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El chavismo mágico

Abundan ejemplos del desprecio que profesa el chavismo por la ciencia, que es lo mismo decir lo que no controla, lo que tiene un sistema propio. El pensamiento mágico y el voluntarismo se imponen, sin considerar nada, ni siquiera los riesgos a la salud de los ciudadanos. El culto a Chávez se transforma en el culto a la palabra del chavismo, al poder del que manda

El chavismo mágico

A pocos días de culminar enero, Nicolás Maduro, vistiendo camisa amarilla y en compañía del dúo Rodríguez, mostró una pequeña poción en su mano. Era “la medicina que neutraliza 100 por ciento al coronavirus, el Carvativir”, por supuesto, “mejor conocido como las goticas milagrosas de José Gregorio Hernández”. Infinitamente más eficaz que las vacunas, el Carvativir había demostrado su poder supernatural por medio de “experimentos masivos con todos los pacientes que estaban en el Poliedro de Caracas y en el hospital de Coche”, curando incluso a aquellos en condiciones críticas: “10 goticas debajo de la lengua cada cuatro horas y el milagro se hace, se hace. Es un poderoso antiviral, made in Venezuela”.

La comunidad científica pegó un grito: no hubo grupos de control, no hubo pruebas con placebo, ni siquiera hubo publicación científica alguna que demostrara un estudio. ¿Y la bioética?, se preguntaron otros ante la posibilidad de que se hubiesen hecho ‘experimentos masivos’ sin el consentimiento de los enfermos del Poliedro.

Siguieron los pronunciamientos de la Sociedad Venezolana de Infectología, la Academia Nacional de Medicina y –con una carta– 51 científicos del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) advertían desconocer cualquier estudio o prueba clínica y pedían cautela a la población. Por su parte, Maduro alegaba que una “mente brillante” estaba detrás de las gotas y que su identidad estaba siendo protegida. El Carvativir, milagroso como es, era un asunto de fe meramente: mágico, distante de la ciencia experimental.

Por ello, ¿qué importaba? El beato José Gregorio Hernández tenía que ver algo con las goticas milagrosas, aunque nunca se explicó mucho: quizás, con su sombrero y mostacho, había bajado desde los cielos para entregarle las gotas a los revolucionarios. O quizás, en una estatuilla de capilla las había llorado en acto milagroso. O, más probable aún, las habían recibido en un desenfrenado rito de espiritismo en Sorte. La Iglesia hizo silencio.

Pero, como demostró la investigación de EsPaja, el milagro parecía realmente venir de Raúl Ojeda Rondón; un sujeto, no reconocido como médico venezolano, que había subido un documento en Scribd con la ‘propuesta farmacológica’ del Carvativir: timol, un principio extraído de la planta de tomillo común en la cocina. Un producto ya usado como antiséptico y antibacterial y no recomendado para uso humano. Por ello, quizás, y en la onda mágica, se debería cambiar el timol por cariaquito morado: a ver si nos sacudimos esta pava tan inmensa que cargamos como país.

Venezuela: superpotencia anti-pandémica

El Carvativir es solo la más nueva adición al abanico de pócimas y teorías descabelladas que el chavismo con su pensamiento mágico ha ofrecido en cuanto a la covid. Primero, fueron los PDF que Maduro compartió en su Twitter en marzo de 2020: en ellos, escritos por un columnista de Aporrea llamado Sirio Quintero (que no es científico ni médico), se alegaba infundadamente que el coronavirus proviene de “larvas” del VIH y que era un “arma de bioterrorismo y genocidio diseñada contra las razas asiáticas, latinoamericanas y afrodescendientes”. El “antídoto”, publicado en el portal oficialista Aporrea, era una mezcla de malojillo, saúco, jengibre, pimienta negra y limones amarillos.

Pero los meses pasaron y el embudo vegetal demostró ser ineficaz contra el arma de sida racializado que Quintero describía. Entonces, en noviembre –de nuevo sin publicación académica, aceptación alguna de la comunidad científica ni pruebas clínicas– Maduro anunció tener la “cura definitiva”: la molécula DR-10, que es capaz de “neutralizar y eliminar al 100 por ciento el coronavirus”. En apariencia similar al Carvativir, la molécula venía en una botellita llena de líquido amarillento.

Además, explicaba el gobernador Rafael Lacava (¿DR-10 por Drácula?), la molécula, extraída de una supuesta planta medicinal de Puerto Cabello, también podía tratar el VPH, el ébola y la hepatitis C. Era, como el malojillo y el tomillo, otro milagro misterioso de la naturaleza: esta vez, quizás, con magia siniestra de vampiro cortesía de aquel conde que rige la Transilvania tropical que ha creado en Carabobo con sus autobuses y aeropuertos con logos de murciélago.

