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Catalina Banko se exilió en la historia de Venezuela

Catalina Banko nació 4 días después del triunfo de Juan Domingo Perón en las reñidas elecciones de 1946. El 28 de febrero de ese año, Argentina todavía se regocijaba de la victoria electoral de un movimiento que para muchos, y a estas alturas de la vida, no parece extinguirse: el peronismo

Aunque su familia era absolutamente contraria al proyecto de Perón, Catalina Banko no fue inmune a esas ideas mientras se licenciaba en Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Hoy mira desde la distancia y comenta: “Te digo todo esto y me río, por la ingenuidad con la que uno manejaba los conceptos políticos en la juventud y lo que significaba la utopía en aquel tiempo. Se es joven y uno cree en la posibilidad de los grandes cambios, pero luego reflexionamos y vamos madurando”.

El materialismo histórico y el estructuralismo plagaron la renovación académica vivida en los grandes centros de estudios latinoamericanos. Ahí algunos de los movimientos políticos estudiantiles de la UBA “reconocían al peronismo como el más alto nivel de la conciencia revolucionaria del pueblo”.

Aquello cambió el 1 de mayo de 1974 cuando el líder del justicialismo expulsó de la Plaza de Mayo a los montoneros de izquierda, llamándolos “imberbes” y “estúpidos”. Poco después, su muerte precipitó la crisis del débil gobierno de la viuda María Estela Martínez de Perón. En medio de ese desbarajuste, Catalina Banko ejercía la docencia en el epicentro de la lucha: la universidad, que en ese mismo año habría de ser intervenida. Hoy piensa distinto. Lleva 43 años residenciada en Venezuela y consustanciada con los estudios de la historia de este país.

Catalina Banko

El día de los vivos

2 de noviembre de 1976. Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Una camioneta negra se estaciona y de ella baja una comisión de diplomáticos, escoltan a una pareja y a un niño de seis años. Ante la persecución indiscriminada de la dictadura militar, el exilio se presentó como la opción más sensata: “Había un clima muy tenso, entonces decidimos buscar nuevos horizontes. Lo hicimos a través de la Embajada de Venezuela. Nosotros llegamos como asilados políticos y nos acogieron de manera maravillosa, era la época del gobierno de Carlos Andrés Pérez. La noche anterior al viaje nos alojamos en la embajada venezolana en Buenos Aires, para partir a Caracas el 2 de noviembre de 1976. Así fue como llegamos a Venezuela, en un vuelo de la desaparecida Viasa. Yo tenía 30 años”.

En 1989 ingresó a la Escuela de Economía de la UCV. Entre los años 2011 y 2014 se desempeñó como directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Hoy ocupa el sillón V de la Academia Nacional de la Historia.

El continente hervía en dictaduras. Catalina Banko descartó a Brasil porque “allí había un régimen dictatorial y no existían otras posibilidades, era muy difícil ya buscar otros caminos”. En la Embajada de Suecia, que también consideró entre sus opciones, había demasiada vigilancia policial.

Una de sus colegas de trabajo, quien estaba casada con un funcionario de la embajada venezolana, sirvió de puente para la gestión del asilo, con una tramitación que duró alrededor de 2 meses. “Esa fue la decisión que tomamos, venir a Venezuela. Yo era profesora de bachillerato y también daba clases en la UBA, pero la universidad fue intervenida antes del golpe militar durante el gobierno de la viuda de Perón”.

Sus ideas de joven de izquierda contrastaban con las de su familia, profundamente antiperonista y anticomunista. “Mi papá poseía una pequeña empresa y por lo tanto tenía también un gran nivel de conflictividad con los trabajadores, entonces Perón era un dictador para ellos, pero en la universidad el ambiente era de izquierda y de los grupos que estaban reivindicando al peronismo y uno se fue involucrando en esa tendencia tan difundida en la época”.

Perón se había caracterizado por conducir un juego político que le permitía establecer buenas relaciones con la derecha y con la izquierda, pero después de aquel 1 de mayo de 1974, todo cambió. “La situación económica comenzó a empeorar y los grupos subversivos comenzaron a emprender una acción cada vez más violenta y radical. Argentina era otra. Cuando él fallece se adueñan del poder los grupos más inclinados hacia fórmulas violentas de ‘derecha’, como la tristemente célebre ‘Triple A’ (Alianza Anticomunista Argentina), dedicada a secuestrar y torturar militantes o simples simpatizantes de los grupos contestatarios. A partir de septiembre de 1976, decidimos irnos, Omar, mi hijo Pablo de seis años y yo, porque la amenaza de la persecución se encontraba cada vez más cercana. Por ejemplo, no sabíamos nada de unos íntimos amigos que estaban en prisión”.

