevó a encontrarse mientras defendían los derechos humanos de los más afligidos

¿Cómo se defienden los derechos humanos en Venezuela?

Hoy, 10 de diciembre de 2015, se cumple 67 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que tuvo lugar en la ciudad de París durante 1948. Aunque suene a un antecedente muy lejano, es allí donde se encuentra la raíz de la pasión de tres personajes actuales que defienden los principios que nacieron hace 67 años en la Capital de las luces.

Melanio Escobar, es uno de estos personajes. El activista de derechos humanos es periodista. Pasó de organizar eventos musicales y escribir reportajes irreverentes en un semanario juvenil, a presentarse en conferencias frente a juristas. Sus tatuajes no le restaron seriedad. Cuenta que llegó al mundo de la defensoría “de golpe”, pues se vio envuelto en las detenciones arbitrarias durante las manifestaciones de 2014 en Venezuela, mientras intentaba buscar a un amigo que desapareció después de una marcha.

Con una manera de ser muy formal, está Nizar El Fakih, un joven abogado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) que lleva ocho años -desde que era estudiante- defendiendo los derechos humanos. Hoy es especialista en las leyes que los defienden.

Su salto profesional, al igual que el de Melanio, se dio en el 2014 tras defender a 1.200 estudiantes que fueron detenidos “infundadamente”, según recalcó, durante las protestas antigubernamentales que se desataron en febrero. Ha sido reconocido por su participación en organizaciones internacionales durante la actual coyuntura social venezolana. Así, asegura, busca aportar su “grano de arena”.

Feliciano Reyna, es el tercer protagonista de este breve relato. El arquitecto, que siempre tiene una sonrisa en la cara, cuenta con 20 años de experiencia protectora que comenzaron con la pérdida de algunos amigos y de su pareja, fallecidos por los efectos del VIH/Sida. A pesar de que su lucha principal es apoyar a las personas infectadas por esta enfermedad, Venezuela lo llevó a “hacer redes por todos lados” y prestar sus servicios ante la incidencia pública.

Es así, como estos tres hombres forman parte de un gran grupo de organizaciones no gubernamentales (ONG) y defensores independientes que luchan para que la problemática de varios grupos sociales de Venezuela tenga cabida en las decisiones de los que tienen el poder.

 

El complejo camino de defender los derechos humanos

Como dice Nizar: “Trabajar con derechos humanos a veces es muy ingrato”. Quienes son veladores de que se siga respetando la declaración de 1948, son muchas veces atacados y acosados.

Melanio, luego de un suspiro profundo, expresó que la labor de defensoría de derechos humanos “da mucho miedo en un país como este. Es un camino que se recorre solo”. Cuenta que durante el auge de las manifestaciones de 2014, grupos antisociales le espicharon los cauchos de su carro antes de que saliera a buscar a unos muchachos en un centro de detenciones. Ha sufrido agresiones a sus familiares y amenazas de muerte. “Esto último fue denunciado ante la fiscalía, pero ésta desestimó el caso sin siquiera tomarme las declaraciones”.

Nizar, abogado de Melanio en el caso de su amenaza de muerte, no ha enfrentado ningún tipo de acoso o situación irregular personal mientras realiza su trabajo. Sin embargo, dice que: “Hay un contexto complejo en donde tenemos que desenvolvernos porque todos vivimos envueltos en una atmósfera de criminalidad. Los activistas, muchas veces decimos cosas que algunos no quieren escuchar y hay personas que creen que la violencia puede ser el camino para silenciar esa voz”.

Feliciano también se ha encontrado en situaciones complicadas. Todo empezó con un robo de equipos en marzo de este año, pero la intimidación pasó a mayores cuando fue perseguido desde el aeropuerto internacional por efectivos sin identificación que se encontraban en zonas restringidas del terminal. Cuando viaja le hacen un chequeo más largo de la cuenta. “En una ocasión dos funcionarios me dijeron que les daba mucha pena hacerme pasar por esa revisión pero que era una instrucción para molestar y para hacerme perder tiempo”.

A pesar de que sus casos personales parecen ser aislados, el trabajo de estos tres defensores se ve frenado por un mismo muro: la poca articulación de las organizaciones no gubernamentales con el Estado para mejorar la calidad de vida de los venezolanos.

Feliciano, quien tiene más experiencia en el área de la defensoría dentro de este trío, recuerda con nostalgia que hace diez años era normal reunirse con ministros y directivos de instituciones públicas para discutir y buscar soluciones a problemas que debían ser atacados con políticas públicas. Sin embargo, lo que ve ahora junto a Nizar, es un cierre absoluto del diálogo: “Son las dificultades tradicionales que se ven cuando hay un Estado que no está dispuesto a abrir los canales de entendimiento, que no está dispuesto a escuchar esa sociedad civil que está manifestando”.

