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Archivo de la Fotografía Urbana: el buen rollo de la memoria

Las fotografías, que arman este archivo, son una invitación al viaje, a la comprensión, a la sustentación de hipótesis y suposiciones en el tiempo. Porque una foto es constatación y descubrimiento. Retratamos a una institución privada que, con ímprobo esfuerzo, se empecina en rescatar el pasado en el Día Nacional del Fotógrafo, 19 de agosto.

Archivo de la Fotografía Urbana: el buen rollo de la memoria

Suele decirse con reiteración —porque al parecer siempre se olvida— que la memoria es corta en este país. Y dúctil motivo de disputa. La índole portátil del gentilicio se riñe con lo que signifique conservar; y acaso ilustre el fenómeno de semejante desdén lo que se hizo forma de subsistencia, para vivir hay que sacar con afán hacia afuera lo que está en las entrañas, ay, el petróleo. Preservar, salvaguardar, conservar no nos es propio. Pero hay dalinianos que persisten en el ejercicio de la memoria, y se derriten por ella.

Miembro de la minoritaria congregación de los que creen en la unicidad del tiempo, y se enfocan, contra viento y marea, en buscar contextos y relaciones como forma de reconstrucción, el celebérrimo fotógrafo y curador de arte Vasco Szinetar es la cabeza lúcida al frente de la colección del Archivo de Fotografía Urbana, espacio mágico para la evocación tangible; donde decir borrón y cuenta nueva, u obsolescencia, es herejía. Acompañado en la singular aventura por Verónica Fraiz, Marina Guerrero, Diego Arroyo Gil, Alfredo Sainz, Diana López y Lorena González, el equipo de expertos y consejeros de diferentes especialidades del Archivo —historiadores, artistas, técnicos—, todos creen que cultivar la memoria es una manera de resistencia contra el extravío.

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 Soledad Bravo,1975

Foto: Tito Caula

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Roca Tarpeya, remoción topográfica. Construcción El Helicoide, ca. 1956

Foto: Paolo Gasparini

Paolo-Gasparini

 Carlos Raúl Villanueva, 1965

Foto: Paolo Gasparini

Sin ánimos de hacer de las imágenes que nos revelan un instrumento de retórica, ni con la intención de llevar la minuta de los hechos, toma a toma, para hacer comparaciones y subrayar, ajá, las reiteraciones en las que, como baches, cae el devenir, se emocionan de ser los curadores y protectores de ese oceánico baúl de imágenes que contiene verdades, partes a juntar del ADN, los gestos, o la picaresca de la identidad. La memoria, también, puede ser oasis. Recordar no siempre ha de ser un mea culpa o una ceremonia para asumir el esterero. Recordar es vivir dice con sabiduría la canción. Hay cosas divinas que resultan de grata recordación; a veces hasta son deliciosamente subversivas.

Institución privada que suma quince años —hay 15 años que son buenos— fue concebida por Hernán Sifontes, per sé atento al flash de la historia que le alumbraría cerca; es sobrino de Rómulo Betancourt. Mirador en palco de primera fila y curioso por antonomasia, descubriría que dejar rodar la película, sin la posibilidad de retenerla, podría ser riesgoso. Desde entonces se sentiría maravillado con la posibilidad de poder manosear la realidad y contenerla. Con la fotografía y el daguerrotipo.

Gracias a esta iniciativa, se ha construido el fichero iconográfico más grande, singular y exquisito del país. Todo está ahí, y lo que falta. Están catalogadas las mujeres de largos collares tomando té sin enredarse, y las damas en trajes de baño que ocultan suculentas y eróticas rodillas, y las prolíficas familias sentadas en un sofá de estilo; quién sabe qué sería de ellos sin el acopio de sus suspiros. El Archivo es una red que pesca condiciones, diatribas, pasiones y corrobora estilos, peripecias y decisiones.