Sigilosa, pasó la Dracumolécula sin hacer mucho: sin hacer nada, realmente. Por ello, pocos días antes de anunciar el Carvativir, Maduro inauguró en Caracas el Centro Científico Nacional del Ozono de la mano del traumatólogo Luis Fernando Ojeda Arenas: allí los enfermos de covid verían “beneficios extraordinarios” por medio de la ozonoterapia (una supuesta terapia que consiste en inyectar ozono, el mismo de la capa atmosférica, al cuerpo humano). La Sociedad Venezolana de Infectología pegó otro grito: la ozonoterapia “carece de evidencias científicas. No es recomendado por ningún organismo [de salud]”, alertaron en su denuncia, “es un fraude para la salud. Una pseudociencia. Una práctica con riesgo y peligros” (en Argentina, donde está prohibido, causó la muerte de dos pacientes).

Pero el chavismo no hizo caso. ¿Cómo iba a hacerlo? Su pensamiento es mágico, liberado del empirismo y entregado a la superstición. La ciencia, ‘hegemónica’ y ‘racional’, no tiene espacio en la magia como discurso oficial: en la institucionalización de los ritos supernaturales y las soluciones instantáneas por medio del Más Allá; en las gotas milagrosas, las moléculas de plantas misteriosas, las curaciones vegetales o el extraordinario ozono.

Es más, para el chavismo, como ‘buenos revolucionarios’ que son –usando el término irónico de Carlos Rangel- la ciencia debe hacerse de lado: es corrompedora, como todo lo que trajo la civilización occidental en la conquista, nos aleja del paraíso precolombino de ‘buenos salvajes’ en felicidad plena y sin pecado original que fuimos antes de la ruinosa propiedad privada.

Por ello, cuando la Academia de Ciencias de Venezuela publicó un informe sobre el posible y dañino impacto que el coronavirus realmente podía hacer en Venezuela, Diosdado Cabello –live from el Mazo Dando– afirmó que la Academia de Ciencias estaba invitando a un ‘tun, tun’ de las fuerzas de seguridad del Estado. Porque, ¿qué van a saber esos científicos, peones del insensible y racional Occidente, cuando el chavismo mágico tiene a José Gregorio Hernández, al ozono, a la Pachamama y seguramente a María Lionza de su lado? ¿Cuando tiene, sobre experimentos y empirismo, a las teofanías mismas?

Mientras tanto, alertaba el Observatorio Infodemics Covid19 de la Fundación Bruno Kessler en Italia, Venezuela y Perú ostentan las tasas más bajas de confiabilidad de noticias sobre la pandemia entre 83 países analizados: solo 1 de 4 tweets se consideran confiables. Somos el epicentro de la infodemia.

La demolición de la ciencia

“Este régimen muestra un desprecio por la ciencia”, dijo en una entrevista Gioconda Cunto de San Blas, primera mujer en ser miembro de número la Academia de Ciencias y en ser su presidente: “Se caracteriza por un desprecio hacia el conocimiento, hacia la disciplina y hacia el trabajo intelectual”. Por ello, quizás prefiriendo la magia, el chavismo lanzó una cruzada contra el sector científico del país.

A pesar de estar siempre lejos del 2 por ciento del PIB para el desarrollo científico que recomienda la UNESCO, Venezuela –alzándose sobre pozos y lagos de petróleo– logró notables avances científicos durante el siglo pasado. El siglo XIX había visto la fascinación por los fósiles y el petróleo de José María Vargas; las investigaciones de Vicente Marcano, padre de la ciencia experimental en Venezuela, en laboratorios hechos por el mismo; la fundación de la Gaceta médica de Caracas en 1893 de la mano del cirujano Luis Razetti como también las reformas que impulsó de las cátedras de Anatomía y de Medicina Operatoria de la Universidad Central; entre otros antecedentes. De hecho, el siglo XX abriría con los debates entre Razetti y José Gregorio Hernández en cuanto al evolucionismo y el creacionismo.

Así, en sucesión al entrar el nuevo siglo, Razetti fundó el Colegio de Médicos (1902), la Academia Nacional de Medicina (1904) y el Instituto Anatómico (1911). En 1917, el Congreso aprobaría la fundación de la Academia de Ciencias (sus primeros miembros no se integraron hasta 1933).

En 1954 y bajo la dirección de Humberto Fernández-Morán (creador del bisturí de diamante y exiliado tras la caída del régimen perezjimenista), se crea el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales que en 1959, bajo la dirección de Marcel Roche, luego se convertiría en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). A su vez, Francisco De Venanzi transformaría el Departamento de Ciencias Naturales de la UCV (creado en 1947) en la Escuela de Ciencias (1958). Además, entre 1950 y 1960, Arnoldo Gabaldón sacaría a Venezuela de su pesadilla con la malaria por medio de la primera campaña de la historia contra la enfermedad (se basó en usar el compuesto DDT para saneamiento).

