A David Bowie, panegírico a una estrella muerta

David Bowie murió el 10 de enero de 2016. Pero incluso eso, la muerte, fue un fenómeno artístico para quien la música lo fue todo. Su vida fue una oda a lo extraordinario y a lo distinto. Su legado no desaparece, trasciende

David Bowie no le temía a la muerte. Lo dijo en más de una ocasión en diferentes entrevistas y lo insistió siempre que pudo con su trabajo y su actitud, dentro y fuera del escenario. Pero lo demostró por completo al despedirse de su legión de fanáticos  —y de quienes no lo eran— con música. Para Bowie, morir fue un fenómeno artístico y lo evidenció dejando como legado un álbum final tan extraordinario como críptico.

Muere Bowie y culmina su excepcional carrera artística, como si ambas cosas fueran lo mismo, como si se tratara de un único fenómeno y de una sola idea que se completan entre sí. Muere Bowie como vivió: en lo insólito y su tenaz búsqueda de nunca permitirse el tedio. Muere para vivir, para ser un Lázaro  —como lo anunció en su maravilloso epílogo BlackStar—  y nos deja a cambio esta sensación de celebrar una despedida que no existe. Que no llega a ser otra cosa que un espejismo entre los cientos que creó para deslumbrar.

Incluso en la muerte, Bowie tuvo un fino olfato para encontrar la manera de decir adiós sin traicionarse a sí mismo, sin bajar la guardia

Cuando era jovencita, Bowie me asustaba un poco. Quizás se debía a esa combinación de hombre talentoso y una raza misteriosa que jamás logré identificar. Lo pensé desde la primera vez que escuché un disco suyo  —Space Oddity, por supuesto— y yo era tan pequeña para aprender de corrido las letras inteligibles.

Con catorce años todavía no hablaba inglés, pero sí podía repetir de oídas algunos estribillos  —Can you hear me, Major Tom?/Can you hear And Im floating around my tin can/ Far above the Moon/ Planet Earth is blue—  y memorizarlos como si se tratara de un juego. Y lo hice, fascinada, aunque no supiera el motivo de una canción que no comprendía. Tal vez no hiciera falta hacerlo. Como si formara parte de esas canciones de infancia que repites sin pensar y que de pronto son tuyas.

Había algo en la música de Bowie que incluso a mí, que no sabía nada sobre él o lo que podía significar su lírica visión del mundo, me emocionaba, que traspasaba la barrera del idioma  —de la edad, de la intuición, de la supuesta madurez necesaria para entenderla—  para brindarme una sensación de alborozo y descubrimiento que en adelante relacioné únicamente con Bowie. Una emoción ligera, de puro asombro. Maravilla, llegué a pensar años después.

¿Planeó Bowie su despedida? Resulta difícil pensar que no haya sido así, que no haya asumido el peso de la muerte como otra aspiración creativa

Recuerdo ese disco como una parte de mi vida, como si resultara inevitable no hacerlo. Porque David Bowie creaba música para recordar, para trascender, que fuera inevitable mezclar con escenas y dolores en medio del terror y la belleza. Bowie, extraterrestre, experimental, irritante y devastador a partes iguales creó un lugar para sí mismo en el mundo cuando no encontró el suyo. Una visión duradera sobre la capacidad del arte  —la cualidad transformadora de la música—  para hacerse parte de los elementos que consideramos más importantes de la personalidad.

Y es que Bowie era músico, pero también era una mirada sobre lo que el arte puede hacer por ti si se lo permites. Cómo puede reconstruir, pieza a pieza, si asumes el riesgo de su peso, su dolor y, quizá, esa cuota de desastre que toda creación lleva consigo. Para Bowie, la música sólo fue el vehículo para asumir esa sabiduría de los mil contrastes, de una criatura mitológica que llevaba su rostro.

Pero nadie piensa en términos tan complejos cuando ama. Se ama y punto. O al menos, como yo lo hice, con ese amor instantáneo y voraz que suele despertar algunas ideas prodigiosas y que sentí por Bowie, por su música y sus múltiples rostros , desde que le conocí. Crecí convencida que Bowie no era solamente un cantante, sino un mito. Una criatura de leyenda capaz de asustar y crear un universo propio.

A veces, escuchar a Bowie era una manera de decir en voz muy baja, sí, está bien encontrarse fuera de lugar. Sí, es correctísimo no temer la ambigüedad

Él, que parecía fascinado por toda forma de arte  —fue actor además de cantante, hizo una involuntaria pero decisiva incursión en el mundo de la moda, fue un gran lector—, parecía decidido a demostrar que había un mundo más allá de lo cotidiano, lo normal. Esa noción de lo evidente que tanto le molestó y que tan concienzudamente reconstruyó. Para Bowie, la música lo era todo, claro, pero también era el puente hacia algo más: esa comunicación persistente con todo lo que consideraba insólito. O al menos tanto como sí mismo.

En una ocasión, leí una entrevista suya donde hablaba del definitivo peso del arte  —así, en general—  en todo lo que hacía. Confesó que la música era la excusa para verse reflejado en una especie de espiral donde todo lo simbólico se unía para elaborar algo nuevo. Que, a diario, se planteaba la idea del arte por el arte, como si su música, e incluso su cuerpo, se tratase de algo siempre nuevo y en completa transformación. “Leo cuatro libros al día, me apasiona la moda, no puedo dejar de pensar en que tengo el repugnante impulso de ser algo más que un ser humano”, declaró con esa impasibilidad suya que parecía sugerir un misterio apenas revelado.

