Aglaia Berlutti: “Lo monstruoso es todo lo que se sale de la norma”

Ophelia Ignota es la nueva criatura de la escritora y fotógrafa Aglaia Berlutti. Su segundo libro se construye de ensayos desde lo femenino, lo interior, el impulso. Una creación a partir de sombras

Publicada por la editorial El Taller Blanco Ediciones, dentro de su colección Escolios, este libro peculiar de Aglaia Berlutti es un recorrido por la historia de la construcción de la voz femenina en la literatura, desde lugares poco ortodoxos, pero además es una meditación en voz alta sobre el significado sobre la mujer, y su lugar de enunciación en la literatura. Pone en juego además uno de sus arquetipos más complejos, Hécate, la bruja, la mujer pensante, la mujer libre, la rebelde, la que ama todo lo que no admite restricción.

Bruja Urbana es mi yo adolescente, feliz y en estado puro. Ophelia es la mujer sabia. Y quien sea que venga después, será la danza de la luna

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora. Buena parte de su obra artística –por no decir que casi toda– la ha dedicado a indagar en la imagen de lo femenino, pero sobre todo en su mirada particular y bastante única de mirarse. Su obra fotográfica es una suerte de performance suspendido sobre la imagen que persigue transmitir: la del horror y lo sobrenatural. Es editora de la revista Penumbria (México) y colaboradora de varias publicaciones dentro y fuera de Venezuela como Climax, Vanidades (México) y Hufftingpost (España) en las que analiza el papel de la mujer en la sociedad contemporánea. Es además una fanática y practicante de la crítica, reseña y pulso de la cultura de masas.

Aglaia Berlutti

Ophelia ignota

–¿Cuánto tiempo te tomó escribir este ensayo?

–Dos meses, creo, quizá un poco menos. Pasaba noches enteras escribiendo y corrigiendo.

–¿Qué te significó descubrir a Virginia Woolf?

–Encontrar un espejo. Que una mujer escribiera y así, en tono neutro, que no tuviera que identificarse con nada sino luchar y batallar por su voz, fue definitivo en mi vida. Yo quería escribir sobre la muerte, el terror, monstruos. Y todo el mundo me decía que las “niñas” no escribían eso.

Seis ensayos conforman el cuerpo de esta Ophelia: Un prólogo desde la sangre, La loca del ático y otros misterios victorianos: Las mujeres escritoras del siglo XIX; Todos los rostros de la Eva poderosa: El poder intelectual de lo femenino; Una bruja escritora: Shirley Jackson y la oscuridad; El mal como ilusión: Unas cuantas reflexiones sobre la visión del absurdo espiritual desde la óptica de Hanna Arendt; Ophelia Ignota: Sobrevivir al mito

El primer ensayo que escribió, es el que trata sobre la obra y vida de Mary Shelley.

Lo que deseo es que escribir sea un ejercicio intelectual divorciado de la idea del deber ser. Quiero escribir para ser libre

–¿Por qué ese en particular?

–Siempre estoy escribiendo sobre ella y para ella, en realidad

–¿Representa tu predicado de base? Una mujer que rompe con los parámetros impuestos por la sociedad patriarcal y literaria, porque escribe sobre cosas feas.

–En realidad, era más bien la sensación que Mary, como abstracción, englobaba mi amor por los monstruos, mezclado con el que siento por escribir. Al final todas damos a luz palabras, todas las escritoras. Pero mis hijos no son bellos o poéticos. Son criaturas dolorosas y terribles, las amo.

Hay tres cosas que confluyeron para que naciera Ophelia. Lo primero es tratar de recordar el porqué amo escribir. Que supongo es una pregunta que todo escritor se hace, incluso desde el cinismo.

–¿Cinismo? ¿Por qué?

–Ser escritor o lo que te hace serlo, es una cuestión casi filosófica. ¿Lo convalidan tus pares? ¿Es esfuerzo, el empeño? ¿El amor por el oficio?

–¿En tu caso quien decide si te otorga el título de escritora?

–Al final es un trayecto hacia partes de ti misma que resultan heridas y grotescas, por la incertidumbre y de allí al cinismo solo es un paso, uno doloroso. ¿Escribo porque me pagan? ¿Porque me educaron para hacerlo? El viaje comenzó hacia atrás y encontré a Virginia (Woolf) y a Mary (Shelley). Ambas vinculadas a una necesidad gigantesca de crear que no tenía nombre, que jamás lo ha tenido. Descubres que escribes porque no puedes hacer otra cosa, porque es parte de ti, es parte de tu vida, de tus deseos, de tus recorridos solitarios por tus paisajes interiores. Escribes por furia, por amor. Porque eres esa capacidad para escribir.

–Volvamos a Virginia, ¿a quien leíste a los 12 años de edad, porque fue la primera en abrir una Habitación propia?

–Sí, Virginia tradujo en cierta forma lo que yo vivía a diario. Siempre he tenido un espacio para escribir mío. Un lugar que sólo me pertenece, una isla.

Berlutti, de ascendencia italiana, tiene un fuerte lazo con su abuela paterna, de quien heredó su apartamento. Le otorgó ese refugio para que la nieta pudiera darle rienda a su imaginación, construyera su “habitación propia”.

Ophelia soy yo y, a la vez, es mi asombro por la muerte. Es mi obsesión por lo muerto y enterrado, por la tierra removida, los espectros y terrores nocturnos

–¿Cuántas horas al día escribes?

–Todas las que pueda. De no tener que hacer vida familiar, de pareja, lo que sea, no me detendría hasta caer extenuada.

