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Campos Biscardi: “Surrealista es el país, yo soy un pintor costumbrista”

De joven soñaba con ser uno de ellos y lo logró: la obra de José Campos Biscardi se codea con la de los maestros del arte contemporáneo. Sus reinvenciones del cerro El Ávila son inconfundibles y le valieron el calificativo de "el anti-Cabré". Brillante y lúdico, repasa aquí parte de su historia, sus influencias y las claves de su singular trabajo

“Esta es una maqueta que ha dado tantas vueltas que mírala como está toda dañada”, dice José Campos Biscardi mientras muestra un pequeño acordeón de fotos impresas y notas de prensa. Es su Museo de Bolsillo, con todas sus pinturas miniaturizadas, que un día espera hacer a mayor escala.

Sorprende saber que Campos Biscardi, tan conocido por sus pinturas de aquel Ávila reinventado -vuelto cubo aislado o enfrentado a un rojo geométrico, que estuvieron tan en boga en los ochenta y noventa–, no nació en Caracas. De hecho, ni siquiera nació en Venezuela, aunque ha representado a su país adoptivo en las bienales de París (1977), Sao Paulo (1981) y Puerto Rico (1979, 1981).

Su entrada al país de su montaña amada fue en 1953, cuando –siendo un niño– dejó su natal Arboledas, un pueblo colombiano, para llegar por el Táchira.

Estudió en la Escuela de Artes Plásticas de San Cristóbal y mezcló los soplos de sus influencias (desde el barroquismo literario, pasando por el arte pop, hasta el surrealismo de Yves Tanguy) para eventualmente, tras encontrar al famoso cerro verdiazul, dar con el Ávila travieso y extrovertido que habita sus obras.

campos biscardi

«Ávila herido y sobre el fuego» (1986)

Ese es el Ávila del ‘anti-Cabré’: la montaña azul y verde que riñe en la eterna épica de un conflicto natural primigenio entre el fuego y la sierra; montaña de personalidad safrisca y expresiva; montaña casualmente profética (porque dice Campos Biscardi haber pintado un Ávila que se hunde en el mar meses antes de la tragedia de Vargas) y de quiebres y composiciones, que es acompañada –cual Virgen con angelitos de mejillas sonrosadas en pintura de pincel extranjero– por un séquito de coquetas nubes-piernas y juguetonas nubes-paraguas.

Este es el Ávila camposbiscardiano: una montaña enclaustrada y cúbica que, convertida así en ente aislado, se hace persona sentimental y sapiente.

-Usted ha sido llamado “el anti-Cabré”: ¿Se considera influenciado por Cabré o se considera usted mismo el anti-Cabré?

-El que me llamó “anti-Cabré” fue el poeta Leonardo Padrón, porque él escribía los guiones de Nelson Bocaranda en el Canal 5 y me hicieron una entrevista y el colocó esa frase que me gustó mucho, además. Primero, porque hay una diferencia: Cabré es el “fotógrafo” en óleo, digamos. La obra de Cabré es la “fotografía” del Ávila. Yo lo que hago es una interpretación del sentimiento hacia una montaña que me ha llamado la atención desde que llegué a Caracas.

Ese sentimiento lo plasmo en una montaña que yo imagino, que no es el verdadero Ávila. Porque yo juego con eso, lo meto en cubos, lo llevo en el metro, lo tengo como un amigo. Como un compañero, pero no es un tributo directo a la montaña como tal, sino más bien es que me traigo la montaña a mi casa, a mi entorno, a mi espíritu. Es otra manera de ver, otra interpretación.

-Cabré es objetivo y Campos Biscardi es subjetivo…

-Él es subjetivo pero dentro de su misma manera de interpretar la obra. La mía es más personal.

Campos Biscardi en su taller antes de partir a la Bienal de París de 1977

-¿Qué lo llevó a pintar al Ávila? ¿Cómo empezó?

-Yo vivo en Venezuela desde los siete años, pero no en Caracas, vivía en San Cristóbal. Y mi obra empieza a funcionar en San Cristóbal. Las cosas que yo hacía no tenían nada que ver con la naturaleza, con el paisaje, en lo absoluto. Eran otro tipo de cosas. Al Ávila, pues, lo conozco estando en Caracas.

Pero hay un detallito: yo pinto, estando en la escuela en Cúcuta, unos techos rojos. Una especie de población con techos rojos. Era una especie de premonición porque yo no sabía que Caracas era la ciudad de los techos rojos. Y ahí asomo, cuando conozco Caracas, que yo hice en el año 62, 63, esa premonición de Caracas. Porque yo llego a Caracas por la carretera y en la bajada de Tazón veo la ciudad y de ahí fue un amor a primera vista. De hecho, yo hago un cuento donde hablo de mis amores con el Ávila, un amor a primera vista.