Franklin Ricardo Becerra, quien había sido funcionario de la embajada de Venezuela en Uruguay tras el caso de Elena Quinteros, y el primer secretario de la embajada, de apellido Carnevali, fueron los acompañantes de la familia a punto de exiliarse. Los escoltaron hasta el aeropuerto. “Franklin Becerra insistía en llevar mi bolso y acompañarnos al pie de las escalerillas. Ese gesto me emocionó mucho porque para él era una alegría poder llevar a un exiliado hasta los pies del avión, después de haber sido incluso agredido por la policía en la sede de la embajada en Montevideo en junio de ese mismo año”.

El 2 de noviembre de 1976 los católicos celebran el Día de Muertos, pero esa noche Catalina celebraba el día de los vivos.

La academia la llamaba y también el interés por la historia de Venezuela. La misma sensación que sintió cuando empezó la carrera en la UBA: “Necesitaba dedicarme a una disciplina que me permitiera captar la realidad de manera suficientemente integral y opté por la carrera de Historia”

La emigración: tradición familiar

El país que recibió a Catalina Banko aquel día no se parece en nada al de ahora. Era un país que se caracterizaba por la prosperidad económica generada por los altos precios del petróleo. Esto era muy atractivo para los extranjeros. “Era un país con grandes supermercados, centros comerciales, jugueterías. Nosotros quedamos bastante impactados por toda aquella riqueza”.

Aunque existían ciertas tensiones entre el gobierno y algunos sectores de izquierda, eso no afectaba el desenvolvimiento de la vida política, pues llevaba siete años pacificado: “Se percibía en aquel momento como una democracia estable y había movimientos de izquierda que actuaban libremente en la universidad. Llegamos en el momento en que se difundían las denuncias por el asesinato de Jorge Rodríguez. Arreglamos la documentación de forma muy rápida, aunque solamente teníamos un pasaporte de emergencia con el que fue autorizada nuestra salida de Argentina”.

La historia volvía a repetirse. Sus padres fueron emigrantes de Eslovenia que llegaron durante los años 20 a la entonces próspera Argentina, y allí contrajeron matrimonio. “Ellos eran de un pueblo muy cercano a la frontera entre Eslovenia y Austria. Mi papá con mucho esfuerzo alcanzó a tener una empresa metalúrgica, de pequeñas dimensiones, claro está, y recuerdo perfectamente el empeño de los emigrados para sostener a sus familias por medio de remesas que enviaban hacia Eslovenia. Claro, como era muy pequeña no le prestaba atención, pero eran remesas periódicas: café, azúcar, ese tipo de artículos que escaseaban y se requerían en los países europeos en la posguerra”.

En 1976 la necesidad de moverse se hizo sentir en la familia otra vez y -como sus progenitores- Catalina Banko partió a otros rumbos.

Sin embargo, y al igual que la mayoría de los inmigrantes, no entró de lleno a la vida académica como lo hizo su colega y paisana María Elena González Deluca. Ella empezó realizando encuestas para la empresa Gallup, un oficio que ya había desempeñado en Argentina durante su etapa como estudiante de la UBA y que, además, le permitió conocer Caracas.

El país que recibió a Catalina Banko aquel día no se parece en nada al de ahora. Era un país que se caracterizaba por la prosperidad económica generada por los altos precios del petróleo por lo que era muy atractivo para los extranjeros

Un año después Catalina dio a luz a su segundo hijo, Fernando. “Nació en la Clínica Metropolitana y la internación se pudo pagar con los ingresos que teníamos. Hoy es algo imposible. En aquel momento incluso solíamos ir de vacaciones a Margarita. Eran tiempos de movilidad social. Pudimos alquilar un apartamento, tuvimos un hijo en una clínica, en fin, disfrutar de una serie de servicios que hoy se pueden considerar una especie de lujo y que en aquel tiempo eran usuales”.

Pero de aquel país no queda ningún rastro, solo los testigos que lo vivieron y cuyos testimonios sorprenden por lo inverosímil que parecen sus anécdotas.

Una paradoja familiar es que hace unos años sus hijos se fueron a Argentina en busca de lo que ella encontró en la Venezuela de los años setenta: “Ahora resulta que mis dos hijos han emigrado a la Argentina. El mayor, Pablo, está allí desde 1988, y Fernando desde 2018. Como que la historia se repite, soy hija de inmigrantes y con descendientes emigrantes. Grupos humanos que van transitando sin cesar”.

Perón se había caracterizado por conducir un juego político que le permitía establecer buenas relaciones con la derecha y con la izquierda, pero después de aquel 1 de mayo de 1974, todo cambió

Una historia que comenzó en 1978

“Mi primer trabajo en Venezuela lo realicé en la empresa Gallup”, donde al poco tiempo, con la experiencia que traía desde Argentina, fue ascendida a jefa de codificaciones. Pero aquello parecía no satisfacerla y quería continuar con las labores que dejó en Buenos Aires.