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Grupo, Edo. Táchira, ca. 1939

Foto: Rafael Vicente Dulcey Morales

 

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Plaza La Estrella, San Bernardino,1952

Foto: Mendoza & Mendoza

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Vista aérea Plaza Venezuela, 1968

Foto: Álbum Fernando Irazábal

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Romulo Betancourt,1959

Foto: Leo Matiz

¿Cuántas fotografías hay? “Muchas. Muchísimas”, responde Vasco Szinetar en su infinita cuenta. Porque más que tal cantidad, este reducto de varias habitaciones repletas de carpetas y libros, este álbum infinito para el registro, contiene el remedio contra la el olvido. Reservorio de poses raídas o nítidas, amarillentas o vagamente coloridas —y todas ungidas de salvación gracias al proceso inmortalizador de la digitalización. También están las bocas de gozona sonrisa enmarcadas por sus lágrimas de rímel, al momento del estreno de sus coronas de utilería, de las misses. Pueden refocilarse las escenas cotidianas de la ciudad amable y sus casas, puertas adentro, encajes, vajillas y verdes jardines; o los viajes, los caminos aun de tierra y el contexto, el mar y las sombrillas; o los personajes que han sido protagonistas de la gestión política.

Nostalgia. El Archivo de Fotografía Urbana es el sitio donde ella vive al día, sin olor a naftalina. Conviven los héroes del recuerdo con aquella presencia formidable y rectangular, que enmarca en postales de varios formatos y medidas, zapatos de charol, abanicos, candelabros, mesas servidas o reuniones increíbles, conciliábulos de antagonistas que se exhiben con resuelto desparpajo y escenas que son calco de la actualidad, aunque tan vintage. Pipas airadas, manos alzadas, corbatas con dignidad unas, apretándole el cuello a la decadencia, otras, las fotografías de este Archivo son una invitación al viaje, a la comprensión, a la sustentación de hipótesis y suposiciones. Es muy arbitraria la frase que dice que una imagen vale más que mil palabras:

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“La fotografía es una herramienta de uso histórico, cultural, social. Es constatación y descubrimiento, la foto a veces compite con lo que registra, puedes detenerte y detectar muchos más mensajes que el propio hecho noticioso que recuadra”, abunda goloso Vasco Szinetar, rodeado de la miríada de instantáneas que han caído en la red que no solo atrapa, también es forma de contacto. Las fotos que llegan por formas plurales —donaciones, convenios—, a su vez surten las ausencias de los medios de comunicación, ofrecen datos pertinentes a los investigadores que esperan sean cada vez más, y engalanan galerías propias y ajenas, de hecho, las fotos del Archivo ¡Tienen pasaporte!

“Descubrí que Alfredo Cortina, el pionero de la radio y televisión venezolana, publicista y cronista de Caracas, era, además, un fotógrafo excepcional, por eso le envié a Luis Enrique Pérez Oramas al Moma, donde está, un rimero de fotos este valenciano para que las viera. Coincidió conmigo en que son ¡maravillosas! por lo que no solo ahora integran la colección permanente del museo neoyorkino, no. Con una selección de ellas iré ahora como curador a la Bienal de Sao Paulo, te las voy a enseñar”.

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Luisa de Manzano, Lucrecia y Lucía, ca. 1930
Foto: Manrique & Cía.

 

 

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Mario Briceño Iragorry, 1927

Foto: Baralt & Cía.

 

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Teatro Guzmán Blanco. Nuevo teatro de la Ópera, 1905.

Foto: F.C. Lessmann

Maravillosas. En su ojo sensible están la belleza, la feminidad, el traje de época, el guiño y la pícara sonrisa: las fotografías en blanco y negro son, ciertamente, universales. Verlas es un goce. “Este lote también irá a París”, añade Vasco Szinetar, el fotógrafo de los espejos y de los dúos en los lavabos, el artista del fotoperiodismo y el hacedor de proyectos asociados con la creatividad, quien añade otra buena nueva: también irá a la exposición Foto España de Madrid, el encuentro de fotografía más importante de Hispanoamérica. “Y vamos con el seductor archivo del celebérrimo Tito Caula y el sorprendente y filoso de Angela Bonadies, ambos estéticamente impecables”, se entusiasma Vasco Szinetar, un hombre informado que tiene claro el concepto de huella.

La Historia no se repite, dicen los historiadores, es como el río que nunca es el mismo, y qué maravilla tener paradigmas. Espejos. Saber que hay un hilo de continuidad, aunque esté lleno de nudos.

 

*Foto de portada: Calle Real, Sabana Grande (1970) Foto de Tito Caula.