De hecho, en 1960, el IVIC empezó a operar uno de los primeros reactores nucleares (el RV-1) de América Latina, hoy convertido en planta de investigación de rayos gamma. Por su parte, la UCV seguiría abriendo carreras y posgrados en diferentes ámbitos científicos a través de los setenta, ochenta y noventa.

El chavismo, en sus inicios, continuó esa expansión: creó el Ministerio del Poder Popular para la Ciencia, Tecnología e Innovación (que daba mayor visibilidad al sector en el gobierno) y creó la Ley Orgánica para la Ciencia y Tecnología (Locti) que permitía a científicos tener acceso a fondos externos por medio de convenios propios con empresas y el Estado. Pero, en 2010, el Estado decidió que el financiamiento ya no iría directo a los científicos sino a un fondo donde el gobierno decidiría cómo distribuir los recursos. Entonces, vino la guerra con el IVIC.

Bajo la dirección de uno de los simpatizantes del chavismo –como han reportado Nature, Science y Caracas Chronicles– hubo un proceso sistemático de despidos de científicos e investigadores opositores. Luego, alegando que “la meritocracia iba contra la democracia”, el Consejo Directivo del IVIC fue gradualmente privado de su autonomía. Pronto estalló una guerra entre los investigadores y el director chavista, quien alegaba que Venezuela no necesitaba investigaciones ‘burguesas’ sino ciencia aplicada (aunque él se especializa en mariposas).

El golpe más duro vino con la eliminación del programa de Permanencia de Labores de Investigación, que permitía a científicos retirados continuar su labor y que producía la mayoría de las investigaciones publicadas en revistas científicas arbitradas. Fue un despido abrupto del personal más valioso del IVIC, en nombre de la ‘igualdad’, incluyendo a Cunto de San Blas. No le dieron ni las gracias.

Ahora, varios años después y con el auge de sectores de la oposición que parecen haber apropiado la anti-ciencia del chavismo, la posibilidad de recibir más de un millón de vacunas contra la covid de Astra-Zeneca este mismo año (por medio del programa COVAX de la OMS, que distribuye vacunas en naciones del Tercer Mundo) se esfuma: el Estado chavista le debe más de 11 millones de dólares en deudas a la Organización Panamericana de la Salud. Y tiene hasta el 9 de febrero para pagar. ¡Pero tenemos magia!

Las ruinas de la ciencia

Tras la demolición, quedaron las ruinas: los laboratorios carecen de reactivos cruciales, forzando a los investigadores a trabajar con bases de datos publicadas por otros investigadores del mundo; la Biblioteca Marcel Roche del IVIC (su orgullo; declarada por la UNESCO como Biblioteca Regional de Ciencia y Tecnología para América Latina y el Caribe) no tiene presupuesto para renovar sus suscripciones a publicaciones científicas y los investigadores y científicos -tanto de la Academia como del IVIC- trabajan por amor al arte: sin honorarios ni sueldos. Entre 30% y 60% del personal científico del país, dependiendo de cada institución, ha abandonado sus cargos: la mayoría por el éxodo de profesionales a otros países; la deserción en la UCV y la USB ronda entre el 50% y el 60% y el Instituto de Medicina Tropical ha quedado – literalmente – en ruinas.

De hecho, el chavismo –en pleno 2020– ha propuesto usar al IVIC para sembrar cultivos. Es decir, transformarlo en un montón de conucos con la excusa de superar el “consumismo”: aunque a los investigadores no les alcance el sueldo.

Así, desde 2008, la cantidad de patentes y publicaciones en Venezuela ha decaído estrepitosamente: en 2017, el sistema Scimago Journal & Country Rank anunciaba que el número de publicaciones científicas en Venezuela había decaído casi 30% en 10 años.

Chamanes rojos, transversales, multidimensionales y populares

Tras la demolición, han venido los extraños reemplazos pseudocientíficos: el Congreso Venezolano de Medicina Natural (“sanadores con energía”, “mandalas de sanación”, “biblioterapia” “curación con sábila”, “escuela quántica”, entre otros) celebrado en 2019 en el IVIC, por ejemplo, donde se propuso crear un Centro de Medicina Natural del IVIC como también vincular al Instituto con “propuestas populares”.

El IVIC convertido en un templo New Age o, en palabras del exinvestigador del IVIC Claudio Mendoza, en un sitio de “hechiceros que no tienen nada que ver con la ciencia”.

