El diálogo infeliz y la restauración

Eliminar los extremos y aislar a los radicales es la garantía de poder concretar el Pacto del Meliá, pero para ello tendrán que ir y venir, intentando conservar las apariencias de confrontación.

Como dice nuestro refranero popular: “Niño que nace barrigón, ni que lo fajen de chiquito”. El diálogo que todos queremos, los protagonistas primero hicieron de él un reality show, después quisieron hacerlo a escondidas en una isla del Caribe, y después lo hicieron sólo entre ellos, con la bendición de Vaticano, excluyendo a la mayoría del país que no se siente representado en las cúpulas del Gobierno/Psuv y Mud/G3.

El muchacho nació barrigón, porque la oposición de la MUD usó el referendo revocatorio como excusa para sentar al gobierno en un “diálogo” que claramente ya es una negociación con acuerdos, pero también nació barrigón, porque el gobierno tan desprestigiado ya no es creíble y sólo representa sus propios intereses, sentándose a negociar después de declararse un gobierno autoritario cuando extermina la posibilidad de que el pueblo se exprese democráticamente, en una necesaria evaluación de sus gobierno a través del Referendo Revocatorio.

Al final, hoy estamos ante la constitución de un nuevo régimen donde son más los excluidos y son más las ganancias que obtienen cada vez menos personas gracias al hambre y la mengua a la que someten al pueblo, en nombre de la soberanía.

El nuevo “pacto del Meliá” sin embargo, no nos sorprende, ya que se venía confeccionando desde hace casi dos años. Este pacto, más que lo que ha logrado acordar por escrito, es lo que no se dice, con base en objetivos estratégicos: 1. Terminar de pasar un inclemente paquete económico para que los tenedores de bonos puedan disfrutar de nuestro riesgo país en Manhattan, 2. A cambio de la miseria de nuestro pueblo y 3. De que Maduro llegue al 2018, es por eso que ya no se nombra más el Referendo Revocatorio ni a Leopoldo López se le llama preso político, porque son parte de la negociación.

Eliminar los extremos y aislar a los radicales es la garantía de poder concretar el Pacto del Meliá, pero para ello tendrán que ir y venir, intentando conservar las apariencias de confrontación. Escenas de gritos, insultos, simulación de patear la mesa, serán parte del teatro, pero la verdad es que lo esencial ya está pactado: muerte de una revolución, entrega de las conquistas del pueblo, exterminio de la organización popular, y al final: la restauración.

Podrá evitarse sólo si los iguales se juntan, si los excluidos hacen su propio diálogo, si se restablecen los derechos democráticos, y fundamentalmente si la gente se moviliza por la defensa de sus conquistas y busca nuevas metas que superar.