La academia la llamaba y también el interés por la historia de Venezuela. La misma sensación que sintió cuando empezó la carrera en la UBA. “Necesitaba dedicarme a una disciplina que me permitiera captar la realidad de manera suficientemente integral y opté por la carrera de Historia”.

Ante la persecución indiscriminada de la dictadura militar, el exilio se presentó como la opción más sensata: «Había un clima muy tenso, entonces decidimos buscar nuevos horizontes. Lo hicimos a través de la Embajada de Venezuela»

No miró para los lados y se inscribió en 1978 en la Maestría de Historia de la Universidad Central (UCV), que dirigía Federico Brito Figueroa, mientras daba clases en el Colegio María Auxiliadora. Esto último ya significó un avance porque pudo dejar de trabajar en la empresa de encuestas y proseguir con la carrera docente que había abandonado en 1976.

“En la maestría cumplimos con todos los créditos, terminamos la escolaridad y surgió el proyecto de constituir una maestría en la Universidad Santa María. Yo hice grandes amistades en esa maestría, que sigo conservando. A partir de allí vinieron las publicaciones, y recibimos siempre amplio apoyo de parte del doctor Brito Figueroa, quien tenía una calidad humana extraordinaria. Luego vino el doctorado y la dedicación a las actividades de investigación”. De allí que la mayoría de sus aportes historiográficos han estado dentro de la historia económica, el área predilecta de Brito Figueroa.

En 1989 ingresó a la Escuela de Economía de la UCV. Ahí alcanzó el escalafón de profesora titular, dictando clases tanto en pregrado como en posgrado. Entre los años 2011 y 2014 se desempeñó como directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales.

Y hoy ocupa el sillón V de la Academia Nacional de la Historia, una distinción que la honra.

—Usted es especialista en historia económica y llegó en los años setenta, justamente en los tiempos de la llamada “Gran Venezuela”. Viendo su especialidad y la situación actual resulta imposible no preguntarle: ¿qué le pasó al país?

—El gran problema comenzó cuando nuestro país se inundó de divisas por la crisis energética, aquí conocida como la época de la “bonanza petrolera”. ¿Qué ocurrió? Carlos Andrés Pérez se dispuso a construir lo que él denominó: “La Gran Venezuela”, un proyecto faraónico con inversiones de magnitudes extraordinarias. Sin embargo, los elevados precios del petróleo no alcanzaban a cubrir ese elevado incremento del gasto público. Esto condujo a un endeudamiento masivo que es en buena parte el origen de la crisis posterior. El Estado se convirtió en rector de la economía, nacionalizó el hierro y el petróleo, promovió grandes inversiones. Pero al mismo tiempo estableció controles de precios que en breve tiempo generaron desequilibrios económicos.

Muchas empresas debían importar insumos y equipos. En algunos casos hasta con un 300% de aumento, mientras internamente no podían aplicar aumentos en los precios de sus productos, por lo que comenzó a declinar la rentabilidad y la producción. A ello se agregan otros factores como demasiados subsidios, avales y protecciones que contribuyeron a desarrollar empresas ineficientes y de baja productividad. De alguna manera, la “bonanza petrolera”, cuando los precios del petróleo comenzaron a estancarse y a bajar, devino en el umbral de la crisis que habría de estallar años después cuando comenzó a plantearse la necesidad de cumplir con los compromisos monetarios adquiridos en el exterior. Excesivo estatismo y una economía rentista que se intensificó de manera peligrosa en los años sucesivos. A mi criterio, en esos años de abundancia se engendró el posterior colapso de la economía venezolana.

Aunque su familia era absolutamente contraria al proyecto de Perón, Catalina Banko no fue inmune a esas ideas mientras se licenciaba en Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

—En medio de esta situación, ¿por qué no regresa a Argentina?

—Voy a Argentina por lo menos una vez al año, antes viajaba dos veces, pero la situación económica no permite ya tantos traslados. Por otra parte, después de un mes de estadía ya comienzo a extrañar a Venezuela porque mi vida está aquí. Recuerda que llegué a los 30 años. Soy una enamorada de la historia de Venezuela y constantemente me planteo nuevos retos para la investigación. Eso es difícil retomarlo en otro país, aun cuando se trate de la tierra en la que nací y me formé. Además de mis amigos en Venezuela, aquí tengo al Ávila, un paisaje que me hace falta cuando estoy en cualquier otro sitio. Recorriendo las hermosas calles de Buenos Aires siento muchas veces que necesito ver esa bella montaña que me indica siempre el norte. Aunque no haya perdido mi acento argentino me siento profundamente venezolana.