¿Es esto un nuevo rebranding del chavismo mágico, surfeando sobre aquellas teorías poscoloniales que ven a la ciencia como un sistema de conocimiento provincial de Occidente y abogan por una ‘igualdad de poder discursivo’ con otras ‘formas de conocimiento’ – indígenas, autóctonas, espirituales, experienciales, mágicas, etcétera? Un intento, citando al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México bajo López Obrador (quizás la más nueva encarnación del socialismo del siglo XXI), para ‘reemplazar’ al “pensamiento científico racionalista, hegemónico y colonizador” por “un diálogo de saberes transversales y multidimensional”.

Porque a la ciencia, aparentemente, hay que “descolonizarla” de aquellos ‘opresivos paradigmas occidentales’ como lo son el método científico, la reproducibilidad y la falsabilidad. Porque el chavismo, mientras arrasa las tierras de los yekuana y pemón, ha querido hacer a la descolonización suya: por ejemplo, en octubre de 2018, Maduro anunció la creación de un Instituto Nacional para la Descolonización de “la visión eurocéntrica de la cultura y la ciencia” mientras que en 2020 el nombre de la autopista Francisco de Fajardo fue cambiado por Cacique Guaicaipuro como parte de un proceso de “descolonizar todo el pensamiento, en la escuela, en los liceos, en la comunidad”, según Erika Farías. De hecho, el término descolonización aparece tres veces en el Plan de la Patria 2019-2025, recalcando la “descolonización del pensamiento”.

En fin, otro intento teatral más del chavismo de apropiarse alguna causa social liberal o progresista: porque se proclaman feministas, pero la mujer ha regresado al gomecismo; esbozan banderas arcoíris en sus marchas, pero se alían con fundamentalistas evangélicos y no avanzan legislación alguna al respecto; se juran ecologistas e indigenistas, pero el Orinoco es un wasteland de mercurio y los manglares de Morrocoy se contaminan de petróleo derramado.

Todo para complacer (y ganarse) a esos personajes –esos misfits de las ciudades liberales del primer mundo– con sus vestimentas hipsters, té matcha en mano y laptops Apple decoradas con calcomanías de banderitas trans o trilladas frases feministas que conforman una izquierda trasnochada e hipócrita que se proclama progresista pero aplaude al chavismo desde sus cafés veganos en Berkeley o Sciences Po en París.

Es decir, todo para ganarse a Jill Stein y su brigada de ecologistas rojos del Green Party norteamericano que acusan a la oposición con fotos manipuladas y mentiras descaradas sobre ser supremacistas blancos; a las ‘feministas’ de Code Pink, que ocuparon nuestra embajada en Washington en nombre de Maduro y que muy contentas han defendido al patriarcal régimen iraní; o a dos de las fundadoras de Black Lives Matter, tomándose fotos sonrientes con Maduro (cabeza del régimen que lidera la brutalidad policial en el mundo).

O simplemente a Alina Duarte, una tankie de Washington que se proclama periodista, y resume la absurdidad del asunto en un tweet: hay “afroestadounidenses, musulmanes, latinxs, gays, lesbianas, transexuales, transgénero, árabes, palestinxs, pidiendo no más sanciones a Venezuela” frente a la embajada ocupada por sus amigos ultraizquierdistas. Entonces, ¿Qué importa que ningún venezolano apoye la ocupación de su embajada por parte de un montón de gringos? Total, ¡Está presente el abanico interseccional (no-venezolano) entero!

Venezuela emancipada

Así, tras años de ‘descolonización’ del pensamiento y derrocamientos de ‘formalismos’ e ‘instituciones burguesas’, Venezuela ha sido emancipada: emancipada de la ciencia. En su lugar, finalmente retornando a nuestro épico pasado de buenos salvajes, hemos recibido la tierra prometida de árboles dorados y arcoíris en las montañas: un país que no tendrá vacunación masiva si acaso hasta 2023, acosado por enfermedades que habían sido erradicadas hace décadas (desde la resucitada malaria, pasando por la resucitada fiebre amarilla y el virus Guanarito, hasta la resucitada difteria), con sus publicaciones desapareciendo, sus científicos emigrando, sus “medicinas” provenientes de mitos de internet y fuerzas sobrenaturales y su estructura científica hecha casi cenizas. Un país mágico, como el chavismo: de hechiceros, médiums y curanderos.

Por ello, en un mundo de ciencia ficción donde el trabajo automatizado amenaza con reemplazar al hombre y las energías renovables hacen temblar al petróleo, nos veremos forzados a hacer un salto rápido y desesperado hacia el futuro platinado o fenecer en el intento porque –a diferencia de los 35 años de atraso bajo el gomecismo que refería Mariano Picón Salas, para la Venezuela de principios del siglo XX– el país se ha atrasado veinte años y ha retrocedido casi un siglo.

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