Soy un enamorado de Caracas, indudablemente, pero empiezo a tomar el modelo del Ávila como en los años ochenta, más o menos, no antes. Y yo llego a Caracas en el año 68. Lo tomo veinte años después.

-Usted representó a Venezuela en la Bienal de París de 1977, ¿no pintaba al Ávila en ese entonces?

-Pintaba imágenes de la cotidianidad. Por ejemplo, hay una obra que mandé a París que es un autorretrato con mi padre, que era torero: sentados en una silla con mi perrita Burundanga. El cuadro se llama “Anti-autorretrato junto a mi padre, Alejandro Campos ‘Campitos’, ‘el tigre de Lima y rey del metisaca’ y mi perrita Burundanga en el patio de mi casa de Arboledas en víspera de las fiestas patronales”. El título es como un cuento, pero hablo de la cotidianidad, de mi vida de muchacho.

Hay otro cuadro que es un homenaje a un ciclista venezolano que se llamaba Escaparate Suárez. En ese momento estaba de moda la canción de Gualberto Ibarreto, “María Antonia”, entonces el cuadro se llama “El día que Escaparate, que no es el mismo de María Antonia ni está loco de remate, se impuso en el embalaje final para coronarse campeón de la vuelta ciclística del país imaginario”. Y tengo otro de unos jugadores jugando futbolito de mesa en una cancha de fútbol que se llama “El día que Pelé peló”.

Eso era lo que yo hacía: sátira social. El Ávila llega después, veintiocho años después de que yo empiezo a pintar. Yo todavía juego con esas imágenes de la cotidianidad, con esas palabras del folklore, de cómo habla el caraqueño. Me gusta mucho ese léxico que utilizo para mis títulos.

-Si usted humaniza al Ávila, ¿cómo sería su personalidad?

-Lo he puesto en todo tipo de ambientes: como transeúnte, como personaje metido en un vagón de metro, como personaje recorriendo una calle, o como personaje yéndose de Caracas. Hay muchas historias sobre obras que he hecho adelantándome a este momento que estamos viviendo de tanto despegue, de tanto irse del país.

Tengo obras de hace muchísimos años en las cuales se va el Ávila, huye del país. Lo he pintado en otras escenas, como en Bulgaria donde lo llevé en una nubecita búlgara. O en Suiza: el Ávila en la tierra de Guillermo Tell…

Me he atrevido de llevar al Ávila a Suiza, donde saben de montañas, es su especialidad. Imagínate, eso es un reto para uno. Hay una frase que publicó un periódico de Suiza, de la población donde yo estaba, Stein am Rhein, que dice “El Ávila de Caracas en una cruz de Suiza”. Eso es un homenaje al Ávila. Ese titular es uno de los que más me fascina: es impactante. Que yo haya podido introducir al Ávila en Suiza y que lo reconozcan, es un logro.

«Avila camuflado» (1994)

-Hay otros personajes en sus obras: las piernas que salen de nubes y paraguas. ¿Qué quieren decir? ¿Qué son?

-Te cuento algo. Hay un hilo. Cuando era joven yo empezaba a dibujar por los pies y de ahí arriba todo. Nunca he empezado a hacer una figura por el rostro, siempre por los pies, no sé por qué. Y cubría los rostros siempre, con un paraguas, con un libro, con un periódico al burócrata. Yo mismo no he analizado por qué.

-¿No hay nada ahí del culto venezolano a la belleza?

-También es posible. Mi ex esposa siempre me dice que esas son las piernas de ella. Pero no, yo lo hacía antes de conocerla: por supuesto, ella tiene unas piernas muy bellas. Yo hice mucho pop art.

-Muchos lo han catalogado a usted de ser arte pop y otros de ser surrealista. Hay hasta una influencia de la abstracción geométrica y hasta de la nueva figuración, que surge por esa época. ¿Cómo definiría su estilo de arte?

-Cuando se hizo aquí la exposición “Pop Art/Figuración: Estados Unidos-Venezuela”, tuve el honor de ser la portada de ese catálogo. Eso fue en Corp Banca, participando con obras de Andy Warhol, Robert Indiana, todo el grupo de artistas del pop art norteamericano.

Pero yo definí mi estilo en una bienal que hubo aquí diciendo que yo era un pintor costumbrista, porque surrealista es el país, entonces soy un pintor costumbrista. Lo hemos visto, es un surrealismo total. Esto no tiene comparación. El realismo mágico existe aquí como una realidad permanente, en Latinoamérica en general, pero en Venezuela en particular. No es surrealismo, es cotidianidad.

