Caracas se cae a pedazos

La catalogada sucursal del cielo, también llamada ciudad de los techos rojos, dejó de serlo hace mucho. Aquel auge de arquitectura moderna y arte que invadió a la capital —y al país— durante el siglo XX sufrió un deterioro crítico con el paso del tiempo. Las obras que hicieron de Caracas ejemplo vanguardista se corroen en el olvido, maltrato y miseria

Caracas se cae a pedazos

El estado de una gran parte de las edificaciones y obras artísticas del país es deplorable. Estructuras, fachadas y alrededores se ven desvaídos. Pero la ruina no es fortuita. El abandono o descuido la explica. Aun así, señalar a un solo culpable no es acertado.

La calidad de vida lo mismo que los espacios se marchitan. Cada vez son menos las zonas de desahogo o esparcimiento público. La economía en picada hace que no sea prioritario la conservación de patrimonios. A esto se le suma el poco apego, amor y desidia de los venezolanos a sus estructuras e infraestructuras. El desdén de cuidar lo propio y respetarlo. El maltrato juega en detrimento de la Caracas moderna: la que fue laboratorio de arquitectura en la segunda mitad del siglo XX. Incluso fue referencia internacional a partir de la década de los 50. Y, no obstante, estos íconos arquitectónicos son fantasmas desconocidos entre propios. “En esos tiempos, Latinoamérica apenas estaba abriendo paso a ideas modernistas. En Venezuela, ya se estaban llevando a cabo. Muchos avances se implementaron aquí primero y no en otros lugares. De alguna manera, durante los 50, Caracas pudo ser considerada la Dubai del año 2.000”, explica Jesús Yepez, arquitecto de la Universidad Central de Venezuela, además director de la revista de arquitectura, Entre Rayas.

Centro Simón Bolívar

En sus tiempos de gloria, este conjunto, mejor conocido en la cotidianidad como Torres del Silencio, llegó a ser más importante que el propio Rockefeller Center de la ciudad de Nueva York. Diseño y construcción de Cipriano Domínguez entre 1948 y 1957. Implantado en el centro de la ciudad, integrándose a la perfección con su entorno.

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La innovación del proyecto es fantástica: en un terreno inclinado, Domínguez logró introducir 3 vías de tránsito —norte a sur— y una autopista bajo el complejo. Para este fin se requirió la colaboración del arquitecto francés Maurice Rotival en 1939, quien previamente presentó el Plan Monumental de Caracas, donde se establece una nueva trama vial —la Avenida Bolívar como eje principal— y una serie de pautas que darían un nuevo urbanismo a la ciudad. La integración del espacio público, privado, los materiales utilizados para su construcción y el arte que decora sus colosales estructuras hicieron del proyecto uno de los ejemplos más importantes en la historia arquitectónica del país.

Lamentablemente, hoy en día, el Centro Simón Bolívar necesita con urgencia una restauración intensiva. Sus pasillos adornados con amplias lozas de mármol y mosaicos estilo Art Déco tardío se han despellejado —dejando a la vista el esqueleto: concreto y cemento. La tonalidad arena de sus paredes ha sido reemplazada por mugre y graffiti. Las fachadas externas están también conformadas por vidrios rotos, cientos de aparatos de aire acondicionado, cableado expuesto y alguna que otra prenda de ropa —también pantaletas— que espera ser secada por el inclemente sol. Además, sus corredores sirven de mostradores para buhoneros.
Aun así, entre tantos defectos, con un poco de visión se puede apreciar el sorprendente nivel de detalle en la decoración. Sus techos como olas, repletos de curvas y circunferencias que parecen burbujas, originalmente reflejaban la luz de bombillos ocultos en su interior. Ahora se ven alteradas con bombillos de oficina que además de no respetar el diseño original, tampoco cumplen su función.

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Locales comerciales abundan y el complejo aún tiene vida. Hace falta preguntar a sus propietarios si la seguridad se ha visto reducida en los últimos años. Rejas de todo tipo encierran las tiendas y productos, cárceles de ventas. Loterías, tiendas de regalos, centros telefónicos, restaurantes, tascas y relojerías.

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Hannia Gómez, arquitecto y presidente de la Fundación de la Memoria Urbana, no descarta que se hayan realizado intentos de restauración en el Centro Simón Bolívar, pero considera que esos remozamientos han irrespetado el diseño original del edificio. Para ella un gran desastre: “A veces es peor el remedio que la enfermedad. Lamentablemente, en muchas ocasiones se da la oportunidad de restaurar obras a personas inexpertas en la materia, lo que termina empeorando aún más la situación”.