Quizá por eso Bowie siempre fue vanguardista, caminó un paso adelante de un mundo que intentó seguir su vertiginoso rastro sin lograrlo. Como ocurrió en 1973, cuando llevó un mono negro con perneras en su gira Aladdin Sane. Fue de una de las primeras veces que un músico llevó un vestuario diseñado ex profeso para su espectáculo. Esa decisión  —en apariencia superficial—  abrió toda una nueva perspectiva sobre lo que la música como espectáculo podía ser. El diseñador Kansai Yamamoto diría después que el mundo del pop cambió gracias a ese pequeño gesto de inconmensurable valor.

Para Bowie, la música lo era todo, pero también era el puente hacia algo más: esa comunicación persistente con todo lo que consideraba insólito

Hubo muchas decisiones parecidas en la larga carrera de David Bowie y también en su vida. Tantas que pareciera se habituó a crear modas en lugar de seguirlas, que asumió ese lugar extraño de quienes no calzan en ninguna parte. ¡Y cómo inspiró esa rareza! ¡Cómo logró convencer a varias generaciones de cínicos de las bondades de lo insólito! A veces, escuchar a Bowie era una manera de decir en voz muy baja, sí, está bien encontrarse fuera de lugar.

Sí, es correctísimo no temer la ambigüedad, atreverse con el escándalo. ¿Por qué no? Tantas veces Bowie me inspiró a rebasar esa frontera imaginaria, a crearme a pedazos, a zurcir desde la imaginación lo insolente, lo chocante. Porque para Bowie no había otra cosa que avanzar hacia territorio desconocido. Un pionero en zonas hostil que logró reconstruir el mundo a su medida.

¿Planeó Bowie su despedida? Resulta difícil pensar que no haya sido así, que no haya asumido el peso de la muerte como otra aspiración creativa, que no planeara paso a paso no sólo cada letra de un disco que ya comenzaba a levantar pasiones por lo maravilloso de sus arreglos y el impactante video que le acompañó, sino que además tuviera muy en cuenta el hecho que sería interpretado como una forma de evadir lo solemne de la muerte para dejar algo a cambio. Una especie de legado que pudiera ser una prueba de su necesidad de sobrevivir a su propio mito.

Crecí convencida que Bowie no era solamente un cantante, sino un mito. Una criatura de leyenda capaz de asustar y crear un universo propio

Ya lo había hecho al recrearse como actor, al reconstruir cien veces su figura y mensaje para dejar espacio a cualquier recreación posible. Con Bowie nada era sencillo, tampoco aparente. Con Bowie, todo comenzaba desde el inicio, como si cada nueva transformación simbolizara un estrato nuevo hacia dónde dirigir su esfuerzo creativo.

Se suele decir que Bowie se transformó en un camaleón luego de lo que se insiste en llamar “su experiencia Berlinesa”, allá por 1976, donde experimentó con la música electrónica y, por enésima vez, renovó su repertorio e imagen. Como si luego de decenas de interpretaciones de sí mismo, de quitar y poner capas de música y revisiones asombrosas sobre su manera de entender la identidad visual, el término “camaleón” pudiera definirle.

No obstante, Bowie era algo más que infinitas variaciones de un mismo tema. Era un creador obsesionado con la búsqueda de la obra de arte a partir de la propia piel, como si su cuerpo e incluso su mente fueran un material dúctil que le permitiera modelar algo más profundo. No había un límite en la capacidad de Bowie para analizarse pieza a pieza y lo demostró en 1983 cuando se convirtió en superestrella  —o así lo asegura la cultura popular—  gracias a Lets Dance, un disco catalogado como inferior en su producción artística pero que lo lanzó al gran público. De nuevo, Bowie supo encontrar la línea para continuar creando, elaborándose como producto, existiendo al margen de la normalidad.

Bowie, extraterrestre, experimental, irritante y devastador a partes iguales creó un lugar para sí mismo en el mundo cuando no encontró el suyo

De manera que si Bowie se anticipó a la vida  —a la manera de vivirla, a esa percepción de lo deseable que por tantos años sostuvo su obra artística—  es inevitable pensar que también dio un paso por delante a la muerte, que supiera cuándo crear el último gran espectáculo para sus fanáticos, para el gran público, para la posteridad. Cómo diseñar el último gran show de su vida, dejando un terreno fértil de sospechas, interpretaciones e idolatría en una obra que culmina una carrera que se sostuvo sobre su capacidad para la sorpresa.

Incluso en la muerte, Bowie tuvo un fino olfato para encontrar la manera de decir adiós sin traicionarse a sí mismo, sin bajar la guardia. Y lo hizo como siempre vivió: construyendo un perfomance a la altura de sus expectativas, de sus fantasías y de quienes le amamos. De esa multitud de seguidores que siempre esperaron sorprenderse gracias a audacia para crear y provocar.

Había algo en la música de Bowie que incluso a mí, que no sabía nada sobre él o lo que podía significar su lírica visión del mundo, me emocionaba. Maravilla, llegué a pensar años después

Pienso en lo anterior escuchando sin parar “Lazarus”, una de las canciones del regalo final de Bowie, BlackStar. Lo escucho con una sensación de asombro casi infantil, como si descubriera, palabra por palabra, un mensaje cifrado que ahora sólo a la distancia cobra sentido: Look up here, I’m in heaven I’ve got scars that can’t be seen/ I’ve got drama, can’t be stolen/ Everybody knows me now.

Canto la canción bajito, incapaz de asumir que se trata de una despedida. Quizás no lo es. Porque Ziggy Stardust, mesiánica estrella de rock y redescubrimiento de todo lo que el arte puede explorar, no muere con tanta sencillez, no desaparece solo por dejar de estar. Hay una idea que subsiste, que se resiste a ser comprendida. Como todo en Bowie, hay una segunda explicación. Una nueva versión de la realidad.