–¿Cómo es el ritual de escritura de una autora tan prolífica?

–Escribir me hace ser quien soy y no imagino hacer otra cosa para sobrevivir. He muerto varias veces, hablo de procesos médicos muy graves.

–¿Escribir es tu victoria frente a la muerte?

–Escribir ha sido la noción de que estoy viva, que sigo luchando con algo tan privado que no sé qué nombre darle… Sin duda escribir es mi amor, mi hijo, mis sueños.

–¿Esos monstruos a los que amas y cultivas son tu sombra representada en un lenguaje simbólico?

–No, son mis partes más brillantes. Lo monstruoso es todo lo que sale de la norma, lo que no obedece, lo que retrocede, lo que no admite restricción. Soy monstruosa. Mi primer monstruo soy yo misma.

–En los ensayos hay una insistencia en no reconocerte en una tradición. ¿Tus Ophelias –cada uno de los ensayos– no necesitan sentirse parte de una trama?

–No lo necesitan en absoluto. Ophelia es la representación metafórica del monstruo creativo. Es así: Mary tuvo a su criatura, Virginia su espacio propio. Yo tengo a Ophelia.

–En el imaginario tradicional, Ophelia es una alegoría de la mujer sufrida: la victima de Hamlet que enloquece por su desquerer ¿La tuya tiene una vida paralela? ¿Una vida para los otros y otra ignota?

-Sí, la mía vive en mis fotografías. Le construí un mundo con imaginaria visual propia. Y es, de hecho, una progresión de todos mis dolores y asombros. Ophelia soy yo y, a la vez, es mi asombro por la muerte. Es mi obsesión por lo muerto y enterrado, por la tierra removida, los espectros y terrores nocturnos.

Soy monstruosa. Mi primer monstruo soy yo misma

–Ha podido llamarse Margarita o Ifigenia ¿Por qué Ophelia?

-Ophelia está ligada a mi muerte, a la muerte, a la idea de lo tanatológico. Ella y yo podríamos comprendernos.

–En estos días revisaba a Silvia Plath justo por la reedición de su novela La Campana de Cristal ¿No caben en tu interés, todas las escritoras aunque sean emblemas del feminismo?

–Yo amo a Silvia, había un ensayo para ella, pero por razones de extensión, no la pude incluir. Lady Lazarus es un texto muy importante en mi vida. Tampoco pude incluir a Clarice Lispector.

–¿Tormento y escritura femenina son una asociación legítima?

–No, en absoluto. Que ame a mujeres atormentadas creo que es mera casualidad

–Virginia Woolf propuso una diferencia de los sexos. ¿Existe una identidad de género en la escritura: se escribe de maneras distintas si el autor es hombre o mujer?

–No lo sé. Yo intento ser bastante asexuada, pero no lo logro. O no lo sé, quizás sí. Lo que deseo es que escribir sea un ejercicio intelectual divorciado de la idea del deber ser. Quiero escribir para ser libre.

–¿Por eso una voz como la de Hanna Arendt en tu libro?

–Hanna es enorme, porque reflexiona sobre el mundo y lo insustancial, como una colección de fetiches culturales. Creemos que debe existir el bien, creemos que debe existir el mal. Y al final Hanna destroza todo eso.

–En el ensayo sobre Arendt llegas a ella por la vía de otra de tus pasiones frenéticas: el cine, la cultura de masas, por la película de Margaret Von Trotta. 

–Por razones de espacio, tuvimos que decidir entre dos visiones y esa, era la que era más cercana a todo

–¿Primero vino la escritura y luego la fotografía?

–Es difícil decirlo, porque empecé ambas cosas casi a la vez. De niña creía que había monstruos en mi casa, los contaba y los fotografiaba. Y al final todo era como un diario visual muy extraño.

¿Tienes pesadillas? ¿Miedos?

–No, sólo tristezas. Y eso es hasta peor.

Aglaia Berlutti

Parte del performance de la presentación del libro Ophelia Ignota, de Aglaia Berlutti

¿Eres una mujer triste?

–La ansiedad que padezco, sufro de un trastorno psiquiátrico, te hace sentir que el mundo es una catástrofe. Rota, más bien.

Escribes porque no puedes hacer otra cosa, porque es parte de ti, es parte de tu vida, de tus deseos, de tus recorridos solitarios por tus paisajes interiores. Escribes por furia, por amor

–¿Cómo se enlaza esa condición monstruosa con tu estar en el mundo? No perteneces a la tradición judeo- cristiana, eres wika o al menos simpatizante…

–Bruja, sí. Mi familia tiene una larga tradición de brujería celta: tradición oral, mancias, hierbas…

¿No es una militancia, ni un dogma?

–No, es una herencia.

Un linaje

–Es amor también, una línea creativa.

¿Para quién está escrito este libro?

–Para mi, claro. ¿Suena muy egoísta eso?

–No es tu primer libro. El primero, Bruja Urbana (FBL Libros), estaba escrito para dejar tu traza como un ser de una tradición particular dentro de la uniformidad.

Bruja Urbana es mi yo adolescente, feliz y en estado puro. Ophelia es la mujer sabia. Y quien sea que venga después, será la danza de la luna.

–¿La danza de la luna?

–Mis hijas y yo crecemos juntas. Será el libro que me definirá como mujer que ama escribir, si eso es posible.

Editado por El Taller Blanco (Bogotá), sello que dirigen los venezolanos Geraudí González y Néstor Mendoza, Ophelia Ignota fue presentado el 31 de octubre en los espacios de La poeteca.