Armando Rojas Guardia, Prometeo del hedonismo

Esgrimista en el ensayo y francotirador en la poesía, hombre de oración pero no místico, de una densidad interior que aflora quemante en cada una de sus líneas trágicas, esperanzadoras, alumno de los límites… este caraqueño universal de las letras ha venido a desnudarse de todo apetito para mostrarse persona, no personaje

A la edad de cuatro años, sentado con su tía Albertina en un muro del jardín de su casa, y frente a la pregunta: “Armando, cuando tú seas grande, ¿vas a ser poeta?”, su propia respuesta bautismal fue: “No, es que no lo voy a ser, lo soy”. Anécdota que, valgan verdades, revelará una conciencia muy temprana de la vocación literaria. Y que irá a anudarse gordianamente con la reverencia materna por el quehacer del padre, poeta primero, poeta también. “Desde muy pequeño, cuando jugábamos estruendosamente en el salón, que quedaba al lado del despacho de mi papá, mamá nos decía: ‘Silencio porque su papá está escribiendo’. Y esa frase, aparentemente anodina, no hace sino revelar una reverencia que mamá nos transmitió”.

Al punto que cuando papá consigue que publique su primer poema, a los 16 años en las páginas culturales de El Universal, y le inste a pensar en que su nombre real —Armando Rojas Álvarez— “es demasiado largo y poco eufónico, que suena muy mal”, por lo que quedan dos alternativas: Armando Rojas —descartado porque ya existía un historiador con esa firma— o Rojas Guardia, como él, “porque firmar Armando Rojas A. sería una ñoñada”, no hace sino susurrar touché. “A la edad en que mi papá me propuso eso, su opinión para mí era decisiva. Muchas veces he lamentado el cordón umbilical que ese nombre me crea con la figura literaria de papá; pero ya a estas alturas no me queda otra alternativa”.

Que mejor ni pensarla, que mejor adentrarse en un rico universo emocional que halla líneas maestras en temas y frases y conceptos que incluyen la pasión, el amor, la oración, Dios, Eros, el ego, su anulación; la incertidumbre que edifica; la evocación de esos severos detectives del pensamiento llamados Nietzsche, Freud, Marx; los roles asignados; la trascendencia divina: incapaz de ser vaciada en moldes mentales; el pluralismo del sentido como gran conquista de los tiempos modernos; el aviso de que autoprogramarse, controlarse puede ser suicida porque todo control es asesino; que contemplar sin contemplarse contemplando es la sabiduría a la que le importa un bledo ser sabia; que todo rol es abstracto; que “pene” es una palabra risible mientras que “verga”, “güevo”, sonarían mejor, porque solo vocablos sudados por la lengua primaria de los hombres pueden dar cuenta de esa práctica sagrada; que en cierto modo el espíritu es siempre aristocrático; que de suyo se inclina hacia una crítica hedonista; que sus textos quieren ser, a conciencia, máquinas retóricas lo suficientemente bien diseñadas y lubricadas como para generar ese tipo específico de densidad mental que no se manifiesta sino a través del lujo sinfónico de la lengua; que somos cuerpos atrapados por la cortesía burguesa, reacia a la porosidad del tacto; que ha girado por años alrededor de la lámpara de Thomas Mann; que se define intelectual cristiano, ecuación semántica de tipo excéntrico en nuestro país; que hasta la edad de nueve años los carnavales lo disfrazaron de príncipe; que el poeta debería ser un verdadero chamán de estirpe atávica, un masturbador de ese órgano destinado al amor: ¡la palabra!; que lo arroba Mérida con sus calles estrechas, su dulce sosiego, su espíritu recogido, cercado por la musculatura boscosa de las enormes montañas que la mantienen aislada del resto del país, como una joya difícil.

Pero su talla heroica va más allá de esta lista de bellos conceptos, porque homo esteticus de densidad subjetiva como es, y pulpo sensorial como se define, ha abolido la charlatanería simbólica para auscultar el sagrado corazón de la realidad, con un oído de sal en medio de un jardín zen, despertando y aquietando a las fieras, olvidándose para hacernos recordarnos, todo no con pluma y tinta sino con una antorcha que no sabe de afueras paganos y adentros sacros, porque no hay templos, porque están rasgados ya. Él, solo él sobre las páginas y apenas empujado por el Dios incómodo de la oración que lo ha hecho salir desnudo a la intemperie.

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¿Cómo fue la infancia de Armando Rojas Guardia?