-Pero su obra tampoco tiene mucho que ver con el surrealismo europeo…

-No, es que el surrealismo de aquí es como innato. ¿Entiendes? Además, yo creo que los títulos de mis obras también tienen una particularidad en ese sentido. No es que yo me lo haya inventado, es que una vez vi una obra de Yves Tanguy –un pintor francés- en la que hizo un paisaje lunar (esa obra está en el Museo de Arte Moderno de Nueva York) y yo leo el título del cuadro y era: “¡Mamá, papá está herido!”, que no significaba nada en relación con lo que estaba viendo. Eso me impactó, yo tenía diecisiete años. Estaba empezando a estudiar pintura. Eso me puso a reflexionar, dije: aquí algo, déjame ver cómo es.

Y de ahí empecé a crear títulos. Inmediatamente cuando hice una serie le puse “Afrodisíacos para observar de sobremesa”. Ese es un título apasionante, a mí me encanta. Después empezaron a surgir títulos muy particulares, por esa influencia de Yves Tanguy, que no es muy conocido pero a mí me influyó mucho.

-Hablamos de la influencia del surrealismo y del pop art ¿Y la nueva figuración?

-Yo formé un grupo en Caracas llamado “Nueva figuración”, con Roberto González, Néstor Hernández y Ángel Hurtado y al que se sumaban a veces artistas de esa época, como Franklin Pernía y Freddy Pereyra, que eran invitados del grupo para hacer exposiciones. Fui nueva figuración, por supuesto.

José Campos Biscardi junto a Jesús Soto y Carlos Cruz Diez

-¿Quiénes son sus mayores influencias?

-Hay muchísimas. Recuerdo que siendo muchacho –17, 18 años – me llega un libro de la escuela, impreso y financiado por la Universidad de Puerto Rico, donde estaban las obras del MoMA. Fue impactante, ver al Guernica en una provincia donde de arte moderno no se hablaba. Ver a Bacon, ver a Moore. Una cosa muy hermosa. Yo tengo un libro del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas y estoy con esos a quienes vi a los 17 años. Estoy con Picasso, con Moore, con los grandes. ¡Y yo los vi de muchacho y nunca me imaginé que podría estar en un libro acompañándolos! Es emocionante. ¡Qué me iba a imaginar que iba a estar en el mismo libro donde está Picasso!

-Normalmente en su obra está el leitmotiv de su cubo. Un rojo en forma de cubo que se le clava al Ávila, un Ávila enclaustrado en un cubo… ¿Por qué todo es cúbico?

-Yo en el año 67 hacía cubos, tenía una fascinación con el cubo. Hay un pintor ruso, Malévich, que hizo una obra –para mí, la obra conceptual más importante– que es “Blanco sobre blanco.” Es una obra donde tiene que ver el tiempo. Fíjate lo importante de una obra conceptual: fue pintada en blanco, al pasar el tiempo ese blanco tiende a tomar otro color más oscurito. Luego, mucho tiempo después, él vuelve a pintar otro cuadrado dentro de ese marco, pero con la misma pintura que estaba guardada. Entonces el transcurso del tiempo es lo que hace a la obra: esa es mi teoría, yo no sé si él lo pintó de esa manera.

Me parece fascinante, que el tiempo sea capaz de ayudar a un artista a hacer una obra. Y te hablo del tiempo porque yo en el año 67 hacía cubos y después vuelvo a retomarlos. O sea, que es el tiempo lo que también me lleva a hacer una obra así. El cubo es un elemento que me encapsula, atrapa cosas: más allá del concepto cubista de Picasso, Juan Gris. No es ese mismo concepto, sino algo que atrapa: como una cámara fotográfica.

-Otro leitmotiv: el rojo ¿Por qué?

-El rojo es fascinante. Es un color precioso. Lógicamente, en estos momentos el rojo ha sido defenestrado por todas las cosas políticas. Pero el rojo ha existido toda la vida: es el incendio, la quema. Yo siempre he sido ecologista. Yo lo utilizo como una alarma, ahora inclusive políticamente. Cuando tu ves quemándose al Ávila… yo uso símbolos. Más que todo lo demás, yo soy un pintor simbolista. Uso símbolos más que otra cosa. Todo son símbolos. El paraguas es un símbolo: tapa un rostro. El cubo es un símbolo: puede representar el fuego, puede representar el Ávila. Símbolos aunados a los títulos.