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Barrio Catuche, matriarcado de paz

En Catuche, un grupo de madres, muchas con hijos asesinados por la violencia que gobierna este barrio de Caracas, juró por sus lágrimas no permitir un muerto más. Ejemplo de reconciliación y perdón ha dado esta zona gracias al matriarcado de la vida

Barrio Catuche, matriarcado de paz

Como si fuera un conjuro, un decreto, una revocación, con una fuerza mineral desconocida que viene de sus entrañas quebrantadas, esa tarde de 2007 la mujer se habría puesto de pie para gritar “¡Basta!”. “¡Basta!” volvería a decir para que, tras parar el eje de la tierra, impedir el vuelo de los zamuros, derretir los vientos y licuar los pensamientos. La oyeran los vivos y los muertos. La mujer que pedía el cese a la violencia, al fuego, a la muerte, es la madre. El muchacho tenía 16, y ahí, las carnes aún tibias, la sangre haciendo un atolondrado reguero, tendido en el piso, el cuerpo rendido era el anuncio del más colosal vacío.

Los que escucharon ese grito, Catuche adentro, La Pastora arriba, no han podido olvidarlo en ocho años. “No, ella no pedía revancha, todo lo contrario, suplicaba la paz”, evoca Joidy Medina, madre activista del equipo que, a favor de la vida, se organizó entonces a partir de aquella forma de ay tan conmovedor. Lo que los vecinos hicieron de la nada —de la muerte— sigue todavía produciendo asombro, pese a que se ha dispersado la asamblea y la liga de la buena voluntad está en crisis y lamentablemente disminuida. Lo cierto es que la señera experiencia ha sido tema de estudio de sociólogos y psicólogos sociales, imán para periodistas del país y extrafronteras, tópico editorial de Amnistía Internacional y del Centro Gumilla.

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Veinticuatro horas después del suceso, con el dolor como brasas vivas, la madre del muchacho, que hoy tendría 25, y la madre del que cometió el error garrafal de disparar con tino llorarían abrazadas invocando a dúo el mismo mantra. Basta. Basta. Basta. Así nacieron las comisiones de paz: convocando con urgencia el perdón.

Con diligencia y voluntad que acaso tiene asidero en el afán pacifista, solidario, comprometido de la gente de Fe y Alegría —su trabajo educativo y de pastoreo suma a la fecha 60 años en las zonas populares donde son imprescindible referente—, los residentes tanto del sector de El Portillo como los de La Quinta, históricamente enfrentados, en permanente recordatorio de las cuentas por cobrar y cobrando, decidieron concederse una tregua y, tras el entierro, entierro del niño, y también de la “culebra”, en la primera convocatoria ciudadana, de las muchas que harían hasta conquistar el derecho a caminar, a salir de casa después de las seis, a dormir sobre el colchón — “y no con este sobre nuestras cabezas, para evitar que las balas nos cayeran encima desde los techos” —, asumieron la vida, que tiene mucho de azar, pero puede ser una continuidad y es un derecho.

Se constituyeron en agentes de la causa de la convivencia posible 13 madres, siete de un sector y seis del otro y, guiadas por Doris Barreto, incansable conciliadora, se produjo lo que aun evocan con una sonrisa, ese milagro que tejieron a pulso de manera colectiva: si no la reconciliación, el pacto; si no la abstinencia y el recato, el respeto y la observancia al menos en la plaza pública. La paz en vida. Recuerdan la alegría de un joven que pudo hace poco celebrar su cumpleaños 28, entusiasmado por el logro que aun exhiben —morir es una rutina difícil de escabullir entre los 13 y los 18—, feliz de no “haber caído”, como dice en la guerra. Enhorabuena, las estadísticas hablarían del término de la violencia.

Se acabaron los asesinatos, por un buen rato quedaron suspendidos, aunque no se extinguirían las armas. Permanecería su sombra humeante al acecho. “Pero si te matan a tu hijo y lo que pides es el fin de los tiros, que no haya más muertos inocentes, si tienes esa fuerza ¿cómo no la íbamos a tener las demás? ¿Cómo no intentarlo?”, comenta una de estas mujeres. A partir del momento en que las madres toman el sartén por el mango, a sugerencia de uno de los mismos muchachos y se transformarían en bastión, en puerto, en regañonas consejeras las hostilidades, empezarían a ser controladas. Guiadas por el instinto, leonas asociadas en una misma garita emocional, se convertirían en madres comunes, en madres de la comunidad, como en el poema de Andrés Eloy Blanco. Cuando un joven dice que las madres sí serían escuchadas, que ellas tendrían que tomar partido a la hora de poner orden, tenía razón. En coro se sentirían guapas y apoyadas, blindadas, así fue el génesis.

La identificación devino consuelo; luego se constituirían en cofradía. Se comienza a regar la voz de lo que hay que hacer. Contra todo pronóstico, se produce una toma de conciencia colectiva que deriva en esperanza, en dignidad, en libertad. La promoción que se le hace al buen camino y la explicación de las consecuencias de andarse por atajos dejaría por sentado las reglas de juego. Aprobado. Fue “un manos a la obra” sellado en acta.

Queda prohibido hacer juegos de luces con fósforos y yesqueros desde un sector hasta el otro, nada de encender la mecha, que están por una señita. Queda prohibido ir de un sector al otro, hasta nuevo aviso, quién sabe, es mejor evitar. El muchacho que está acá y tiene la novia allá que vea a ver dónde se encuentran —Romeo y Julieta también son caraqueños. Queda prohibido vender drogas y consumirlas frente a todos. Las madres serían consideradas como chismosas entre corrillos, qué se le hace, pero saldrían adelante dedicándole tiempo semanal a las reuniones donde quedarían expuestas, como trapos al sol, sus cuitas añosas, amargas. Reunión de mujeres y hombros, le darían apoyo a la que perdió dos hijos en un mismo día —no, no estaban juntos—, y a la que perdió cuatro, uno a uno, tenía seis. Ahora dos.