 

Una agenda apretada e intermitente

En un país como Venezuela, ponerle el pecho a la defensoría de los derechos humanos es una tarea que necesita dedicación y disponibilidad de horario las 24 horas del día y los siete días de la semana.

“Por más que tengas una programación semestral o anual, van surgiendo todos los días focos y problemas en donde te necesitan o en donde tu trabajo es realmente necesario” dice Nizar. No importa si en la agenda tienes reservadas tres horas para registrar y documentar hechos irregulares, el activismo, como dice el abogado, es un “trabajo que consume mucho porque tienes que atender a la víctima en el momento en el que está sufriendo una situación y en ese momento es donde eres necesario, no después”.

Así mismo sucede con Feliciano. La agenda de este noctámbulo comienza en las oficinas de Acción Solidaria, una organización no gubernamental que promueve que quienes vivan con VIH/Sida cuenten con los recursos necesarios para llevar una vida activa sin ser discriminados. Se levanta temprano, y su labor se divide en prepararse para ofrecer un taller casi todas las semanas, haciendo conferencias internacionales por Skype (cuando no le toca alguno de los ocho viajes al exterior que le son obligatorios por trabajo). También debe encontrar espacio para hablar en diversos medios de comunicación en días especiales como el “Día Internacional de la Acción Contra el Sida”. Asegura que la conexión con la gente que se acerca al centro de apoyo no puede faltar, es lo que lo mantiene, insiste, “con los pies pegados en la cotidianidad de lo que pasa en la vida de las personas”.

Quien tiene un itinerario más estricto es Melanio. Su programa de televisión digital en VivoPlay y su espacio en la radio de RunRunes son actividades que manejan una pauta fija. Mata tigres produciendo material audiovisual en su oficina, mientras que eso “no le ocupe demasiado tiempo”. Eso sí, nunca deja por fuera su proyecto “Redes Ayuda”, una aplicación en donde se registra un mercado virtual para la compra y venta de medicinas, alimentos y productos que escasean, sin dar paso al bachaquerismo: “Tal vez no tengas la opción de regalar el paquete de pañales que compraste, pero si lo puedes vender al precio que lo adquiriste”, dice.

Estas agendas bastante apretadas, con sus diferencias, coinciden en la labor de defensoría que los tres tienen. Aunque estas labores no aumentan los bolsillos de los comprometidos voluntarios, Feliciano propone una idea que puede ser copiada por las diferentes ONGs que surgen en Venezuela: “Una organización debe ser pensada en un mediano plazo también como un espacio en quienes ahí trabajan, tenga una remuneración”. Él asegura que en Acción Solidaria han levantado recursos para ofrecer remuneraciones significativas a sus trabajadores y un poco más allá de los beneficios que obliga la ley.

 

Lo que queda, a pesar de los obstáculos, es la satisfacción de hacer un buen trabajo

La lista de momentos de dichas y gozo, que vienen directamente de su trabajo, es mucho más larga que la de los malos ratos.

“Las caras de agradecimiento de madres que me abrazaban llorando porque finalmente encontraron a sus hijos, así como lograr la libertad de ocho menores de edad y poder entregárselos a sus mamás en las manos, son cosas te cambian la vida” dice Melanio mientras sonríe.

Más serio, pero haciendo énfasis en el trabajo en equipo, Nizar se mantiene impulsado por las más de 1.200 personas que pudo ayudar durante las manifestaciones de 2014: “A mí me toco coordinar un grupo de 25 abogados y más de 100 activistas, con el apoyo del Centro de Derechos Humanos de la UCAB. También me apoyé en profesores y abogados egresados de la UNIMET y de la UCV. Juntos conformamos un gran equipo que atendió a las personas que estaban siendo arbitrariamente detenidas y que no tenían manera de ser asistidas, muchos de ellos eran agredidos o torturados”.

Por su parte, Feliciano recuerda sus inicios como activista y se sorprende al percibir lo que ha logrado: “Ver como esas vidas de las personas que iban a mi casa a buscar un medicamento (año 1996) y ahora siguen viviendo, es lo más satisfactorio” dice.

Mientras que Venezuela vive una fuga de cerebros, estos tres personajes se rehúsan a dejar el país. Feliciano destaca que, una de las mejores cosas que se le ha pasado en el ámbito de la defensoría de los derechos humanos es: “El encuentro con una cantidad de personas extraordinarias que están haciendo maravillas en el Venezuela”.