—Mi infancia, hasta los siete años, transcurrió en diversos países porque mi papá era diplomático: Funchal, Martinica, Praga, Checoslovaquia, Haití y Nicaragua. Yo había nacido en Caracas porque mi papá tenía la voluntad férrea de que todos sus hijos debían nacer en Venezuela, y decidió que mi mamá viajara de Praga, donde estaban instalados, a Caracas para que yo naciera. Fue una infancia tranquila en medio del vaivén de los viajes, y lo que recuerdo con mayor precisión es que nunca, en todos esos viajes, yo perdí la noción vivencial de ser venezolano, porque me acostumbraron desde muy chiquito a mentalizarme que yo pertenecía a un rincón geográfico determinado y a una comunidad histórica también muy específica.

¿Cómo fue su adolescencia?

—Fue bastante atípica porque yo era un tipo más bien tímido. La comunicación con los demás me costaba mucho. Era muy introvertido. Pronto descubrí que la lectura, el estudio, los libros, eran la mejor alternativa para comunicarme con el mundo. Así como la comunicación de viva voz con los demás me costaba enormemente, la comunicación con la realidad a través de los libros me producía mucho placer. Entonces mi adolescencia fue muy retraída, dedicada a la lectura en la biblioteca de mi padre. Recuerdo haber asistido a muy pocas reuniones sociales. A partir de un determinado momento, cuando nos mudamos de una casa de El Paraíso a otra, yo dormía en la biblioteca, era mi cuarto. Entonces eso no hizo sino aumentar mi reclusión. La otra cara de la adolescencia de mi vida fue el Colegio San Ignacio, un centro educativo enorme: tenía 14 hectáreas, y estaba concebido para que quien quisiera casi no tuviera que salir de aquella frontera porque había muchas actividades periescolares; incluyendo una institución muy jesuítica, llamada la Congregación Mariana, en que estaban agrupados los estudiantes que los jesuitas consideraban la levadura en medio de la masa de estudiantes, los futuros líderes, y yo tuve la fortuna de pertenecer a ese grupo.

Su obra incluye poesía, ensayo, un cuento. ¿Por qué nunca una novela?

—La novela me da miedo. Es una empresa de mucha envergadura. Yo escribo generalmente en estado de trance. Es decir, las mejores cosas que yo he escrito, las he escrito en un estado psicológico al que no puedo calificar sino de trance, de trance hipnótico. Proserpina, que es mi único cuento que acaba de ser publicado, lo escribí durante tres semanas y media como un poseído. O sea, embriagado orgánica, visceralmente por el texto que tenía entre manos. Ese estado de trance incontrolable es muy difícil prolongarlo en el tiempo, y una novela exige otra tesitura psíquica.

¿Quiere que su obra se lea a futuro como un nuevo testamento de lo sensual, de lo urbano, de lo filosófico, de lo cristiano?

—Sí. Creo que esas cuatro palabras califican bien mi propio posible legado literario, resumen bien lo que yo me he propuesto literariamente. Lo sensual, en primer lugar, porque yo procuro escribir, no solo mi poesía sino también mis ensayos, apostando por la sensualidad; es decir, desde mi sensitividad, mi sensorialidad y mi sensibilidad. Y hablar a la sensitividad, sensorialidad y sensibilidad del lector. Lo filosófico porque he sido un lector acucioso de filosofía toda mi vida y he procurado que mi trabajo literario transmita una visión argumentada del mundo. Lo urbano porque pertenecí a un grupo literario llamado Tráfico, que buscó entre otras cosas elaborar una poesía de y para la ciudad, rescatar lo histórico y lo cotidiano tal como los vive el hombre de la ciudad. Y en último lugar, lo cristiano porque alguna vez dije que a mí no me mueve pasión mayor, ni sensual, ni práctica, ni filosófica, ni estética, comparable a la pasión que significa para mí ser cristiano.

Una nunca antes vista participación de Rojas Guardia en el cine, por extensa, con el documental TÍ@S, lo ha puesto recientemente en la boca de muchos. ¿Qué se le olvidó declarar ante la cámara?

—La película trataba de explorar qué opinábamos los siete protagonistas que aparecemos en la película sobre el tema de la relación entre homosexualidad y vejez. Y yo no dije una frase que a mí me parece que resume bien lo que quise decir. Y la frase es la siguiente: “Cada uno tiene la vejez que se merece”. Si uno ha ido preparando parsimoniosa y delicadamente su vejez, la vejez que va a vivir estará a la altura de esa preparación.

¿Existe la inspiración, existen las musas?