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Queda prohibido incumplir los acuerdos. Si tres veces consecutivamente son ignorados, la madre queda fuera de la organización, y de los beneficios de ser oída y mirarse en el espejo; y peor para su hijo. Por eso una vez una mamá desesperada trajo al suyo a la reunión de la comisión, muchacho terco, por nada del mundo quería dejar el negocio —la venta de drogas— y estaba perjudicando el intento, a su madre, y por supuesto a él. Lo presentó ante el grupo y, llevándose las manos en la cabeza, les confió a las otras su impotencia y se fue. Lo dejó a merced de las colegas. El resto de las madres, a cargo de la situación, fueron categóricas y amables. Le hicieron prometer al muchacho que intentaría hacer otra cosa para ganarse la vida. El pidió una semana para cortar con los venenosos lazos. “Hasta el sol de hoy, sigue limpio”, dice Joiney Medina. “Pero la situación está muy mala, como nunca, no hay trabajo, no hay comida ni pañales, es difícil no caer en tentación…”, vuelve.

Perdón es una palabra sentida y de uso frecuente. “Tratamos de no denunciar a los muchachos ante la policía, los que van presos se echan a perder más, las cárceles son escuelas de lo malo, y después que salen, amañados, el que toman es el mal camino, por donde venían, pues. Por otra parte, la cárcel es un estigma, el que tiene antecedentes, por más que se esfuerce en demostrar que superó su culebra, está rayado. Nadie lo recomienda, nadie le cree. Intentamos que la gente sane con la reflexión, creemos que hay que insistir, dar otra oportunidad, no, no es sinvergüenzura…”, asumen la declaración Doris Barreto y Joidy Medina. De manera que los hampones, aunque son un peligro, permanecen en la mira y bien cerca bajo el compromiso de enmendarse, porque es más sano que lo intente en casa, en el barrio, a que se envilezcan más en los antros cundidos de “pranes”.

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Muchos se han ido, se ha mudado gente nueva, otros han muerto fuera de aquella escena sui generis y en tensión. El esfuerzo dio frutos, tantos que es todavía inmenso motivo de orgullo para la mayoría, pero mantenerse sin apoyo institucional —el oficialismo en minoría— ha resultado cuesta arriba, en medio de la encrucijada de la escasez —de alimentos y de tiempo, sobrevivir consume muchas horas al días. Acuerdos comunitarios de convivencia ante la violencia armada, pistas para la acción, un libro que condensa la experiencia comunitaria que ha dejado huella en Catuche, registra la saga de un puñado de madres que se las ingeniaron para salvaguardar la vida de sus muchachos, poner a raya el hampa, y detener la violencia. Es una invitación a creer que sí se puede y a leernos allí, en esa esperanzadora proeza, en el cansancio inconveniente e inoportuno, en la soledad íngrima de quien tiene fe.

Pasan cosas terribles, y las padecemos; otras veces nos inquieta la sensación de que no pasa nada, nada de lo que imaginamos que debería producirse, y estamos equivocados, hay hervor, pasión, y al compás del plomo, sueños. Otras veces pasa lo mejor y no nos percatamos. En realidad, más que pasar o suceder, ocurre porque unos se esmeran. Catuche es un ejemplo, un emblema, una conquista y un punto de partida.

Los estigmas deshumanizan, los prejuicios reducen, pero ahora mismo tienen claro tres madres, las que siguen perseverando, que no se puede cejar luego de enumerar las conquistas exhibidas. Tan distinta cada circunstancia, es difícil pero imperativo, lo llaman ejercicio, ponerse en los zapatos del otro. Claro que la cosa se complica si el otro no tiene zapatos. Y más, infinitamente más, si algún otro desea los tuyos de manera tal que está dispuesto a matar por ellos. Nadie dice que es fácil deambular el laberinto, entre las tantas trampas tendidas. Es mucha la confusión y muchos los umbrales ásperos e ignotos que prometen el cielo con zalemas. La pobreza es un tema mundial, bíblico, infinito pero no eterno. De la pobreza se puede salir, salir con los zapatos, más que con botas.

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Las Comisiones de Paz ya no están funcionando al ritmo ideal, conversar ha vuelto a ser lujo, y los muchachos que participaron en el proceso de paz, en su mayoría, ya no se encuentran en Catuche. El problema del tráfico de drogas mantiene a la zona en jaque. La semana del 5 de octubre de 2105, no se sabe muy bien por qué, a un joven le clavaron un tubo en el cráneo y está en terapia intensiva.

Pero uno recorre las callejuelas asoleadas, la misma luz caraqueña que calienta las casas, siente el distintivo olor a plátano frito, oye a las mujeres cantando sobre una pista de reggaeton o salsa, ve a los bebés asomados en las ventanas y ve que, percibe más que un estallido a punto de hervor, que está listo un sancocho. Mira rostros con cicatrices y huesos duros marcados por generaciones de baile y plomo, el exabrupto y el tiempo contrarreloj y también los dientes más perfectos revelados en una natural sonrisa. Ves en Catuche la basura flotando en su cauce y ves la realidad: a veces está embaulada, y otras fluyendo. Ve la quebrada, y la palabra te remite al “dame que te quiebro”, pero impresiona la diligencia con que prestos celebran todo que llegó el agua.