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La problemática recae en el desconocimiento sobre el tema. El ciudadano no conoce la definición de la palabra “restauración” y por esa misma razón, en diversas oportunidades se generan “falsos históricos” en las obras. “Restaurar significa volver a lo que había, a lo original bajo los términos y planificación en la que fue construido. En este caso lo que se está haciendo es ‘renovar’, un verbo que permite al constructor tener libertad en sus decisiones, lo que puede ocasionar daños irreparables”, afirmó Gómez con preocupación.

“La preservación de cualquier patrimonio es un deber elemental con la cultura e historia. No es un trabajo que cualquier persona puede hacer, sino algún arquitecto con maestría en preservación histórica de la Universidad Central de Venezuela (UCV)”, remata. Por otra parte, Jesús Yépez indicó que al Centro Simón Bolívar debe ser sometido a una restauración plena, debido a su estado crítico. “Se deben vaciar cada uno de los pisos, migrar las oficinas a otras sedes y recuperar de cero cada parte del lugar”.

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Arte en la calle

Al echar un vistazo veloz por Caracas se descubren obras de gran valor artístico y plástico. Para muestra un par de botones: la Esfera de Soto en la autopista Francisco Fajardo y la exhibición permanente de esculturas del Boulevard de Sabana Grande. El boulevard recuperado por PDVSA La Estancia devino solaz y entretenimiento para los ciudadanos de paseo. Ahora, bien hay otras muchas que pasan inadvertidas. Entre ellas se encuentran varias piezas de gran valor que tristemente han perdido su belleza y lozanía. ¿Por qué?

Dos obras de Jesús Soto se encuentran en Chacaíto. Una de ellas, a la altura de la Plaza Brión, resplandece mientras flota bajo una estructura metálica, enmarcada en un muro de mármol que sirve de lienzo a “graffiteros” o inclusive de baño y descanso para mendigos.

La segunda se arrebuja justamente en la parte inferior de la primera, al nivel de la estación de Metro. Este arte amarillo, que apunta a su compañera en la parte superior, se encuentra en mengua. Latas de basura, bolsas y envases plásticos residen en su interior. Sus secciones poco a poco han ido cediendo y ha perdido su forma natural. Aunque las autoridades del Metro de Caracas han tomado medidas para mantener ambas obras, la situación se repite una y otra vez.

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Ennio Tamiazzo, el muralista italiano que dejó su huella en las fachadas de varios edificios en los municipios Chacao, Libertador y Baruta, seguramente lamentaría ver sus composiciones en migajas. Este caso se repite en un edificio residencial en la principal de Maripérez, a una cuadra de la avenida Libertador, también en el edificio Humboldt frente al hotel Caracas Palace en Plaza Altamira y por último en el edificio Viulma frente a la panadería Selva, justo al llegar a la Avenida Libertador desde Chacaíto.

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Ángel Rodríguez, propietario del quiosco que se encuentra justo en la parte inferior del Tamiazzo de Maripérez, afirma que muchas personas bajan de sus autos para fotografiar el mural y que es lamentable verlo en ese estado. “Trabajo aquí desde 1975 y jamás he visto o escuchado que han hecho algo para mantenerlo intacto. Sería tremenda idea arreglarlo”, sueña con una posibilidad que no florece.

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Algunos creen que es una simple pintura sobre las orillas del Río Guaire. Otros ni siquiera lo han visto o detallado. La realidad es que desde el Puente Veracruz, en la entrada de la principal de Las Mercedes, hasta el Centro Comercial El Recreo, hay un gran Cruz Diez que adorna el camino. La obra data de 1975 y lleva el nombre de Muro de Color Aditivo. Con el paso del tiempo y el efecto del graffiti, sus figuras, movimientos y trampantojos de colores se han ocultado. También, el mantenimiento en sus alrededores es prácticamente nulo, amén de la indigencia, la maleza y el barro. Una chacota que pasó a arte conceptual y no cinético.

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Arquitectos inexistentes

Jesús Yépez reflexiona: “Lo que adolecemos es de la valoración de la ciudad. A diferencia de Chile, Buenos Aires, Montevideo, la palabra arquitecto está escondida. Son pocos los edificios que tienen el nombre de su constructor en la entrada, en placas. Ojo, no es el caso en todas las ciudades de Latinoamérica. La realidad es que no conocemos la ciudad y tampoco a sus autores. ¿Cómo preocuparnos por algo que no conocemos?”

La idea es crear conciencia, ver a la ciudad como nuestra gran casa y hacerla propia. Si no se alcanza este objetivo, el desinterés reinará y el resultado será mucho peor, por más difícil que esto parezca.