—Bueno, yo creo que sí. Borges dice que la triste mitología de nuestro tiempo le achaca la inspiración al inconsciente. Sea lo que sea, creo que para un escritor que ha escrito su trabajo en estado de trance, existe el rapto creador. Pero no hay que olvidar que Baudelaire decía que la inspiración no es sino trabajo, trabajo y más trabajo. O sea, el arte combinatoria del rapto y la disciplina metódica creo que es la llave maestra de la creación.

Escribió Octavio Paz: “La poesía se dice y se oye: es real. Y apenas digo es real, se disipa”. ¿Está usted de acuerdo?

—Bueno, sí, en el sentido en que la comunicación con la materia del poema a veces es instantánea, es incandescente, es un momento ígneo que al momento siguiente ya se esfuma. Ese instante en que el poema entra en comunión con el lector, va a quedar en la memoria del lector como tal instante; pero ese instante muchas veces no se prolonga más allá de él. Es una comunicación, una comunión súbita, que a veces dura lo que dura un fulgor.

Un aura religiosa nimba su obra. ¿Hay estética en la fe? ¿Hay sensualismo en lo católico?

—Yo sí creo que existe una erótica cristiana. La mística y la erótica cristiana son nupciales; es decir, están centradas en la imagen simbólica del acto erótico como metáfora privilegiada de la comunión entre Dios y el ser humano. De modo que, si uno piensa en esa imagen simbólica que está en el centro de la erótica cristiana, uno llega a admitir que la fe cristiana es muy sensual. La poesía de san Juan de la Cruz es el mayor exponente de esa sensualidad de la fe cristiana.

¿Cuál fue su amante más trascendental?

—He tenido tres, y con el último, que se llama Roberto, a pesar de que no lo veo hace mucho tiempo, estuve vinculado 13 años. Y recuerdo con mucha ternura esa relación porque lo quise mucho. Con mi pareja anterior, que ahora vive en Nueva York y es profesor de Artes Plásticas en la Universidad de Columbia, tuve una relación que fue importante porque con él aprendí, de verdad, a tener una pareja, a edificar la espiritualidad de una pareja. Aprendí a decir la palabra necesaria en el momento justo, a hacer silencio cuando había que callarse, a ser solidario cuando la situación lo ameritaba, a seducir cuando las circunstancias pedían la seducción, aprendí a abandonarme al impulso erótico-afectivo cuando había que abandonarse, cuando lo que se me pedía era el abandono. Eso lo aprendí con Juan Carlos. Con mi primera pareja, Adán, yo era un hombre muy neurótico, y creo que lo hice sufrir mucho, precisamente por mi neurosis. Esas son mis tres parejas.

Estados Unidos legalizó el matrimonio igualitario en todos sus estados. ¿Veremos ese arco iris en este país de pacaterías?

—Pues ojalá, pero hay gente enterada que me ha dicho que, en este gobierno de militares, hay sectores de las fuerzas armadas muy influidos por la iglesia evangélica, y por lo tanto son sectores muy conservadores, tradicionalistas y pacatos, que se oponen al matrimonio igualitario, y por eso todos los proyectos de legislación que están introducidos en la Asamblea Nacional duermen en el sueño de los justos. Hasta que eso no se desbloquee, vamos a estar sometidos al falocratismo homofóbico imperante.

¿Qué tiene en el tintero?

—Quiero llevar a cuatro un largo poema que escribí en el 2004, titulado La desnudez del loco, en que hablo de mi experiencia como paciente psiquiátrico hospitalizado. Quiero escribir un texto sobre la situación actual del país, tal como yo la discierno. Este año sale un libro mío que considero importante; no porque sea mío sino por la iniciativa de publicarlo, que la tuvo Alejandro Sebastiani. Él y Adalber Salas son los dos hijos consanguíneos que yo no tuve. Y a Alejandro se le ocurrió organizar un libro con todos los textos que yo he publicado en los últimos 32 años —no recogidos en libros sino en periódicos y revistas. Logró reunir 57 textos.

¿Cuál será el futuro de la poesía en el país? ¿Seguirá la producción para las élites; lo sensacionalista se superpondrá a la pureza?

—Todo eso puede suceder, pero yo confío, porque siempre ha sido así en la historia humana, que la buena literatura acabará por imponerse. La historia muestra, es decir, hace más que demostrar, que las obras con alto rango estético se abren camino y no van a perderse. En el país vivimos una época de mucha decadencia institucional, social, económica, moral, y sin embargo hay un boom literario enorme, de mucha magnitud. Eso sucedió durante el XVII español: había una gran decadencia social y moral en el imperio español, pero el XVII fue un siglo de oro para las letras españolas. O sea, la buena literatura no muere fácilmente.